Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Abril de
2007
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¡Aleluya! Cristo ha resucitado ¡Aleluya!
El Domingo de Resurrección nos llama al momento de alegría plena
en el Calendario Litúrgico. Reflexiona en torno a este
maravilloso momento.
Jesús Martí Ballester
1. Estaban satisfechos los enemigos de Jesús porque creían que
todo había terminado. Jesús se había convertido en una pesadilla
para ellos. Ahora, ya están tranquilos. También los amigos de
Jesús creían que con su muerte había llegado el final. La fe de
todos se tambaleó. Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo
firme, sin ninguna sombra de vacilación. La vela del tenebrario
que queda encendida después de todas apagadas en maitines. Se
lleva detrás del altar y se saca después. Es la fe de María.
María Magdalena no hacía más que llorar. Para ella nada tenía ya
sentido. Jesús ya no está con ellos. Su cadáver está en el
sepulcro. Ella hacía poco tiempo que había derrochado una
fortuna para ungirle con perfume. Judas la criticó y Jesús la
defendió porque le había perfumado proféticamente ungiéndole
para la sepultura. El viernes, a las tres de la tarde, todo se
había consumado. José de Arimatea y Nicodemo le amortajaron y le
enterraron. María Magdalena quiso perfumarle también, después de
muerto, una vez transcurrido el descanso legal del Sábado judío.
2. Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del
Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de
alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro
abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro!
Juan 20,1.
3. Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los Apóstoles.
Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y
van corriendo al sepulcro. "Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y
creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree
en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista
tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se les
ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto.
Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto
el sepulcro vacío, y antes de sus apariciones personales, no es
necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.
4. Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: "No había
aún entendido la Escritura que dice que El había de resucitar de
entre los muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó
junto al sepulcro, llorando... "Se volvió hacia atrás y vio a
Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo:
"Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?". -"María". -"Maestro"
(Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una
mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que
anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación
del pecado.
5 "Jesús le dijo: ” (Jn 20,17). María deja alejarse a su Amado.
San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del
Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me dejaste con gemido?
-Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí tras ti
clamando - y eras ido".
6. María ha visto el «rostro del Resucitado». Un rostro, que en
ocasiones no se contempla
suficientemente, a causa de una cierta tradición que concentra
en la Cuaresma el «período intenso» de las iniciativas
pastorales y de la celebración de los ritos. Una riqueza, que no
hay que perder, pero que tiene un inconveniente: de este modo
«se tiene la oportunidad de evangelizar y santificar el
sufrimiento», pero no se evangeliza suficientemente «la
alegría».
El riesgo es que el escenario de los temas de la Pasión
prevalezca sobre el de la Pascua, «exultación y fiesta», que en
los primeros siglos del cristianismo, antes de la institución de
la Cuaresma, representaba el período privilegiado de los
sacramentos, la catequesis y la liturgia. «En el mundo de hoy
nos damos cuenta cada vez mejor que evangelizar el placer y la
alegría no es menos importante que evangelizar el dolor. Se
piensa tantas veces que Dios es enemigo de la alegría, que con
Dios todo placer, toda fiesta, toda explosión de alegría es
pecado. No es verdad. El sepulcro vacío es la imagen de esa
irrefrenable aspiración humana al placer, tal y como lo entiende
Dios. «La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que
el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la
alegría y el gozo. Jesús ha roto la cadena del placer que genera
sufrimiento y la ha sustituido con el sufrimiento que genera
placer» (Cantalamessa). «De este modo, la alegría tiene la
última palabra, y no el sufrimiento. ¡Tenemos una necesidad
enorme de hacer resplandecer ante los ojos de nuestros
contemporáneos el rostro del Resucitado!»,
7. Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo,
no puede estar quieto. "Qui non zelat non amat", dice San
Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de
hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del
amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se
experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a
Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los apóstoles
son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que
bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección.
Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos,
conversando con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una
idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una
nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino
inmortal, la vida de Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá
más.
8. Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez:
"que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó
al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y
bebido con él después de la resurrección. Los que creen en él
reciben el perdón de los pecados" Hechos 10,34. En consecuencia:
"Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá
arriba, no los de la tierra" Colosenses 3,1.
9 Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la
resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan
y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el
mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja "el
intenso moverse" contra la desolación (EE 319). De esta manera,
la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación
de Cristo Resucitado.
10. Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el
Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo" Salmo
117. Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el
gran día de la actuación de las maravillas de Dios. "¿De qué nos
serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?"
(Pregón Pascual).
11 Y así como
Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya
ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La
resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el
crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino
imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte.
Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros.
"Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Señor
Jesús".
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