Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de 2007

 

El Final del Maquiavelismo

Jacques Maritain

Deseo tocar brevemente los tres puntos siguientes: primero, la noción del bien común y el triunfo aparente del maquiavelismo en el terreno de los hechos; segundo, el conflicto crucial que constituye aquí el principal problema y su solución; tercero, las raíces y las más sutiles implicaciones de tal solución, que concierne a la estructura específica de la política en su relación con la moral.

Veamos el primer punto. Para Maquiavelo el fin de la política es la conquista y conservación del poder; lo cual es una obra de arte por ejecutar. Por el contrario, conforme a la naturaleza de las cosas, el fin de la política es el bien común de un pueblo unido; el cual fin es esencialmente algo concretamente humano y por tanto ético. Ese bien común consiste en una vida buena –esto es, una vida conforme a las exigencias esenciales y a la esencial dignidad de la naturaleza, una vida que es a la vez moralmente recta y feliz- del conjunto social como tal, de la multitud reunida de tal manera que el tesoro en aumento y la herencia de bienes comunicables contenidos en esa buena vida de la comunidad entera se reparta en cierto modo y se redistribuya a cada parte individual y moral, y principalmente moral, como lo es el hombre mismo; es un bien común de personas humanas. Por tanto, no es solamente algo útil, un conjunto de ventajas y utilidades, sino que es esencialmente algo bueno en sí mismo, lo que los antiguos llamaban bonum honestum.

Tal es el concepto político básico que el maquiavelismo despedazó y destruyó. Si el fin de la política es el bien común, la paz –una paz constructiva que lucha a través del tiempo tendiendo a la emancipación del hombre y libertándolo de cualquier forma de esclavitud-, es la salud del estado; y los órganos de justicia distributiva, son el principal poder en el estado. En cambio, si el fin de la política es el poder, la guerra es la salud del estado, como lo afirmó Maquiavelo, y la fuerza militar es el poder principal en el estado. Si el fin de la política es el bien común, el gobernante, teniendo que procurar el fin temporal de una comunidad de personas humanas y teniendo que evitar en su tarea toda falta de clara visión y todo error de voluntad, debe aprender a ser –como enseñó Santo Tomás- un hombre bueno en cualquier aspecto: bonus vir simpliciter. Mientras que si el fin de la política es el poder, el gobernante deberá aprender –como dice Maquiavelo- a no ser bueno.

Aquí llegamos al conflicto crucial que pretendo discutir como segundo punto.

Frente a toda tentación de maquiavelismo, es decir, de alcanzar éxito y poder por medio del mal, la conciencia moral responde y no puede dejar de responder, tal como cuando es tentada por cualquier culpa que aparece ventajosa: nunca es lícito hacer el mal para obtener un bien de cualquier especie que sea. Y la conciencia cristiana en este caso se siente reforzada por la palabra misma del Evangelio. Cuando el demonio tentó a Jesús mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria y diciéndole: “Todas estas cosas te daré, si tu caes de rodillas y me adoras”, Jesús respondió: “Vete de aquí, Satanás. Porque escrito está: adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.”

Tal es la respuesta que la persona humana, considerando su propio destino como persona, su alma inmortal, su fin último y su vida eterna, su Dios, da a la política cuando la política le ofrece los reinos del mundo al precio de su alma...

Mas la respuesta que consideramos no resuelve nuestro conflicto; por el contrario, lo aumenta, ensancha hasta el infinito la fisura, se desliza sobre la tentación maquiavélica sin apaciguar la angustia y el escándalo de nuestro entendimiento. Porque es una respuesta dada por la ética personal a una cuestión propuesta por la ética política; es una respuesta que trasciende la cuestión, así como lo persona, considerando su eterno destino, trasciende al Estado; corta la cuestión, pero no la resuelve. Y es obvio que ninguna afirmación de Ética individual de la persona, por más absolutamente verdadera y decisiva que sea, puede constituir una respuesta suficientemente adecuada a un problema planteado por la Ética del Estado. Cabalmente por ser una respuesta trascendente, no es una respuesta propia y adecuada. ¿No es verdad, por ventura, que el maquiavelismo triunfa y tiene éxito?

Si un hombre sufre el martirio y entra al paraíso, su propia alma goza la eterna felicidad. Pero suponed que todos los ciudadanos de un Estado sometido a un nuevo Nerón sufren el martirio y entran al paraíso: no es el alma del Estado la que alcanza la felicidad, en tal caso, sino que ese Estado deja sencillamente de existir. Porque el Estado no tiene un alma inmortal, ni la tiene una nación, a no ser en el sentido de una supervivencia meramente espiritual de su común herencia moral en la memoria de los hombres o en las virtudes de las almas inmortales que animaron a los miembros de aquel estado mucho tiempo antes, cuando aquel estado existía. (...) El alma de una nación no es inmortal. El fin directo y especificante, el bien común de una nación, es algo temporal y terrestre, algo que puede y debe ser sobreelevado por las virtudes evangélicas en su propio orden, pero cuyo orden propio es natural, no sobrenatural, y pertenece al reino del tiempo. Por consiguiente, la existencia misma temporal y terrestre, el adelanto temporal y terrestre, la prosperidad de una nación y aquella suma de felicidad y de gloria que surge de las mismas crisis y pruebas de la historia, pertenecen real y esencialmente al bien común de esa nación.

Sin duda –pongamos un ejemplo enteramente extremo- que una nación o un Estado podría y debería aceptar la destrucción total, como lo hizo la legión de Mauricio, si sus ciudadanos se vieran forzados a escoger entre el martirio y la apostasía; pero tal caso ya no sería un caso político: sería un caso de sacrificio de la misma vida política a la vida divina, y un testimonio –en cierto modo milagroso- de la superioridad del orden de la gracia sobre el orden de la naturaleza. ¿Pero en el orden de la naturaleza, de la vida política misma, en el cuadro de las leyes temporales de la existencia humana, será posible, acaso, que el primero de los medios normales de procurar el bien común de un estado, es decir, la justicia y la moralidad política, deba conducir a la ruina y al desastre de ese estado?

¿Cuál es, pues, la respuesta?

La respuesta es que el mal no tiene éxito, que el maquiavelismo no triunfa en la realidad...

Ahora, ¿cuál es la ilusión propia del maquiavelismo? La ilusión del éxito inmediato. La duración de la vida de un hombre, o más bien la duración de la actividad del “príncipe” o gobernante, del hombre político, circunscribe la máxima extensión de tiempo requerido por lo que llamo éxito inmediato, ya que éxito inmediato es aquel que nuestros ojos pueden ver. Ahora bien: el éxito de que venimos hablando, aquel de que habla Maquiavelo al decir que el mal y la injusticia tienen éxito en política, es en realidad sólo inmediato, tal como he definido. Pero tal éxito inmediato es éxito para un hombre, no para un estado o una nación; para el estado o nación, en vez de un éxito, puede ser –y es-, en el caso de los éxitos maquiavélicos considerados en cuanto a su ley interna de causalidad, un desastre, si tomamos en cuenta la duración propia de las vicisitudes de un estado o de una nación. Es sólo respecto al inmediato éxito como el mal y la injusticia poseen un poder aparentemente infinito (...). Pero cuanto más temible en intensidad aparece tal poder del mal, tanto más débiles en su duración histórica son los progresos internos y el vigor de vida que han sido obtenidos por un estado que emplea ese poder. (En el momento –septiembre de 1943- en que releo estas páginas para enviarlas al editor, el mundo acaba de conocer la oscura caída de Benito Mussolini. Los triunfos de este miserable discípulo del maquiavelismo absoluto –recuérdese que Mussolini escribió un prefacio a una edición de El Príncipe- han durado veinte años).

Así, es verdad que siendo la política algo intrínsecamente moral, la primera condición política de la buena política es que sea justa. Pero es también verdad que la justicia y la virtud, como regla general, no nos conducen a un éxito inmediato en este mundo (...).

No quiero decir que Dios recompense a los pueblos justos con las bendiciones de triunfos militares, engrandecimientos territoriales, acumulación de riquezas o inmensas ganancias en el comercio (...)

Ni tampoco afirmo que un estado que emplea la justicia política esté, por ese solo hecho, protegido contra la ruina o la destrucción. Lo que afirmo es que en tal desgracia, la verdadera causa de la ruina o destrucción nunca es el uso de la justicia. Lo que afirmo es que el orden mismo de la naturaleza y de las leyes naturales en materia de moral, que es la natural justicia de Dios, hacen que la justicia y la honradez políticas, tiendan a la larga y en cuanto a su propia ley de causación, a producir un adelanto del verdadero bien común y de los valores reales de la civilización.

En cambio, las injusticias políticas, la deslealtad política, la ambición desmedida, el egoísmo o cobardía, la explotación de los pobres y débiles, la embriaguez del poder o de gloria o de propio interés, o esa especie de habilidad política que consiste –como me decía ingenuamente hace pocos años un profesor de política internacional- en usar lisonjas y “manga ancha” con nuestro enemigo, porque es un enemigo y por lo tanto debemos temerle, y abandonar a nuestro amigo, porque es un amigo y no hay por qué temerle, -o sea especie de firmeza política que consiste en denunciar a un estado agresor que está atacando a una nación débil, pero al mismo tiempo seguirle vendiendo armas y materiales de guerra porque “el negocio debe seguir adelante”-, todo esto, al final de las cuentas, siempre se paga muy caro.

Cuanto más pienso en estas cosas, más convencido estoy de que las observaciones que propuse hace un momento sobre la dimensión del tiempo son el centro y el nudo de la cuestión. Ser permanente es una característica esencial del bien común. Un cultivador de árboles que para alcanzar éxito visible e inmediato plantara muchos grandes y viejos árboles e su bosque, en vez de preparar jóvenes vástagos, emplearía sin duda una necia política forestal. De igual manera, el “príncipe” de Maquiavelo es un mal político y pervierte la política porque su principal fin es su propio poder personal y la satisfacción de su propia ambición. Pero en un sentido mucho más profundo y radical, el gobernante que sacrifica todo al deseo de ver con sus propios ojos el triunfo de su política, es un mal gobernante y pervierte la política, aún cuando no tenga ambición personal y ame desinteresadamente a su país: porque mide el tiempo de maduración del bien político conforme a los breves años de su propio y personal tiempo de actividad.

Llegamos ahora a la tercera consideración...

Como lo he señalado previamente (...). Las sociedades son como organismos siempre crecientes, como árboles inmensos y de larga vida o bancos coralíferos, que tuvieran a un mismo tiempo una vida moral y humana. Y en el orden a que pertenecen –que es el orden del Tiempo y del Devenir- la muerte es natural. Las comunidades humanas, las naciones, los estados y las civilizaciones mueren naturalmente y mueren para siempre (...). Su nacimiento, crecimiento y decadencia, su salud, sus enfermedades, su muerte, dependen de condiciones físicas básicas, en las que las cualidades específicas de la conducta moral están entremezcladas y tienen una parte esencial, pero son más primitivas que estas cualidades. De un modo semejante, la imprudencia o la intemperancia pueden apresurar la muerte de un hombre, el dominio de sí mismo puede diferirla, pero en todo caso este hombre morirá.

 

Por eso, la justicia y las virtudes morales no impiden las leyes naturales de envejecimiento o decadencia de las sociedades humanas. Tampoco impiden que catástrofes físicas las destruyan. ¿En qué sentido, pues, son ellas las fuerzas principales de preservación y duración de las sociedades? En el sentido de que ellas constituyen la verdadera alma de la sociedad, su fuerza espiritual e interna de vida. Tal fuerza no asegura inmortalidad a la sociedad, así como mi alma inmortal no me protege de la muerte. Tal fuerza no es una entelequia inmortal, porque no es substancial, como el alma humana; pero, en cuanto es algo espiritual, es por sí misma indestructible. Si esa fuerza se corrompe, un principio interno de muerte se introduce hasta el centro de la sociedad. Mantened y reforzad esa fuerza, y el principio interno de vida se robustece en la sociedad. Suponed que una comunidad humana es aplastada, torturada, vencida por alguna calamidad natural o por algún enemigo poderoso: mientras esa comunidad exista todavía –si conserva dentro de sí misma la justicia y la amistad cívica y la fe-, hay esperanza actual de resurgimiento interior, hay dentro de ella una fuerza que tiende por sí misma a hacerla vivir y levantarse y liberarse del desastre; porque ningún suplicio puede destruir esa fuerza inmaterial. Más si una comunidad humana pierde esas virtudes, su principio interno de vida hállase invadido por la muerte.

Lo que debe decirse, pues, es que la justicia y la rectitud moral tienden por sí mismas a la conservación de los estados y al éxito real pero a largo plazo, de que hace un momento hablábamos. Y que la injusticia y el mal tienden por sí mismos a la destrucción de los estados, y al fracaso real, también a largo plazo, de que también hablé (...).

Pero si el fruto normal de éxito y prosperidad que piden la justicia política y la sabiduría no alcanza existencia actual porque el árbol es ya demasiado viejo y porque alguna tempestad ha roto sus ramas; y si el fruto normal de fracaso y destrucción, preparado por la maldad y la injusticia política no llega a tener existencia actual porque las condiciones físicas de la savia o del medio ambiente han contrapesado el interno principio de muerte, un tal accidente no suprime la regularidad inherente a la ley que he subrayado en la primera parte de este ensayo, y sólo da testimonio del hecho de que las naciones y las civilizaciones son naturalmente mortales. Como indiqué poco antes, la justicia puede algunas veces, aun en un futuro lejano, no lograr éxito actual en preservar a un estado de la ruina y destrucción. Pero la justicia tiende por sí misma a su preservación; y no es en virtud de la justicia, sino en virtud de condiciones físicas que contrapesan desde afuera los verdaderos efectos de la justicia, como la desgracia podrá entonces ocurrir (...).

A medida que los pueblos llegan a un estado verdaderamente político y realmente constituyen una civitas, un hogar y una comunidad políticos, en la misma proporción la fuerza interna e inmaterial que habita en ellos –y que está hecha de justicia largamente vivida, de amor y de energías morales, de recuerdos profundamente arraigados y de una específica herencia espiritual- llega a ser un alma más y más formada y dotada de cohesión; y en la misma proporción esa alma se sobrepone a las condiciones meramente físicas de existencia y tiende a hacer inconquistables a tales pueblos.

Jacques Maritain, Principios de una política humanista, cap. V: El final del maquiavelismo, Ed. Excelsa, Buenos Aires, 1946.

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