Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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El mensaje de poder y consuelo de la Transfiguración,
Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., a la
liturgia del Segundo domingo de cuaresma
Subió al monte a orar
II Domingo de Cuaresma
Génesis
15, 5-12.17-18; Filipenses 3, 17-4,1; Lucas 9,
28b-36
El Evangelio del domingo relata el episodio de la
Transfiguración. Lucas, en su evangelio, dice también el motivo
por el que Jesús aquel día «subió al monte»: lo hizo «para
orar». Fue la oración la que hizo su vestido blanco como la
nieve y su rostro resplandeciente como el sol. Según el programa
explicado la vez pasada, deseamos partir de este episodio para
examinar el lugar que ocupa en toda la vida de Cristo la oración
y qué nos dice ésta sobre la identidad profunda de su persona.
Alguien dijo: «Jesús es un hombre judío que no se siente
idéntico a Dios. No se reza de hecho a Dios si se piensa que se
es idéntico a Dios». Dejando de lado por el momento el problema
de qué pensaba Jesús de sí mismo, esta afirmación no tiene en
cuenta una verdad elemental: Jesús es también hombre, y es como
hombre que ora. Dios tampoco podría tener hambre y sed, o
sufrir, pero Jesús tiene hambre y sed, y sufre, porque también
es hombre.
Al contrario, veremos que es precisamente la oración de Jesús la
que nos permite echar un vistazo al misterio profundo de su
persona. Es un hecho históricamente comprobado que Jesús, en su
oración, se dirigía a Dios llamándole Abbà, esto es, querido
padre, padre mío, y hasta mi papá. Este modo de dirigirse a
Dios, aún no del todo ignorado antes de Él, es tan
característico de Cristo que obliga a admitir una relación única
entre Él y el Padre celestial.
Escuchemos una de estas oraciones de Jesús, recogida por Mateo:
«En aquel tiempo, Jesús dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e
inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues
tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi
Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le
conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar"» (Mt 11, 26-27). Entre Padre e Hijo existe, como
se ve, una reciprocidad total, «una estrecha relación familiar».
También en la parábola de los viñadores homicidas emerge
claramente la relación única, como de hijo a padre, que Jesús
tiene con Dios, diferente a la de todos los demás que son
llamados «siervos» (Mc 12, 1-10).
En este punto surge en cambio una objeción: ¿por qué entonces
Jesús no se atribuyó jamás abiertamente el título de Hijo de
Dios durante su vida, sino que habló siempre de sí como del
«hijo del hombre»? El motivo es el mismo por el que Jesús no
dice nunca que es el Mesías, y cuando otros le llaman con este
nombre se muestra reticente, o incluso prohíbe que lo digan. La
razón de esta forma de comportarse es que aquellos títulos los
entendía la gente en un sentido preciso que no correspondía a la
idea que Jesús tenía de su misión.
Hijo de Dios eran llamados un poco todos: los reyes, los
profetas, los grandes hombres; por Mesías se entendía al enviado
de Dios que habría combatido militarmente a los enemigos y
reinaría sobre Israel. Era la dirección en la que buscaba
empujarle el demonio con sus tentaciones en el desierto... Sus
propios discípulos no habían comprendido esto y continuaban
soñando con un destino de gloria y de poder. Jesús no intentaba
ser este tipo de Mesías. «No he venido -decía- para ser servido,
sino para servir». Él no ha venido para quitar a nadie la vida,
sino para «dar la vida en rescate de muchos».
Cristo debía antes sufrir y morir para que se entendiera qué
tipo de Mesías era. Es sintomático que la única vez que Jesús se
proclama Él mismo Mesías es mientras se encuentra encadenado
ante el Sumo Sacerdote, a punto de ser condenado a muerte, ya
sin posibilidades de equívocos: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de
Dios Bendito?», le pregunta el Sumo Sacerdote, y Él responde:
«¡Yo soy!» (Mc 14, 61 s.).
Todos los títulos y las categorías dentro de las cuales los
hombres, amigos y enemigos, intentan situar a Jesús durante su
vida aparecen estrechas, insuficientes. Él es un maestro, «pero
no como los demás maestros», enseña con autoridad y en nombre
propio; es hijo de David, pero es también Señor de David; es más
que un profeta, más que Jonás, más que Salomón. La cuestión que
la gente se planteaba: «¿Quién es éste?» expresa bien el
sentimiento que reinaba en torno a Él como de un misterio, de
algo que no se conseguía explicar humanamente.
El intento de ciertos críticos de reducir a Jesús a un judío
normal de su tiempo, que no dijo ni hizo nada especial, choca
completamente con los datos históricos más ciertos que poseemos
sobre Él y se explica sólo con el rechazo por prejuicios de
admitir que algo trascendente pueda aparecer en la historia
humana. Entre otras cosas, no explica cómo un ser tan normal se
convirtiera (según los mismos críticos) en «el hombre que cambió
el mundo».
Volvamos ahora al episodio de la Transfiguración para sacar de
él alguna enseñanza práctica. También la Transfiguración es un
misterio «para nosotros», nos contempla de cerca. San Pablo, en
la segunda lectura, dice: «El Señor Jesucristo transfigurará
este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el
suyo». El Tabor es una ventana abierta a nuestro futuro; nos
asegura que la opacidad de nuestro cuerpo un día se transformará
también en luz; pero es también un reflector que apunta a
nuestro presente; evidencia lo que ya es ahora nuestro cuerpo,
por encima de sus míseras apariencias: el templo del Espíritu
Santo.
El cuerpo no es para la Biblia un apéndice prescindible del ser
humano; es parte integrante de él. El hombre no tiene un cuerpo,
es cuerpo. El cuerpo ha sido creado directamente por Dios,
asumido por el Verbo en la encarnación y santificado por el
Espíritu en el bautismo. El hombre bíblico se queda encantado
ante el esplendor del cuerpo humano: «Me has tejido en el
vientre de mi madre. Prodigio soy, prodigios son tus obras» (Sal
139). El cuerpo está destinado a compartir eternamente la misma
gloria del alma: «Cuerpo y alma, o serán dos manos juntas en
eterna adoración, o dos muñecas esposadas por una maldad eterna»
(Ch. Péguy). El cristianismo predica la salvación del cuerpo, no
la salvación a partir del cuerpo, como hacían, en la antigüedad,
las religiones maniqueas y gnósticas y como hacen aún hoy
algunas religiones orientales.
¿Pero qué decir a quien sufre? ¿A quien debe asistir a la
«desfiguración» de su propio cuerpo o de un ser querido? Para
ellos es tal vez el mensaje más consolador de la
Transfiguración: «Él transfigurará este miserable cuerpo nuestro
en un cuerpo glorioso como el suyo». Serán rescatados los
cuerpos humillados en la enfermedad y en la muerte. También
Jesús, de ahí en poco tiempo, será «desfigurado» en la pasión,
pero resurgirá con un cuerpo glorioso, con el que vive
eternamente, con quien la fe nos dice que iremos a reunirnos
después de la muerte.
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