Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana
Sábado Santo 7 de abril de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua
empieza con las palabras: Resurrexi et adhuc tecum sum -
he resucitado y siempre estoy contigo; tú has puesto sobre mí tu
mano. La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo
dirigidas al Padre después de su resurrección, después de volver
de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del
Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido
levantarse, resucitar.
Esas palabras están tomadas del Salmo 138, en el cual tienen
inicialmente un sentido diferente. Este Salmo es un canto de
asombro por la omnipotencia y la omnipresencia de Dios; un canto
de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos.
Y sus manos son manos buenas. El suplicante imagina un viaje a
través del universo, ¿qué le sucederá? “Si escalo el cielo, allá
estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si
vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín
del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.
Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra…», ni la tiniebla
es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal
138 [139],8-12).
En el día de Pascua la Iglesia nos anuncia: Jesucristo ha
realizado por nosotros este viaje a través del universo. En la
Carta a los Efesios leemos que Él había bajado a lo
profundo de la tierra y que Aquél que bajó es el mismo que subió
por encima de los cielos para llenar el universo (cf. 4, 9s).
Así se ha hecho realidad la visión del Salmo. En la oscuridad
impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo
luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto
la Iglesia puede considerar justamente la palabra de
agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida
al Padre: “Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la
tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y
ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos”.
Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido
también en las palabras que el Señor nos dirige: “He resucitado
y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi
mano te sostiene. Dondequiera que tu caigas, caerás en mis
manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde
nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada,
allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz.
Estas palabras del Salmo, leídas como coloquio del Resucitado
con nosotros, son al mismo tiempo una explicación de lo que
sucede en el Bautismo. En efecto, el Bautismo es más que un baño
o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es
un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de la vida. El fragmento de
la Carta a los Romanos, que hemos escuchado ahora, dice
con palabras misteriosas que en el Bautismo hemos sido como
“incorporados” en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos
entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos
para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para
que vivamos con Él y así para los demás. En el Bautismo nos
abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus
manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero
no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de
este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo,
entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida
se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos
con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la
muerte ya no es un verdadero confín. Pablo nos lo dice de un
modo muy claro en su Carta a los Filipenses: “Para mí la
vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero)
es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo
llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir - es
decir, ser ejecutado - y estar con Cristo, sería lo mejor; pero,
quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (cf.
1,21ss). A un lado y otro del confín de la muerte él está con
Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Pero sí, es verdad:
“Sobre los hombros y de frente tú me llevas. Siempre estoy en
tus manos”. A los Romanos escribió Pablo: “Ninguno… vive
para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos, ... si
morimos,... somos del Señor” (14,7s).
Queridos catecúmenos que vais a ser bautizados, ésta es la
novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no más
a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos
solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que
vive siempre. En el Bautismo, junto con Cristo, ya hemos hecho
el viaje cósmico hasta las profundidades de la muerte.
Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos
liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que
vayamos. Él que es la Vida misma.
Volvamos de nuevo a la noche del Sábado Santo. En el Credo
decimos respecto al camino de Cristo: “Descendió a los
infiernos”. ¿Qué ocurrió entonces? Ya que no conocemos el mundo
de la muerte, sólo podemos figurarnos este proceso de la
superación de la muerte a través de imágenes que siempre
resultan poco apropiadas. Sin embargo, con toda su
insuficiencia, ellas nos ayudan a entender algo del misterio. La
liturgia aplica las palabras del Salmo 23 [24] a la bajada de
Jesús en la noche de la muerte: “¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas!” Las puertas de la muerte
están cerradas, nadie puede volver atrás desde allí. No hay una
llave para estas puertas de hierro. Cristo, en cambio, tiene
esta llave. Su Cruz abre las puertas de la muerte, las puertas
irrevocables. Éstas ahora ya no son insuperables. Su Cruz, la
radicalidad de su amor es la llave que abre estas puertas. El
amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho hombre para poder
morir; este amor tiene la fuerza para abrir las puertas. Este
amor es más fuerte que la muerte. Los iconos pascuales de la
Iglesia oriental muestran como Cristo entra en el mundo de los
muertos. Su vestido es luz, porque Dios es luz. “La noche es
clara como el día, las tinieblas son como luz” (cf. Sal
138 [139],12). Jesús que entra en el mundo de los muertos lleva
los estigmas: sus heridas, sus padecimientos se han convertido
en fuerza, son amor que vence la muerte. Él encuentra a Adán y a
todos los hombres que esperan en la noche de la muerte. A la
vista de ellos parece como si se oyera la súplica de Jonás:
“Desde el vientre del infierno pedí auxilio, y escuchó mi
clamor” (Jon 2,3). El Hijo de Dios en la encarnación se
ha hecho una sola cosa con el ser humano, con Adán. Pero sólo en
aquel momento, en el que realiza aquel acto extremo de amor
descendiendo a la noche de la muerte, Él lleva a cabo el camino
de la encarnación. A través de su muerte Él toma de la mano a
Adán, a todos los hombres que esperan y los lleva a la luz.
Ahora, sin embargo, se puede preguntar: ¿Pero qué significa esta
imagen? ¿Qué novedad ocurrió realmente allí por medio de Cristo?
El alma del hombre, precisamente, es de por sí inmortal desde la
creación, ¿qué novedad ha traído Cristo? Sí, el alma es
inmortal, porque el hombre está de modo singular en la memoria y
en el amor de Dios, incluso después de su caída. Pero su fuerza
no basta para elevarse hacia Dios. No tenemos alas que podrían
llevarnos hasta aquella altura. Y sin embargo, nada puede
satisfacer eternamente al hombre si no el estar con Dios. Una
eternidad sin esta unión con Dios sería una condena. El hombre
no logra llegar arriba, pero anhela ir hacia arriba: “Desde el
vientre del infierno te pido auxilio...”. Sólo Cristo resucitado
puede llevarnos hacia arriba, hasta la unión con Dios, hasta
donde no pueden llegar nuestras fuerzas. Él carga verdaderamente
la oveja extraviada sobre sus hombros y la lleva a casa.
Nosotros vivimos agarrados a su Cuerpo, y en comunión con su
Cuerpo llegamos hasta el corazón de Dios. Y sólo así se vence la
muerte, somos liberados y nuestra vida es esperanza.
Éste es el júbilo de la Vigilia Pascual: nosotros somos
liberados. Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha
revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El
amor lo ha hecho descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con
la que Él asciende. La fuerza por medio de la cual nos lleva
consigo. Unidos con su amor, llevados sobre las alas del amor,
como personas que aman, bajamos con Él a las tinieblas del
mundo, sabiendo que precisamente así subimos también con Él.
Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra también hoy que
el amor es más fuerte que el odio. Que es más fuerte que la
muerte. Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro
tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a
la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame
fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de
quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del
infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al
“sí” del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir c
ontigo! Amén.
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