Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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PASCUA
2007
MENSAJE URBI ET ORBI DE
SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Hermanos y hermanas del mundo entero, hombres y mujeres de buena
voluntad!
¡Cristo ha resucitado! ¡Paz a vosotros! Se celebra hoy el gran
misterio, fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jesús
de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos
al tercer día, según las Escrituras. El anuncio dado por los
ángeles, al alba del primer día después del sábado, a Maria la
Magdalena y a las mujeres que fueron al sepulcro, lo escuchamos
hoy con renovada emoción: “¿Por qué buscáis entre los muertos al
que vive? No está aquí, ha resucitado!” (Lc 24,5-6).
No es difícil imaginar cuales serían, en aquel momento, los
sentimientos de estas mujeres: sentimientos de tristeza y
desaliento por la muerte de su Señor, sentimientos de
incredulidad y estupor ante un hecho demasiado sorprendente para
ser verdadero. Sin embargo, la tumba estaba abierta y vacía: ya
no estaba el cuerpo. Pedro y Juan, avisados por las mujeres,
corrieron al sepulcro y verificaron que ellas tenían razón. La
fe de los Apóstoles en Jesús, el Mesías esperado, había sufrido
una dura prueba por el escándalo de la cruz. Durante su
detención, condena y muerte se habían dispersado, y ahora se
encontraban juntos, perplejos y desorientados. Pero el mismo
Resucitado se hizo presente ante su sed incrédula de certezas.
No fue un sueño, ni ilusión o imaginación subjetiva aquel
encuentro; fue una experiencia verdadera, aunque inesperada y
justo por esto particularmente conmovedora. “Entró Jesús, se
puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros»” (Jn 20,19).
Ante aquellas palabras, se reavivó la fe casi apagada en sus
ánimos. Los Apóstoles lo contaron a Tomás, ausente en aquel
primer encuentro extraordinario: ¡Sí, el Señor ha cumplido
cuanto había anunciado; ha resucitado realmente y nosotros lo
hemos visto y tocado! Tomás, sin embargo, permaneció dudoso y
perplejo. Cuando, ocho días después, Jesús vino por segunda vez
al Cenáculo le dijo: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae
tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino
creyente!”. La respuesta del apóstol es una conmovedora
profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,27-28).
“¡Señor mío y Dios mío!”. Renovemos también nosotros la
profesión de fe de Tomás. Como felicitación pascual, este año,
he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual
espera de los cristianos un testimonio renovado de la
resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo
como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol
podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos
cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables
contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con
renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por
nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los
sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado
ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente
hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.
Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de
Tomás. ¿El dolor, el mal, las injusticias, la muerte,
especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los
niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las
enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura
prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de
Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos
ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a
descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en
Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás
ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia
el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y
confirmada por el encuentro con Él resucitado. Una fe que estaba
casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de
Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino
que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los
sufrimientos de cada ser humano.
“Sus heridas os han curado” (1 P 2,24), éste es el
anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas
llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe
para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús;
aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el
Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que
Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién
es Dios y a repetir también: “Señor mío y Dios mío”. Sólo un
Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro
dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.
¡Cuántas heridas, cuánto dolor en el mundo! No faltan
calamidades naturales y tragedias humanas que provocan
innumerables víctimas e ingentes daños materiales. Pienso en lo
que ha ocurrido recientemente en Madagascar, en las Islas
Salomón, en América latina y en otras Regiones del mundo. Pienso
en el flagelo del hambre, en las enfermedades incurables, en el
terrorismo y en los secuestros de personas, en los mil rostros
de la violencia - a veces justificada en nombre de la religión
-, en el desprecio de la vida y en la violación de los derechos
humanos, en la explotación de la persona. Miro con aprensión las
condiciones en que se encuentran tantas regiones de África: en
el Darfur y en los Países cercanos se da una situación
humanitaria catastrófica y por desgracia infravalorada; en
Kinshasa, en la República Democrática del Congo, los choques y
los saqueos de las pasadas semanas hacen temer por el futuro del
proceso democrático congoleño y por la reconstrucción del País;
en Somalia la reanudación de los combates aleja la perspectiva
de la paz y agrava la crisis regional, especialmente por lo que
concierne a los desplazamientos de la población y al tráfico de
armas; una grave crisis atenaza Zimbabwe, para la cual los
Obispos del País, en un reciente documento, han indicado como
única vía de superación la oración y el compromiso compartido
por el bien común.
Necesitan reconciliación y paz: la población de Timor Este, que
se prepara a vivir importantes convocatorias electorales; Sri
Lanka, donde sólo una solución negociada pondrá punto final al
drama del conflicto que lo ensangrienta; Afganistán, marcado por
una creciente inquietud e inestabilidad. En Medio Oriente -
junto con señales de esperanza en el diálogo entre Israel y la
Autoridad palestina -, por desgracia nada positivo viene de
Irak, ensangrentado por continuas matanzas, mientras huyen las
poblaciones civiles; en el Líbano el estancamiento de las
instituciones políticas pone en peligro el papel que el País
está llamado a desempeñar en el área de Medio Oriente e hipoteca
gravemente su futuro. No puedo olvidar, por fin, las
dificultades que las comunidades cristianas afrontan
cotidianamente y el éxodo de los cristianos de aquella Tierra
bendita que es la cuna de nuestra fe. A aquellas poblaciones
renuevo con afecto mi cercanía espiritual.
Queridos hermanos y hermanas: a través de las llagas de Cristo
resucitado podemos ver con ojos de esperanza estos males que
afligen a la humanidad. En efecto, resucitando, el Señor no ha
quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido
en la raíz con la superabundancia de su gracia. A la prepotencia
del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía para la
paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte.
“Que os améis unos a otros - dijo a los Apóstoles antes de morir
– como yo os he amado” (Jn 13,34).
¡Hermanos y hermanas en la fe, que me escucháis desde todas
partes de la tierra! Cristo resucitado está vivo entre nosotros,
Él es la esperanza de un futuro mejor. Mientras decimos con
Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, resuena en nuestro corazón la
palabra dulce pero comprometedora del Señor: “El que quiera
servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi
servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn
12,26). Y también nosotros, unidos a Él, dispuestos a dar la
vida por nuestros hermanos (cf. 1 Jn 3,16, nos
convertimos en apóstoles de paz, mensajeros de una alegría que
no teme el dolor, la alegría de la Resurrección. Que María,
Madre de Cristo resucitado, nos obtenga este don pascual. ¡Feliz
Pascua a todos!
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana
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