Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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La responsabilidad cívica de los católicos
P. John Flynn
Revista Vitral No. 78/año XIII/ marzo - abril de 2007
ROMA, domingo, 21 enero 2007 (ZENIT.org).- Los cristianos tienen
derecho a que se escuche su voz en temas políticos y civiles.
Este ha sido uno de los puntos del discurso de Benedicto XVI a
la Curia Romana el 22 de diciembre. Tras comentar por qué la
Iglesia se opone a la legalización del matrimonio para las
parejas del mismo sexo, el Papa defendía el derecho de los
fieles, y de la Iglesia misma, a hablar sobre este tema.
«Si nos dicen que la Iglesia no debería entrometerse en estos
asuntos, entonces podemos limitarnos a responder: ¿Es que el
hombre no nos interesa?», indicaba el Santo Padre.
Es nuestro deber, explicaba, defender a la persona humana.
Esto es necesario en la sociedad contemporánea, explicaba el
Pontífice más adelante. «El espíritu moderno ha perdido la
orientación», observaba, y esto significa que muchas personas no
están seguras de qué normas transmitir a sus hijos. De hecho, en
muchos casos no sabemos ya cómo usar nuestra libertad
correctamente, o qué es moralmente recto o erróneo.
«El gran problema de Occidente es el olvido de Dios», comentaba
el Papa; un olvido que se difunde.
Sólo tres días después, el Papa volvía sobre el tema en su
mensaje antes de la Bendición «urbi et orbi» el día de Navidad.
«A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo
de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y
muerte».
En la edad moderna nuestra necesidad de fe es mayor que nunca,
dada la complejidad de los temas a tratar. El mensaje que ofrece
la Iglesia no disminuye nuestra humanidad apunta el Papa. «En
verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el
pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona».
La fe en la vida pública
No obstante, existe oposición a que la religión juegue un papel
en los debates públicos, afirmaba Benedicto XVI. En su discurso
del 9 de diciembre a la Unión de Juristas Católicos Italianos,
el Papa examinaba el concepto de «laicidad».
El término, explicaba, describía originalmente el estatus del
cristiano lacio que no pertenece al clero. En los tiempos
modernos, sin embargo, «ha asumido el de exclusión de la
religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su
confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual».
Esta comprensión de la laicidad concibe la separación
Iglesia-Estado como que la primera no tiene derecho a intervenir
en manera alguna en temas que tengan que ver con la vida y la
conducta de los ciudadanos, explicaba el Papa. Además, también
exige que se excluya todo símbolo religioso de los lugares
públicos.
Frente a este desafío Benedicto XVI declaró a los asistentes que
es tarea de los cristianos formular un concepto alternativo de
laicidad que, «por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral,
a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida
humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete
“la legítima autonomía de las realidades terrenas”», como lo
definió el Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et
Spes (No. 36).
Como deja claro el documento del Vaticano II, una “sana
laicidad” significa autonomía del control de la Iglesia de las
esferas política y social. Así, la Iglesia es libre de expresar
su punto de vista y las personas deben decidir la mejor forma de
organizar la vida política.
Pero no es autonomía del orden moral. Sería un error aceptar que
la religión debiera confinarse de forma estricta a la esfera
privada de la vida, sostenía el Papa. La exclusión de la
religión de la vida pública no es expresión de laicidad, «sino
su degeneración en laicismo», afirmaba.
Además, cuando la Iglesia comenta temas legislativos esto no se
debe considerar como una intromisión indebida, «sino de la
afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan
sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad». Es
deber de la Iglesia, afirmaba el Pontífice, «proclamar con
firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino».
Concluyendo su discurso el Papa recomendaba que, frente a
quienes quieren «excluir a Dios de todos los ámbitos de la vida,
presentándolo como antagonista del hombre», los cristianos deben
mostrar que «Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la
felicidad de todos los hombres».
La ley moral dada por Dios no tiene como finalidad oprimirnos,
explicaba, «sino librarnos del mal y hacernos felices».
Servir a la humanidad
Los discursos papales de diciembre sobre el papel de la fe en la
vida pública reflejan una de sus preocupaciones constantes
durante el año pasado. Otro importante comentario de Benedicto
XVI sobre este asunto es el discurso del 19 de octubre a los
participantes en la Asamblea Eclesial Nacional italiana en
Verona.
El Papa observaba cómo la asamblea organizada por la Iglesia
italiana había considerado la cuestión de la responsabilidad
civil y política de los católicos. «Cristo vino para salvar al
hombre real y concreto, que vive en la historia y en la
comunidad; por eso, el cristianismo y la Iglesia, desde el
inicio, han tenido una dimensión y un alcance públicos»,
afirmaba.
La Iglesia, añadía el Santo Padre, no está interesada en
convertirse en un «agente político» y es papel de los fieles
laicos, como ciudadanos, trabajar directamente en la esfera
política. Pero, añadía, la Iglesia ofrece su aportación por
medio de la doctrina social. Además, reforzar las energías
morales y espirituales significa que habrá una mayor
probabilidad de que la justicia se ponga por delante de la
satisfacción de los intereses personales.
Cuando el presidente italiano, Giorgio Napolitano, hizo su
primera visita oficial a Benedicto XVI el 20 de noviembre, una
vez más apareció el tema de la Iglesia y el Estado. Ambas
instituciones, aunque distintas, tienen la función común de
servir a la persona humana, comentaba el Pontífice. El bien de
los ciudadanos no se puede limitar a unos pocos indicadores
materiales, como la riqueza, la educación y la sanidad. La
dimensión religiosa también es parte vital del bienestar,
empezando por la libertad religiosa. Pero la libertad religiosa,
sostenía el Papa, no se limita al derecho a celebrar unos
servicios o que las creencias personales no sean atacadas. La
libertad religiosa también incluye el derecho de las familias,
los grupos religiosos y la Iglesia a ejercer sus
responsabilidades.
Esta libertad no compromete al Estado o los intereses de otros
grupos, porque se realiza en espíritu de servicio a la sociedad,
explicaba Benedicto XVI. Así cuando la Iglesia y los fieles
afrontan temas como la salvaguarda de la vida humana o la
defensa de la familia y el matrimonio, no lo hace sólo por unas
creencias religiosas específicas, sino «en el contexto y según
las reglas de la convivencia democrática, por el bien de toda la
sociedad y en nombre de valores que toda persona de recto sentir
puede compartir».
Estos esfuerzos de la Iglesia y los cristianos no son siempre
aceptados de forma favorable, observaba el Pontífice en su
discurso del 8 de septiembre a los obispos de la provincia
canadiense de Ontario, con ocasión de su visita “ad limina” a
Roma. Además, observaba que algunos líderes cristianos de la
vida civil «sacrifican la unidad de la fe y sancionan la
desintegración de la razón y los principios de la ética natural,
rindiéndose a efímeras tendencias sociales y a falsas exigencias
de los sondeos de opinión».
Pero el Papa recordaba a los obispos: «La democracia sólo tiene
éxito si se basa en la verdad y en una correcta comprensión de
la persona humana». Por esta razón los católicos implicados en
la vida política deberían ser testigos del «esplendor de la
verdad» y no separar moralidad de esfera pública. Benedicto XVI
animaba a los obispos a demostrar que «nuestra fe cristiana,
lejos de ser un obstáculo para el diálogo, es un puente,
precisamente porque une razón y cultura». Un llamamiento válido
para los cristianos de todos los países en este comienzo de año.