Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de 2007

Homilía de Mons. Dionisio García Ibáñez en su primera misa como arzobispo de Santiago de Cuba

Hermanos:

Mons. Pedro Meurice nos dio la bienvenida y deseó que el Espíritu Santo esté sobre todos nosotros; que nos ilumine a cada uno según nuestros carismas, según la vocación, el ministerio que el Señor nos ha pedido, nos ha regalado. Y recibiendo el Espíritu Santo nos haga dar lo mejor de cada uno.

Quiero comenzar saludando a todos ustedes. Saludando a los de Guantánamo, la tierra dónde nací, dónde recibí el bautismo, dónde mis padres me dieron el tesoro más precioso que yo considero que una persona puede tener: la fe en Cristo; un sentido de la vida que nos dice que Dios nos ama y nos llama a vivir eternamente junto a él y eso nos hace hermanos de todos. Allí recibí mi educación cristiana, el bautismo, la comunión, la confirmación.

También saludo a mis hermanos de la diócesis de Bayamo-Manzanillo, donde durante veintiún años serví, pues recién ordenado sacerdote fui a trabajar allí, a Campechuela, Niquero, Media Luna, después Pilón, por fin Manzanillo, y después Pastor de la Iglesia de Bayamo-Manzanillo con sede en Bayamo.

Les saludo a todos ustedes de Santiago de Cuba, no vengo aquí como alguien que llega nuevo. Llegó como alguien que ha recibido su fe aquí, ésta es la iglesia Madre. Aquí está Mons. Meurice, el primer sacerdote cubano que yo conocí, están mis hermanos sacerdotes del presbiterio de Santiago de Cuba. Están todos mis hermanos, que cuando yo era estudiante en la Universidad, en esta Catedral casi todos los días y también los domingos veníamos a escuchar la Misa a las seis y treinta de la tarde y a recibir la comunión. A los hermanos del coro, a Deysi que desde aquella época nos conocemos y a tantos más. A todos ustedes les saludo.

Todos saben bien que estamos dando gracias a Dios, agradeciendo ese largo pastoreo de Mons. Meurice de casi cuarenta años (es el Arzobispo de Santiago de Cuba que ha pastoreado este rebaño por más años). La ha pastoreado con tino, con sabiduría, con decisión, con mucho testimonio de fe y de entereza. También debemos dar gracias a Dios porque él no olvida a su pueblo y le da nuevos pastores, y en este caso yo he sido el que el Santo Padre ha designado. Pero no es que Mons. Meurice o yo, o los demás pastores merezcamos este puesto, este pastoreo, esta responsabilidad, este servicio. Sino que, como Pedro, débiles también, que en un momento determinado vaciló en seguir al Señor; todos nos sentimos débiles,  lo recibimos como algo desproporcionado que el Señor nos pide y nos da.

Por eso hermanos tenemos que dar gracias al Señor porque Él confía en los hombres, porque es misericordioso, porque quiere construir su Iglesia no sobre ángeles, sino sobre personas humanas que estamos sujetas a la duda, a la vacilación, a la debilidad, a interrogarnos sobre muchas cosas. Pero el Señor así quiere a su Iglesia, y sabemos que Él da, nos da, le dio a Mons. Pedro y a Mons. Serantes, a Mons. Zubizarreta, les dio la fuerza necesaria. Yo sé que la fuerza del Señor está ahí.

Cuando las personas me dicen Monseñor, felicidades; yo les digo oren, no para que el Señor me dé fuerzas, pues yo sé que su gracia y su fuerza están ahí, sino para que yo la sepa utilizar, que yo me deje imbuir, llenar de la gracia y la fuerza de Dios.

Les doy el saludo a todos los que han venido de otras comunidades cristianas. Saludo a esos hermanos que no son cristianos y están entre nosotros, que piensan de muchas maneras diferentes, tal vez diversas a nosotros, pero que han venido a acompañarnos en esta alegría.

Saludo a las autoridades nacionales y provinciales que han venido. En mi experiencia como sacerdote, y también como obispo de la diócesis de Bayamo-Manzanillo, aprendí que tenemos necesidad de encontrar caminos de encuentro; porque para buscar el bien del hombre todos debemos tratar de encontrarnos. Decía en la dedicación del altar de la Catedral de Bayamo, decía que nos hemos propuesto una obra buena al devolver el esplendor a la Parroquial Mayor, hoy Catedral del Santísimo Salvador de Bayamo-Manzanillo, porque es un templo donde se rinde culto a Dios y porque es un templo que es como el Sagrario de la Patria. Y en esa obra buena, cooperamos muchos, muchos. Y así es como deben ser las relaciones entre los hombres. Tenemos que, sin desechar a nadie, sin aplastar a nadie buscar caminos de encuentro, caminos de conversación y de relaciones,  trabajando por el bien de la patria, por la libertad de cada persona, por los derechos de cada persona, por la dignidad de cada persona, por su bien material y espiritual. Dando pequeños pasos aprendimos también, creo que de ambas partes, a buscar soluciones a las diferencias y a las dificultades. Ése tiene que ser el tono de las relaciones, no sólo de nosotros los cristianos, sino el de todos los cubanos.

Todos amamos a Cuba, y todos tenemos que vivir para aportarle a Cuba, y a nadie se le puede separar; todos los que amamos a Cuba, somos hijos de esta madre, y más nosotros los cristianos que tenemos a Cristo como Salvador.

Saludo también a mis hermanos que han venido desde fuera. Saludo a Mons. Flavio Betancourt, Arzobispo de Manizales, él generosamente ha ayudado a la diócesis de Bayamo-Manzanillo con cuatro sacerdotes, a lo mejor también quiere ayudarnos mandando algún otro sacerdote; a Mons. Roberto, Arzobispo de San Juan, Puerto Rico, esa isla hermana nuestra que tan cercana es a nuestra Conferencia.

Saludo de manera muy especial a Mons. Felipe Estévez y a Mons. Octavio Cisneros; ellos de niños salieron de Cuba, crecieron en los Estados Unidos, allí recibieron la llamada de Dios, le dieron el sí a Dios, y hoy son respectivamente obispos auxiliares de la diócesis de Miami y de la diócesis de Brooklyn. En ellos están representados tantos amigos nuestros, hermanos nuestros, vecinos, conocidos, compañeros de trabajo nuestros que viven fuera de nuestra Patria. A ellos que aman a Cuba, les doy mi invitación de buscar el bien de nuestra Patria y como cristianos a sentirse solidarios con esta Iglesia. Hoy precisamente en una parroquia de Miami, un grupo de guantanameros y santiagueros, amigos y hermanos que compartimos la misma fe, están reunidos dando gracias a Dios por este acontecimiento: por los cuarenta años de pastoreo de Mons. Meurice y porque ya la iglesia de Santiago tiene un nuevo Pastor. Es un signo de comunión, es un signo de reconciliación, es un signo que a todos nos debe hacer sentir mejores, porque nunca hay que buscar la desunión sino la comunión.

Saludo también a mis hermanos obispos, al Señor Cardenal, al Señor Nuncio. Ellos me han acogido como un hermano y yo también quiero ser para ellos un hermano.

Éste ha sido un saludo un poquito largo, pero era necesario.

Bien hermanos, la primera lectura de hoy nos habla de Moisés, ese hombre que es separado de su pueblo, que tenía todas las comodidades y facilidades, pero un día descubrió que pertenecía al pueblo de Israel, y vio la injusticia que se cometía sobre él y tomó por su cuenta esa justicia.

Se encontró, tuvo miedo, no sabía qué hacer y se fue al desierto. Y allí como hombre que estaba en búsqueda encontró a Yahvé, a Dios. Lo encuentra. El relato nos lo dice de una manera maravillosa, le encontró en una zarza que ardía, y él se sintió tan sobrecogido, porque ha experimentado a Dios en él, en su persona; así lo expresa no camines, quítate las sandalias porque estás en tierra sagrada. Y es que cuando uno descubre a Dios, hemos descubierto lo trascendente, hemos descubierto algo que no está por encima de nosotros, sino alguien que está muy dentro de nosotros, pero que lo abarca todo. Y entonces, sí nos trasciende. Ése es el Señor, es nuestro Dios, nuestro Padre. Él descubre a Dios, pero también descubre que cuando el hombre actúa por su cuenta, solamente pensando en aquello que a él le impresiona, en las realidades inmediatas; puede hacer justicia como entre comillas, pues también puede cometer mucha injusticia. Hace falta la palabra de Dios, la guía de Dios para que él vaya conduciendo a los pueblos. Él descubre que esa sed de justicia que él tenía, la tenía porque era hombre, pero que había algo que era superior, alguien al que había que mirar, alguien para tomar como nivel y decir ¿qué voy a hacer? Entonces Dios le dice, he mirado el sufrimiento de mi pueblo, tu pueblo debe ser libre. Entonces, él, que se sentía que no podía ni hablar, se lanza, porque tiene la fuerza de Dios, a buscar la libertad de su pueblo.

Pero, ¿de qué manera?, de esa manera solamente pensando con las herramientas que tenían ellos como personas o como un grupo de personas para buscar la justicia que apetecían. No, él se da cuenta de que Dios quiere algo más, algo más. Dios lo lleva a través del desierto, para que se vaya purificando, para que vaya sacando de él todo aquello que le aparta de Dios y de los demás, para que todo su egoísmo, toda su prepotencia, todo su sentido de autosuficiencia se vaya. Entonces lo lleva al desierto y Dios establece una alianza con su pueblo, y la alianza son los diez mandamientos.

Ama a Dios sobre todas las cosas, lo cual significa ten a Dios como la mira que te puede guiar, ten a Dios trascendente por encima de todo y su palabra tenla como la guía de tu vida.

Y también le dice, acuérdate de tus hermanos. No robes, no mates, no digas mentiras, sé siempre fiel, no envidies a otro, honra a tu padre y tu madre. Fíjense, no es una alianza política, ni una alianza económica, es una alianza moral que toca al fondo del corazón del hombre. Y entonces Moisés, iniciando el camino de la liberación del pueblo, va dando unos fundamentos a la historia, que se convierte en historia de la Salvación. Es historia profana, que se convierte en historia de Salvación. Los profetas van animando al pueblo, dándole esperanza, en medio de momentos duros y difíciles, de que hay un Dios que se ha acordado de su pueblo pero que también el pueblo tiene una responsabilidad, una parte que cumplir.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y ama a tus hermanos también. Les va diciendo esto en aquellos tiempos que consideramos bárbaros; pero desgraciadamente en esta época también vemos barbaries tan grandes como aquellas. Le va diciendo, tú tienes que acoger al extranjero que está en tu tierra, tú tienes que velar de la viuda, tú tienes que cuidar del huérfano. Fíjense bien que ya no es esa justicia que buscamos los humanos, sino que debemos tener a Dios como aquel paradigma en el cual uno dice aquí es dónde tengo que buscar, Dios me pide esto.

El Evangelio nos llama a buscar el sentido de nuestra vida. Señor yo quiero que la gente te conozca, porque lo que quiero es que el pueblo tenga vida, que todos tengan vida; y la vida consiste en que te conozcan. Que Dios se comprenda allí en la revelación del Antiguo Testamento. El conocer la vida eterna, es conocer a Dios. El conocer la vida eterna es conocer a Jesucristo, acordémonos de aquella frase, aquel versículo del Evangelio en que los discípulos le dicen Señor muéstranos al Padre, y Él les contesta, hace tanto tiempo que están conmigo y todavía no se dan cuenta.

Ya no es un Dios que arde en una zarza, sino alguien de carne que comparte la suerte del hombre,  alguien que nos guía con su vida y nos da testimonio. Y el testimonio de Jesús es la entrega, el testimonio de Jesús ya no es simplemente el cumplimiento de los mandamientos, el no hagas esto o no hagas lo otro. Es algo positivo: Ama a Dios, pero ama a los hermanos como a ti mismo; no trates a los demás como tú no quieres ser tratado. Y ésa es una regla de oro, regla de oro que está en todos los grandes pensadores, y que nos tiene que hacer pensar a todos independientemente de que seamos cristianos o no. No hagas a otro lo que a ti no quieres que te hagan.

Entonces hermanos, aquel Dios que quería liberarnos, se revela en Cristo, que da lo máximo que un hombre puede dar: la vida. No hay mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos. Y en esto vienen las discusiones, como nos dice Pablo en la carta los Corintios, para los judíos es un escándalo ¿cómo un Dios va a morir, a hacerse hombre? Ese Dios, ese Yahvé a quien nadie podía ver siquiera el rostro. O los griegos que sólo se basaban en la razón del hombre y se pasaban el tiempo buscando el último punto dónde estaba la verdad. Entonces Pablo nos dice: los judíos buscan milagros, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo muerto y resucitado, que se hace hombre para salvarnos, que se hace hombre para darnos vida, que se hace hombre para que nos demos cuenta que la vida humana no se agota aquí en esta vida, que muchas veces es tan triste para unos y tan fabulosa para otros; sino que Dios nos quiere dar vida eterna junto a él.

La justicia humana puede pasar por tantas cosas, como nosotros mismos oímos y sabemos, por tantas debilidades de nosotros... sin embargo la justicia divina está presente, se hace, se cumple pero todo eso pasa por Dios, todo eso pasa por asumir la vida ordinaria de cada uno. Para nosotros los cristianos es asumir la vida de bautizados. El Señor nos dice que debemos ser santos, pero qué difícil es ser santo; que debemos ser perfectos, pero qué difícil es ser perfectos, que nunca lo seremos pero tendemos a eso.

Y fíjense bien, Jesús no le hablaba a quien no pensaba como él, le hablaba a sus discípulos.  Esto es algo que todo el mundo debe saber porque todo el mundo seguro que quiere ser bueno, que quiere ser perfecto, que quiere ser santo. Sea creyente o no creyente, denle el calificativo que quieran, el nombre que quieran, pero que Jesús nos dice que para nosotros los cristianos es nuestra responsabilidad. Nos dice: deben ser santos.

Qué bonito lo que el Papa escribe en la Bula, que yo encontré tan cercana, acuérdate del dicho “las palabras instruyen, el ejemplo atrae”. Ésa es la manera que tenemos nosotros los cristianos de presentar a Jesucristo, y esa verdad y esa salvación que es conocer a Dios.

Hermanos, esta verdad y esta fe nuestra, no la vivimos en el aire; la vivimos aquí aterrizados en esta tierra. Y la vivimos aquí en esta diócesis de Santiago de Cuba. La vivimos aquí, y eso mismo lo tenemos que hacer nosotros aquí. Mons. Meurice me dijo que el báculo que hoy me entregó fue el báculo que utilizó el primer Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Joaquín de Osés. Ustedes saben que esta es la diócesis primada, saben que en el año 1789 se separaron las diócesis de Santiago y La Habana; ustedes saben que en el año 1803 —esto lo celebramos hace apenas cuatro años junto a Mons. Pedro—, fue elevada a Arquidiócesis. Leyendo algunos datos sobre Mons. Osés, encontré un artículo, una crónica que decía se dividieron las diócesis y a Santiago de Cuba correspondió la parte menos poblada y menos importante de la isla, desde Maisí al límite occidental de Camagüey.

Ustedes saben que lo más importante de esas cosas que se escriben en números es la riqueza. Y efectivamente, Mons. Osés encontró una diócesis despoblada y empobrecida; en una situación de centralismo en la que por el comercio del tabaco Cuba le tenía que vender sus productos sólo a España, y además todo tenía que ser por el puerto de La Habana. Así el producir ciertos productos en el interior resultaba carísimo, es decir, doble desventaja para esta tierra.

El obispo Osés encontró una diócesis casi despoblada, muy rica, pero que estaba bastante abandonada, empobrecida, como decía el texto: no tenía importancia. Él encontró una Catedral destruida, nosotros encontramos una bella Catedral; él empezó sacando fondos no se sabe de dónde, para construir esta Catedral.

Éste no es un trabajo sólo del Arzobispo, o de los sacerdotes, o es un trabajo sólo de los laicos, o sólo de las religiosas; es un trabajo de todos. Y en este empeño de trabajar por el hombre todos tenemos que poner la mano, los creyentes y los no creyentes.

Hoy hermanos también tenemos esta hermosa tierra, esta hermosa tierra que tiene la diferencia de que está mucho más poblada que en aquella época en que la población era una porción casi insignificante del resto del país; hoy podemos decir que esta provincia eclesiástica tiene casi un 37% por ciento de los habitantes de nuestro país.

También desgraciadamente estamos en una situación, y todos lo sabemos, en que necesitamos se creen las condiciones para que nuestros hermanos que viven aquí no tengan que marcharse a otras provincias. ¿Por qué lo hacen? Y digo esto porque si tenemos al médico y las escuelas que llegan hasta el último lugar de nuestras montañas, sentimos una falta de interés, una falta de esperanza, una falta de posibilidades para realizarse aquí y crear riquezas; y esto es lo que hace a mucha gente irse a otras provincias, a otros lugares.

Fíjense bien hermanos que ésta es nuestra misión. Aquí nosotros tenemos que trabajar en todos los ámbitos. El cristiano es una persona que tiene  —porque es un hijo de Dios, porque es un ciudadano de esta tierra, porque es una persona de buena voluntad—, que tiene que poner su empeño, sobre todo los laicos, para participar en toda obra buena. Todos tenemos que trabajar juntos por el bien de esta tierra. Todos tenemos que trabajar juntos. Me siento mal cuando voy por los campos y encuentro personas que no tienen interés, que no se sienten motivados, que dicen por qué trabajar tanto, por qué...

Entonces hermanos tenemos que unir el hombro, levantar el hombro, levantar el espíritu, para que en ese aspecto esta tierra ya no sea esa tierra sin importancia. Que sabemos que no lo es, gracias a Dios, pero  tenemos que darle aquello que le falta para que nosotros nos sintamos bien aquí, nos sintamos contentos de vivir aquí en estas tierras orientales llenas de sol, llenas de calor, pero también llenas de afecto.

Hace muchos años, haciendo un trabajito en el que me interesó buscar datos, me di cuenta que toda esta zona de Oriente sur, era la zona que tenía el índice de desarrollo humano más bajo. Qué pena. Tenemos que unir el hombro para que esto no sea así, y superar, quitar todos los obstáculos que impidan que el hombre pueda desarrollarse.

Si en aquella época de Osés era el famoso control del comercio del  tabaco; hoy también tenemos que quitar todo aquello que impida que el hombre se sienta dueño de sí mismo, y que trabaje con ahínco para él y para su familia, para servir a todos.

Nosotros los cristianos tenemos que dar esto, porque somos hombres y mujeres de esta tierra; pero no podemos olvidarnos que el mejor regalo que podemos darle a esta tierra, es predicar a Dios nuestro Padre, al Dios de la vida, al Dios que nos va conduciendo al encuentro del Padre para vivir eternamente junto a Él; para que todos sepan que la vida eterna está en que le conozcan, en que conozcan a Dios en la gloria de Jesucristo y que sepan que lo que aportamos es precisamente esa palabra de Dios que nos dice: Dios te ha creado por amor, todos somos hermanos; el señor te ama, tu hermano es igual que tú; nunca aplastes a tu hermano, al contrario, dale la mano, ayúdalo.

Eso es, eso es lo que nosotros podemos aportar.

Podemos aportar muchas cosas, ya sea en el campo de la política, de la economía, de la cultura, de la educación..., pero lo que nos caracteriza a los cristianos es esta Palabra de Dios. Lo que nos caracteriza a los sacerdotes es predicar esta Verdad. Lo que nos caracteriza a los obispos, lo que nos debe caracterizar, es predicar esta Verdad porque es la verdad central de nuestra fe, es lo que nos motiva, lo que nos ha hecho ser fieles a través de tanto tiempo.

Entonces, nosotros tenemos que saber vivir nuestra vida, encontrando los caminos de servir a nuestro pueblo pero dándole aquello que no le puede faltar. Dándole aquello que iluminó a Moisés diciendo, confía en Dios, guía a tu pueblo, condúcelo en el desierto y que el pueblo se comprometa a ser fiel de la misma manera que yo soy fiel.

Que Dios nos ayude a esto, que tratemos en esos lugares donde no tenemos casi templos, donde no tenemos sacerdotes, pienso en El Caney, en La Maya, en toda esa zona del sur de Oriente hacia la Sierra Maestra, en que hay tantas comunidades; ojalá que algún día también allí hayan templos donde podamos reunirnos y convocar a toda la comunidad.

Fíjense en todo lo que tenemos que hacer, y yo sé que en eso ustedes van a  ser el apoyo que el Arzobispo va a tener, y yo sé que van a encontrar en mí un apoyo, y yo sé que puedo contar con todos ustedes. Esta tarea no es sólo mía. Es una aventura en la que el Señor nos lanza para que todos hagamos posible que Él esté presente en medio de nuestro pueblo con garantía de amor, de misericordia, de comprensión y de solidaridad.

El Señor nos ayude a vivir así, y que Dios les bendiga a todos.