Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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Las manos de Dios (I)
George Huber
Existe, condensada en una veintena de líneas y accesible al
común de los cristianos, una presentación autorizada de la
doctrina católica acerca de la Providencia. Se trata del
Catecismo del Concilio de Trento. En etapas sucesivas, el lector
va siendo introducido en las profundidades misteriosas de Dios y
de su acción en el Universo. El texto explica en primer lugar
que Dios no solamente crea todas las cosas, materiales y
espirituales, sino que las conserva continuamente. Y añade que
el Creador no sólo mantiene en la existencia a todo lo creado,
sino que le comunica el movimiento y dirige todas y cada una de
las cosas creadas.
He aquí el texto del catecismo: «Al reconocer que Dios es el
autor y creador de todas las cosas, no vayamos a creer que, una
vez que Dios ha terminado su obra, ésta puede subsistir sin su
potencia infinita. En efecto, así como para existir todo tiene
necesidad de la potencia soberana, de la sabiduría y de la
bondad del Creador, así también es necesario que la acción de la
Providencia se extienda constantemente sobre todo lo creado. Y
si Dios no conserva su obra con la misma fuerza que ha empleado
para formarla, aquélla volvería a la nada. La Escritura nos lo
manifiesta claramente, cuando dice a Dios: «¿Y cómo pudiera algo
subsistir, si tú no lo quisieras? O ¿cómo se conservara, a no
ser por ti llamada?» (Sab 11,26).
Resulta evidente que determinados puntos de vista corrientes
entre los cristianos no encajan con esta enseñanza. Si admiten
que Dios ha creado el universo, ¿reconocen todos que para sub
sistir, hombres y cosas, pájaros del cielo y lirios del campo,
necesitan de una intervención conti nua de Dios, so pena de
volver a la nada? ¿Reconocen que la obra de la creación se
continúa en cierto modo por una obra de conservación? Si durante
la noche la central eléctrica cesa de ali mentar las lámparas
que iluminan nuestras calles, las ciudades quedarían sumidas en
las ti nieblas.
Para apoyar estas afirmaciones, el catecismo no recurre a la
filosofía que no convencería sino a una minoría y dejaría
indiferente al común de los fieles. El catecismo invoca un
argumento mucho más sólido, convincente para todo cristiano: la
palabra de Dios. Y ésta ha revelado que sin su intervención
continua, las cosas creadas no podrían subsistir. Así, pues, «la
certeza que proporciona la luz divina es mayor que la certeza
debida a la luz de la razón natural ».
Pero la revelación nos conduce mucho más allá en el misterio de
Dios y en las profundidades de su acción sobre los hombres y los
acontecimientos: «Dios, por su Providencia, no solamente
sostiene y gobierna toda la creación, sino que él es quien en
realidad comunica el movimiento y la acción a todo lo que se
mueve y a todo lo que actúa. Y lo hace de tal modo que domina,
sin que por ello la constriña, la influencia de las causas
segundas. Es un poder o virtud ocultos que se extiende a todo, y
como dice el Libro de la Sabiduría, «actúa fuertemente de un
extremo a otro y lo dispone todo con la dulzura y suavidad
convenientes.» Lo que ha hecho decir al Apóstol, cuando
predicaba a los atenienses acerca del Dios que adoraban sin
conocerlo: «No se halla lejos de cada uno de nosotros. Porque en
Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos, 17,27-28).
Estas palabras del catecismo del Concilio de Trento, apoyadas y
aclaradas por la predicación de San Pablo en el Areópago nos
hacen penetrar en pleno corazón del misterio de la Providencia:
Dios no solamente mantiene en la existencia a los hombres y a
los animales, sino que comunica el movimiento a todo lo que se
mueve y la acción a todo lo que actúa. Por lo tanto debe decirse
que es de Dios de donde el hombre recibe continuamente tanto su
existencia como su actividad: Dios actúa sin cesar en el hombre.
Debe hacerse una precisión, omitida por San Pablo en su discurso
a los Atenienses, a quienes no interesaba el problema de las
relaciones entre la omnipotencia de Dios y la libertad del
hombre: esta secreta acción divina ni impide ni limita la acción
del hombre, sino que más bien la pone en marcha y la dirige
hacia un fin. Y es aquí donde cabe una afirmación de una fuerza
inaudita: por su acción continuada sobre la totalidad de los
hombres y de las cosas, Dios es verdaderamente «el Señor de la
historia» según la expresión de Pío XII.
Se habrá advertido que a pesar de renunciar a una argumentación
filosófica, el catecismo del Concilio de Trento emplea, sin
embargo, un término filosófico: las causas segundas. Este empleo
extrañará tanto más cuanto que en el pensamiento de los Padres
que dirigieron su redacción, el catecismo se dirigía no
precisamente a los profesores de seminarios, sino a los
párrocos. Esto quiere decir que para reconocer la mano de Dios
en los acontecimientos incluso los simples fieles necesitan
poseer una noción exacta de la Causa primera o principal y de
las causas segundas.
El leñador y el hacha
¿Qué es lo que distingue entre sí a ambos géneros de causas?
Simplificando las cosas se podría comparar la causa segunda a un
instrumento y la primera a un artesano. El instrumento no se
mueve por sí mismo, sino que es manejado por un artesano. De
suyo, el hacha es un objeto inerte; blandida por el leñador,
corta las ramas y abate los árboles. El hacha se convierte en
algo eficiente gracias al cerebro y a la mano del hombre que la
utiliza.
Junto a la causa segunda instrumental se distingue también la
causa segunda ministerial. Cuando un hombre se sirve de otro
para la ejecución de un trabajo, el primero es denominado causa
principal y el segundo causa ministerial. Así, cuando un jefe de
empresa da una orden por medio de su secretario o cuando un
maestro dirige la ejecución de una composición por una coral,
secretario y coral son causas segundas ministeriales al servicio
de una causa principal.
¿A quién atribuir el fruto de la cooperación de una causa
principal con causas segundas ministeriales? ¿A quién atribuir
el resultado de la utilización, por una causa principal, de
causas segundas instrumentales? ¿A quién hay que felicitar por
la perfección de un concierto, al maestro
o a la orquesta? La gloria de una victoria militar, ¿pertenece
al general o a sus tropas? La tala de un árbol, ¿es debida al
leñador o al hacha? El éxito de una operación quirúrgica, ¿es
debido al cirujano o a su bisturí? La respuesta salta a la
vista: el mérito corresponde ante todo a la causa principal: al
director, al general, al leñador, al cirujano. Pero no a ellos
exclusivamente, porque el mérito corresponde también, aunque de
un modo subordinado, a las causas segundas, ins trumentales o
ministeriales: la coral, la tropa, el hacha, el bisturí.
Es así como lo piensa el buen sentido. Una orquesta ejecuta con
maestría un concierto de música clásica. El auditorio aplaude.
El director se vuelve, sonríe, se inclina y después, con un
gesto amplio, designa al conjunto de los músicos, como diciendo
a los asistentes: «Señores, son ellos quienes merecen los
aplausos.» Los aplausos arrecian. Entonces el primer violín se
levanta, se inclina y, con una amplia sonrisa, da las gracias al
auditorio, no sin designar, al fin, al director, como queriendo
significar: «Él es quien merece principalmente los aplausos.»
¿Quién tiene razón? ¿El director o el primer violín? ¿A quién
atribuir el éxito del concierto? La respuesta es clara. Todos
han contribuido igualmente, cada uno a su nivel: el director y
los músicos. Sin embargo, la contribución del maestro tiene un
mayor peso que el de sus colaboradores; su causalidad es
preponderante, sin que por ello sea exclusiva.
Otro ejemplo: en una carrera de caballos, un jockey consigue una
resonante victoria. ¿De quién es el mérito? ¿Suyo o del caballo?
¿A quién se dirigen las miradas? ¿Sobre quién se vuelven las
cámaras de televisión? La imagen del hombre y del caballo
aparecerán en las pantallas, pero es sobre todo la del caballero
la que ocupará los comentarios de la prensa, porque él fue el
artífice, no exclusivo, pero sí principal, de la victoria.
Así, la Sagrada Escritura compara a veces a Dios con un artesano
y a los hombres con los instrumentos utilizados por Él para la
realización de sus designios. Dios aparece así como la Causa
principal (o primera) y los hombres como causas segundas.
Sirviéndose de la malicia de los hermanos de José, la
Providencia lleva a este joven desde la tierra de Canaán hasta
Egipto, donde llegará a ser primer ministro del Faraón. Por
medio de Moisés, Dios libera a los israelitas de la esclavitud y
a través del desierto los conduce hasta la Tierra Prometida.
Así, la cuestión propuesta más arriba se plantea de nuevo. ¿A
quién atribuir el fruto de estas operaciones? ¿A Dios, Causa
primera, o a las causas segundas de las que se ha servido? ¿Fue
Dios quien llevó al joven José a Egipto o fueron los hijos del
patriarca Jacob? ¿Fue Dios quien liberó a los israelitas del
yugo del faraón y los encaminó hacia la tierra de Canaán, como
en tantas ocasiones lo afirman los Salmos, o esta liberación fue
solamente obra de Moisés?
«Si Dios abre, nadie cerrará»
Plantear esta cuestión no es cortar un cabello en cuatro ni
perderse en vanas sutilezas, sino más bien penetrar en el
corazón del problema de la teología de la historia.
La respuesta brota, clara como el agua de la fuente: la llegada
de José a Egipto y la liberación de los israelitas es, a la vez,
la obra de Dios y la obra de los hombres. El uno y los otros han
contribuido a la realización de ambos acontecimientos. Pero
Dios, causa primera, ha contribuido a ellos de manera más
decisiva que los hombres, causas segundas ministeriales. Éstas
han actuado bajo su secreta dirección, pero, por otra parte, con
plena libertad. La causalidad de Dios ha sido preponderante: el
drama de José y la epopeya de la liberación de los israelitas
son, primordialmente, obra suya, y secundariamente, obra de los
hombres.
Notemos, sin embargo, una diferencia capital entre el modo como
Dios utiliza los hombres y las cosas para sus fines y el modo
como un obrero maneja sus instrumentos o un general conduce a
sus tropas al combate. En razón de su omnipotencia, a la que
ninguna criatura puede resistirse, Dios tiene un dominio
perfecto sobre los hombres y las cosas: las maneja como quiere,
sin violentar su naturaleza. Actúa como Dios; no está
condicionado por resistencias. El hombre, por su parte, actúa
como hombre, es decir, como un ser imperfecto. No basta que el
trabajador disponga de útiles excelentes; ha de saber cómo
manejarlos. No es suficiente que el general dis ponga de tropas,
sino que debe saber entrenarlas, conducirlas y comunicarles su
entusiasmo.
Ordinariamente, el hombre queda siempre del lado de acá de sus
propósitos. Muy raras veces supera lo que proyecta, sino que las
más de las veces se queda corto. Dios, por su parte, cumple
siempre plenamente sus designios. Realiza sus planes hasta en
los detalles más pequeños, ya que, según la palabra de Cristo,
ni un solo cabello de nuestra cabeza cae sin que Él lo haya
dispuesto.
Los embajadores al servicio de un gobierno siguen las
directrices del Ministro correspondiente y lo hacen más o menos
fielmente, según sus aptitudes profesionales y su buena
voluntad. En estas condiciones sus actividades pueden no
responder exactamente a las directrices de sus gobiernos. Otra
cosa ocurre con los agentes de los que Dios, «el Rey de reyes»,
se sirve para la realización de su «política». Estos agentes no
hacen ni más ni menos que lo que Él ha decretado; no se quedan
del lado de acá de sus designios ni van más allá de ellos, ni
siquiera unos milímetros. «Mis proyectos permanecen y todo lo
que me place llevo a cabo». Por otra parte, Dios predice el
fracaso de todo propósito del hombre extraño a sus decretos
eternos: «Dad una orden v no subsistirá». Es decir, si Dios
«abre, nadie cerrará, y si cierra, nadie abrirá».
Siempre y por todas partes, la influencia de Dios, Causa
primera, sobre el curso de los acontecimientos, es
preponderante. Las causas segundas se agitan sobre la escena del
mundo, pero la Causa primera las dirige.
«Cuando hablo, le traiciono»
He citado muchas veces a Santo Tomás y le seguiré citando, pues
su doctrina aclara pro fundamente el sentido de la historia. Sin
embargo, para aprender bien su pensamiento, debemos hacer
referencia a su última lección, que aclara toda su enseñanza.
Fue en Nápoles, el 6 de diciembre de 1273, en la casa de
estudios de los Dominicos. En el curso de la misa, el Maestro
Tomás experimentó un éxtasis que le transformó. A partir de
entonces, dice su primer biógrafo, aparecía como ausente, como
enajenado, como «atontado». A pesar de las instancias de los
religiosos, dejó de enseñar y de escribir: «En comparación con
lo que me ha sido dado entrever, confió al Hermano Reginaldo, su
secretario, todo lo que he escrito me aparece como paja, velut
palea.» El Maestro Tomás no había visto, ciertamente, a Dios,
porque aquí abajo «no se puede ver a Dios sin morir», pero le
había sido dado el penetrar más profundamente en el misterio de
Dios y lo que percibió le había permitido medir el abismo que
separaba su enseñanza acerca de Dios de la realidad divina
apenas entrevista. Esta es la gran lección de silencio del «más
santo de los sabios y del más sabio de los santos» .
Si Santo Tomás compara con la paja sus tratados de teología,
pues hasta tal punto expresan pobremente las realidades divinas,
Ángela de Foligno califica de nada y hasta de traición lo que
decía de Dios. «Mis palabras, confesaba cuando salía de la
contemplación, mis palabras me hacen el efecto de una nada. ¿Qué
digo? Mis palabras me horrorizan. ¡Oh, suprema oscuridad! Mis
palabras son maldiciones; mis palabras son blasfemias. Silencio,
silencio.» «Oh, suplicaba a sus amigos después de un éxtasis, no
me hagáis hablar. Yo no hablo, yo blasfemo; y si abro la boca,
en vez de manifestar a Dios, le voy a traicionar» a.
Así, pues, la mística franciscana y el Doctor Angélico expresan
lo mismo: lo que éste cali ficaba de paja -los conceptos de un
santo acerca de Dios-, aquélla lo define como una traición, una
nada, una blasfemia. ¿Acaso no hemos de ver en estas palabras
otra cosa que la expresión de una humildad sublimada, sujeto de
repulsión para el hombre de hoy, tan consciente de su dignidad
personal? O, por el contrario, estos extremos verbales, ¿no
cubrirán una profunda verdad, con frecuencia olvidada por los
teólogos, los predicadores y los catequistas? ¿Qué piensa de
ello la Iglesia?
De la ciencia que ignora a la ignorancia que sabe
Dios es lo incognoscible por excelencia: le conocemos tanto
mejor cuanto más incognoscible le reconocemos, y le conocemos
tanto peor -le traicionamos tanto más, como diría Ángela de
Foligno- cuanto más creemos conocerle. En este dominio, una
cierta ignorancia es la cumbre de la ciencia, así como una
ciencia teológica cierta, que se jactase de haber comprendido la
realidad divina, sería el colmo de la ignorancia.
Imaginemos que, dotadas milagrosamente de inteligencia por un
momento, las ranas de una charca se pusieran a disertar acerca
del mar y los topos del contorno a discurrir sobre el sol. ¡Qué
estupideces dirían unas y otros sobre la inmensidad de los mares
y sobre la luz y el calor del sol! Las ranas y los topos de
nuestra hipótesis estarían enormemente alejados de la realidad.
Pues bien, los hombres, abandonados a la sola luz natural de la
razón, se hallan infinitamente más lejos aún de la realidad
divina.
Acerca de Dios, nosotros podemos saber naturalmente que existe y
que posee determinados atributos como la bondad, la sabiduría,
la omnipotencia. Esto es todo. La naturaleza de Dios permanece
impenetrable a la inteligencia del hombre. Nuestros pensamientos
y nuestras ideas en torno a Dios se encuentran bloqueadas en el
umbral de su misterio. Incluso iluminados por la Revelación no
podemos en nuestro estado comprender la naturaleza de Dios. Un
vaso de oro recubierto de una cubierta de plata: ésta es la
comparación de que se sirve San Juan de la Cruz para expresar la
diferencia entre la sustancia de Dios y los reflejos de Dios;
entre el Dios conocido por la visión beatífica y el Dios
conocido por la fe. Las superficies plateadas, dice, son las
fórmulas dogmáticas que iluminan la inteligencia; el vaso de oro
representa la misma verdad y su sustancia divina. De este modo
la fe del creyente puede aprehender algunos destellos de Dios
sin que por ello comprenda su naturaleza profunda.
Si el místico desciende más profundamente que los teólogos en el
misterio de Dios es también para retornar aún más consciente que
ellos de la inefabilidad de Dios. El desconocimiento de Dios fue
un tema particularmente grato a uno de los más grandes pastores
de los primeros siglos del Oriente cristiano, San Juan
Crisóstomo. El obispo de Constantinopla se mostraba inagotable
acerca de la «incomprensibilidad» de Dios. «Supongamos, decía a
sus fieles, supongamos dos hombres discutiendo sobre la
extensión del cielo, que ambos pretenden conocer bien. El
primero dice que esta extensión no podría ser abarcada por el
ojo humano, mientras que el segundo afirma que es posible
medirlo todo entero con la palma de la mano. ¿Cuál de los dos,
pensáis, conoce la extensión celeste: el que pretende saber
cuántos palmos tiene el cielo o el que confiesa ignorarlo? Si,
cuando se trata del firmamento, el que se impresiona ante su
inmensidad es también el que mejor lo conoce, ¿no habríamos de
mostrar nosotros la misma circunspección cuando se trata de
Dios? No hacerlo así, sería el colmo de la demencia» ".
San Juan Crisóstomo distingue entre la existencia de Dios,
accesible a nuestra razón, y la naturaleza de Dios, inaccesible
a nuestra ciencia. «No sabemos lo que es Dios, pero sabemos que
es. No sabemos qué es la sabiduría de Dios, pero sabemos que es
sabio. No ignoramos que Dios es grande, pero se ignora cuánta es
su grandeza. Se sabe que su Providencia mantiene y dirige todas
las cosas, pero no se sabe de qué manera lo hace» .
Sabemos de Dios algo, pero muy poco. Una cosa es saber que ha
existido un Dante, un Pascal, un Mozart, un Vicente de Paúl, un
Juan XXIII, y otra muy distinta conocer su personalidad y sus
obras. De la noción sumaria de la existencia de un gran hombre
al conocimiento profundo de su vida media un abismo.
Como leones cegados
Esta alta idea de Dios no se adquiere ordinariamente sino al
término de una vida de estudio, de oración y de contemplación.
Para pasar «del conocimiento que ignora a la ignorancia que
sabe» , es decir, para elevarse del saber libresco al no-saber
místico, incomparablemente superior, es preciso haber recorrido
un camino muy largo. «La última etapa del itinerario de nuestro
conocimiento de Dios es reconocer que no le conocemos». Este
desconocimiento viene a coronar el conocimiento. Un teólogo
norteamericano moderno, John Courthey Murray, observa justamente
que este desconocimiento no es ignorancia, sino algo que está
más allá del conocimiento. Y añade, con humor, que nada sería
más desastroso en la vida de un teólogo que un desconocimiento
prematuro de Dios... . La conclusión no puede preceder a las
premisas. Solamente al final de su vida como maestro, Santo
Tomás comprendió los límites de su obra; por grande que
pareciera, era «como paja» frente a la realidad divina que
trataba de expresar. «Cuando se trata de Dios escribe Pío XI,
citando al Doctor de la Gracia-, el pensamiento es más verdadero
que la palabra, y la realidad es aún más verdadera que el
pensamiento.».«¿Qué realidad expresamos cuando hablamos de ti,
Dios mío?», clama San Agustín. Y, sin embargo, «pobres de los
que no hablan de ti».
También es «siempre peligroso hablar de Dios, observa un teólogo
contemporáneo, conocedor de los Padres de la Iglesia. La
situación trágica de quien debe hablar de Dios es que conoce muy
bien, como dice Karl Barth, `que sólo Dios habla de Dios'. Un
hombre que habla de Dios siente siempre que lo que dice
manifiesta, pero a la vez oculta, aquello de lo que quiere
hablar..., que todo lo que no puede ser absolutamente
transparente corre el riesgo de ser pantalla. Dios es una
maravilla tal que todas las palabras abaten, hunden, aquello que
precisamente querríamos hacer percibir. Y, sin embargo, hay que
hablar de Dios» ".
«Nuestras pobres palabras de hombres, cuando las aplicamos a
Dios, son como leones que se hubiesen quedado ciegos y que
trataran de hallar una fuente en el desierto»: esta frase. de
Leon Bloy resume en una imagen sobrecogedora lo mejor que el
pensamiento y la santidad han acumulado durante siglos. El
cristiano sabe cuando habla de Dios que su lenguaje es muy
pobre: las realidades divinas hacen estallar nuestras palabras y
nuestras ideas como el globo rojo que un niño quiere hinchar
demasiado» .
«No se tiene a Dios en la mano para medirlo y sopesarlo; no se
somete a nuestra investigación, no se encierra en nuestros
cuadros, no se reduce a ellos ni tampoco a nuestros análisis. Es
un viviente, el Viviente». Dios es tan grande que sobrepasa
nuestra ciencia. Es «el incomparable». Pero es preciso llevar
más adelante nuestra reflexión y aplicarla a las realidades de
la vida cotidiana. «El que es, es también el que obra», decía
Santa Catalina de Siena. Ser y obrar se identifican en Dios. Si
su naturaleza es incomprensible para nosotros, su acción en la
historia también lo es. Si la inteligencia del hombre no puede
captar la naturaleza de Dios, tampoco penetra en la naturaleza
de sus actividades. Sus conductas son tan impenetrables como sus
atributos.
«Alabad al Serllor, exaltadle cuanto podáis, pues supera toda
alabanza. Los que le magnificáis, renovad vuestra fuerza, mas no
os canséis, porque no lo lograréis». Este pasaje del
Eclesiástico inspira a Santo Tomás estas bellas reflexiones.
«Nuestra fe está regulada según la verdad divina, nuestra
caridad según la bondad de Dios, nuestra esperanza según la
grandeza de su omnipotencia y su misericordia. Es, pues, una
medida que sobrepasa toda capacidad humana. Así, no podemos
nunca amar a Dios tanto como debe ser amado, ni creer o esperar
en él tanto como se debe».
«El amor de Cristo -observa, por su parte, un exégeta
contemporáneo, comentando las palabras de San Pablo acerca de la
incomprensibilidad de Dios- es incomparable, inconmensurable en
relación con todos los bienes humanos. Los cristianos son
introducidos en él no para comprenderlo como algo de grandeza
limitada, sino para reconocer que sobrepasa toda ciencia; que es
más ardiente que el sol, más profundo que el mar, más alto que
el cielo, más allá de todo nombre y de toda medida. Los mismos
elegidos estarán siempre explorando y descubriéndolo en su
eterna novedad».
El misterio de Dios es un abismo. Cuanto más se intenta
sondearlo más insondable aparece, del mismo modo que cuando más
escruta la astronomía los espacios infinitos más constelaciones
nuevas descubre. Si, pues, la sabiduría, el amor y el poder de
Dios sobrepasan infinitamente las concepciones de los más
grandes teólogos, la «política» de Dios será igualmente
incomprensible. El mismo Dios proclama esta trascendencia en
Isaías, «teólogo de la historia» antes de la venida de Cristo.
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni
vuestras sendas las mías. Mas así como los cielos son más altos
que la tierra, así mis caminos son más elevados que vues tros
caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos»
Tan cierto y verdad es que Dios gobierna el mundo como que el
mecanismo de este gobierno resulta impenetrable. Sin embargo,
propongamos la cuestión. ¿Cómo hace Dios para mover nuestras
voluntades y para conducirlas a Él según sus fines sin usurpar
nuestras libertades y sin apartarnos de nuestros objetivos?
¿Cómo maneja nuestra voluntad sin violentarla? ¿Cómo da la
existencia, la vida y el movimiento al pecador, incluso en la
realización de sus pecados, sin hacerse en absoluto cómplice del
mal?
Para responder importa más que nunca «mantener fuertemente los
dos extremos de la cadena» afirmando la omnipotencia de Dios, al
servicio de su amor, y la plena libertad del hombre-, sin ver el
medio «por el que el encadenamiento continúa». Aunque nosotros
no la podamos aprehender, la armonía existe sin duda. Mejor que
obstinarse en querer aprehender una verdad impenetrable, los
creyentes, según San Juan Crisóstomo, deberían ponerse de
rodillas en un acto de adoración y exclamar con San Pablo: «¡Oh,
profundidad de la riqueza y de la sabiduría y ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios e irrastreables sus caminos!»
(Rom 11,33). El obispo de Constantinopla vuelve una y otra vez
sobre este texto inspirado. La solución que indica a sus fieles
enfrentados a un problema insoluble es el acto de fe y de
adoración. Y les aconseja elevarse por encima del problema al
plano sobrenatural.
San Agustín daba a los cristianos de Hipona, frente a las mismas
dificultades, la misma consigna: que la fe supla las
insuficiencias de la razón.
La causa profunda de cada acontecimiento
La impronta de Dios sobre los acontecimientos es tal que Santo
Tomás, tan preciso en su lenguaje, llega a afirmar que «Dios
obra en todo ser que obra»". Se sigue de ello que «todo agente
es el instrumento de la fuerza de Dios que actúa en él». Por
esta acción, tan eficaz como secreta, «Dios conduce todas las
cosas hacia el fin que les ha asignado». Asimismo se puede
afirmar que «la voluntad misma de Dios es la causa profunda de
todo lo que se hace sobre la tierra y en el cosmos. Todo está
sometido a esta soberana voluntad; ella lo regula todo, y nada
se hace fuera de sus planes.
Así pues, es Dios, Causa primera, quien hace que las criaturas,
causas segundas, actúen de tal o tal manera, provocando el bien
que ellas realizan, tolerando y controlando el mal que hacen.
Las criaturas, según ello, no actúan, sino en el cuadro de las
disposiciones de la Providencia. Puede decirse, entonces, que en
fin de cuentas, la Providencia es la que produce los efectos por
la operación de las causas segundas. Si algo tiene lugar en el
curso de la historia, es que ello entra en las disposiciones de
la Causa primera; y si algo no sucede, es que no entra en estas
disposiciones. Si el Señor no quiere que se construya una casa,
arquitecto y albañil lo intentarán en vano. La casa no se
construirá.
San Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, hace a este
propósito una puntualización importante para un teólogo de la
historia: Dios, dice, es el autor no solamente de lo que hace él
mismo, sin el concurso de las criaturas, sino también de lo que
realiza con la ayuda de ellas. En este último caso es el autor
no exclusivo, pero sí el principal. «Aunque Dios utilice el
ministerio de las criaturas, es, sin embargo, la causa
principal, sin la cual las otras causas no pueden absolutamente
nada». Fruto de la razón iluminada por la Revelación, las
consideraciones de Santo Tomás y de San Roberto Belarmino
parecerán evidentemente inconsistentes a los ojos de quienes no
han recibido la gracia de la fe o de quienes, aun siendo
creyentes, tienen una fe debi litada. ¿Para qué recurrir, en la
explicación de la historia, a una causa trascendente, cuando
todo parece explicarse por las causas próximas? ¿Para qué hacer
intervenir lo invisible, cuando parecen suficientes los factores
visibles? Y sin embargo, todo parece explicarse, pero no se
explica todo: la explicación es puramente superficial. Se
detiene en lo inmediato. No responde a las grandes preguntas. No
desciende al origen de las cosas e ignora su fin último. Es una
clarificación que no lo aclara todo y que deja hambrientos a los
espíritus profundos.
«Se hace de Dios una super-criatura»
Entre el agnóstico privado de las luces de la Revelación y el
católico que lee la Escritura bajo la iluminación del
Magisterio, se sitúa el cristiano que aborda la Biblia con un
espíritu más o menos racionalista. Es una recaída en la gnosis,
primera herejía cristiana y herejía de todos los tiempos, que
intenta conducir las verdades de la fe a verdades constatadas
por la razón. El actual movimiento de secularización agrava esta
tentación. ¿Acaso no se llega a hablar de «la muerte de Dios» y
de una religión sin Dios?
Mientras que por un acto de fe sería preciso elevarse hasta las
verdades reveladas para adherirse a ellas con la simplicidad de
un niño, se rebaja a veces al nivel de categorías humanas las
sublimes verdades de la Sagrada Escritura. Como escribe Bossuet,
algunos «hacen pensar a Dios a nuestra manera y quieren encerrar
en nuestras reglas la inmensa infinidad de su Providencia».
Querrían «que su sabiduría siguiera nuestras reglas». «Dejemos
actuar al Eterno siguiendo las leyes de su eternidad, y lejos de
reducirlo a nuestra medida intentemos más bien entrar en su
inmensidad».
El P. Bernard Bro analiza este error: «Sin duda imaginamos a
Dios como infinito, omnipotente, pero dentro del cuadro de lo
que es el hombre, de lo que el hombre experimenta: imaginamos
solamente una cantidad más grande, una cantidad muy grande,
infinitamente grande, de conocimiento, de bondad, de poder. Se
hace de Dios una super-criatura, pero se permanece en el orden
de la criatura, se recrea a Dios a la imagen del hombre; esto
es, antropomorfismo». Del mismo modo H. U. Balthasar pone de
relieve que si «fuera posible contar una historia teológica del
Reino de Dios, no podría estar dirigida, en el mejor de los
casos, sino a los creyentes».
Por vigoroso que sea un león y por rápida que aparezca una
gacela, ni el uno ni la otra serían capaces de elevarse por los
aires a la altura de un pajarillo. Les faltan las alas. Por muy
poderosas que sean ciertas inteligencias, por eruditos que
parezcan ciertos espíritus, no serían capaces de elevarse en la
esfera sobrenatural y penetrar las verdades reveladas acerca del
gobierno divino del mundo, sin las alas que una fe viva procura
a los cristianos. Una vieja campesina iletrada, pero
profundamente creyente, posee, en el seno de la historia, puntos
de vista infinitamente superiores a las de un filósofo de moda o
un historiador famoso desprovistos de este suplemento de saber
que aporta la fe. Esta anciana sabe de dónde vienen los hombres
y dónde van, y sabe también que Dios conduce todos los
acontecimientos, felices o desgraciados, al verdadero bien de
sus amigos. Esta convicción reemplaza a una biblioteca que
hubiera arrojado a Dios al ostracismo.
A la soberanía de Dios corresponde naturalmente la subordinación
de los hombres y de las cosas. A la totalidad de la soberanía
del Creador corresponde la totalidad de la sujeción de las
criaturas. Todo lo que realizan las causas segundas depende de
la autorización de la Causa primera. Nada se hace aquí abajo sin
que Dios lo quiera o lo permita. «La Iglesia católica sabe que
todos los acontecimientos se desarrollan según la voluntad o el
permiso de la divina Providencia y que Dios persigue sus
objetivos en la historia».
Esta dependencia innata de las causas segundas por relación a la
Causa primera no ha sido afirmada por ningún doctor con la
claridad y precisión que lo hizo el «príncipe de los teólogos».
«La «densidad metálica» de sus fórmulas no se presta a ningún
equívoco. «Toda acción de la criatura proviene de Dios». «Todas
las fuerzas creadas activas no operan, sino en cuanto son
dirigidas y movidas por el Creador». «Un efecto no proviene de
la causa segunda sino por la operación de la Causa primera» . O,
para emplear un lenguaje más imaginativo, «un instrumento no
puede operar si no es movido por el obrero»".
Esta sujeción de las criaturas en relación con Dios es total. Un
perro, perfectamente amaestrado, un sirviente dedicado
totalmente su señor, una sirvienta que no viva sino para su
señora: todos estos ejemplos de obediencia son una débil imagen
de la docilidad perfecta de las criaturas a los decretos del
Creador. Un perro puede ser distraído por la aparición de otro
perro o... por el paso de un gato; un criado está sujeto a
olvidos y a negligencias involuntarias; una sirvienta puede
fatigarse. Ninguna de estas deficiencias aparece en la docilidad
de las causas segundas a los designios eternos de la Causa
primera. O, más exactamente, las deficiencias se encuentran
incluidas y utilizadas en los decretos de Dios. Estos engloban
hasta los menores detalles de la historia. Dios ha previsto lo
que la ignorancia de los hombres denomina «lo imprevisto» y lo
ha integrado en su plan desde toda la eternidad.
Asimismo hay que tomar a la letra en lugar de tratarlas con
displicencia o de considerarlas como «un modo de hablar» las
palabras de la Sagrada Escritura: «Todas las cosas os sirven,
Señor.» O esta máxima de Santo Tomás: «Todas las cosas obedecen
al menor signo de Dios.» O también esta reflexión de San Roberto
Belarmino: «Todas las criaturas son como soldados al servicio de
Dios.»
¿Cómo explicar este engranaje?
Estos principios, tan simples en su enunciado y tan abstractos
en su formulación, son de una trascendencia práctica
inconmensurable. Revelan, por ejemplo, la inconsistencia de la
afirmación de Jean Rostand, quien no quiere «que se haga
intervenir a Dios en la cadena causal». Según Rostand, no
tenemos por qué reivindicar como necesitado de una intervención
directa de Dios lo que nos parece explicable en el orden de los
fenómenos. Las causas inmediatas actúan, es cierto, pero, ¿acaso
no están a su vez bajo la moción de la Causa primera, que actúa
con ellas y por ellas? Esta dependencia es manifiesta para el
creyente que aplica a las realidades del mundo físico las.
palabras de San Pablo ante la inteligentsia de Atenas: Dios es
la causa de la existencia, de la vida y del movimiento de todo
lo que existe, vive y se mueve. Desprender a las criaturas de
esta causa sería dejarlas hundirse en el abismo de la nada. La
Escritura lo afirma a propósito de los animales: «Si retiras tu
aliento, ellos fenecen y de nuevo se tornan a su polvo».
Y ¿qué decir del alcance de este principio -la docilidad
constante de las criaturas a los designios del Creador- en la
vida cotidiana? Todo lo que puede perjudicarme, lo hace con el
permiso y el concurso material de Dios. Comentando las palabras
del Señor: «No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden
matar el alma» Santo Tomás observa: «No son de temer, porque lo
poco que pueden, no lo pueden sino por una disposición de la
Providencia de Dios.»
Esta soberana empresa no excluye, sin embargo, la actividad
propia de las causas segundas, como algunos parecen temer. El
Creador se sirve de la cooperación de las criaturas y al hacerlo
así no lastima su actividad. Esta es obra de Él en tanto que la
suscita y la orienta y al mismo tiempo es la actividad de las
criaturas, en tanto que ellas la ejercen realmente. «Dios no
suplanta las causas segundas, no perjudica su eficacia. Por el
contrario, la acción de Dios coexiste con la de las causas
segundas para darles poder de causar y para mantenerlas en esta
virtud».
La Causa primera se engrana en las causas segundas. ¿Cómo
explicar esta imbricación? ¿Cómo analizar este encadenamiento de
la acción del Creador y de las actividades de las criaturas
produciendo la una y las otras los mismos efectos? Este
mecanismo misterioso escapa a la observación racional del
hombre. Para comprenderlo haría falta conocer a Dios y su modo
de obrar. Pero la fe nos asegura la existencia de este engranaje
y este conocimiento de fe puede alcanzar en el creyente una
intensidad de convicción que no producen los conocimientos
profanos". Por la fe, el creyente participa de la ciencia de
Dios, superior a la del hombre. Hay que repetirlo una y otra
vez: nos hallamos aquí en el dominio de lo sobrenatural. Rehusar
estas luces de la fe es condenarse a ignorar una verdad, la
única verdad que explica la historia, la historia de los
individuos y la de los pueblos y la de Iglesia en marcha hacia
la perfección del Reino de Dios.
Dios aparece así como «el rey de reyes y el señor de los
señores», como el dueño de la historia a cuyo imperio nadie
puede sustraerse, como un soberano cuya potencia irresistible
conduce todas las cosas según sus designios, pero como un señor
invisible, un soberano que se desplaza perpetuamente de
incógnito en su imperio. Dios es el protagonista de la historia
universal y, sin embargo, parece estar totalmente ausente. Es el
ser más real que existe, es «el existente» por naturaleza, es
«el que es», es la fuente de toda realidad fuera de él mismo; y,
sin embargo, parece «el gran ausente», el ser menos real, hasta
el punto de que, en nombre de la ciencia, algunos creen poder
negar su existencia.
«Cuando tú no me conocías...»
En muchas ocasiones, la Sagrada Escritura pone de manifiesto que
ciertas personas, sin saberlo, jactándose de realizar sus
propios propósitos, ejecutan a la vez el plan de Dios. Lo que el
segundo capítulo de Isaías revela sobre Assur, gran potencia al
servicio de la política universal de Dios, puede aplicarse,
mutatis mutandis, a dictadores como Hitler y Stalin. Realizaron
su propia política, es cierto, pero al mismo tiempo, y sin
saberlo, ejecutaron los misteriosos designios de Dios. «Ay de
Assur, vara de mi cólera, y la estaca de mi furor está en sus
manos, declara Dios por boca de Isaías. Contra un pueblo impío
le remito, y contra el pueblo objeto de mi furor le mando, para
que coja botín y haga presa y lo convierta en cosa hollada como
inmundicia de las calles. Pero él no piensa así y su corazón no
lo estima de este modo, sino que en su corazón encierra intentos
de destruir y de extirpar no pocas naciones... »
Así, cuando el Señor acaba toda su obra en el monte Sión y en
Jerusalén, castigará el fruto del corazón arrogante del rey de
Assur y la insolencia de sus miradas altaneras. Porque el rey
dice: «Con la fuerza de mi mano lo he hecho y con mi sabiduría,
pues soy inteligente, y he hecho retroceder las fronteras de los
pueblos y saqueado sus riquezas, y derribé, como un valiente, a
los habitantes. Mi mano alcanzó, como se alcanza un nido, la
riqueza de los pueblos, y como se recogen huevos abandonados he
recogido toda la tierra sin que hubiera quien moviese las alas,
ni abriese la boca y piase.»
A esta fanfarronada del rey asirio, Isaías, o mejor dicho, Dios,
que habla a través de Isaías, opone, bajo una forma
interrogativa, esta ver dad fundamental: los grandes de la
tierra son instrumentos utilizados por la Providencia para la
realización de sus designios. Dios domina a los dominadores:
«¿Se va a vanagloriar el hacha contra quien corta con ella? O
¿se enorgullecerá la sierra contra el que la maneja? ¡Como si el
palo blandiese a aquel que lo alza; como si el bastón levantara
a quien no es madera! » '. La Biblia proclama así la soberanía
de Dios sobre los poderosos de la tierra y lo hace con una tal
riqueza de imágenes que, si no se lee esta página desde la
perspectiva de la fe, se corre el riesgo de dejarse deslumbrar
por las metáforas y no darse cuenta de la teología de la
historia de la que son expresión poética.
Lo que Isaías afirmaba de una gran potencia asiática de su
tiempo podríamos aplicarlo a los jefes militares y políticos de
todos los tiempos: Alejandro y Aníbal, Antonio y César, Gengis
Kan y el sultán Mahomet, Federico el Grande y Napoleón, el
Führer y el Duce, Stalin y Krutschev, para no citar más que
algunos nombres, no han sido sino hachas y sierras, bastones y
palos en las manos de la Providencia. Todos, a la vez que
realizaban sus propios planes más o menos perfectamente,
ejecutaban perfectamente los designios de Dios.
«Yo te he hecho tomar las armas cuando tú no me conocías aún»,
podrá decir el Señor a cada uno de estos grandes el día del
juicio final. Y todos comprenderán entonces la profundidad de
estos versículos de la Escritura: «Yo soy el Señor y nadie más.
Yo que formo la luz y creo las tinieblas, doy salvación y creo
perdición; yo, el Señor, soy quien hace todo esto» por medio de
las criaturas. Todos comprenderán entonces la verdad profunda de
estas palabras de Dios a Moisés: «Ved que soy yo, yo mismo; y
que no existe más Dios que yo; yo mato y resucito, hiero y curo,
y escapar de mis manos nadie logra.
«Dios había dicho: ¡Basta!»
En sus Memorias sobre el Cónclave de 1903, el cardenal
Langenieux, arzobispo de Reims, relata la conversación durante
los funerales de León XIII entre un eclesiástico italiano y el
abate Cintra, muy relacionado con el secretario de Estado del
Papa difunto. Como el eclesiástico hubiese hecho referencia a la
fatal enfermedad del Papa, consecuencia de un paseo imprudente
por los jardines del Vaticano, «Cintra dio esta bella respuesta:
Non é la vera raggione! Dio aveva detto: Basta!» .
En otros términos, la enfermedad contraída por el Papa
nonagenario como consecuencia de una imprudencia no había sido
la causa profunda de su muerte; la verdadera razón, la vera
raggione, fue una decisión de Dios, Señor de la historia, que
había fijado el 20 de julio de 1903 como el final del
pontificado de León XIII. La enfermedad había sido un
instrumento para realizar aquel designio. Por paradójica que
pareciese la respuesta de Cintra, era de un realismo perfecto;
descendía hasta las profundidades de la Causa primera, en tanto
que el común de los hombres se detiene en las causas próximas;
sin ver que éstas son los instrumentos de Dios. La explicación
del abate Cintra se sitúa en plena línea de la Revelación según
la cual, «los bienes y los males, la vida y la muerte, la
pobreza y el bienestar provienen igualmente de Dios» Dios
decide, y las criaturas ejecutan.
De este modo, para los creyentes hay algo más que una banalidad
convencional en las fórmulas de las esquelas mortuorias que
anuncian que Dios ha llamado a su seno a una persona a tal edad
y como consecuencia de tales y tales circunstancias. Tal como la
respuesta de Cintra esta fórmula va al fondo de las cosas.
Coloca en su nivel de causa subordinada el papel fatal de un
accidente o de una enfermedad en la muerte de un ser querido. El
accidente o la enfermedad han sido como la mano de la que Dios
se ha servido de manera invisible para «llevarse» al difunto.
Tal modo de hablar y de pensar es plenamente actual, en pleno
siglo xx, en la época de la energía nuclear. Y no se trata de un
«modo semítico de hablar», sino que más bien revela un profundo
sentido de Dios y una visión superior de la historia, llegando
hasta la raíz de los acontecimientos, esta raíz que solamente
Dios puede revelar a las interrogaciones de los hombres.
De igual manera, tampoco es un «modo de hablar» inexacto, sino
formular una reserva la expresión de un proyecto para el futuro
cuando decimos: «Pasaremos nuestras próximas vacaciones en
España, si Dios quiere», o «La semana próxima, si Dios quiere,
iremos a ver a mis primos». Es verdad que esta fórmula puede
perder fuerza por un uso rutinario; se trata de un peligro
inherente a la naturaleza humana caída. Pero no es menos verdad
que esta fórmula, al conocer la independencia total del hombre y
de sus proyectos en relación con Dios, es la aplicación de una
norma indicada por Dios mismo en la Escritura: «Ahora pues, los
que decís: `Hoy o mañana iremos a tal ciudad, y pasaremos allí
un año, y comerciaremos y ganaremos'; vosotros que no sabéis lo
del día de mañana. Pues ¿qué cosa es vuestra vida? Porque sois
una emanación vaporosa que por un instante aparece y luego
desaparece. En lugar de decir: 'Si el Señor quisiere, viviremos
y haremos esto o aquello'. Mas ahora os jactáis con vuestras
fanfarronadas. Toda jactancia semejante es mala».
El mismo Dios viene así a denunciar la inconsistencia de los
proyectos de futuro formados al margen de sus decretos y que son
los únicos que se realizan. «Hay muchos pensamientos en el
corazón del hombre; sólo el designio de Dios se realizará».
Piénsese en un jefe de gobierno que presenta un ambicioso
programa a la asamblea parlamentaria; en un industrial que
proyecta conquistar un nuevo mercado; en una madre que ambiciona
un brillante matrimonio para su hija. Pienso aquí en un prelado,
relativamente joven, que, salido del consistorio con la púrpura
cardenalicia, radiante de salud y de dinamismo, convocó a sus
colaboradores y les expuso las líneas de un plan de acción
pastoral de gran envergadura. «¡Señores, tenemos veinte años
ante nosotros, vamos a trabajar de firme!» Dos meses más tarde,
el brillante cardenal moría... Olvidando que no era sino «un
vapor que aparece un instante», había hecho proyectos sin
contar, parece, con el Señor de la historia quien en todo, dice
la primera y la última palabra: «No sabéis qué será mañana
vuestra vida... »
Más inspirados, sin duda, que este cardenal de la era atómica,
estaban los rudos montañeses que en plena Edad Media, el 1 de
agosto de 1291, representando a las comunidades de Uri, de
Schwyz y de Unterwalden, en el corazón de la Suiza actual,
añadieron esta reserva al final de su pacto de alianza:
«Las obligaciones estipuladas aquí han sido asumidas por el
interés común para que duren, si Dios lo quiere, perpetuamente.»
Por rudas que fuesen sus costumbres, estos montañeses cris
tianos sentían toda la fragilidad de sus iniciativas políticas y
militares y su necesidad de apoyarse sobre el brazo de Dios.
Curadme y seré curado»
Gran maestra, la Sagrada Escritura no se cansa de afirmar que en
todas sus actividades las criaturas juegan un papel ministerial
al servicio del Creador. La Biblia lo hace frecuentemente con
una misma frase, empleando a veces palabras de una misma raíz,
aplicadas unas veces a la acción del Creador y otras a las
actividades de las criaturas. Dios construye con los que
construyen, vela con quienes velan, actúa en quienes actúan,
cura por aquellos que curan. «Si el Señor no edifica la casa, en
vano se esfuerzan quienes la edifican. Si el Señor no guardare
la ciudad, en balde vigilan las atalayas». Lo que es tanto como
decir que la construcción de una casa es la obra de dos
constructores, uno invisible y director, Dios; el otro visible y
ministerial, el hombre.
Jeremías expresa esta verdad de un modo más vigoroso aún:
«Curadme, Señor, y seré curado; salvadme y seré salvo» . «Se
trata menos de enfermedades propiamente dichas, comenta un
exegeta moderno, que de peligros, los cuales, como una
enfermedad, ponen la vida en peligro.» Así, Jeremías no parece
esperar un milagro de Dios sino más bien su acción a través de
los hombres y los acontecimientos. Sabe que no será liberado
hasta que el mismo Dios tome en su mano su liberación por el
juego de las causas segundas.
El Arcángel Rafael nos revela, también, este misterioso
engranaje: «Está próximo el tiempo en que Dios te curará»,
anuncia al viejo Tobías ciego antes de su partida para la Media.
«El Señor me ha enviado para curarte», dirá a su vuelta. Así,
una misma acción, la curación de la ceguera, es atribuida por
Rafael primero a Dios, después a sí mismo. Un lector superficial
podrá denunciar una contradicción, señalar algún error de
trascripción del texto, o pasar alegremente por encima de la
primera afirmación -«Dios te curará»-, considerándola como un
modo primitivo de hablar, indigno de personas evolucionadas. Sin
embargo, los doctores de la Iglesia y los santos no pensaban
así.
«Obra todas las cosas en todos»
«Señor, tú nos procuras la paz, pues todas nuestras obras eres
Tú quien las haces por nosotros», se lee en un cántico de acción
de gracias de Isaías. «Omnia opera nostra ope- ratus est in
nobis», traduce la Vulgata, empleando dos palabras de la misma
etimología: lo que es obra nuestra, Dios también lo opera en
nosotros
. De esta pequeña frase, un exegeta contemporáneo saca la
siguiente conclusión: «Toda la historia de Israel es la historia
de los gestos de Yahvé. «La idea profundizada e interiorizada
encontrará su expresión perfecta en la Epístola de San Pablo a
los Filipenses: es Dios quien opera en vosotros así el querer
como el obrar. Esta traducción no ha podido expresar un matiz
del texto original griego que emplea dos veces el mismo verbo,
primero en participio de presente (energon) y después en
infinitivo (energein) y que podría traducirse literalmente así:
«Dios es quien hace en vosotros así el querer como el obrar».
En la primera Carta a los Corintios, San Pablo emplea de nuevo
en una misma frase dos palabras de la misma cepa, como para
subrayar mejor la causalidad preponderante de Dios: «Hay (en la
Iglesia) distribución de operaciones, pero un mismo Dios quien
obra todas las cosas en todo.» Se podrá objetar que esta
operación, común a los dos agentes, Dios y el hombre, no se
realiza sino a nivel sobrenatural, como es manifiestamente el
caso en un famoso texto de San Pablo: «Yo vivo, mas no soy yo,
sino Cristo, quien vive en mí». Pero los textos del Antiguo
Testamento cita dos más arriba que se refieren a las actividades
naturales (construir, vigilar, batallar...) descartan esta
interpretación restrictiva. Por otra parte ¿acaso San Pablo no
se dirigía a intelectuales paganos cuando en el Areópago
afirmaba que tenemos en Dios la vida, el movimiento v la
existencia?
El brazo de Dios y la mano de Judit
En otros pasajes de la Escritura, sin emplear dos palabras de la
misma etimología, se mencionan a veces en una misma frase tanto
la Causa principal como las causas segundas. Estos pasajes
revelan que Dios ha operado tal cosa determinada por medio de
tal determinado instrumento. «Habéis conducido como un rebaño a
vuestro pueblo (liberándolo de los egipcios y encaminándolo a
través del desierto hacia la Tierra Prometida) por la mano de
Moisés y de Aarón».
Es el brazo de Dios el que conduce las manos de los dos jefes.
Evocando el episodio más maravilloso de esta historia, Josué
recuerda a los israelitas que «Dios hizo venir sobre los
egipcios el mar, que los cubrió»". Es Dios quien se sirvió de
las aguas del mar para destruir el ejército egipcio. Así, las
olas del Mar Rojo ejecutaron una sentencia de muerte pronunciada
por Dios.
En la oración que, revestida de un cilicio y con la cabeza
cubierta de cenizas, hace Judit antes de dejar Betulia para
llegar al campamento de Holofernes y cumplir su intento, la
heroína se muestra consciente de su fragilidad fundamental.
Judit no espera nada de ella misma, sino que es de Dios de quien
lo espera todo, y quien se servirá de ella como de un
instrumento para la liberación de la ciudad. Judit se sabe y se
siente causa instrumental del Todopoderoso. De aquí su humildad
y su audacia. Victoriosa en la empresa, Judit, en su cántico,
tendrá buen cuidado de no atribuirse a ella misma el mérito
principal de esta operación de guerra: «(Assur) dijo que
incendiaría mis confines, que mataría mis jóvenes a espada, que
hollaría con sus pies mis niños de pecho, que entregaría mis
infantes a la presa, que mis doncellas serían su botín. El Señor
om nipotente le dejó burlado, fracasado por mano de mujer».
Imaginemos ahora que, por milagro, los operadores de cine del
siglo xx, lanzados en paracaídas en Betulia y en el campo de
Holofernes, hubieran podido filmar toda la epopeya de Judit:
sitio de la ciudad, terror de los habitantes, reunión de
notables, intervención de Judit, entrada de la heroína en el
campo enemigo, encuentros con Holofernes, banquete, muerte del
rey, vuelta a Betulia, gozo de la población, derrota del
ejército, celebración de la victoria. Verdaderamente es materia
suficiente para una película apasionante. Pero por muy fielmente
que hubiesen sido tomados los diversos episodios, por dramática
que hubiese aparecido la escena de la muerte de Holofernes en su
tienda, el filme hubiera dejado forzosamente en la sombra -donde
Él se oculta siempre- el protagonista de esta epopeya: «el
Todopoderoso que hace fracasar a los enemigos por la mano de una
mujer».
También David es plenamente consciente del papel decisivo del
Señor de la historia en los campos de batalla: «Por Dios
valientemente nos batiremos y Él ha de hollar a nuestros
enemigos». San Roberto Belarmino comenta así este versículo, que
revela el secreto de las victorias militares: «es Dios el que
arrolla a nuestros enemigos sirviéndose de nuestras manos como
de un instrumento».
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