Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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El gran reconciliador
José Vilasuso
En mil novecientos sesenta y tres, por las calles de La Habana
Vieja se veía transitar a cierto personaje extraño por original.
Se trataba de un sujeto vistiendo batilongo carmelita, cordón
blanco doble enrollado a la cintura y calzando sandalias. Era
joven, alto y rubio, con prestancia grata y una nata y amable
disposición como para escuchar siempre, sabiendo qué responder.
Era el padre Miguel Angel Loredo, franciscano.
Un sonado acontecimiento ajeno tuvo lugar dos años más tarde. El
intento de desvío de un aparato de Cubana de Aviación con
destino a Miami, donde resultaron muertos el copiloto y escolta,
desplegándose de inmediato una aparatosa movilización nacional a
la busca del navegante, Angel M Betancourt, a quien se hacía
responsable de los hechos. Fuertes contingentes bien armados,
noticias de última hora, registros por todas partes, ofrecieron
a los acontecimientos un sabor inusitado, de alarma general.
Para el cubano de a pie el conjunto daba qué pensar; pero su
cobertura noticiosa mucho más.
El lunes de Resurección de 1966, fray Miguel Angel Loredo, a la
sazón párroco de Guanabacoa, recibió una llamada urgente de su
sacristán, Gerardo Pérez, que fuera al convento de San Francisco
sito en la esquina de Cuba y Amargura pues algo muy serio tenía
lugar allí. Partió sin demora y aproximándose a los contornos
del antiguo templo olíase la anormalidad, vio gente pasar
corriendo, turbas agitadas repetían consignas al uso; al entrar
notó movimiento por la sacristía, militares al acecho y un
oficial que le salió al encuentro, le conmina. "¿Es usted,
Miguel Loredo?" "Sí señor." "Está detenido." "¿Por qué?"
Entonces le trajeron a Angel M. Betancourt. Se le acusaba de
haberle concedido asilo en el recinto a un prófugo de la
justicia revolucionaria.
El juicio puso de manifiesto cuán difícil es probar la
culpabilidad de un inocente. Un nuevo despliegue burocrático a
puertas cerradas, adobado con directrices oficiales, y a la hora
decisiva el testigo gubernamental, Gerardo Pérez, se careó con
el encartado para confirmar las acusaciones del fiscal. Durante
el juicio Loredo había permanecido silencioso pero firme,
abrumado pero seguro de sí mismo. Escuchó con serenidad los
descargos y al momento de deponer, miró de frente y dijo:
"Gerardo, tú sabes que estás mintiendo," fue su mejor alegato.
Gerardo Pérez bajó la cabeza y un silencio total invadió la sala
indefinidamente.
Condenado a quince años de prisión. Miguel Angel pasó por un
cúmulo de privaciones, torturas, golpizas, tapiados, que
únicamente su enorme fortaleza física y espiritual explican.
Pero lejos de amilanarle, la cárcel acicateó sus impulsos
apostólicos. Al llegar a Isla de Pinos recibía otra sorpresa
imperecedera. La gloriosa acogida por la población penal en
pleno. Vítores y aplausos atronadores provenientes de todas las
circulares ensordecerían a los propios manifestantes. Era un
héroe arribando a su tierra no prometida. Nadie sabe cómo los
presos políticos se enteran tan pronto de tantas noticias. Allí
comprendió cuán contradictorios pueden ser los designios de Dios
frente a los juicios de los hombres. (Incluyendo a religiosos
que negaron su defensa, y otros que han guardado el más cobarde
silencio hasta hoy.)
En la isla Miguel Loredo escuchó la voz de Dios. Esa voz a veces
dura, a veces difícil de comprender; si la fe no nos asiste.
Aquellos compañeros para rato largo necesitaban auxilios
espirituales. Muchos eran católicos, otros creyentes o
interesados en las cuestiones de religión, tantos inquietos.
El presidido político es cantera de pruebas sin cuento que
vence, cujea o hace crecer a los hombres de temple. Claudicas,
te anulas, o te consagras para siempre. Es etapa apropiada para
meditar, crecer y encontrarse a sí mismo. Cantera inagotable de
sabiduría ancestral y escenario de vejez a los veinte años. Nada
como el sufrimiento día a día para profundizar en la vida y
hallarle la clave de tantos misterios insondables. Las cárceles
son espejo de contradicciones incomprensibles. Tras las rejas el
mundo puede desbordarse en toda su vanidad, vaciedad e
injusticia. Sin embargo los barrotes comprueban los niveles
éticos a que descienden o ascienden los humanos. Cuando se
padece sin motivo; se pueden dar gracias de no estar en el lado
contrario; que sería el peor de los suplicios. Peor aun devienen
aquéllos que viviendo en libertad callan estos ejemplos. Claro
que la visión superior de la vida acompaña esta reflexión
inseparablemente. De lo contrario nos perdemos en un laberinto
de angustias y desesperanzas. Pero este hijo de Francisco de
Asis es espécimen de pasta no abundante, pertenece a los pocos
sabios que en el mundo han sido.
En la Isla el sacerdote montó su nueva parroquia al servicio de
los presos, excelentes feligreses. Poco o nada había cambiado.
Sólo le correspondía una misión, la misma de siempre:
cristianizar, proseguir su apostolado. Sencillamente acababa de
variar el aprisco y manos a la obra. Esto no se puede aquilatar
bajo ojos mundanos; la indiferencia, turbaciones y el
engavetamiento son entonces comprensibles. Los detalles de aquel
valimiento ameritarían una inacabable crónica de vidas nuevas y
corazones intrépidos a la busca de verdades consolidadas. Todo
el bien allí derrochado ya acreció en el caudal de las gracias
"in eternun," correspondientes al infinito del cosmos, al amparo
del orden divino y seguirá dando frutos sobreabundantes. Nadie
lo podrá deshacer ya que penetró al acervo sobrenatural, donde
los méritos de las acciones se miden por la intención, nunca por
sus resultados exteriores. Dios nos penetra hasta lo profundo de
la conciencia. Sigue pues operando y continuará más allá de
nuestras lindes cuánticas y en dimensiones incalculables para el
flaco intelecto del hombre. Dios no se mueve de su lugar. De él
nació el bien y nunca se le oculta. Todo lo tiene presente y
capta bellezas que por ahora no están a nuestro alcance.
Estamos en tiempos de recuento. Un nuevo siglo. Cuba entra a una
etapa no por esperada estremecedora, al recuento de esta
historia el panorama nacional se ha transformado radicalmente.
Hoy Loredo ejerce su ministerio fuera de la isla y su nombre ha
adquirido prestigio internacional como activista de derechos
humanos. Los recuerdos de tan profundas vivencias constituyen un
libro abierto de esa rara fauna que se llama el cristiano
integral. Varios responsables directos del proceso han muerto,
otros ya no son nadie, de terceros no sabemos. Pero hacia todos,
sin excepción, el excapellán de Isla de Pinos retiene un mismo
sentimiento que desea sea divulgado indefinidamente; perdón.
A su pesar, un cabo debe de atarse para colegir motivos
intrínsecos de aquel proceso que en días no lejanos, el mundo
alegre y los cubanos del patio habrán de conocer detalladamente.
¿Porqué fue escogido este personaje para involucrarlo en un
asunto con el que nada tenía que ver? Es la repetición de una
política; la misma mano cruzada del mismo hombre convaleciente.
En Cuba nadie tiene derecho a sobresalir, excepto una persona
harto conocida guardando cama. El mandón de turno cuyo nombre no
necesita citarse. El resto debe vivir en el anonimato para
proseguir la normalidad impuesta. Galería de mediocres en
interminable desfilar sin pena ni gloria. Contrariamente Loredo
desde su arribo a la isla se había convertido en figura
discutida. Su sólo desfile con atuendo clerical por las calles
habaneras fue un reto ideológico al totalitarismo oficial. Por
entonces los curas que quedaban activos formaban un puñado de
viejos, incoloros, enfermos o desconocidos. La presencia de
sangre nueva, orador brillante, intelectual con ideas, poeta,
atractivo principalmente a jóvenes, hizo mella en el narcisismo
de ese hombre único con derecho a lucirse. Amén de que la
política oficial respecto a la iglesia consiste en permitir sólo
hasta un límite; antes y después del Papa. Por otra parte, desde
el poder el comunismo pronto deja de idealizarse, se troca en un
mero interés, el poder. Por su parte, el cristianismo nació de
la adversidad y la idea de la persecución constituye una especie
de mal necesario para que brote su antídoto. Es aquello
insondable de que Dios saca bien del mal. Sólo él lo puede
lograr. En aquel tiempo el paganismo moría y la nueva religión
ganaba los corazones. Cuba, para honra de sus creyentes y
hombres de buena voluntad, cualquiera que sea su doctrina; está
escribiendo otro capítulo de esa persecución constante, a veces
solapada, que renueva y revitaliza la fe de Jesús en definitiva
el primer mártir. Es decir, fortaleciendo ese sentido de
sobrenaturalidad sin el cual no se forjan los creyentes. De ahí
que nada sea equiparable al conjuro de esa práctica a que el
fiel discípulo de San Francisco hace honor; la reconciliación
nacional. Es la visión alta ante un engranaje absurdo,
anacrónico, ridículo, ahora en desintegración absoluta. Creo que
es la única línea que vale la pena seguir al cabo de tantas
vicisitudes de toda coloración, rigor y sabor.
Pero la reconciliación opera en el interior de cada hombre,
acorde al momento. Las actitudes vitales echan raíces en el
corazón, receptáculo de virtudes. Nunca será mercancía en
baratillo. Por ello a ratos, hombres como fray Miguel, Darsi
Ferrer o Reinaldo Cosano Allen por algunos son tildados de
ilusos. Aunque en verdad constituyen ejemplos vivos de virtud
doméstica, como la llamara José Martí, la reconciliación posee
cierto misterio, una lejanía sutil nada rápida de captar. Es que
el mundo de lo inmaterial no es asequible a primera vista, jamás
lo ha sido. Es tesoro precioso, don del Cielo que sólo se
descubre después de heroicos recorridos por la vida, sus
derrotas, la meditación, el ejercicio del amor. Convicción
profunda que nutre la perseverancia final, conquista monticular
del alma madura y arma tremenda que nos dará la redención final.
Nota al calce. Aun está pendiente la entrevista concertada en La
Habana entre Miguel Loredo y Leonardo Boff, cuando éste vestía
en hábito de San Francisco. Ciertamente han transcurrido muchos
años. Leonardo Boff no concurrió a la entrevista y Miguel Loredo
se quedó aguardando por él…
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