Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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«En Jerusalén todos vieron al Crucificado, pero no al
Resucitado»
Todo el edificio cristiano se desmoronaría como las Torres
Gemelas si desaparecieran los cimientos, es decir, la convicción
de que al tercer día el Crucificado salió de aquella tumba
transfigurado por la luz de la resurrección:
Vittorio Messori
Si
Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, y también aquellos
que han muerto en Cristo se han perdido. Si tenemos esperanza en
Él solamente para esta vida, somos los más desgraciados de todos
los hombres». Tal es el célebre escrito de Pablo a la comunidad
de Corinto.
No es casualidad que la Pascua sea el centro del calendario
cristiano: toda la fe está en vilo sobre el sepulcro de
Jerusalén. Todo el edificio cristiano se desmoronaría como las
Torres Gemelas si desaparecieran los cimientos, es decir, la
convicción de que al tercer día el Crucificado salió de aquella
tumba transfigurado por la luz de la resurrección. El
cristianismo no es un esquema ideológico independiente de los
hechos concretos. Por el contrario, es el anuncio de un preciso
acontecimiento histórico: «Aquel Jesús que acabó vergonzosamente
sobre la cruz de los esclavos, sepultado en una tumba que le
prestaron por caridad, salió de ella habiendo vencido a la
muerte y mostrando de ese modo que era el Mesías anunciado por
los profetas de Israel». Tampoco es casualidad que Evangelio
signifique «noticia», la «buena noticia» por excelencia: informa
de hecho que ha sucedido algo que nos atañe directamente, porque
ese Resucitado nos ha abierto el camino de la vida inmortal.
De aquí tanto la fuerza como la vulnerabilidad del cristianismo:
dudar de la verdad histórica de aquel hecho significa despedirse
de la fe. Si realmente los historiadores pudieran convencernos
de que el evento de Pascua es solamente un mito, una leyenda,
una ilusión, sería el fin de las Iglesias cristianas, digan lo
que quieran ciertos teólogos actuales que querrían desvincular
la fe de los datos de la historia. Y digan lo que digan ciertas
sabidurías new age, interesadas por lo cósmico y alérgicas a la
crónica. Ésta es la simple y en el fondo dramática realidad: si
el sepulcro de José de Arimatea se quedó cerrado, o vacío sólo
porque el cadáver se lo llevaron los discípulos, el Evangelio
queda degradado de Palabra de Dios a curioso testimonio de la
literatura popular judeo-helenística.
Puesto que la fe no es una propuesta intelectual que haya de ser
examinada con objetividad aséptica, sino que es una realidad que
interpela a cada uno en lo profundo, es preciso hablar aquí en
primera persona. Aunque cueste hacerlo, aquí es necesario decir
«yo». Por lo que diré que, para mí, sería particularmente
hipócrita fingir una mesurada neutralidad. Hace ya más de
treinta años que reflexionando sobre las razones de la fe no
hago más que investigar precisamente sobre la verdad del
acontecimiento pascual. Le he dedicado gruesos libros, pero en
el fondo, en casi todo lo que he escrito me he preguntado sobre
la posibilidad de aceptar ese fundamento de la fe.
El pasado domingo, la madre de cualquier otro domingo, recité
con particular emoción con quienes estaban a mi lado el
versículo del Credo sobre el que se funda todo: « murió y fue
sepultado. Y resucitó al tercer día según las Escrituras ».
Desde luego que no son pocos los que me preguntan cómo puede
tomarse en serio una afirmación del género, un hombre que tiene
algunos estudios, que no ha dado signos visibles de
desequilibrio mental, que incluso ha mostrado que no carece de
un sentido crítico normal. No me sorprendo. Es más, comprendo
bien una perplejidad que yo también tuve. Todavía ahora no hay
una Misa en la que, al llegar al Credo, no me pregunte: pero en
el fondo, ¿de verdad lo creo? Por supuesto que sí, lo digo con
claridad, con la humildad de quien sabe bien que no tiene en
ello ningún mérito, con el temor de quien sabe que «lleva
tesoros en vasos de barro», con la conciencia dolorosa de quien
mide la distancia entre su fe y su vida. Desde luego que sí, me
atreveré a decirlo: al igual que cualquiera que se diga
cristiano, estoy convencido de que cuanto refieren los
evangelios coincide con lo que sucedió, que Jesús había muerto
realmente y que realmente salió vivo del sepulcro, pasando luego
cuarenta días con los discípulos antes de ascender al Cielo. Yo
también estoy entre los extravagantes que comparten una certeza
que ahora parece minoritaria: la Pascua no conmemora un mito
sino que recuerda un hecho.
Todos saben que para intentar motivar semejante convicción,
existen enormes bibliotecas. Pero, ¿cómo responder a quien
forzando las cosas quisiera obligar a una síntesis extrema?
Puesto con la espalda en la pared, cada creyente tendría sus
respuestas. Por lo que a mí respecta, aventuraría la «prueba de
la vida». Al inicio del Evangelio de Juan, a quienes le
preguntan quién es, Jesús no les responde con un «manifiesto»
ideológico sino que, pragmático, les replica: «Venid y veréis».
Como puede confirmar cualquiera que haya aceptado la invitación,
seguirle puede significar el descubrimiento de una luz que
arroja significado sobre cualquier circunstancia de la
existencia. Por eso no hay cotidianidad de creyente que no esté
atravesada, al menos a ráfagas, por el gozo de quien intuye el
sentido de lo que de otro modo permanece dolorosamente
inexplicable, y por la alegría de quien descubre que es amado,
perdonado y esperado en una eternidad que sólo con que se quiera
puede ser infinitamente feliz. Igual que el movimiento se
muestra simplemente caminando, la verdad del Evangelio se
constata con la misma simplicidad, viviéndolo: la profundidad
insondable de una enseñanza expresada con palabras tan
elementales no tiene mejor verificación que la de la vida. A
esta «prueba» existencial se refería Pablo al constatar «sé en
quién he creído».
Siguiendo sobre el mismo nivel de lo concreto, tampoco he
olvidado lo que me dijo una vez el cardenal Ratzinger: «No hay
argumento apologético más eficaz que la santidad y el arte: la
belleza de las almas y la belleza de las cosas que la fe ha
plasmado, sin interrupciones, desde hace ya veinte siglos. Ahí
está, créamelo, la fuerza misteriosa del Resucitado». Pero como
es obvio, añadiría a estas que, parafraseando a Pascal, llamaría
«razones del corazón», las «razones de la razón» hacia las que,
sobre todo, he dirigido mi investigación. ¿Cómo reducir a la
médula las infinitas argumentaciones que, página tras página, he
tratado de acumular? Como un policía inglés podría pasar revista
a todas las posibles respuestas a la pregunta «si excluimos la
hipótesis de los creyentes, ¿qué otra cosa pudo suceder en
Jerusalén aquel 9 de abril del año 793 de la fundación de Roma,
el año 30 según el calendario cristiano?». Podría hacerlo,
llegando a la conclusión imprevista de que, al final, lo más
razonable podría ser la aceptación de un misterio que supera a
la razón pero sin contradecirla. Podría recordar que, a
diferencia del fundador de cualquier otra religión, «Jesús,
desde el inicio de la Historia, ha sido anunciado o adorado»: y
es que, en efecto, la anomalía del cristianismo reside en ser la
aceptación de un Mesías, fundada sobre el anuncio de ese mismo
Mesías. El árbol cristiano no sea apoya en el vacío, sino que
hunde sus profundas raíces en el antiguo Israel. Podría mostrar
cómo las mismas travesías que marcan la historia de la Iglesia
pueden, paradójicamente, mostrar la filigrana de la presencia y
la asistencia del espíritu del Resucitado. Incluso podría
lanzarme a analizar la extraordinaria reserva de lo milgaroso
que, desde siempre, acompaña la marcha de la fe a lo largo de la
historia, y que sólo el prejuicio puede rechazar a priori.
Podría hacer todo esto. Por lo demás, es lo que he intentado
hacer siempre. Aunque sin ilusionarme con convencer a todos. Sea
cual sea la calidad y la cantidad de las razones puestas sobre
la mesa, el creyente siempre chocará con la incredulidad.
¿Motivo para dudar de la fuerza de las argumentaciones de la fe?
Todo lo contrario, un motivo de confirmación: en Jerusalén todo
vieron al Crucificado, pero sólo los discípulos vieron al
Resucitado.
La tutela de la libertad del hombre ha quedado confiada al
claroscuro en el que Jesús envolvió su Pascua, admitiendo por
decirlo de nuevo con Pascal «suficiente luz para creer», pero
dejando «suficiente sombra para poder dudar». El resplandor de
la mañana de Pascua puede iluminar el camino de quien esté
dispuesto a dejarse guiar. El corazón del Evangelio no es un
autoritario «tú debes», sino un afectuoso «si tú quieres».
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