Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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Mensaje de Pascua 2007 del Patriarcado latín
+ Michel Sabbah, Patriarca
Jerusalén, 3 de Abril de 2007
Queridos Hermanos y Hermanas
1. Contemplamos en esta fiesta la Gloria del Cielo que ha
descendido sobre la Tierra y ha renovado la vida. Jesús dijo:
“Yo soy la Resurrección. Quien vive y cree en mi no morirá para
siempre” (Jn 11, 25). Las fiestas son un tiempo en el cual el
creyente renueva la acogida de la vida y la alegría de vivir. El
creyente entra en la presencia divina y recuerda los beneficios
de Dios. En la fiesta de Pascua, revivimos la memoria de Cristo
resucitado, vencedor de la muerte y del pecado y traemos
recordamos que El murió por nuestros pecados, como dice el
profeta Isaías: “El fue traspasado a causa de nuestros crímenes,
triturado a causa de nuestras faltas. Por nuestra paz El ha sido
castigado” (Is 53,5). A causa de nuestros pecados y por nuestra
paz, El murió. El murió y resucitó, y nos dió también a nosotros
y a toda persona humana, el poder de vencer a la muerte que se
encuentra en el fondo de nuestro ser, es decir, al pecado.
2. Por su Resurrección, el Señor nos da una vida nueva y un
nuevo entusiasmo a fin de poder vencer el pecado en nosotros y
en nuestra sociedad: “por lo tanto si alguno está en Cristo, es
una creatura nueva”, dice san Pablo. En todas nuestras
relaciones con nuestra sociedad, la Resurrección de Cristo nos
da una nueva fuerza, por la vida y por el amor, que enseña y a
la vez nos ayuda a perdonar y a establecer la justicia. Amar es
ver en cada persona humana la Faz del Altísimo, es entonces amar
a Dios mismo en su creatura, y es perdonar como El perdona a
cada uno de nosotros, y es aprender de Dios mismo a practicar la
justicia en nuestras relaciones de unos con otros. Amar como
Dios ama, es penetrar en las profundidades del misterio de su
Providencia, y con El, el Señor de la historia, llegar a ser
capaces de contribuir a la creación de nuestra historia y de
transformar nuestra tierra de muerte y de pecado en tierra de
vida nueva.
3. Jesús dice: “Yo soy la Resurrección. Quien vive y cree en mi
no morirá para siempre” (Jn 11,25). Esto, nuestra fe nos lo
vuelve a decir, cuando nosotros hacemos frente en el corazón de
la Tierra Santa a una realidad permanente de muerte, en sus
diversos aspectos, de odio, miedo, desequilibrio en las
relaciones entre las personas y a nivel de los gobiernos.
Nuestra tierra es al mismo tiempo una tierra de resurreción y de
muerte, pero su vocación y su misión fundamental es la de ser
tierra de amor y de vida, de vida abundante para todos sus
habitantes, de todas las religiones. Esto supone que todo
creyente, de toda religión, acepte las consecuencias de su fe en
Dios: que todos nosotros somos creatura de Dios y la obra de sus
manos, y que, creer en Dios quiere decir también acoger todos
los hijos de Dios. De este modo, todos aceptan a todos, todos
respetan a todos; ninguno ejercita la violencia sobre otro; no
hay más fuerte ni más débil; no hay ni ocupación, ni muros, ni
barreras militares, ni miedo ni violencia.
4. Este año commemoramos cuarenta años pasados sobre el gran
desequilibrio en nuestra Tierra Santa, que se refleja sobre la
región y sobre el mundo. Nuestros gobernantes y la Comunidad
Internacional, ¿podrán finalmente poner fin a este
desequilibrio? La cuestión en sí es simple, dos pueblos hacen la
guerra y uno ocupa la casa del otro. La solución sería
simplemente que cada uno ocupe su propia casa, los israelíes la
de ellos y los palestinos la suya. Es cierto que el miedo ha
complicado las cosas, y quiere hacer ver en los palestinos a
terroristas o a personas impotentes a asegurar la seguridad.
Además, muchos fenómenos mundiales aparecieron en el mundo, como
consecuencia directa o indirecta de este desequilibrio de Tierra
Santa, e hicieron nacer un gran temor que ha complicado mas aun
las cosas que en sí son simples. Con todo esto, nosotros siempre
vemos que mientras la ocupación de la casa del otro continúe el
desequilibrio continuará. Y mientras este desequilibrio de la
Tierra Santa continuará la región y el mundo padecerán. Hay que
tomar el riesgo de la paz, poner fin a la ocupación -cada cual
en su casa-, a fin de comenzar el proceso de sanación en nuestra
tierra, en la región y en el mundo.
5. Nuestra tierra es al mismo tiempo una tierra de resurrección
y de muerte, pero su vocación y su misión fundamental es la de
ser tierra de amor y de vida, de vida abundante para todos sus
habitantes, de toda religión y nacionalidad. Nosotros pedimos a
Dios de concedernos esto y de darnos a todos, por la gracia de
la Resurrección, la vida abundante, la tranquilidad y la
bendición.
¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, verdaderamente ha resucitado!
¡Felices Pascuas!