Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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Pascua en Jerusalén 2007
+ Michel Sabbah, Patriarca latín
Jerusalén, Pascua, 8 de Abril de 2007
Santo Sepulcro
1. ¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, verdaderamente ha resucitado! En
esto nosotros creemos y es por la fuerza de la esperanza que nos
da la Resurrección que nosotros acogemos nuestra vida de todos
los días, con todo el misterio de bien y de mal que ella
conlleva.
Queridos Hermanos y Hermanas: ¡Cristo ha resucitado! Que la
alegría de la Resurrección llene vuestros corazones. Nosotros
meditamos el misterio de la Pascua en comunión con todas las
generaciones de creyentes, de todo tiempo y en todo lugar. En
esta comunión con su fe, con su esperanza y con su amor, somos
nosotros mismos fortificados en nuestra fe, en nuestra esperanza
y en nuestro amor por el Señor Resucitado y por todos los
hombres y mujeres por los cuales el murió y resucitó: “Dios, en
su gran misericordia -nos dice san Pedro- nos ha engendrado de
nuevo por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
para una esperanza viva y para una herencia incorruptible” (I
Pedro 1,3-4).
En esta comunión de los santos, aquí, en Jerusalén, delante de
la Tumba vacía del Señor, nosotros revivimos la memoria de
Cristo Resucitado. Los hechos narrados por los evangelistas los
hemos leído de nuevo en estos días y los hemos vuelto a
escuchar: el Señor ha sufrido; el había predicho a sus
discípulos que tenía que sufrir y morir. A los dos discípulos de
Emaús, el ha recordado que era necesario que el Mesías sufriese
antes de entrar en su Gloria y a fin de conceder de nuevo la
gloria a toda la familia humana.
En la segunda lectura del Oficio del Lunes de Pascua, Melitón de
Sardes dice: el misterio que nosotros meditamos en este día de
la Resurrección, es un misterio de alegría espiritual que se
refleja en el curso de nuestra vida entera: el Señor siendo
Dios, se revistió de nuestra naturaleza humana, sufrió por aquel
que sufría, fue encadenado por aquel que estaba cautivo, fue
juzgado por el culpable, fue enterrado por aquel que estaba
enterrado y resucitó de entre los muertos. (cf Meliton de
Sardes, Homilía sobre la Pascua, Liturgia de las Horas, T. II)
Todo esto nos presenta el misterio: por qué era necesario que El
sufriese. ¿Por qué el sufrimiento debía ser la senda hacia la
vida? Y el otro aspecto del mismo misterio: ya que nosotros
somos creados a imagen del Dios Santo, ¿Por qué el pecado
aparece desde el inicio en la historia humana, en la narración
de un hermano, que, llevado por los celos, mata a su hermano? Y
esto continúa hasta hoy en todas partes del mundo y aquí
también, en la historia de nuestra tierra, en la cual nosotros
celebramos hoy la gloria de la Resurrección.
Un hecho es seguro: nosotros somos creados a imagen de Dios. Así
como también es seguro que el hermano, aquí, continúa matando a
su hermano. Nosotros hemos sido hechos a imagen de Dios, la obra
de sus manos, todos nosotros: cristianos, judíos y musulmanes.
Todos nosotros hemos recibido la orden de imitarlo. “Sed
perfectos y sed santos -dice la Escritura- porque Yo el Señor
vuestro Dios soy Santo” (cf Lv 11,44; Mt 5,48). Y nosotros no lo
hacemos. El mal y el bien riňen en nuestra vida personal y en
nuestras relaciones entre los pueblos. Así y todo, si nosotros
hemos recibido la orden del Creador, esto quiere decir que Dios
nos ha concedido también el poder de cumplir aquello que el nos
manda. Es por esto que, en medio de todo el mal y de todo el
bien que nosotros vivimos, el grito se eleva siempre para todos,
en la Palabra de Dios escrita o a través de los distintos
acontecimientos de nuestra vida: el Señor viene. El está
presente (cf Mt 25,10).
Las aplicaciones sobre nuestra vida
2. La Resurrección es una vida nueva que nos he concedida, y que
debemos conservar siempre nueva, sin dejarla caer en la vejez
del esfuerzo, de la fatiga, de la rutina, sin dejarla que caiga
bajo las exigencias egoístas que no hacen otra cosa que bloquear
la vida en nosotros.
San Pedro nos dice: “Vosotros habéis purificado vuestras almas
en la obediencia a la verdad, para practicar un amor fraterno
sin hipocresía. Comportaos como hombres libres, sin utilizar la
libertad como un velo para vuestra maldad, sino obrando como
servidores de Dios ” (cf I Pedro 1,22; 2,16).
Comportarse como hombres libres, sin utilizar la libertad como
un velo: he aquí un llamado a los responsables de la paz y de la
guerra en nuestra tierra de la Resurrección y de la libertad.
Nuestro conflicto lleva más de un siglo. Un siglo de conflicto y
de impotencia humana. Un conflicto al que hay que ponerle fin.
En este año, además, se cumplen cuarenta años de ocupación y de
impotencia a los que hay que ponerles fin, junto a cuarenta años
de inseguridad y de impotencia que deben terminar.
El espíritu de Pascua invita a todos aquellos que, en esta
Tierra Santa, llevan la responsabilidad de la paz y de la
guerra, a recurrir a nuevos criterios, a una nueva visión. Hasta
ahora, la opresión ha hecho nacer la violencia, y la violencia
ha hecho nacer más opresión. Es necesario que la opresión
inicial, la ocupación y el rechazo del reconocimiento mutuo,
cese a fin de volver a entrar decididamente en los senderos de
la paz. Los judíos celebran la Pascua, memoria de la liberación
del pueblo judío y símbolo de la libertad para todo pueblo.
¿Israel llegará un día a celebrar la Pascua en la cual tendrá el
coraje de devolver la libertad al pueblo palestino, a fin de
volver a encontrar él mismo su libertad interior? Un siglo de
impotencia, entonces, tendrá fin, y comenzará la obra de la
Resurrección y de la vida nueva en esta tierra.
3. Queridos Hermanos y hermanas, en nuestra alegría y en nuestra
oración pascual, aquí, delante de la Tumba del Señor, nosotros
traemos el recuerdo de toda nuestra diocesis y de todas las
iglesias en Palestina, Israel, Jordania y Chipre. Recordamos a
todos los habitantes de nuestros países, musulmanes, judíos,
cristianos y drusos. A los judíos que celebran la Pascua les
deseamos una Pascua de santidad, de libertad y de paz. A todo el
pueblo palestino, cristiano y musulmán, bajo la ocupación, le
deseamos la libertad, el fin de nuestros sufrimientos, la
libertad de millares de prisioneros políticos, con la libertad
de cuatro prisioneros israelíes. Nuestra fiesta es una oración
por todos y la renovación de nuestro amor por todos.
¡Cristo ha resucitado! Era necesario que el sufriese para entrar
en su Gloria. El nos invita a hacer de todos nuestros
sufrimientos, a todos los niveles, una fuente de Redención para
nosotros y para todos aquellos con los cuales vivimos. ¡Cristo
ha resucitado! ¡Felices y santas fiestas de Pascuas! Amén.
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