Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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Las manos de
Dios (III)
(Las manos de Dios II)
George Huber
Una gran potencia desconocida
Pero las expresiones rey, señor, omnipotencia, pueden prestarse
a equívoco. La tentación nos lleva a medir a Dios con los
cánones humanos y a ver en Él no lo trascendente, sino un ser
simplemente superior. Este peligro concierne especialmente al
sentido de las palabras potencia y omnipotencia. Preguntad a un
niño de la catequesis, interrogad a un cristiano practicante
acerca de lo que significa esta expresión: Dios es omnipotente.
Y os responderán que significa que Dios ha creado el mundo y que
puede hacerlo todo. Por ejemplo, que podría crear un pájaro del
tamaño de una carabela o tomar el Montblanc y arrojarlo al
océano Atlántico. Sobre este tema, la fantasía ha tenido libre
curso en el pasado para llegar a la conclusión de que Dios puede
hacer todo aquello que en sí no encierre contradicción. Dios no
trazaría un círculo cuadrado ni crearía un conejo matemático; el
concepto de círculo excluye la cuadratura, del mismo modo que el
de conejo excluye la idea de inteligencia.
Sin embargo, a fuerza de preguntarse lo que ha hecho Dios en el
pasado de los hombres, lo que podría y lo que no podría hacer,
se ha llegado a veces a olvidar una realidad infinitamente más
interesante y más estimulante para la vida cristiana: que el
poder de Dios actúa realmente, lo que hace en este instante
preciso; en otros términos, lo que significa esta palabra tan
simple y tan profunda de Jesús: «Mi Padre obra siempre.»
El teólogo católico americano John Courtney Murray, S. J.,
experto en el Concilio Vaticano II, señala que la palabra
omnipotente (pantocrátor) tiene dos sentidos: uno antiguo,
bíblico; el otro moderno, teológico. Cuando nosotros. cristianos
modernos, afirmamos la omnipotencia de Dios, reconocemos
simplemente que su fuerza no tiene límites; por el contrario,
entre los judíos y los primeros cristianos aquella palabra tenía
un sentido más concreto, digamos un sentido existencial;
significaba: Dios actúa todo. «Entendían por ello una acción
directa de la omnipotencia de Dios, por su creación y por su
Providencia, omnipotencia que penetra y envuelve todos los
mundos y todos los movimientos, el cosmos y la historia» ".
Un abismo separa ambas acepciones. La omnipotencia, tal como la
entendemos corrientemente hoy, es más bien una realidad
abstracta, en tanto que la omnipotencia, como la entendían los
judíos y los primeros cristianos, así como los santos y los
místicos, ricos en experiencia personal de Dios, es una realidad
tremenda.
«Mi alma entrevió el poder de Dios, y a la vez que esta
omnipotencia incomparable, su infinita dulzura. Y comprendí que
si esta dulzura divina no me hubiera sido mostrada entonces, no
hubiera podido soportar la visión de la omnipotencia». Lo que
significa, sin duda, que el poder de Dios sobre la creación en
general y sobre los hombres en particular es tal, que ante este
poder el hombre se siente como anonadado: es una hormiga ante la
pata de un elefante, un guijarro al pie del Montblanc, una gota
de agua frente al océano.
En fin, escribe la mística francesa, es la nada frente a Aquél
que es. «Mi corazón ha sido iluminado y penetrado por Aquél que
es: Yo soy tu todo, tu único... Yo soy el todo del mundo. Y vi
el universo reposando en la mano de Jesús: Yo soy y vosotros no
sois. Y mi alma se llenó de admiración y de alegría a la vista
de esta magnífica simplicidad de Quien es por él mismo».
Por otra parte, ella reconocía asimismo que «es una locura
intentar algo fuera de Él» de este Dios que le había dicho:
«Hagas lo que hagas, estás entre mis brazos». En una época en
que no había roto enteramente con la Iglesia Católica, Martín
Lutero compuso un comentario al Magnificat que ha sido reeditado
y hasta traducido estos últimos años. La profundidad espiritual
de esta obra emocionó al Papa León X. Al acabar la lectura
diría, sin conocer al autor: «¡Bendita sea la mano que ha
escrito estas páginas! » Pues bien, una de las páginas más
bellas de este librito es, seguramente, la que Lutero consagra a
la omnipotencia de Dios:
«Dios es el todopoderoso, porque nada, sino su poder, opera en
todos, y por medio de todos y por encima de todos. Él obra todas
las cosas. Todo esto es fácil de decir, pero difícil de creer y
difícil de practicar en la vida cotidiana. Los que lo hacen son
las personas pacíficas, pacientes, simples, que no presumen en
absoluto de sí mismas porque saben que todo ello no proviene de
ellas, sino de Dios. Tal es, pues, el pensamiento de la Santa
Madre de Dios cuando afirma: "El Todopoderoso hizo en mí
maravillas. En todas estas cosas y todos estos bienes no hay
nada mío, sino que todo proviene de Aquél que realiza estas
cosas y que con su poder obra en nosotros: Él ha hecho por mí
estas maravillas."
En efecto, la palabra poderoso no significa aquí un poder inerte
como cuando se dice de un rey terrenal que es poderoso mientras
que está sentado y no hace nada, sino que se trata de un poder
en obra y en continua actividad, puesto que Dios no se detiene,
sino que actúa incesantemente, como lo dice Cristo en el
Evangelio de San Juan: «Mi Padre sigue hasta el presente obrando
y yo también obro» (5,17).
Nerón, «Señor del mundo entero»
Los exegetas han puesto de manifiesto que al llamar a Dios «el
bienaventurado y único soberano, Rey de Reyes y Señor de los
señores, el único que posee la inmortalidad, que mora en luz
inaccesible» la Sagrada Escritura invitaba a los cristianos a
reaccionar contra los títulos divinos usurpados por los
emperadores de Roma. Nerón se denominaba «Señor del mundo
entero». Según Suetonio, Domiciano era aclamado como «Nuestro
Señor y Nuestro Dios». Dión Casio cita un decreto de Tiberio que
declara al emperador inmortal y digno de los honores divinos:
«Por encima de esos señores, pequeños en sus poderes, pero
grandes en sus pasiones, está el Dios único y el Señor
universal. Y es por voluntad suya por la que aquellos comparten
el poder limitado que ejercieron en la tierra».
Si es históricamente cierto que los reyes gobiernan, también es
teológicamente verdadero que a su vez ellos son regidos por una
potencia superior que los utiliza para la realización de sus
propios planes, de tal manera que, para utilizar la vigorosa
expresión de un exegeta alemán contemporáneo, «aquellos que
sobre la tierra piensan dirigir a los otros son, en definitiva,
llevados y conducidos por Dios». «No por estar asentados en su
trono están menos bajo su mano y bajo su autoridad». «No hay
ninguna potencia humana que no sirva, a pesar suyo, a otros
designios distintos de los suyos. Solamente Dios sabe reducir
todas las cosas a su voluntad». En definitiva, «nadie domina
sino Dios».
Dios saca de sí mismo todo su poder, y lo posee en un grado tan
eminente que comparado con Él, los reyes y los príncipes de la
tierra no parecen tales reyes y príncipes, sino servidores de
Dios a quienes Él comunica durante un breve lapso, una minúscula
parte de poder. Lo que la Sagrada Escritura y los exegetas
afirman de los reyes y los príncipes podemos aplicarlo
igualmente al mundo político, económico y financiero de hoy.
Dictadores, jefes de Estado, presidentes de consejos, dueños de
los instrumentos de comunicación social, escritores, etc., todos
poseen medios de acción durante algunos años o algunos meses;
pero son las suyas fuerzas prestadas, y estos personajes sirven,
sin saberlo, a designios distintos a los suyos. La política
humana está secretamente integrada en una política divina.
Este dominio de Dios sobre los hombres y sobre la historia es
tal que San Agustín pudo escribir: «Dios domina las voluntades
de los hombres más que los propios hombres». No hay que
extrañarse, pues, de que la Escritura afirme en muchas ocasiones
la fuerza «irresistible» de la voluntad de Dios. En efecto, es
tal que nadie puede hacerle frente, y separa todo lo que se
opone a su paso. Se sentiría uno tentado a compararla a un golpe
de mar o a un ciclón, si no fuera porque la voluntad de Dios no
sólo actúa con fuerza, sino también con dulzura, es decir,
tratando a los hombres según su naturaleza. Su omnipotencia
actúa sobre los hombres también desde dentro. Dios les infunde
sentimientos y movimientos, y les orienta a su voluntad.
La plegaria que Mardoqueo dirige a Dios para pedirle que salve a
los israelitas amenazados por Aman es de una riqueza teológica y
de una intensidad espiritual extraordinarias: «Señor, Señor,
todo está sometido a tu poder, pues en tus manos está el
universo entero, ni hay quien pueda oponerte resistencia, como
tú quieras salvar a Israel; pues tú hiciste el cielo y la tierra
y todo cuanto hay de maravilloso bajo el cielo. Señor eres de
todas las cosas, ni hay nadie capaz de resistir a ti, el Señor».
«Todo está sometido a tu poder», no en teoría, en el sentido
edulcorado que damos con frecuencia a tu palabra «poder de
Dios», considerado solamente como una posibilidad de intervenir,
sino en la práctica, en el pleno sentido del vocablo, tal como
lo entendían los judíos y los primeros siglos cristianos: «todo
está sometido a tu poder», es decir, que todas las cosas, en
este mismo momento, hoy como ayer, mañana como hoy, todas las
cosas ejecutan tus designios, todos los hombres realizan tus
planes misteriosos, aunque la mayor parte de ellos lo ignoran y
aunque, con mayor frecuencia, infrinjan tus mandamientos. En
definitiva, Dios no ha puesto a los hombres en la tierra sino
para hacerles ejecutar su plan de amor hacia Él, libremente,
pero también infaliblemente. Todos obedecen a su decreto eterno.
Aún no había aparecido sobre la tierra la primera pareja humana
cuando Dios, en sus planes eternos, había escrito ya la
«historia» del género humano del mismo modo que un autor compone
un drama mucho antes de su representación. Dios, al ver los
periódicos colgados en los quioscos
o siguiendo la actualidad en las pantallas de televisión no
aprende absolutamente nada de nuevo. Dramaturgo soberano, sabe
de antemano lo que se representará en la escena del mundo, a lo
largo de los días y de los años, del mismo modo que un Paul
Claudel, asistente a la primera representación del Soulier de
satin, conocía desde la primera escena todo el desarrollo de
la obra.
La sonrisa de los ángeles
Isaías denuncia la inanidad de los esfuerzos emprendidos por los
poderosos de la tierra contra los designios de Dios. Tras haber
anunciado la opresión de Israel por parte de los Asirios predice
que llegará un día en que el Señor hará fracasar a los enemigos
de Israel y de Judá. El profeta judío interpela directamente a
los Asirios: «Podéis tomar las armas. Ceñíos y seréis
quebrantados; tomad un consejo y será deshecho; dad una orden y
no subsistirá, pues `Dios está con nosotros". Sólo un profeta
iluminado por el Señor de la historia podía expresarse con una
seguridad tal. ¿Quién resistirá a la voluntad de Dios?'. Nadie.
«Vano será pedir a alguien una cosa que no esté en su poder
-comenta Santo Tomás-. Así, nada está originariamente en poder
del hombre, puesto que es de Dios de quien recibe no sólo el
querer, sino el hacer, y todo procede de la voluntad de Dios»
«Conozco bien, oh Señor, que no es el hombre dueño de su camino
ni corresponde al varón caminar y enderezar sus pasos».
Obstáculos imprevistos e insuperables pueden surgir en el curso
del camino. El alpinista más avezado y mejor equipado no está
seguro de escalar la cima que ambiciona conquistar, así como el
turista más rico, que sube a un avión, no está seguro de llegar
unas horas más tarde a su lugar de destino. Pero cuanto más
aleatorios son los proyectos del hombre, más ciertos y seguros
son los designios de Dios. «Ninguno se salva de mi mano. Cuando
yo obro, ¿quién podrá impedirlo?» dice el Señor. En fin de
cuentas, Dios «ha tomado decisión y ¿quién le hará volver a
atrás? Lo que su alma ha deseado, Él hará».
«Así como ningún ser humano puede comprender las disposiciones
de Dios -comenta Santo Tomás-, así tampoco ninguna criatura
podrá resistirlo» . El que es por Sí mismo, desde toda la
eternidad, domina y anonada, por así decirlo, con toda su
trascendencia a aquellos que surgen en un momento dado de la
historia y todo lo toman de prestado: existencia, vida,
movimiento. «Yo soy el Alfa y la Omega -dice el Señor Dios-, el
que es, el que era, el que viene». Es el autor del pasado, del
presente y del porvenir.
É1 hace ejecutar sus designios incluso por aquellos que rehúsan
obedecer a sus mandamientos. Un prelado eslovaco, que vivió
durante largos años clandestinamente en la Rusia soviética,
decía, tras la ordenación en Roma de un sacerdote eslavo: «Dios
encuentra siempre el camino para conducir al altar, aunque sea a
través de mil dificultades, a los que ha escogido... » Del mismo
modo, aquellos que tienen a Dios de su lado porque se dirigen
únicamente a la ejecución de Sus designios, a medida que van
descubriendo Su voluntad sobre ellos, tienen un no sé qué de
invencible. Participan de esta omnipotencia, de la que Mardoqueo
decía que nadie podría resistir. En muchas ocasiones la Sagrada
Escritura atribuye los éxitos de determinados personajes del
Antiguo Testamento al hecho de que «Dios estaba con ellos».
«Señor, vuestro designio permanece eternamente -dice San
Agustín-. Desde lo alto os reís de nuestras resoluciones y
realizáis las vuestras.» El Salmista nota que el que mora en los
cielos se divierte viendo a los poderosos de la tierra alzarse
contra Yahvé y contra su Cristo. Dios se ríe de los ardides de
sus enemigos. Este «reírse» es una expresión figurada que marca
la desproporción entre el esfuerzo realizado y el resultado
conseguido. ¿Qué diríamos si viésemos a un niño, hijo de un ateo
militante, avanzar por la plaza de San Pedro de Roma con un
fusil de juguete, con el propósito de derruir la Basílica y
aplastar la religión? Sin duda alguna, excitaría en algunos la
compasión, pero en otros provocaría la hilaridad. Asimismo, los
ángeles sonreirían de compasión -si su imperturbable serenidad
pudiese abandonarlos- al ver la enorme disparidad entre los
esfuerzos de los hombres y los resultados que logran. Sonreirían
al ver cómo el hombre se agita, mientras que Dios le conduce, y
de qué modo los mortales proponen y yerran mientras que
solamente Dios dispone.
Desde este punto de vista superior, Santa Teresa podía escribir
a la intención de sus hijas espirituales: «Sabed que Dios lo
puede todo y que nosotros no podemos nada más que lo que se nos
concede de poder... Todo nuestro mal nos viene de que no tenemos
la mirada fija en Dios» ". Si tuviera su mirada fija en el
Creador, el hombre se guardaría de construir sobre arena y de
apoyarse sobre cañas. Refiriéndose a los proyectos de una
determinada familia para el porvenir,Teresa de Ávila nota
finamente que «nuestro Señor tiene otros caminos y aquellos
proyectos servirán de poco. Lo que quiere Su Majestad, no dejará
de realizarse» `. Y lo que no quiera no habrá fuerza alguna aquí
abajo capaz de forzar su realización: Nadie abre donde Él cierra
y nadie cierra donde abre".
En suma, «los accidentes, los retrasos, los fracasos no pueden
entorpecer la acción de Dios. La causa de todas las causas no
puede ser trabada por ninguna causa puesto que ella las envuelve
a todas, puesto que es ella la que les proporciona su eficacia»
.
«Combatida, ella triunfa»
Todo esto es magnífico, es mucho, ciertamente, pero no es todo.
El brazo de Dios va más lejos. No solamente la Providencia
realiza todos sus designios, sino que hace concurrir y cooperar
a su realización incluso a la oposición del mundo y al odio de
Satán. De buen grado o a pesar suyo, los hombres trabajan de un
modo o de otro en la realización del designio supremo de Dios:
la multiplicación de los elegidos, la construcción de la
Iglesia.
Para llevarlos a contemplar desde este punto de vista superior
las vicisitudes humanas, San Juan Crisóstomo invita a sus fieles
a meditar una vez más en la historia de José, hijo de Jacob: «No
os imaginéis que estos acontecimientos fueron el efecto de un
concurso fortuito de circunstancias, la consecuencia de una
revolución repentina. Dios ejecuta sus designios por manos de
aquellos mismos que se oponen a él y le combaten ; se sirve para
la elevación de José del ministerio de sus enemigos, a fin de
que aprendáis que nadie puede impedir lo que Dios ha resuelto, y
que nadie puede detener su potente brazo a fin de que cuando os
veáis expuestos a alguna persecu ción no sintáis
desfallecimiento ni despecho, sino que sepáis que la persecución
tendrá un final feliz, siempre que soportéis valerosamente sus
asaltos». La envidia de sus hermanos alejó a José del país de
Canaán y en las manos de Dios este alejamiento se convertía en
un instrumento de promoción. ¡Qué enseñanza!
Del mismo modo, «los obstáculos mismos favorecen la realización
de los designios de Dios. Él se sirve de las persecuciones para
extender la fe» ". Su táctica desconcierta nuestros
razonamientos demasiado humanos... En Su mano todo se convierte
en medios para realizar Sus planes de salvación. «Tal es la
grandeza de la Iglesia: combatida, triunfa; ultrajada, aparece
más brillante. Recibe heridas, pero no sucumbe a ellas; es
agitada por las olas, pero no desaparece» . Dios está con ella,
la sostiene, la edifica día tras día; ¿acaso no es Su obra
maestra? Cristo salva a los hombres por medios que parecen
opuestos al fin propuesto: la traición, la flagelación, la
ignominia de la muerte en la cruz traen a los hombres la
salvación y la verdadera alegría. Como Dios estaba con su
Cristo, ¿quién hubiera podido modificar eficazmente sus planes
de redención? «Si Dios es para nosotros, ¿quién pues estará
contra nosotros?» Lo que se produjo en la Vida de Jesús. se
reproduce de alguna manera en la de los cristianos: «Nuestros
enemigos están lejos de perjudicarnos; a pesar suyo nos trenzan
coronas, nos procuran bienes infinitos: la sabiduría de Dios
cambia sus asechanzas en gloria y salvación nuestra. ¿Veis cómo
nadie está contra nosotros?» Por poderosos que sean, los reyes
no se benefician de sus ventajas tempo rales; ¿acaso no están
expuestos a las traiciones, a las revueltas y a las guerras? «Ni
los hombres ni los demonios pueden verdaderamente dañar al
cristiano atento a observar las leyes de Dios.»
Ante el espectáculo de la omnipotencia de Dios que hace que
todos los acontecimientos, favorables o no, se tornen en
beneficios para los amigos de Dios, San Juan Crisóstomo exulta
de admiración y alegría: «¿Qué hay de comparable a esta vida en
la que nada puede hacernos daño, en la que los mismos que nos
tienden lazos no son menos útiles que los bienhechores? Así, San
Pablo dice: si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros?» "'. «Gloria a Dios en todo», era una máxima familiar
al obispo de Constantinopla. La pronunciará al morir, en Comana,
camino del exilio, después de una vida muy rica en pruebas. El
santo vivió lo que enseñaba y enseñó lo que vivía.
Los seminarios superpoblados de Polonia
Al evocar las persecuciones de todas clases que atormentaron la
vida apostólica de San Pablo, Bossuet muestra que a pesar de los
propósitos de los autores de aquéllas, ellos contribuyeron a la
difusión del cristianismo a través del mundo. Bossuet apostrofa
en estos términos a los adversarios del Apóstol: «¿De qué os
sirve, oh perseguidores, perseguirlo con tanta saña? Hacéis
avanzar la obra de Pablo cuando pensáis destruirla. Porque dos
cosas son necesarias para ganar a las naciones infieles:
palabras para instruirlas y sangre para emocionarlas. Él puede
darle sus instrucciones por la sola fuerza de la caridad, pero
no puede darles su sangre si no es por el suplicio: ahí que
vuestro furor fuera necesario. Le dais el medio de vencer,
dándole el de sufrir. Sus heridas hacen sus conquistas».
«Vuestro furor le es necesario» tal como había sido necesario
que con los gentiles y los judíos, Herodes y Poncio Pilatos se
uniesen para realizar los designios que la mano y la voluntad de
Dios habían establecido para la salvación de los hombres».
«Silenciosa, lenta, secreta, la Providencia de Dios está en el
fondo de todo. Ella lleva las cosas a su fin, los seres a su
destino. Ella hace la historia. Ella utiliza los hombres. Y
ellos no se dan cuenta. Si se les dijera, responderían: «No es
verdad.» ¿Cómo habrían de saberlo? El plan divino está oculto
para ellos. Dios no tiene por qué explicarse. Pero obra».
César está al servicio de Dios al ordenar el censo de su
imperio. Es como consecuencia de esta medida por lo que Jesús
nacerá en Belén y se cumplirá la profecía. Al dar aquella orden,
«César sabe lo que hace. Y no lo sabe, a la vez. No sabe que
esta idea del empadronamiento que se le ocurrió un día, de
repente, hablando consigo mismo, estaba preparada en él, desde
siempre, por Dios. Con esta historia del empadronamiento, Dios
iba a hacer otra historia. Una historia grande y eterna. Y esto
es lo que ignoraba César. Él era un instrumento... de los más
inconscientes. Trabajaba para Dios en tanto que, seguramente,
Dios era, en este caso, absolutamente indiferente para él.»
También los fariseos trabajaban, sin saberlo, para la expansión
del cristianismo que querían yugular. «Cuando envían a Pablo a
Damasco ellos saben -y no saben- lo que hacen. Saben que va
hacia Damasco, pero no saben que en el camino Alguien espera y
que una luz cegadora, desde la cual Alguien hablará, va a
iluminar a su delegado para la iluminación del mundo». «Nuestros
enemigos -pueden decir, con palabras del P. de Causade, quienes
aman a Dios de todo corazón-, nuestros enemigos son galeotes que
nos llevan al puerto a todo remo.» Y con Bossuet pueden añadir:
«Veremos un día cuántas personas que nos crucifican nos son
útiles.» Los veremos en el más allá; en esta tierra, lo creemos,
siempre que nuestra fe sea vigorosa, porque el mismo Dios nos
garantiza que él «coordina toda su acción al bien de los que le
aman»
San Pablo señalaba a los primeros cristianos de Filipo esta
ambivalencia de las hostilidades y los tormentos que, más o
menos numerosos, jalonan la vida de todo cristiano coherente:
«... no dejándoos amedrentar en nada por los adversarios, lo
cual es para ellos señal de perdición, mas para vosotros de
salud, y esto es obra de Dios, ya que a vosotros se os concedió
graciosamente no solamente que creyeseis en Él, sino también que
por Él padecieseis»''. Es en fidelidad a esta línea de conducta
del Apóstol por lo que los santos consideran como bienhechores a
quienes la opinión pública tiene como adversarios.
«Dios hace servir a sus fines los medios que los hombres
maquinan contra él -observa Jean Guitton-. Del laicismo saldrá
sin duda una élite de cristianos más ilustrados, más conscientes
de la verdad, porque la habrán encontrado no en la costumbre, ni
en el impulso del corazón, ni en los beneficios que reporta a la
sociedad, sino en el estudio de sus títulos».
Para arruinar definitivamente la fe de su esposa Elisabeth,
Felix Leseur, ateo agresivo, le dio a leer la «Vida de Jesús» de
Renan. De este instrumento de destrucción, la Providencia haría
un medio de salvación. «Con su inteligencia fuera de serie y
equilibrada, con su juicio certero, con un sentido común
extraordinario, y una gran cultura, Elisabeth no se deslumbró
por la magia de las palabras, sino que, por el contrario, se
impresionó por la indigencia del fondo», como dirá más tarde su
esposo, convertido después al cristianismo. Por instinto, ella
retornó a las fuentes: los Evangelios. Y en la pureza de la
fuente, reencontró la integridad de su fe. Elisabeth se com
placería en reconocer esta omnipotencia de Dios que actuaba con
una dulce e irresistible lentitud, convirtiendo los obstáculos
en medios: «Vuelvo a ver la acción lenta y silenciosa de la
Providencia en mí y para mí, esta obra admirable de la
conversión interior, provocada, guiada, cumplida por Dios sólo,
fuera de toda influencia humana, de todo contacto exterior, a
veces por medio de lo que me hubiera debido arrancar toda fe
religiosa, en una obra cuya inteligencia y voluntaria belleza no
se aprehende hasta que está terminada».
Lo que realiza en los individuos, Dios lo hace también en las
comunidades. Es conocido de qué modo los regímenes de
inspiración materialista atea se ocupan de ahogar la vida
cristiana. Sin embargo, nos encontramos con que en los países en
donde la Iglesia estuvo oprimida conocieron una gran floración
de vocaciones sacerdotales y religiosas, en tanto que algunos
países occidentales libres padecen una cruel penuria de
sacerdotes y de religiosos.
«La situación de las vocaciones en Polonia es verdaderamente
excepcional -declaraba a su regreso de Varsovia el cardenal G.
M. Garrone, prefecto de la Congregación para la Educación
Católica-. Es altamente emocionante el contemplar los seminarios
superpoblados y constatar que no falta ni número ni calidad en
los candidatos al sacerdocio. Estoy hablando, evidentemente, de
los grandes seminarios, porque las circunstancias actuales no
permiten la posibilidad de otras casas de formación. Se vive
estrechamente, pero en un clima de evidente serenidad y alegría.
Estos jóvenes, que han conocido todos ellos largos períodos de
prueba, están allí para responder a la llamada del Señor. Su fe
es verdaderamente impresionante. Provienen casi todos del mundo
obrero, que con su dinero sostiene valerosamente la existencia
de las casas de formación de sacerdotes»
Voltaire trabajó para el Código de Derecho Canónico
Hay que considerar la historia «como con la mirada de Dios» para
comprender que a su modo y a su nivel, uno de los peores
enemigos de la Iglesia en el siglo XVIII trabajó para el bien de
los amigos de Dios. He aquí cómo lo explica Jacques Maritain
...: «Todo lo que sucede en la historia del mundo sirve de una
manera u otra al progreso del reino de la gracia (y a veces al
precio de un gran mal) a un cierto progreso del mundo.
Proponiéndose «écraser l'infame», Voltaire estaba dentro de la
cristiandad y en la historia de la cristiandad, como estaba
dentro del universo creado y en el gobierno providencial. Y les
sirvió a pesar suyo. Su campaña en pro de la tolerancia se batía
por un error, porque él pensaba en la tolerancia «dogmática»,
como si la libertad de pensar fuese un fin absoluto, sin una
regla superior a la opinión subjetiva. Pero al mismo tiempo,
combatía contra otro error: me refiero al principio moderno, que
ha encontrado su expresión en la fórmula cujus regio, ejus
religio: que la fuerza del Estado y las presiones sociales
tienen por ellas mismas fuerza de derecho sobre las conciencias.
En este sentido, Voltaire trabajaba, sin saberlo, para el
artículo 1.351 del Código de Derecho Canónico: «Nadie puede ser
obligado a abra zar la fe católica contra su voluntad.» Esto ha
sido un instrumento que ha servido para que las sociedades
modernas reconozcan los principios de la tolerancia civil.
«Encuentro una ilustración de las verdades que acabo de señalar,
añade Jacques Maritain, en el precioso libro de G. H. K.
Chesterton, El hombre que fue Jueves, donde se ve a los
policías y a los anarquistas, que se combaten a conciencia,
obedecer a un mismo señor misterioso llamado por el autor `Señor
Domingo'... » (Mr. Sunday).
Estas consideraciones de Jacques Maritain sobre la impensada
cooperación de Voltaire a la redacción del artículo 1.351 del
Código de Derecho Canónico, así como las elevaciones de Bossuet
y de San Juan Crisóstomo, son una ilustración impresionante de
las palabras de la Escritura sobre la universal soberanía del
Verbo: «Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas».
«De Él las cosas han recibido el ser; por Él subsisten; hacia Él
tienden como hacia su fin último»'". «Todo depende de Dios y él
sabe realizarlo todo como ha previsto. Todo es su obra; nada se
hace sin él; todo viene de él; todo subsiste por él; nada se le
escapa; por el contrario, todo desemboca en él», observa otro
exegeta contemporáneo'`. «Si todo esto es verdad de Dios, añade,
autor de la naturaleza; con cuánta mayor razón de Dios autor de
la gracia que lo ha hecho todo para que todos los hombres puedan
recibir su misericordia.»
Qué emoción embargaría a los telespectadores si en la noche de
fin de año, en el último diario hablado, después de las
melancólicas consideraciones de rigor acerca del tiempo que se
va, irreversible, el locutor leyera lentamente el versículo de
la Epístola a los Romanos citado más arriba: «De ÉL, y por ÉL, y
para ÉL, son todas las cosas.» Y qué saludable efecto para los
lectores de un periódico de gran tirada si encontrasen, en el
primer número de año nuevo, este mismo versículo estudiado y
comentado de modo pertinente. Según la cualidad de sus
disposiciones morales, lectores y telespectadores entreverían,
más o menos, lo que podría ser este «sentido de la historia» del
que tanto se habla en nuestros días.
Resulta interesante destacar que por poderosos que ellos se
crean, los jefes políticos y militares sienten a veces
oscuramente su dependencia de un Ser superior al que ellos
llaman destino, fatalidad, buena estrella, etcétera. Como lo
pone de manifiesto Herbert Butterfield en su estudio
«Cristianismo e historia» este fue, muy particularmente, el caso
del Canciller de Hierro. «Bismarck, cuyas reflexiones sobre la
política revelan no sólo una visión penetrante, sino también un
espíritu religioso, subrayaba este pensamiento mucho más que
todos los hombres de Estados modernos: «Los hombres de Estado
-decía- no pueden crear el curso de los tiempos; no pueden sino
navegar sobre él. Cuando a través de los acontecimientos los
hombres oyen el rumor del manto de Dios, que se apresuren a
aferrarse a su borde.»
Cuando se presionaba al canciller Bismarck para que acelerase la
unificación de Alemania, éste observaba: «Podemos acelerar el
péndulo, pero el tiempo no avanzará por ello.» Pero en el año
1869, que precedió a la unificación, decía: «Intervenir de modo
arbitrario y simplemente voluntario en el curso de la historia
no ha tenido jamás otro resultado que el de hacer caer los
frutos que aún no estaban maduros.»
Con mayor profundidad y más unción que el canciller alemán, San
Vicente de Paúl expresaba los mismos puntos de vista:
«Abandonémonos a la Providencia y guardémonos bien de
precederla. Las obras de Dios se hacen ellas mismas y las que Él
no hace perecen pronto; aseguraos de la verdad de una máxima que
parece paradoja: quien se precipita retrocede en las cosas de
Dios» «Honran soberanamente a Nuestro Señor quienes la siguen (a
la Providencia) y no quieren ir delante de ella»".
Los guías de la Revolución francesa
Bossuet se esforzó por inculcar estas ideas al joven príncipe
que parecía llamado a suceder a Luis XIV. En tanto que
Realpolitiker creyente, Bismarck partía de las cosas de la
tierra para elevarse a las del cielo, Bossuet, cimentado en otro
realismo, partía de las cosas del cielo para esclarecer las
cosas de la tierra. Comentando las palabras de San Pablo «Dios
es bienaventurado, el único poderoso, Rey de reyes, y Señor de
señores», el preceptor del Delfín escribía: «Bienaventurado,
porque su reposo es inalterable, ve cómo todo cambia sin
cambiar. Él mismo y hace todos los cambios por un consejo
inmutable; da y quita el poder que lo transporta de un hombre a
otro, de un pueblo a otro, para mostrar que no lo tienen sino de
prestado, y que Él es el solo ser que reside naturalmente.»
El preceptor del delfín encuentra en la historia universal
ilustraciones de estas verdades reveladas. «Así es por lo que
todos los que gobiernan se sienten sometidos a una fuerza mayor.
Hacen a veces lo que no pensaban haber hecho y sus consejos han
tenido en ocasiones efectos imprevistos. Ni son dueños de las
disposiciones que los siglos pasados han puesto en los asuntos
ni pueden prever el curso que tomará el porvenir, al que no
pueden forzar ni de lejos. Quien lo tiene todo en su mano es
aquel que sabe el nombre de lo que existe y de lo que aún no
existe: el que preside todos los tiempos y previene todos los
consejos.»
Y Bossuet cita algunos ejemplos de la Antigüedad: Alejandro,
«que no creía trabajar para sus capitanes, ni arruinar su casa
con sus conquistas». Bruto, que inspirando a los romanos un amor
inmenso por la libertad, abrió camino a una tiranía aún más dura
que la de los Tarquinos; los Césares, que halagando a los
soldados «no tenían el designio de dar dueños a sus sucesores».
«En una palabra, no hay en absoluto poder humano que no sirva, a
pesar suyo, a otros propósitos que los suyos. Solamente Dios
sabe reducir todas las cosas a su voluntad».
Sin remontarse a la Roma antigua, ¡qué fácil sería ilustrar con
la historia de los tiempos modernos la sumisión de los hombres
políticos a una invisible fuerza mayor! «Se ha señalado, con
gran razón, que la Revolución francesa dirigió a los hombres más
bien que al contrario. Esta observación es absolutamente justa,
y aun cuando se haya podido aplicar más o menos a todas las
grandes revoluciones, jamás ha sido más evidente que en esta
época.» «Incluso los desalmados que parecen conducir la
Revolución no entran en ella sino como simples instrumentos; y
en cuanto tienen la pretensión de dominarla, caen innoblemente.
Quienes establecen la república lo hacen sin quererlo y sin
saber lo que hacían; fueron conducidos por los
acontecimientos.»«Cuanto más se examinan los personajes
aparentemente más activos de la Revolución, más se encuentra en
ellos algo de pasivo y mecánico. Nunca se repetirá bastante: no
son los hombres los que conducen la Revolución, es la Revolución
la que emplea a los hombres» ` y ella misma es misteriosamente
conducida por Dios. Estas reflexiones de Joseph de Maistre
ilustran explícitamente, sin duda, el pensamiento de la Sagrada
Escritura: «Muchos son los proyectos en el corazón de los
hombres; pero en definitiva es el designio del Señor el que se
realiza».
Pensemos en el hundimiento del fascismo y en la ruina trágica
del Tercer Reich que pensaba ser milenario. Acordémonos de la
destitución de jefes como Churchill y De Gaulle. Y más
simplemente, comparemos las realizaciones de un nuevo gobierno
con el programa que presentó al parlamento'". La historia de la
Alemania contemporánea presenta un caso singular, revelador de
la impotencia de los poderosos. Nombrado en marzo de 1945
alcalde de Colonia por los norteamericanos, Konrad Adenauer fue
destituido poco después, acusado de incapacidad, por el
gobernador británico, a instigación del partido Laborista, que
apoyaba a los socialdemócratas alemanes. Relegado por los
aliados, como ya lo había sido por los nazis, Adenauer consagró
to das sus fuerzas a la organización de un partido -la Unión
Demócrata Cristiana (CDU)- capaz de enfrentarse con el
socialismo renaciente. Cuatro años más tarde, en las elecciones
de agosto de 1949, los demócratas cristianos vencían a los
socialistas. Si Adenauer no hubiera organizado la CDU, ¿habría
triunfado tan brillantemente? Y si los ingleses no lo hubieran
destituido, ¿hubiera podido dedicarse a esta tarea de
organización? Así, al provocar la destitución de Adenauer, el
partido Laborista trabajaba a largo plazo contra los propios
intereses del socialismo. Hasta tal punto es verdad, que en los
planes de la Providencia un fracaso puede conducir a un éxito
Sí, Dios, sólo Dios lo reduce todo a su voluntad. Dirige a los
dirigentes, domina a los dominadores. ¿Cómo hace servir la
política de la tierra a su propia política? ¿Cómo sucede para
que los hechos económicos, los acontecimientos financieros, los
cambios políticos, las presiones secretas, las intrigas y las
maquinaciones de los ambiciosos cooperen infaliblemente al bien
de los amigos de Dios y al crecimiento de su Iglesia, fin
supremo del gobierno divino? Nosotros lo ignoramos. Pero Dios lo
afirma, sin explicarnos el mecanismo. ¿Acaso no será suficiente
su garantía? Praestet fides supplementum: a la fe pertenece
suplir con sus luces superiores las insuficiencias del
conocimiento natural. En marcha hacia la eternidad, el cristiano
cree en la absoluta soberanía de Dios; los elegidos y los santos
ángeles contemplando a Dios, ven, en sus detalles, las
articulaciones y los engranajes de esta soberanía. El cristiano,
en la tierra, tiene un conocimiento fragmentario; el elegido,
llegado a la cima de la montaña, posee una visión panorámica:
comprende cómo «Dios crea la vida con la misma muerte y el orden
con nuestros desórdenes».
La realidad suprema desconocida por el comunismo
Entre los cristianos que creen y los elegidos del cielo que ven,
se sitúan a veces, por una gracia especial de Dios y por tiempo
breve, las almas privilegiadas a las que les ha sido concedido
el entrever. Tal fue el caso de la bienaventurada Angéle de
Foligno: «Vi una plenitud divina en la que abrazaba todo el
universo, más acá y más allá de los mares, y el océano y el
abismo de todas las cosas, y no veía en todas partes sino el
poder divino; el modo de la visión era absolutamente
inenarrable. En un transporte de admiración, exclamé: "¡Pero
está lleno de Dios, está lleno de Dios, este universo!" Y al
momento, el universo me pareció pequeño. Vi el poder de Dios que
no lo llenaba, sino que desbordaba por todas partes". Un maestro
espiritual contemporáneo, el P. Marie-Eugéne OCD, autor de Je
veux voir Dieu, nos invita a elevarnos a esta visión
superior del cosmos y de la historia: «La presencia de la
inmensidad activa de Dios es la gran realidad del mundo. Pero es
una realidad que solamente la fe percibe, una realidad soberana
y trascendente».
Esta verdad tocante a la potencia divina no está reservada a la
contemplación de algunas almas selectas; concierne a todos los
cristianos. Y debería interesarnos más que nunca en este tiempo
de secularización y de materialismo ateo. Pío XI, en su
encíclica sobre el comunismo, afirmaba rotundamente que: «Por
encima de todos los seres está el Señor único, supremo,
soberano, es decir, Dios, creador omnipotente de todas las
cosas, juez infinitamente sabio y justo de todos los hombres.
Esta realidad suprema es la condenación más absoluta de las
impudentes mentiras del comunismo». .
Como un tiro de artillería
Si es verdad que hay un ser único, soberano, todopoderoso, hay
que concluir, para emplear las expresiones de San Roberto
Belarmino, que todas las criaturas son servidores de Dios. Pero,
ya se sabe, como un tiro de artillería, una barrera de
objeciones se levanta aquí: ¿Cómo conciliar esta soberanía
absoluta de Dios con la libertad del hombre? ¿No se dice que
Dios respeta la libertad del hombre? Por otra parte, la
intervención de Dios en las cosas humanas, ¿no está condicionada
por éstas? Como todo poder, ¿acaso Dios no ha de tener en cuenta
las situaciones concretas sobre las que quiere obrar?
A decir verdad, tales cuestiones no se suscitarían en almas del
temple de una Teresa de Lisieux. Su vigor espiritual es tal que
superan la dificultad por un acto de fe sumido en la
omnipotencia y sabiduría de Dios. O, si se prefiere, remontan la
dificultad manteniendo fuertemente los dos extremos de la
cadena,. «aunque no puedan ver el centro en el que la cadena se
continúa», porque «jamás se deben abandonar las verdades una vez
conocidas, aunque surjan algunas dificultades cuando se quieren
conciliar entre sí». Pero todas las almas cristianas no tienen
la envergadura espiritual de una Teresa Martin, como todos los
pájaros no son águilas: están los gorriones que vuelan a media
altura y las gallinas que vuelan a ras de tierra.
«Dios respeta la libertad del hombre»: esta es una afirmación de
todo punto ortodoxa, puesto que se la encuentra en los
documentos del Magisterio. Pero también se halla en labios y en
plumas que le dan un sentido que no es el del Magisterio. Por
ello este «respeto» de Dios por la libertad del hombre puede
encerrar una significación ambigua. Perfectamente ortodoxa en
sí, puede enmascarar una herejía, del mismo modo que un ladrón
puede ponerse un hábito de monje y no despertar así ninguna
sospecha en una iglesia en la que prepara su golpe.
¿Qué significa respetar?: el diccionario Robert responde que es
considerar como digno de ser conservado, testimoniar deferencia,
no atacar. Es decir, tener cuenta de la naturaleza particular de
un objeto o de un ser. Se respeta un fresco antiguo, se respeta
un niño, se respeta a un sacerdote. Así, ¿cómo se traduce el
respeto a la libertad del hombre? ¿En el hecho de no actuar de
ningún modo sobre ella? O ¿en el hecho de actuar sobre ella
teniendo en cuenta su estructura y sus mecanismos? ¿«Respeto» es
sinónimo de «abstención escrupulosa», de «neutralidad» o más
bien de «tratamiento delicado y deferente»?
La respuesta está clara: mantenerse neutral ante una criatura,
conducirse como si no existiera, no es respetarla; es, más bien,
ignorarla. No es esta la actitud de Dios ante los hombres. Él no
los ignora, aunque fuera con el fin de salvaguardar su libertad.
Él no puede ignorarlos sin que, en el mismo instante, se suman
fatalmente en la nada puesto que -no nos cansaremos de repetir
lo que no se deja de olvidar- es de Él, y sólo de Él de quien
obtenemos continuamente vida, movimiento y existencia. Así,
volvemos a la puntualización tan profunda de San Agustín,
repetida por Santo Tomás: sustraer los hombres a la acción de
Dios, sería precipitarlos en la nada, si es que tal operación
fuera posible. Sería como cortar la corriente que alimenta el
alumbrado público y sumir a una ciudad en la completa oscuridad.
Dios respeta la libertad del hombre no absteniéndose de influir
sobre ella, como lo querrían ciertos ignaros de la nada
congénita del hombre, sino actuando sobre ella conforme a su
naturaleza espiritual, es decir, iluminando la inteligencia del
hombre y moviendo su voluntad desde dentro.
Dios respeta la libertad del hombre actuando sobre él por una
operación interior infinitamente dulce y suave: despierta en el
alma pensamientos y suscita en ella sentimientos que se
convierten en los pensamientos y sentimientos del hombre. Al
determinarse a obrar conforme a estos pensamientos y
sentimientos suscitados por Dios, el hombre obra bajo la moción
de un principio interior y no por una coacción exterior. Y
realiza asimismo la definición clásica del acto libre: libre de
toda coacción exterior y que brota de una convicción íntima, de
un principio intrínseco. Que esta convicción sea el fruto de una
misteriosa influencia de Dios, no quita nada a su naturaleza de
convicción. Si es verdad que el hombre es movido por Dios, es
también verdad que al mismo tiempo obra él mismo; si es exacto
que está predeterminado por Dios, es también manifiesto que se
determina a sí mismo. El análisis psicológico lo evidencia.
«Cuanto más santa es una mujer...»
Sólo Dios es capaz de influir así desde dentro y de suscitar
actos libres. Un hombre puede actuar sobre la imaginación y
sobre la sensibilidad de otra persona, pero no sería capaz de
penetrar en la intimidad de su alma ni ejercer una influencia
directa sobre su inteligencia y su voluntad. Por otra parte, la
historia muestra que son precisamente quienes están más
claramente bajo la influencia de Dios -los santos- los que dan
la impresión de poseer una voluntad humana más vigorosa. Son
personalidades de gran envergadura, en quienes la gracia ha
llevado muy lejos el desarrollo armónico de las facultades.
«Cuanto más santa es una mujer, más mujer es» .
Tal como lo señala con profundidad el antiguo teólogo llamado
Dionisio Areopagita, Dios ha creado los seres vivos no para
debilitar sus potencias, sino más bien para desarrollarlas y
expandirlas. «Dios hace que nosotros hagamos», dice San Agustín.
«Dios hace libre lo que es libre», añade Bossuet. «Si Dios
cambia una voluntad, no le hace violencia, simplemente le da una
inclinación nueva» porque «la determinación del acto a cumplir
es siempre el hecho de la razón y de la voluntad»'".
En términos claros y simples, respetuosos con afirmaciones tan
claras de la Sagrada Escritura referidas a la acción de Dios
sobre la voluntad del hombre, el P. R. Mulard intenta explicar
un poco la armonía entre la infalibilidad de los designios de
Dios y la libertad de las decisiones del hombre. «La causalidad
trascendente de Dios, ya se trate de una moción natural o se
trate de la gracia, se ejerce... en vista de un resultado
preciso y determinado. Desde entonces, nuestra voluntad escogerá
este resultado preciso y determinado. Libremente, pero
ciertamente. Santo Tomás no duda en afirmarlo, puesto que la
voluntad omnipotente de Dios no conoce trabas y jamás se
detiene. Se trata en este pasaje de la preparación del hombre
para la gracia. «Esta preparación, dice, es a la vez obra de
Dios que obra como motor, y del libre albedrío, que es movido
por Dios... Del hecho de que sea obra de la moción divina,
alcanza el resultado que debe alcanzar como consecuencia del
orden divino; no es que haya coacción, sino infalibilidad,
porque los designios de Dios no pueden dejar de realizarse
(I.H.112,3).»
Y el teólogo concluye, con sagacidad: «He aquí la fórmula que
debemos retener: infalibilidad, pero sin coacción. Santo Tomás
descarta siempre la idea de una supresión o una reducción de
nuestra libertad, sin dejar de mantener la seguridad del
resultado querido por Dios... Sin duda esta coexistencia de la
infalibilidad de os decretos divinos, de nuestra libertad
ejerciéndose sin coacción es un misterio. Misterio, pero no
contradicción, puesto que lo uno y lo otro se encuentran en
planos diferentes, ya que Dios es la Causa primera y nosotros no
somos sino causas segundas».
O, para expresar de otro modo esta coexistencia jerarquizada de
dos causalidades: «existe la predeterminación eterna, que es
obra de Dios, y nuestra determinación temporal, que, es obra
nuestra; una y otra pertenecen a ordenes distintos, se
encuentran en planos diferentes, pero la segunda se conforma
firme e infaliblemente a la primera... Es el misterio del
encuentro de lo finito y de lo infinito.
El encuentro misterioso de lo infinito y lo finito
¿Es este un punto de vista teológico, inaccesible al común de
los cristianos? Creemos que no. Quien transcribe estas
consideraciones, adhiriéndose a ellas con toda su alma, porque
percibe en ellas un eco fiel de la Sagrada Escritura y del
Doctor Común, no es teólogo. Es un seglar comprometido, que
siente cada día las presiones de un mundo contaminado por la
secularización y por el materialismo ateo. Y que estima que para
reaccionar victoriosamente contra estos peligros resulta
insuficiente una doctrina cristiana edulcorada, sobre todo en lo
que concierne a la Providencia y al sentido de la historia.
Piensa que sería degradar la gloria de Dios, hacer un flaco
servicio a la causa de la Iglesia, y, en fin, privar a las almas
del pan de la verdad, detenerse a medio camino en la
presentación del pensamiento auténtico de la Iglesia, que
extiende la acción determinante de Dios hasta los más pequeños
movimientos buenos del hombre.
Instruido por multitud de ejemplos en sus contactos con seglares
y religiosos, el autor está persuadido de que la obsesión de
salvaguardar la libertad del hombre, así como el temor de ver a
Dios cooperar en el mal, aunque sólo sea indirectamente, sin
sofocarlo, impiden con frecuencia a muchos predicadores,
directores espirituales, autores y teólogos presentar en toda su
pureza la espléndida doctrina bíblica de la Providencia. Se
quedan del lado de acá. Al no aceptar por un acto de fe la
integridad de la Revelación, admiten la existencia de una vaga
Providencia, que planearía por encima de las vicisitudes humanas
dispuesta a intervenir en ellas solo excepcional mente. ¡Qué
gran abismo, a veces, se abre entre la enseñanza de nuestros
predicadores y de nuestros autores sobre el papel de Dios en la
historia y la doctrina elaborada por los Padres y los doctores
de la Iglesia, y vivida por los santos! Esta confrontación
permite medir toda la diferencia existente entre una teología
petulante, de tendencia racionalista, y una teología llena de
respeto y encendida de amor ante el misterio de Dios.
Las controversias de la gracia y las discusiones sobre las
relaciones de la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre
son algo más que estériles querellas de clérigos: son cuestiones
que, resueltas a la luz de la Revelación aceptada de manos de la
Iglesia, son capaces de dar una orientación nueva y un vigor
insólito a la acción de los sacerdotes y seglares comprometidos.
No es en absoluto indiferente haber comprendido que el hombre no
es nada por sí mismo, que no puede nada sin ayuda de Dios y que
metido en la estela de Sus decretos, es omnipotente. Una
doctrina incompleta sobre la Providencia apaga la expansión del
amor, fin de toda vida cristiana: «la voluntad no puede tender a
un amor perfecto hacia Dios si la inteligencia no posee una fe
precisa en Dios», observa Santo Tomás. Y prosigue: «Cuando el
hombre posee un falso conocimiento de Dios, lejos de acercarse a
Él, se aleja».Es natural, sin embargo, que estas verdades
comporten zonas de sombra mezcladas con rayos de luz: Dios es
inaprensible en su naturaleza tanto como en su señorío sobre la
historia. Quien crea haberlo aprehendido plena mente, muestra
que confunde a Dios con una imagen que se hace de Él y de Sus
intervenciones en la historia.
En cuanto a la otra objeción, que en definitiva querría
subordinar las intervenciones de Dios a las situaciones
concretas, rebaja a Dios al nivel de los hombres, limitando su
omnipotencia. Las situaciones concretas han sido determinadas
por los hombres, es cierto, pero bajo la predeterminación de
Dios. Tras la mano de las causas próximas se disimula el brazo
de la Causa lejana. «No es ésa la verdadera causa», oímos al
Abate Cintra decir a un eclesiástico que atribuía la muerte de
León XIII a un paseo del Papa nonagenario por los jardines del
Vaticano. La verdadera causa es que Dios había dicho: ¡Basta! Y
la Providencia se había servido de esta imprudente salida como
de un instrumento para cumplir un decreto promulgado mucho antes
de la elección del sucesor de Pío IX, pues tan verdad es que
Dios, «desde toda la eternidad prepara los acontecimientos: no
los ha dejado al azar; ha pensado en ellos, ha creado las
circunstancias para que los acontecimientos se realicen en la
historia... ».
Un desprecio de Mussolini
Citemos un ejemplo histórico sobre el pretendido
condicionamiento de la política de Dios por las situaciones
humanas. El tema, por otra parte, posee un interés general. En
un discurso agresivo, el 13 de mayo de 1929, Mussolini presentó
a la Cámara italiana los Acuerdos de Letrán que regulaban de
modo definitivo e irrevocable la espinosa Cuestión romana.
Extendiéndose en fanfarronadas nacionalistas, el Duce creyó
poder atribuir a la antigua Roma lo que era el hecho de una
institución divina: la universalidad de la Iglesia católica:
«Esta religión nació en Palestina, pero se hizo católica en
Roma. Si hubiera permanecido en Palestina, probablemente no
habría pasado de ser una de las numerosas sectas que florecían
en aquel clima ardiente, como la de los Esenios y la de los
Terapeutas y probablemente se hubiera extendido sin dejar
huellas» . Habiéndole hecho algunas advertencias el Cardenal
Secretario de Estado, Mussolini, en su discurso al Senado,
modificó un tanto sus puntos de vista sobre los orígenes del
Cristianismo, recurriendo a algunas distinciones inconsistentes.
Pío XI protestó:: «Distinguir entre afirmación histórica y
afirmación doctrinal sería caer en la especie del peor y más
condenable modernismo: la misión de evangelizar a todos los
pueblos es anterior a la vocación de San Pablo; anterior a ésta
es la misión de San Pedro a los Gentiles; la universalidad se
encuentra ya de derecho y de hecho en los primeros inicios de la
Iglesia y de la predicación apostólica; ésta, por obra de los
Apóstoles y de los hombres apostólicos, desbordó bien pronto el
Imperio romano, que, como es bien sabido, estaba lejos de
abarcar todo el mundo conocido. Si se quisiera recordar las
facilidades providencialmente preparadas para la difusión y
organización de la Iglesia en la organización del Imperio
romano, bastaría con citar a Dante y León el Grande, dos grandes
italianos, que en magníficas palabras han dicho lo que otros,
innumerables, han dicho después con más o menos abundante
erudición mezclada con frecuencia con inexactitudes y errores,
en razón de infiltraciones protestantes y modernistas».
«Facilidades providencialmente preparadas para la difusión de la
organización de la Iglesia dentro de la organización del Imperio
romano»: Mussolini, y con él otros autores, desprovistos de una
consideración profunda, es decir, teologal, de las cosas,
olvidaban que es el mismo Dios quien por el juego de las causas
segundas había organizado las condiciones política y jurídica,
en medio de las cuales nacería el cristianismo. La perfección de
la organización jurídica de la Roma imperial no fue la causa de
la elección de Roma como sede de Pedro -tal como lo ha dicho
excelentemente un prelado francés-, sino más bien el efecto de
una elección anterior de Dios. «No es porque Roma tuviera el
sentido del gobierno por lo que llegó a ser la sede del Papado;
fue más bien porque Dios quería que Roma se convirtiera en el
centro espiritual del mundo por lo que le aseguró, desde antes
de la llegada de su Hijo al mundo, tales calidades de gobierno».
No pongamos jamás a Dios a remolque de los hombres; Él los
precede siempre por su decreto eterno y los hace servir siempre
a Sus designios. Dios no es como un presidente de consejo
recientemente investido por un voto del Parlamento, que debe
actuar y maniobrar, practicando el arte de lo posible, en una
situación política, tal como le ha sido dada concretamente, con
sus sombras y sus luces. Dios jamás es cogido de improviso. Dios
se encuentra constantemente ante situaciones en todo punto
conformes con su Decreto eterno, con sus luces y con sus
sombras, es cierto, pero sombras que Él tolera para sacar de
ellas, a la hora escogida por Él, fulguraciones de luz.
Cuando Stalin y Hitler invadieron Polonia
Subrayemos de pasada -volveremos más tarde sobre el tema- las
consecuencias prácticas de este no-condicionamiento de Dios por
las situaciones humanas o, para expresar lo mismo de manera
positiva, las consecuencias de este imperio absoluto de Dios
sobre la totalidad de los hombres y de las cosas. Algunos
cristianos de fe languideciente se muestran a veces tan
desamparados ante ciertas situaciones trágicas en la vida de los
individuos y en la de los pueblos, que compararían de buen grado
los malvados a fieras escapadas de un circo, sembrando el terror
en la ciudad. Mas, en realidad, ningún gángster, ningún ladrón,
ningún tirano, ningún potentado, ningún agente del demonio
escapa jamás al control total de Dios. Ninguno de ellos, a pesar
suyo, deja de estar en ningún momento al servicio del Rey de
reyes y de cooperar a pesar suyo en la extensión del reino de
Dios.
Hitler estaba bajo el control absoluto de Dios cuando invadía
Polonia conjuntamente con Stalin, como lo estaba Mussolini
cuando conquistaba Abisinia u ocupaba Albania. San Agustín
afirma de Satán, la mayor potencia del mal que jamás haya
existido, que «su poder está sometido a otro poder». Y Santo
Tomás precisa que si el Señor no lo precipitó, a Satán y a los
otros. ángeles rebeldes, al fondo de los infiernos, en el
momento mismo en que se rebelaron, fue porque Dios quería, por
un tiempo, y antes de infligirles un castigo eterno, utilizarlos
para poner a prueba a los justos. A su modo, Satán es así, a
pesar suyo, un cooperador de la obra de la Redención. Santo
Tomás va a poner en paralelo, incluso, los servicios que los
ángeles buenos prestan a los hombres y los que les prestan, a su
modo, los malos, porque unos y otros están al servicio de Dios,
Causa primera universal. El plano de la Providencia, centrado en
la salvación del hombre, engloba la colaboración directa de los
ángeles buenos y la cooperación indirecta de los ángeles malos.
Los primeros se emplean en llevar al hombre al bien y desviarlo
del mal; los segundos se afanan en tentarlo. Al hacer esto, dan
al hombre la ocasión de resistir al mal y de unirse así más
fuertemente a la ley de Dios. Por ello, Satán contribuye
indirectamente, pero realmente, al avance espiritual de los
hombres. ¿Acaso no sucede, sin duda, que muchos talentos se
quedan en estado de germen por no haber tenido ocasión de
desarrollarse y expandirse?
Dios no está condicionado por nada ni por nadie; es Él quien
condiciona a todos los hombres y a todas las cosas. No está
contenido por nadie ni por ninguna realidad, sino que es É1
quien contiene todo lo que existe. Es Él quien lo sostiene todo
y no es sostenido por nada. No tiene necesidad de nadie, en el
sentido más riguroso del término, sino que todos tienen
necesidad de Él. Y si tiene «necesidad de los hombres», como lo
afirma el título de una gran película, es porque para
«conferirles la dignidad de causas», Dios ha decretado su
elevación al rango de libres colaboradores en su obra de
edificación de la Iglesia y ha determinado, en consecuencia,
dotarlos para tal empresa.
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