Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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Las manos de Dios (II)
George Huber
Para fortificar la fe de Moisés
En las páginas del Éxodo que describen la terquedad del Faraón
oponiéndose a la partida de los israelitas, el autor sagrado no
atribuye menos de diez veces este endurecimiento del soberano al
mismo Dios. Tal obstinación, ciertamente, era la obstinación del
monarca, pero dependía también y sobre todo de Dios, quien
hubiera podido impedirla; ¿acaso el corazón del rey no estaba en
las manos de Dios que puede modificar los movimientos como
quiera desde dentro, sin violentar la libertad?¿Por qué la
insistencia del Éxodo en atribuir a Dios el endurecimiento del
monarca?
Un exegeta lo explica así: «Este endurecimiento es atribuido a
Dios hasta diez veces; otras tantas veces se dice que el Faraón
`afirmó' o `entorpeció' o `enmudeció' su corazón, de manera que
todo ello venía dado como procecedente a la vez de Dios y de sí
mismo.» «La razón por la que la parte de Dios en la resistencia
del Faraón se menciona aquí más bien que la del mismo Faraón es
porque estaba dirigida a fortificar la fe y el valor de Moisés y
de los israelitas, enseñándoles que no solamente este
empecinamiento estaba previsto por Dios, sino que entraba en sus
designios y serviría para poner más claramente de relieve su
omnipotente protección hacia su pueblo y sus terribles juicios
contra sus injustos opresores»
Vemos también al salmista atribuir sucesivamente a Dios y a los
hijos de Jacob la venta de José y su presencia en Egipto.
Primeramente dice que antes del hambre, «llamada» por él a la
tierra de Canaán, Dios había enviado (a Egipto) un hombre
(José). Después, en el versículo siguiente, el salmista vuelve
sobre la misma idea: «José fue vendido (por sus hermanos) como
esclavo (a mercaderes que iban a Egipto)». Así, la misma
operación, el paso de José desde la tierra de Canaán a Egipto,
es presentada primeramente desde la perspectiva de la Causa
primera y después desde la consideración de las causas segundas.
El mismo José afirma esta coexistencia de las dos causas cuando,
ante sus hermanos que reconocen con estupor a su hermano menor
en la persona del primer ministro del Faraón, les tranquiliza
con delicadeza: «Dios me ha enviado delante de vosotros a fin de
aseguraron remanente en la tierra y conservaros la vida para
magna salvación. Así, pues, no me mandasteis vosotros acá, sino
Dios».
José no habla como teólogo preocupado por presentar su
pensamiento bajo una fórmula precisa, sino que se expresa como
hombre de corazón, lleno de amor por los miembros de su familia,
y como hombre penetrado hasta la médula de la idea de la
trascendencia de Dios y de su soberanía absoluta sobre los
hombres y los acontecimientos. Para tranquilizar a. sus hermanos
culpables, José afirma el papel preponderante de la Causa
primera incluso en el delito: Dios ha permitido el pecado para
servirse de él en sus designios de salvación de Israel: ¡Felix
culpa!
«Este hombre es un vaso de elección»
Como José el salvador, Pablo el Apóstol no es en fin de cuentas
sino un instrumento ma- nejado por el Señor de la historia:
«Este hombre, dice el Señor a Ananías, después de la conversión
de San Pablo en el camino de Damasco, este hombre es vaso de
elección para mí, destinado a llevar mi nombre delante de las
naciones y los reyes y de los hijos de Israel». San Pablo
anunciará el misterio de salvación a los judíos y a los gentiles
y se convertirá en el Apóstol por excelencia, pero lo será como
instrumento visible en la mano invisible del Señor. El mismo
Dios lo define como «un vaso de elección». Dios es y sigue
siendo la Causa primera en la evangelización, como lo han
subrayado muchos Padres en el Sínodo de los obispos de octubre
de 1974.
Vuelto a Jerusalén después de sus primeros viajes apostólicos,
San Pablo cuenta a los ancianos, en detalle, y «una por una,
todas las cosas que, por su ministerio, había obrado Dios entre
los gentiles». Pablo viaja, sufre, habla, argumenta, ruega y
suplica, multiplica los contactos, aprovecha todas las ocasiones
de anunciar la salvación por Jesús de Nazaret y, sin embargo, la
Escritura ve en Dios la causa principal de este apostolado.
Pablo es un instrumento en las manos de Dios: él actúa, es
verdad, pero en dependencia continua del Espíritu, que es el
APOSTOL por excelencia. «Es más actuado que actúa», diría Santo
Tomás.
Los santos, que obran bajo la moción habitual del Espíritu, ven
las cosas en sus perspectivas sobrenaturales, y no atribuyen en
absoluto a las causas segundas los frutos de un decreto de Dios.
La víspera del capítulo general de los Carmelitas reformados,
del 1 de junio de 1591, en Madrid, una carmelita, María de la
Encarnación, creía poder abandonarse a sus pronósticos. «Padre
-decía al Hermano Juan de la Cruz-, quién sabe si Vuestra
Reverencia no será superior de esta provincia.»
«Seré arrojado a un rincón -replicó el santo-, prevenido
interiormente por Dios, se me arrojará como a un guiñapo, como a
trapo viejo de cocina.» Y, de hecho, el P. Nicolás Doria,
prepósito general, relegó al santo religioso a la soledad de La
Peñuela. «Estas cosas -comentará el Hermano Juan de la Cruz no
las hacen los hombres, es Dios quien sabe lo que necesitamos y
las ordena para nuestra bíen» . Dios era quien le había arrojado
como un trapo viejo; más allá de las causas segundas, la fe viva
del Doctor de las Noches veía el brazo de Dios que conducía las
manos de los hombres, siempre en sus designios de amor. ¿Acaso
no es Dios «quien coordina toda su acción al bien de los que le
aman, de los que según su designio son amados?».
En el Apocalipsis, libro fundamental para una teología de la
historia, se lee que Dios es «el Rey de reyes, el Señor de los
señores», es decir, el Rey que, sin que ellos lo sepan, gobierna
a todos los reyes, y el Señor que, sin que ellos lo sepan,
domina a todos los señores de la tierra. Todo lo que ellos
tienen de poder y todo el empleo que de él hacen, está sometido
a la sanción de Dios. No serían capaces de hacer caer un cabello
de la cabeza de sus adversarios si Dios no lo permite.
Dios manipula a los manipuladores
En el momento más álgido de la «guerra del petróleo»,
desencadenada por los productores árabes en el otoño de 1973, un
periodista francés observa que «al manipular a los manipuladores
del arma del petróleo», la URSS conseguirá obtener de la Europa
occidental el alienamiento de sus directivos. Rusia manipula a
los manipuladores árabes del petróleo, de acuerdo, pero ¿tiene
ella la última palabra? AQUEL que la Escritura denomina el «Rey
de reyes», ¿no manipulará a su vez a la URSS para realizar sus
designios superiores, que escapan a nosotros, sin duda, pero que
llenan de admiración a los santos ángeles y a los elegidos?
El Consejo Ecuménico de las Iglesias se expresa así en un
estudio sobre «Dios en la naturaleza y en la historia» (1968).
«Confesamos inseparablemente dos cosas: la soberanía de Dios
sobre el hombre y su historia, la libertad del hombre en la
historia. Estos dos artículos de fe, que con frecuencia han sido
presentados como opuestos, son las dos caras de la misma
realidad para la fe cristiana». Y aplicando estos principios a
la historia de la salvación, el Consejo Ecuménico de las
Iglesias prosigue: «El conjunto de la historia de Israel y, en
particular la vida, la muerte y la resurrección de Jesús,
reflejan la unidad de la autonomía humana y de la soberanía
divina. La libertad del hombre en la historia es limitada. El
hombre puede eludir la presencia de Dios. Y, sin embargo, Dios
no resulta batido, sino victorioso. Se sirve de la voluntad
rebelde del hombre plegando los objetivos y las empresas del
hombre a sus propios designios.
Si muchos cristianos admiten en teoría la coexistencia de la
soberanía de Dios y de la plena libertad del hombre, ¿la
reconocen también en la vida cotidiana? ¿Y se comportan en
consecuencia? Ocurre en este dominio, con mucha frecuencia, un
singular fenómeno psicológico. Después de haber dicho sí a las
premisas planteadas por la fe, el hombre dice no a una
conclusión concerniente a su vida práctica. Y ello no por mala
fe, sin duda, o por irreflexión, sino porque, al pasar de las
premisas a la conclusión, el hombre, al abandonar la esfera de
la fe y descender al plano de la razón discursiva y al dominio
de la afectividad, se ve asaltado por dudas y detenido por
inhibiciones. Para justificar su reserva viene a negar
confusamente la armonía entre la soberanía divina y la libertad
humana y a poner en duda el que la voluntad del hombre permanece
libre incluso cuando Dios la dirige. Y en apoyo de sus puntos de
vista minimizará determinadas afirmaciones de la Biblia.
«Tratan de interpretar a su modo las Escrituras»
Santo Tomás denuncia esta exégesis mutiladora de la Verdad:
«Algunos no comprenden cómo Dios puede causar en nosotros los
movimientos de nuestra voluntad sin causar perjuicio a nuestra
libertad. E intentan interpretar a su modo las autoridades de la
Escritura y lo hacen mal. Así, explican que Dios causa en
nosotros el querer y el hacer (Filipenses 2,13) en el sentido de
que produce en nosotros la facultad de querer, pero no que Él
nos haga querer esto o aquello; tal es la posición de Orígenes
en su defensa del libre albedrío contra las autoridades de la
Escritura precitadas.»
Otros, añade Santo Tomás, niegan la influencia determinante de
Dios sobre las facultades espirituales del hombre y la reducen a
las circunstancias exteriores que condicionan el éxito de
nuestras actividades. «En efecto, el que decide realizar algo,
por ejemplo, construir, ganar dinero, no podrá siempre llegar a
sus fines; así, pues, la consecución de nuestras acciones no
depende de nuestra voluntad, sino de la Providencia.»
«Todo esto-declara el Doctor Angélico - está en oposición
evidente con la Sagrada Escritura. Isaías dice, en efecto: «Todo
lo que hemos hecho, sois Vos quien lo habéis hecho» (26,12). Es
decir, no solamente recibimos de Dios nuestra facultad de
querer, sino también su operación. Las palabras de Salomón:
«Cual arroyos de agua es el corazón del rey en la mano de Yahvé:
doquiera le place, Él lo inclina» (Prv 21,1) prueban que la
causalidad divina no se extiende únicamente a la facultad que es
la voluntad, sino también a su acto.»
Seguro de estos datos escriturísticos, Santo Tomás establece
estas normas generales: «Dios no solamente da su virtud a las
cosas, sino que además, ninguna de ellas puede ejercer su propio
poder sino por la virtud de Dios. El hombre no puede utilizar,
si no es por la virtud de Dios, este poder de voluntad que le ha
sido dado. Ahora bien, aquello de que un agente es tributario en
su obrar es causa no solamente de su facultad de obrar, sino
también también de su acto. Es el caso del obrero que se sirve
de un útil, aunque el obrero no da al útil su forma propia, sino
solamente su aplicación al acto. Dios es causa no solamente de
nuestra voluntad, sino también de nuestro querer».
Todo esto significa no que Dios sea la única causa de las
acciones del hombre, sino que Él es su causa preponderante. Todo
esto significa no que haya -según la expresión original del P.
Sertillanges- como una tarta a repartir, es decir, que se trate
de distribuir un porcentaje de resultados (digamos, por ejemplo,
sesenta) a Dios y el resto (cuarenta) al hombre, como si,
operando en un mismo plano, Dios y el hombre hubieran trabajado
codo con codo, como dos obreros, levantando juntos el mismo
peso. Se da cooperación, pero en dos niveles diferentes, como
cuando los «Petits Chanteurs a la Croix de Bois» dan un
concierto de música sacra; el éxito no se atribuye mitad al
director y mitad a los pequeños cantores, sino enteramente al
uno y a los otros .
¿Destruir... para salvar?
Si Santo Tomás, eco fiel de la Escritura, no deja de subrayar la
causalidad universal de Dios, que obra en todo ser que obra, se
cuida muy bien de señalar, asimismo, que esta moción divina se
produce según la naturaleza propia de cada ser. El Creador actúa
en las criaturas, no para coartarlas, sino para ensancharlas.
Dios obra en el hombre, dotado de inteligencia y de voluntad, de
manera distinta a como lo hace en el zorro o en la golondrina,
privados de facultades espirituales.
Lejos de lastimar o suplantar la libertad del hombre, Dios, por
su acción, la conserva, la mueve y la orienta. Algunos, afirma
San Agustín, creen salvaguardar la libertad del hombre
sustrayéndola a la moción de Dios, como si moción divina y
acción humana fuesen dos concurrentes incapaces de coexistir.
Por esta sustracción, en vez de salvaguardar la libertad humana,
la aniquilarían, si eso fuese posible. Y la razón es bien
simple: si es de Dios de quien tienen la existencia, la vida y
el movimiento, se reduciría a los hombres a la parálisis, a la
muerte y a la nada al separarlos de esta fuente del ser, de la
vida y del movimiento, como en medio de la noche se reduciría a
la oscuridad a una lámpara si se le cortara el hilo que la une a
la central eléctrica. Es decir, y en resumen, sustraer las
criaturas al imperio de la Providencia equivaldría a
aniquilarlas'.
Nunca se insistirá bastante en esta verdad, tan magníficamente
ilustrada por las intuiciones de San Agustín y por las
argumentaciones de Santo Tomás. El haber comprendido, en la
escuela de estos maestros, la dependencia connatural de las
criaturas respecto a su Creador, libera de investigaciones vanas
y de discusiones estériles para salvaguardar celosamente la
libertad del hombre. ¿Por qué tanto empeño en defender contra
usurpaciones imaginarias por parte de Dios, una libertad humana
que es un don continuo del mismo Dios?
«Dios obra en nosotros, pero no obra sin nosotros... Lo que se
hace por Dios en mí, se hace también en mí por mí mismo»,
declara Santo Tomás. A la vez que Dios me dirige según sus
decretos eternos, yo mismo me dirijo siguiendo mis planes. «Ni
el querer pertenece a aquel que quiere, ni la carrera a aquel
que corre», pero una y otra acción son dones de la misericordia
de Dios, dice la Escritura. «No hay que entender este texto en
el sentido de que el hombre no pueda querer o correr libremente,
comenta Santo Tomás, sino en el sentido de que el libre albedrío
no es suficiente si no recibe el impulso y la ayuda de Dios» .
Oigamos a un teólogo moderno conocido por sus avanzados puntos
de vista: «Es imposible encontrar nada en este mundo, incluso en
el acto humano libre, que sea plenamente com prensible en sí y
por sí: Dios es la fuente última de todo. No solamente nuestro
poder de poner un acto libre, sino incluso la libre iniciativa
por la cual nosotros ponemos este acto, procede de Dios.
Asimismo, es imposible concebir la acción y la reacción entre
Dios y el hombre del mismo modo que la que se produce entre dos
criaturas libres.» «Nuestra libre iniciativa tiene su fuente en
la iniciativa absoluta de Dios, que nos precede siempre, si bien
no cronológicamente, porque Dios no está en el tiempo.
Además del mérito de afirmar claramente el predominio de la
causalidad de Dios en los movimientos libres del hombre, el
teólogo holandés posee también el de poner de relieve un motivo
frecuente de desprecio en este campo: querer representar la
acción de Dios sobre el hombre como la influencia de una
criatura humana sobre otra, lanzándose sobre una pista falsa,
porque cuando su acción encierra a la criatura, Dios actúa como
Dios, según un modo incomprensible, en tanto que el hombre,
actúa como hombre, según las leyes naturales de la sicología.
Por lo tanto, un abismo separa ambos modos de actuar, que
pertenecen cada uno a un orden distinto.
En la fuente de la fuente
Guardémonos, advertía el P. Joret, O. P de concebir la
causalidad divina a la manera de una influencia humana, que no
puede ser eficaz sobre nuestra voluntad sino por nuestro
consentimiento. Hay un abismo infinito entre este modo de obrar
y el de nuestro Creador. Dios no es algo exterior a nosotros,
sino interior a todo, más íntimo a cada ser que cada ser es a sí
mismo. Y el dominico francés señalaba también, como el P.
Schillebeeckx, el peligro constante que nos amenaza a todos,
simples fieles, teólogos y predicadores, cuando tratamos de la
intervención de la Providencia en la historia: medir a Dios con
criterio humano, hacer de Él una especie de super-hombre, de
super-diplomático o de supergenio.
¿Cómo se realiza esta intervención de Dios sobre la voluntad del
hombre? Oigamos a un teólogo contemporáneo: «El Creador, gracias
a su misma trascendencia, es inmanente a su criatura. Sólo él la
puede determinar por una moción verdaderamente espiritual en su
sustancia y en su modo, extremadamente eficaz y, sin embargo,
sin violencia alguna. Sólo Dios tiene el secreto de sus mociones
a la vez vigorosas y suaves, que determinan infaliblemente el
acto libre... Toda criatura mueve, forzosamente, desde el
exterior». Así, puede decirse que, al mantener al hombre en la
existencia, dándole sin cesar vida y movimiento, Dios es más
íntimo al hombre que el hombre lo es a sí mismo.
Un gran teólogo de los tiempos modernos, el alemán Matthias
Scheeben, aclara esta presencia íntima y operante de Dios por
una serie de comparaciones. «El poder de Dios, escribe, es la
fuente, la raíz, el fundamento y el alma de todas las potencias
y de todas las fuerzas fuera de Él. El poder de Dios es la
fuente de la que manan todas estas energías; es el fundamento
que las sostiene y conserva; es la raíz de la que extraen
interiormente el impulso de su actividad; en fin, el poder de
Dios es el alma de todas las actividades del hombre en el
sentido de que Dios actúa inmediatamente en cualquier actividad
de las fuerzas creadas y que posee y domina interiormente esas
fuerzas hasta el punto de que ningún poder puede actuar contra
su omnipotencia».
Solamente la fe nos hace penetrar en estas profundidades a la
luz de la Sagrada Escritura y de la enseñanza de los maestros
espirituales. «Sal de ti mismo. Toma mi puesto. Desde el tuyo,
no comprendo nada. Desde el mío se contempla todo»: hemos de
seguir este consejo que Dios da a Job para entrever la presencia
actuante del Creador en las criaturas. Es preciso, en cierto
modo, ver el mundo «como con los ojos de Dios» según la vigorosa
expresión de Santo Tomás.
El más ausente y el más presente
Una vez más podría decirse que, paradójicamente, Dios es el ser
a la vez más ausente y más presente en el cosmos y en medio de
las actividades humanas. Los psicólogos pueden multiplicar sus
análisis, los sociólogos sus encuestas, los periodistas sus
reportajes: jamás llegará ninguno de ellos a ver al dueño de la
historia, a entrevistarlo o a fotografiarlo. Y, sin embargo,
este Dios obstinadamente invisible es el que lo sustenta todo,
lo contiene todo, lo mantiene todo, lo mueve todo, aquél sin
cuya acción continua el cosmos se disolvería en la nada, en un
abrir y cerrar de ojos, como una pompa de jabón.
Se ha puesto de relieve que en las consideraciones de uno de los
doctores que han hablado con mayor profundidad de la
Providencia, San Agustín, el adjetivo occultus (oculto) aparece
una y otra vez: occultus es aquello que escapa a los sentidos y
que no se alcanza si no por «los ojos iluminados por la fe», «ya
sea que disciernan los detalles de esta verdad (la Providencia),
ya que no la alcancen sino al modo de una masa oscura, como es
el caso de la Predestinación».
El creyente es un hombre que tiene por verdad lo que no ve,
basado en la fe de Aquél que ve. Dios, visiblemente ausente y
por ello inexistente para el ateo, está invisiblemente presente
y actuante para el cristiano. «Oh, Dios, que invisiblemente
sostienes todas las cosas», dice la liturgia.«Dios es el
distinto, el misterioso. Quien busque a Dios en el dominio de lo
que se puede medir, constatar, conseguir, lo perderá sin
remedio. Podrá encontrar a lo más un ídolo, pero jamás
encontrará a Dios. Dios no puede ser una grandeza entre las
otras grandezas de la historia; sólo la fe puede aprehender la
acción de Dios en ella. Por la fe en la palabra de Dios el
hombre puede captar la acción de Dios oculta al ojo natural».
Santo Tomás se coloca a igual distancia del panteísmo, que
confunde el mundo con Dios, que del inconsciente paganismo, que
los separa. Dios es, a la vez, inmanente y trascendente;
trascendente por su naturaleza, que hace de Él, el gran
separado, el inaccesible; e inmanente por el carácter inmediato
e íntimo de su acción, que da todo el ser". Comparado con los
hombres, Dios es «infinitamente otro, pero también infinitamente
próximo», escribe el cardenal Suenens.
En una oración de Completas, la Iglesia pide a Dios que visite
nuestros hogares y que haga que en ellos habiten los ángeles.
Pero, explica Santo Tomás, los ángeles no moran en nuestra casa
al modo como lo haría una persona que viniera a instalarse en
ella. «Habitan» por una acción de vigilancia, de defensa, de
iluminación que ejercen sobre sus protegidos. Del mismo modo,
«Dios está en las cosas al modo como un agente se halla presente
en el ser sobre el que obra».
Así, podría decirse, los rayos del sol están «presentes» en un
enfermo tumbado en el balcón de un sanatorio no en tanto que
permanecen en él, sino en cuanto que actúan sobre él.
En un trabajo colectivo sobre «Dios hoy» Walter Kaspar hace
notar acertadamente que la negación de la inmanencia (o
presencia) de Dios en las cosas tiene un doble efecto: «el de
hacer a Dios extraño al mundo y a la historia y el de hacer al
mundo y a la historia extraños a Dios. Estos dos errores se
corresponden mutuamente». «Dios se convierte así en una
reliquia, que se venera, pero que está muerta. Así, el axioma
"Dios ha muerto" ese convierte en la divisa de muchos de
nuestros contemporáneos».
Este desconocimiento de la presencia activa de Dios en la
historia, ¿no es acaso, en muchas ocasiones, entre los
cristianos, el fruto de una preocupación ansiosa, señalada ya
muchas veces, por salvaguardar la libertad del hombre y defender
«la inocencia de Dios»?Una consideración asidua de los atributos
de Dios podría defendernos contra este error. En efecto, visto a
través de la Revelación divina y a través de la experiencia de
los santos y de los místicos, Dios aparece como la fuente misma
de todas las criaturas y de todas sus actividades. Dios aparece
como un hogar de luz: «Del mismo modo que el sol emite sus rayos
para iluminar los cuerpos, así la bondad divina expande sus
rayos, es decir, sus participaciones, por la creación de las
cosas» 1. «Toda esencia aquí abajo deriva de la esencia de
Dios».
Como el Sol emite sus rayos
Sin embargo, debemos tener bien claro que participación no
significa ni partición ni emanación ». Dios no se priva de
aquello que da a los hombres y a las cosas, como el sol no se
priva de luz cuando ilumina un paisaje de verano. Participación
no significa emanación. El agua que brota de una fuente la
pierde la fuente; Dios, empero, no se empobrece en modo alguno
manteniendo en la vida los millones de hombres que pueblan la
superficie de la tierra. Enriquece a los hombres actuando sobre
ellos, concediéndoles el tener alguna parte -participar- en lo
que Él mismo es. Dios es el ser por esencia, mientras que el
hombre es el ser «por préstamo» o por participación. Dios no es
solamente bueno, inteligente, poderoso; es la bondad, la
inteligencia, el poder mismo. Es la fuente de toda bondad, de
toda inteligencia, de todo poder. La perfección no constituye la
esencia misma del hombre, en tanto que constituye la esencia de
Dios.
Es decir, Dios está en todo como la Causa y en los efectos que
participan de su bondad. «Una cosa no es buena sino en la medida
en que es una cierta participación del bien soberano». Si Dios
es la fuente de la luz, el hombre es la luz reflejada. «No se
podría concebir la existencia de una cosa cualquiera sin admitir
una fuente primera trascendente, y esta fuente es Dios. Esto es
absolutamente cierto».
Con un profundo acento de sinceridad, un médico católico expresa
las mismas convicciones en respuesta a una encuesta: «¿Qué es
Dios para usted?» «Dios es quien me ha dado toda ciencia, todo
poder, toda curación, todo amor, todo don, toda esperanza, toda
voluntad, toda oración, toda investigación moral, religiosa o
científica, toda fuerza, toda serenidad, toda certidumbre, toda
alegría».
«Yo soy el que soy», dice el Señor a Santa Catalina de Siena,
repitiendo la definición que había dado de sí mismo a Moisés en
la zarza ardiente; «y tú, añade, tú eres la que no es»: tú eres
la que tienes de Otro todo lo que es: vida, cuerpo, alma,
actividad.«Tú no tendrías ningún poder sobre mí en este
momento», dice Jesús a Pilatos, muy seguro de su autoridad, «si
no te hubiese sido dado de lo alto» por la mano invisible de
Dios que rige los acontecimientos. Así lo de- claraba el profeta
Daniel a otra autoridad política, el rey Nabucodonosor, que le
había ame nazado de muerte, él y los otros «sabios» de
Babilonia: «La sabiduría y el poder pertenecen a Dios. Él es
quien hace cambiar tiempos y horas, depone a los reyes y los
entroniza, da sabiduría a los sabios y conocimiento a los
inteligentes ».
«Yo vi el universo reposando en su mano»
Una mística contemporánea, Lucie - Christine, cuenta en su
diario una experiencia semejante acerca del «todo» de Dios y de
la «nada» del hombre: «Mi corazón ha sido iluminado otra vez y
penetrado de Aquél que es: "Yo soy tu todo, tu único... Yo soy
el todo del mundo." Y vi el Universo reposando en la mano de
Jesús: "Yo soy y tú no eres." Y mi alma se llenaba de admiración
y de alegría a la vista de esta magnífica simplicidad de El que
es por sí mismo». «Vi interiormente a Dios, había escrito la
mística tres años antes". Dios, principio de todas las cosas,
poseyéndolo todo, fuente de todo lo que es la verdad, el bien,
lo bello, y no siendo todas las cosas sino por él.» De esta
visión profunda de Dios y de la criatura, saca esta conclusión:
«toda especie de idolatría parece una cosa espantable y (...)
todas las cosas creadas pierden su prestigio en relación con el
Principio increado».
En otra ocasión volverá sobre este tema, con una serie de
precisiones y de aplicaciones a su vida cotidiana. «Mi alma fue
iluminada y vi una vez más como todas las cosas son en Dios. Y
vi después una fuente purísima y abundante que brotaba del seno
de una montaña y se expandía después sobre la tierra,
dividiéndose después, y una infinidad de hilos de agua muy
delgados y más o menos límpidos o fangosos, según el terreno por
el que pasaban. Y muchas personas co rrían a la búsqueda de
estos hilos de agua, pero pocas iban a llegar a la altura de la
fuente.»
Jesús me dijo: «Mira cómo los hombres, en lugar de remontarse al
principio puro e increado de todas las cosas, van a los arroyos
fangosos o insuficientes para aplacar su sed. Todas las cosas
están en mí como en su principio, de una manera excelente; así,
los que lo dejan todo por mí lo encuentran todo en mí».
Entre los santos de los tiempos modernos, pocos más convencidos
que San Vicente de Paúl de esta verdad: que Dios existe y obra
por sí mismo, en tanto que el hombre tiene una existencia y una
actividad prestadas. Dios es el que es por definición, el hombre
es un ser sacado de la nada y que debe a Otro todo lo que es,
todo lo que tiene y todo lo que hace de positivo. Jean Calvet,
excelente conocedor de Monsieur Vincent, resume así el
pensamiento del santo: «Dios es todo, nosotros no somos. Tal es
la verdad fundamental de la que hay que persuadirse. No es una
verdad de sentimiento, de razonamiento; no es una verdad
abstracta: es un hecho».
Pero dejemos la palabra al propio San Vicente de Paúl
dirigiéndose a sus colaboradores: «¡Cómo! ¿Fiaros de vosotros
más que de Él? Él lo puede todo y vosotros no podéis nada; ...
y, no obstante, osáis apoyaros más bien en vuestra industria que
en su bondad, en vuestra pobreza más que en su abundancia» "'. Y
quien habla así de la impotencia congénita del apóstol fue uno
de los más grandes -si no el más grande- hombres de acción que
la Iglesia de Francia haya conocido jamás. Por lo que Daniel
Rops concluía que es a la mística a la que debemos los gigantes
de la acción.
Leídas bajo esta iluminación de lo alto, ciertas máximas de la
Sagrada Escritura no deberían extrañarnos por su tono
aparentemente paradójico, del mismo modo que otras no deberían
dejarnos indiferentes por su aparente simplicidad. «Ni
sabiduría, ni prudencia, ni consejo caben frente al Señor».
¿Cómo podrían los hombres volver contra los designios de la
Providencia los dones que Dios les ha distribuido para la
ejecución de sus planes? «Todo viene de ti, exclama el rey David
en un impulso de reconocimiento hacia Dios, y lo que te hemos
dado procede de tu mano".
De esta actitud de agradecimiento radical, se hace eco el
reproche de la Escritura a nuestras actitudes de orgullo y
suficiencia: «¿Qué tenéis que no hayáis recibido? Y si lo habéis
recibido, ¿porqué os vanagloriáis como si no lo hubierais
recibido?".A algunos de sus familiares que murmuraban al ver
cómo San Luis empleaba grandes cantidades en limosnas más que en
fiestas y vanidades, el rey respondió: «Callaos. Dios me ha dado
todo lo que tengo. Lo que empleo de esta manera es lo mejor
empleado.
La roca y las rocas
En medio de una vida rica en vicisitudes dramáticas, David ve y
canta a la mano de Dios que le salva de la muerte: «Yahvé es mi
peña, libertad y alcázar, Dios mío, Roca mía, a que me acojo; Él
es mi escudo, cuerno salutífero, mi fortín más seguro y mi
refugio. Tú, Salvador, me libras de violencia».
La acumulación de atributos que enriquece la expresión del rey,
expresa la intensidad de reconocimiento. Sus expresiones se
inspiran en la naturaleza del suelo de Palestina, cuyas rocas
casi inaccesibles habían servido de refugio más de una vez a
David en el tiempo en que era perseguido por Saúl. Pero al mismo
tiempo que buscaba un abrigo en las peñas y en las alturas,
ponía su única esperanza en Dios, su verdadera roca espiritual y
su verdadera ciudadela. «Tú eres mi salvación, porque tú me das
la salud, explica San Agustín; tú eres mi refugio, porque
refugiándome en ti encuentro la seguridad; tú eres mi fuerza,
porque tú me das la fuerza; tú eres mi misericordia, porque todo
lo que soy lo debo a tu misericordia».
Un denso texto de Santo Tomás resume esta doctrina: «El ser de
Dios envuelve con su virtud todo lo que es, sea cual fuere su
forma y su manera, puesto que todo lo que es lo es por
participación de su ser. Del mismo modo, su inteligencia, en
cuanto a su acto y a su objeto, comprende todo conocimiento y
todo lo cognoscible. Asimismo también su querer y el objeto de
su querer comprenden todo deseo y todo lo deseable... todo lo
que es deseable cae bajo su voluntad».
Teresa de Ávila emplea un lenguaje semejante en el último
capítulo de su autobiografía espiritual, señalando que Dios es
la verdad misma, sin comienzo ni fin, y que «todas las demás
verdades dependen de esta verdad, así como todos los demás
amores de este amor y todas las demás grandezas de esta
grandeza, aunque esto va dicho oscuro para la claridad con que a
mí el Señor quiso se me diese a entender.» La gran Doctora de la
Iglesia subraya este último punto: la fe ordinaria no es
suficiente, sino que tuvo necesidad de una gracia extraordinaria
para captar tan vivamente que Dios es la única y soberana fuente
de todos los valores y de todas las grandezas. Por estas gracias
extraordinarias, dice, «entendí grandísimas verdades sobre esta
verdad más que si muchos letrados me lo hubieran enseñado.
Paréceme que en ninguna manera me pudieran imprimir ansí, ni tan
claramente se me diera a entender la vanidad de este mundo» .
Vanidad del mundo, vanidad de las cosas, vanidad de las
actividades humanas: este vocablo puede prestarse a equívoco y
chocar a nuestra sensibilidad moderna. No significa en absoluto
inexistente, sino frágil, desprovisto de solidez, inconsistente,
a merced de otras criaturas, a merced, sobre todo, de Dios.
Aquello que es, señala un maestro espiritual de principios de
este siglo, no depende en absoluto de nadie: «Es por sí mismo el
Eterno, por sí mismo el Inmenso, el Omnipotente, por sí mismo la
Vida, la Verdad, la Belleza, el Amor, la Santidad. Los otros
seres no son lo que son sino por Él; dependen de Él en todo; no
viven, no se mueven, no existen sino gracias a Él. Por
independientes, orgullosos... y opulentos que pretendan ser, no
son sino los eternos mendigos de Dios. No tienen en absoluto
nada de bueno que no lo tengan de Él; su opulencia, su grandeza,
si es que las hay, no es sino prestada; su inteligencia, su
talento, es un reflejo que les llega de Dios; su belleza, si es
verdadera, no es sino un reflejo de Dios».
La impotencia de los poderosos
Dios puede prescindir de mí; yo no puedo prescindir de Él. «Dios
puede prescindir del mundo, y si el mundo dejase de existir Él
sería siempre el mismo. Su ser no sufriría cambio, su vida no
sería turbada, su gozo no sería alterado. Pero el mundo no puede
prescindir un solo instante de Dios, ni un solo instante».A una
joven brasileña que le había pedido un pensamiento para su
álbum, George Bernanos respondió así:
«Concede un recuerdo y una oración al viejo escritor que cree
cada vez más en la impotencia de los poderosos, en la ignorancia
de los Doctores, en la simpleza de los Maquiavelos, en la
incurable frivolidad de las gentes serias. Todo lo que hay de
bello en la historia del mundo se ha hecho, sin saberlo
nosotros, por el misterioso acuerdo de la humilde y ardiente
paciencia del hombre con la dulce Piedad de Dios». Con lo que
quería señalar la vanidad del hombre dejado a sí mismo y a la
vez la fuerza de los hombres apoyados por Dios.
El Cura de Ars llevaba más allá el diagnóstico de la vanidad
básica del hombre sobre la cual una luz de lo alto le había
iluminado, y decía a una confidente: «Si Dios no me hubiese
sostenido entonces, hubiera caído en la desesperación
inmediatamente. Me espantó tanto conocer mi miseria que
imploraba ardientemente la gracia de olvidarlo. Dios me ha
escuchado, pero me ha dejado luz bastante acerca de mi nada como
para hacerme comprender que no soy capaz de nada».
El conocimiento de la vanidad de las criaturas es un antídoto
contra el miedo y la angustia: «Hacia aquel tiempo -escribe
Lucie-Christine- me angustiaron bastantes miserias y Nuestro
Señor, entrando en mi alma por la Santa Comunión, me dijo estas
palabras: "¿Qué te hacen los hombres?" En el mismo instante mi
alma fue investida del sentimiento de la grandeza divina, de
suerte que todo lo creado desaparecía ante esta grandeza.»
Después de una tal experiencia, «el alma ve el universo como un
punto próximo a convertirse en humo y le resulta mucho más fácil
y como natural despreciar todo lo que viene de los hombres
aparte las cosas que Dios quiere que sean consideradas» .
Tan pequeño como una avellana
Una delicada mística inglesa del siglo XIV, Juliane de Norwich,
relata como Nuestro Señor le hizo comprender la nada de las
criaturas y su fundamental dependencia con respecto al Creador:
«Nuestro Señor me mostró, en la palma de su mano, una cosita tan
pequeña como una avellana y redonda como una canica. Mientras
que yo la miraba con los ojos de mi entendimiento, diciéndome:
"¿Qué será esto?", se me respondió: "Es una representación de
todo lo creado." Y como yo me extrañase de que aquello pudiera
subsistir, porque me parecía que una cosa tan pequeña podía ser
aniquilada en un abrir y cerrar de ojos, he aquí la respuesta
que recibí en mi entendimiento: "Esto subsiste y subsistirá
siempre porque Dios lo ama. Así, todo lo que es, debe su
existencia al amor de Dios." En esta cosa tan pequeña -concluye
nuestra mística-, yo vi tres propiedades: que Dios la había
creado, que Dios la amaba y que Dios le conservaba la
existencia».
El hombre moderno, testigo de los viajes interespaciales, ¿acaso
no se irritará al oír a la mística inglesa comparar la
inmensidad del cosmos a «una cosita tan pequeña como una
avellana»? ¿Acaso no verá en esta expresión una menor estima, si
es que no un desprecio del mundo, actitud medieval superada por
el progreso de las ciencias y por los milagros de la técnica? Y
sin embargo, la «cosita tan pequeña como una avellana» se sitúa
en la línea de una visión bíblica de las realidades terrestres.
En el libro de Isaías, Dios compara las grandes potencias
políticas y militares a la cosa más minúscula para las gentes de
entonces, desconocedores de la física nuclear: un grano de
polvo, una gota de agua. «...los pueblos son como gotas de un
cubo y como polvillo en la balanza son reputados». Y Dios va más
lejos para hacernos comprender mejor la pequeñez de las
grandezas humanas: «Todos los pueblos son como nada delante de
Él, como nulidad y vacuidad son por Él reputados» `.
Ninguna de estas verdades ha perdido su valor en nuestra época:
Pío XI juzgó oportuno recordárselo al Führer en su encíclica Mit
brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937. Parece que Hitler
montó en cólera viendo al «viejo del Vaticano» comparar las
grandes potencias del mundo a una gota de agua suspendida de un
cubo .Lo que, con la Biblia, decía de las naciones Pío XI vale
igualmente para los individuos. «Estamos continuamente
suspendidos de la omnipotente y gratuita acción creadora de la
Causa primera». «Existimos, por así decir lo, en el borde de la
nada, sin consistir por nosotros mismos».
Se comprende así que los santos, considerando que por ellos
mismos son incapaces de toda acción, se complacen en reconocer
su impotencia, para afirmar en consecuencia más vigorosamente la
omnipotencia de Dios: «Yo no soy nada, yo no puedo nada, yo no
valgo nada... », dice San Juan Eudes. El demonio nos hace gran
daño, haciéndonos creer que tenemos virtudes; «no las tenemos»,
dice Teresa de Ávila; «esto es pestilencia». Si un día, bajo la
moción de la gracia, la santa se siente llena de valor y de
audacia, al día siguiente, reducida a su debilidad, no se siente
capaz de «matar una hormiga por Dios si en ello hallase
contradicción».
Digna hija de una tal madre espiritual, Teresa de Lisieux usará
el mismo lenguaje confesando hacia el fin de su vida que ella no
tiene virtud alguna y que es el mismo Dios quien, en cada
instante, le procura las fuerzas necesarias para practicar la
virtud.
Estas enseñanzas de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de
los Doctores sobre la nada congénita a los hombres, incluso a
los más grandes, hace percibir mejor la naturaleza profunda de
los acontecimientos de la historia y su último sentido. «Es
necesario que Dios actúe y conduzca a su término lo que ha
hecho, porque si el mundo no estuviese gobernado por el que lo
ha creado, se hundiría de nuevo en la nada.»
Como no ha añadido nada a la creación, la Escritura dice que Él
descansó en todas sus obras; pero como no cesa de gobernar lo
que ha creado, Nuestro Señor ha podido decir con toda verdad:
«Mi Padre obra siempre.» Es así como San Agustín explicaba a sus
fieles en un sermón la acción incesante de Dios: si la creación
se terminó después de la sexta época, el gobierno del mundo,
creación continuada, prosigue desde entonces sin detenerse. Es
de cada día, de cada hora, de cada instante, de cada fracción de
segundo, y encierra la totalidad de las criaturas, desde los
abismos oceánicos hasta las profundidades del cielo estrellado,
desde los rascacielos de las ciudades bulliciosas hasta las
tiendas levantadas en el desierto:
«Si Dios retirase esta operación a las cosas, cesaríamos de
vivir, de movernos, de ser.» «Por el reposo de Dios el séptimo
día, entendemos que Él ha cesado desde entonces de hacer nuevas
criaturas, no de mantener y gobernar las que había hecho». No se
ha retirado del cosmos después de haberlo creado, como un
arquitecto se marcha después de la construcción de un edificio.
Éste puede subsistir muy bien sin la presencia del arquitecto,
mientras que el mundo no podría subsistir una millonésima de
segundo sin la presencia operante del Señor.
Una página de la Gran Enciclopedia Soviética
Los rusos de la ex-unión soviética, si no disponian de otras
fuentes, podían aprender de la Gran Enciclopedia Soviética que
«la religión se dirige a inspirar a los creyentes el sentimiento
de que el individuo no puede hacer nada sin la voluntad de Dios,
que todo su destino se encuentra entre las manos de Dios. El
hombre no es nada más que la criatura de Dios, un gusano, el
esclavo de Dios. Todo depende únicamente de Dios. La moral
religiosa hace al hombre impotente y le priva de su voluntad;
condena al hombre a una sumisión pasiva a su destino. Priva al
hombre de todas las cualidades que le son indispensables a
quienes luchan por la felicidad terrenal de las gentes...»
¿Qué pensar de estas aserciones? Sin duda alguna un San Agustín,
un Santo Tomás, un Pío XI y un Pablo VI no hubieran dudado un
instante en rubricar totalmente la primera frase, que es de una
ortodoxia perfecta. A través de ella se creería percibir el eco
de la voz de los profetas del Antiguo Testamento. El error se
manifiesta en la segunda frase: si es verdad que el hombre no es
sino una criatura de Dios, es, en cambio, falso que sea un
esclavo o un gusano: la Encarnación y la Redención han elevado
al hombre al rango de hijo de Dios. Es asimismo totalmente falso
ver en el sentimiento religioso un factor de alienación. Este
reproche puede aplicarse a la deformación de la fe, pero no vale
para la vida cristiana auténtica.
La afirmación «Todo depende únicamente de Dios... » puede ser
entendida en un sentido perfectamente ortodoxo. Se la encuentra
a veces en los labios de los amigos de Dios, sobre todo cuando,
llegados al término de su camino aquí abajo, reconocen que es
Dios quien ha hecho todo el bien que el mundo ha admirado en
ellos: «Él lo ha hecho todo» en tanto que Causa primera, que
actúa sobre las causas segundas para hacerlas operar a su nivel:
si éstas han actuado, ha sido bajo la moción de Aquélla, que ha
tenido no la parte exclusiva, pero sí la preponderante.
Es curioso constatar el peso de esta objeción del materialismo
ateo incluso en medios cristianos: obsesionados por el deseo de
salvaguardar la autonomía de las iniciativas y de las
actividades del hombre que paralizaría la fe en una soberanía
total de Dios sobre la historia, algunos cristianos llegan a
afirmar tan fuertemente el papel de las causas segundas que
niegan la influencia preponderante de la Causa primera,
manteniéndose en posiciones deístas. Si, a la luz de la Biblia y
de la Tradición, descendiesen a las profundidades del problema,
constatarían con estupor que al cortar así el lazo entre la
causalidad divina y la acción del hombre, lo paralizan. Arruinan
lo que pretenden salvar, diría San Agustín.
Juan XXIII, cuando era nuncio en París, hizo esta confidencia a
su sobrina Ana: «Desde que me persuadí de que yo soy
verdaderamente nada y de que el Señor es quien lo hace todo, me
dispuse a todos los renunciamientos. Este hábito es un
sacrificio, es como un cilicio que se lleva continuamente. El
Señor, entonces, nos trata bien» (Carta del 24 junio 1947).
«Obrar el bien es algo tan imposible sin el socorro de Dios como
hacer brillar el sol en la noche» (Cfr. SANTA TERESA DEL Niño
JESÚS, Manuscrits autobiographiques, B, folio 22, recto).
Tal como lo pone de manifiesto un maestro espiritual, Charles
Sauvé, la omnipotencia de Dios es afirmada más de setenta veces
en la Biblia. ¿Cómo no deducir de ello que Dios, autor principal
de los Libros Sagrados, quiere inculcarnos profundamente esta
verdad? San Juan Crisóstomo nota que en el Antiguo Testamento el
Padre es llamado continuamente Señor (Kyrios). La Escritura le
llama Rey de reyes, Señor de señores, y más fuertemente aún, el
único rey, como para insinuar que los monarcas de la tierra
reciben todo su poder del «rey de los siglos, inmortal e
invisible».
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