Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de 2007

Los laicos como transformadores del mundo

+ William Skylstad
Obispo de Spokane y Presidente del USCCB

El Concilio Vaticano II afirmó fuertemente la vocación bautismal de todos los cristianos, hasta los laicos. A propósito de los fieles laicos, los Padres del Concilio escribieron que son “los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (Lumen Gentium, nº 31).

El Concilio también afirmó, al igual que documentos posteriores del Magisterio, que la vocación de los laicos es concretamente estar en el mundo. Dice el Concilio: “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”. El Concilio señala que los laicos viven en el mundo, desempeñan profesiones y trabajos seculares y participan en las redes básicas de la vida familiar y social (LG, nº 31).

En su exhortación apostólica “Ecclesia in America”, nuestro querido Santo Padre, el difunto Papa Juan Pablo II, describía dos ámbitos en los que los fieles laicos viven su vocación bautismal. Al segundo ámbito le llama “intraeclesial”. El primero de ellos, al que Juan Pablo II llama “más propio de su condición laical”, es el mismo que en “Lumen Gentium” se describe como “el de las realidades temporales, que [los laicos] están llamados a ordenar según la voluntad de Dios”. El tema de mi presentación es la vocación de los fieles laicos en este primer ámbito (nº 44).

Antes de proseguir, quisiera insistir en que la diversidad de funciones dentro de la Iglesia ha de entenderse siempre como la expresión de una unidad fundamental. Como se indica en “Lumen Gentium”, la distinción entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios también lleva consigo la unión que debe existir entre ellos. Los sagrados ministros están llamados a ponerse “al servicio los unos de los otros, y al de los demás fieles” y estos últimos, a su vez, deben ayudar a sus pastores. “De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio de la admirable unidad del Cuerpo de Cristo” (nº 32).

Me parece importante hacer hincapié en esta unidad fundamental, ya que constituye un elemento esencial de los esfuerzos de la Iglesia por transformar el mundo. La manera en que muchos laicos destacados parecen ver sus obligaciones en este mundo ha ocasionado una falta de unidad entre ellos y sus pastores, lo cual ha sido claramente un obstáculo para nuestros esfuerzos por transformar el mundo con arreglo al Evangelio.

La misión ‘secular’ de los fieles laicos procede de la misión salvadora de Cristo

El primer fragmento que cité de “Lumen Gentium” expone claramente que los laicos participan “a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo”. Unos párrafos más adelante, el Concilio habla del apostolado de los laicos que es la “participación en la misma misión salvífica de la Iglesia”. Los fieles laicos son los que están llamados “a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos” (nº 33).

Por lo tanto, la vocación de los fieles laicos en el mundo hay que entenderla como “salvífica”. Hacer del mundo “un lugar mejor” no es una vocación inmanente puramente. En nuestro mundo se producen injusticias tan vergonzosas, hay tantas personas que viven todas sus vidas en la pobreza más desesperada, una pobreza aquejada además de enfermedades y mala alimentación, de odios étnicos, raciales o tribales, de guerra, terrorismo y violencia de unos contra otros, hasta en el mismo hogar, que aliviar tanto sufrimiento e injusticia, aunque tan sólo sea levemente, parece una vocación digna de una vida. En Mateo 25.31-46 el Señor nos dice que debemos servirle sirviendo a los más humildes de nuestros hermanos y hermanas, aunque no sean conscientes de que lo son.

Pero la vocación de los fieles laicos como transformadores del mundo no es sólo para hacer de éste un lugar más digno y habitable. Se trata de una vocación para proclamar a nuestro mundo que su destino trascendente es convertirse en el reino de la verdad y de la vida de Dios, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Si sólo Dios puede lograr este destino con el tiempo, los fieles laicos han de ser la voz que proclama: “¡Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (Is 40.3).

Los fieles laicos se guían “por el espíritu evangélico de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad” (LG, nº 31).

Como dice Juan Pablo II en “Christifideles laici”, “el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial” (nº 15).

Al haber recibido el encargo de Cristo de participar en su misión salvadora, los laicos tienen que “colaborar en la hermosa empresa de que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las tierras” (LG, nº 33). Por ello, se les describe de manera apropiada como “partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo”.

Función sacerdotal

Son los fieles laicos los que llevan la Eucaristía desde la iglesia al mundo. Alimentados con el cuerpo y la sangre de Jesucristo, los laicos llevan la presencia expiatoria de Éste que tienen dentro, gracias a la Eucaristía, a sus hogares, barrios, lugares de trabajo, escuelas, lugares de recreo y a cada situación en que se encuentran. También devuelven a la celebración de la Eucaristía, desde estos lugares y relaciones, las alegrías y las penas, las necesidades a las que se han enfrenado y la forma en que dichas necesidades fueron satisfechas o no, para unirlas con el sacrificio exclusivo de Cristo. De esta manera, como se dice en “Lumen Gentium”, “los laicos [...] consagran a Dios el mundo mismo” (nº 34).

La función sacerdotal está bien resumida en la ofrenda de la mañana, quizás no tan conocida actualmente como antes. En esta oración, cada uno de nosotros ofrece “mis oraciones, trabajos, alegrías y sufrimientos de este día para todas las intenciones de tu Sagrado Corazón, en unión con el Santísimo Sacrificio de la Misa a través del mundo...”.

Función profética

La función profética de Cristo, al proclamar la cercanía del Reino del Padre, es, como ya dije, fundamental para describir la función de transformadores del mundo de los laicos.

Esta función profética se lleva a cabo mediante una combinación de testimonios de vida y de proclamaciones articuladas. El Papa Pablo VI resume bien ambos aspectos en la exhortación “Evangelii Nuntiandi”, en la que escribe: “La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno”. El Papa dice que este “testimonio sin palabras” hace plantearse “a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva” (EN nº 21).

A1 mismo tiempo, el Papa Pablo VI afirma que “el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado –lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza” [1 Pedro 3.15]–, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida” (EN, nº 22).

Función real

Para cumplir su función real, “Lumen Gentium” invita a los laicos a trabajar por la justicia en el mundo, para tratar de que “los bienes creados [...] se distribuyan mejor entre ellos”. También les invita a que sean moldes de cultura tratando de impregnar “de sentido moral la cultura y el trabajo humano”. A1 hacer esto, preparan “a la vez y mejor el campo del mundo para la siembra de la divina palabra” (LG, nº 36).

Al describir esta función real, los Padres del Concilio reconocen un problema que ha existido en varias formas y que, sin duda, sigue existiendo actualmente. A1 admitir que “la ciudad terrena [...] se rige por principios propios”, los Padres del Concilio declaran que “hay que rechazar la infausta doctrina que intenta edificar a la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca o destruye la libertad religiosa de los ciudadanos”. Teniendo en cuenta el contexto de la época, seguramente los Padres del Concilio, al decir esto, pensaban en los estados marxistas-leninistas. Aunque estos estados plantearon una amenaza al lugar que la religión ocupaba en la vida pública en su forma más extrema, no fueron los únicos (LG, nº 36).

Privatización de la religión

Con arreglo a mi experiencia, el problema no ha sido los que han prescindido en absoluto de la religión o los que han atacado o intentado destruir la religión. En realidad, en estos casos, se podía seguir hablando de religión con gran respeto y como un aspecto importante de la sociedad, pero únicamente en los ámbitos “privado” y “personal”. En los países con diversidad religiosa especialmente, son muchos los miembros de la elite del poder que niega a menudo la función modeladora de la política pública que debe tener la religión.

La opresión y la violencia históricas de algunos gobiernos pasados para con las minorías religiosas han sido utilizadas para justificar esta actitud, como ocurre actualmente con el terrorismo más contemporáneo que se justifica a sí mismo en nombre de la religión. Estados Unidos fue fundado, en parte, por personas que huyeron de la opresión religiosa y, el 11 de septiembre de 2001, sufrimos por primera vez en nuestro propio país los efectos del terrorismo que invoca el nombre de la religión.

No obstante, no son sólo estos factores negativos los que han favorecido este espíritu de privatización. De manera más positiva, los organismos religiosos de Estados Unidos, incluso los católicos, han experimentado los buenos efectos ligados a la separación de la religión del poder estatal. Esta separación y la importancia concedida a la religión como una cuestión privada, parecen haber sido beneficiosas para la salud y el crecimiento de estas comunidades. Irónicamente fueron los católicos, en un momento dado de la historia de Estados Unidos, los que fueron acusados de querer disminuir el papel de la religión en la vida pública. A mediados del siglo XIX, los católicos se opusieron enérgicamente a la lectura de la Biblia en las escuelas públicas porque inevitablemente se trataba de la versión de la Biblia del rey James.

De hecho, ha habido en el pasado un alto nivel de comodidad con la religión en la vida pública de Estados Unidos durante amplios periodos en los que había un consenso moral fundamental entre protestantes, católicos y, posteriormente, judíos. Hasta el movimiento por los derechos civiles de los años 1960 se aceptaba y valoraba mayoritariamente la autoridad del clero en torno a las grandes cuestiones sociales y morales del país pero, con la ruptura de este consenso moral –principalmente en relación con diversos asuntos destacados y muy emotivos, sobre todo el aborto–, muchas personas influyentes empezaron a exigir la exclusión de la religión de los debates públicos.

Algunos católicos se unieron a esta petición por el bien de nuestro patrimonio democrático. La democracia y la economía de libre mercado constituyen el contexto en el que actualmente la mayoría de las personas en Estados Unidos vive su vocación de transformadores del mundo. A pesar de sus numerosas ventajas, la democracia y el libre mercado entrañan diversos desafíos para vivir el Evangelio en el mundo. En primer lugar, voy a reflexionar sobre el reto que supone la democracia.

Democracia

En casi todo el mundo se considera que la democracia es la forma de gobierno que mejor refleja la dignidad del ser humano. Los trágicos resultados ocasionados en sus propios países y, a veces, en los países próximos, por los regímenes totalitarios y autoritarios han ayudado a demostrar, por medio de contrastes, la superioridad práctica y teórica de las formas democráticas de gobierno.

Sin embargo, la democracia tampoco es perfecta. En su encíclica “Evangelium Vitae”, el Papa Juan Pablo II reflexiona ampliamente sobre la democracia en la que ve la tendencia –al menos de algunos–a considerar el relativismo ético “como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría” mientras que las normas morales “consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia” (EV, nº 70).

Según el Santo Padre, “la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad”. Juan Pablo II describe la democracia como un “ordenamiento”, como un medio y no como un fin. “Su carácter moral [...] depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve”. (EV, nº 70).

El Papa Juan Pablo II señala que el magisterio de la Iglesia acepta como un “positivo ‘signo de los tiempos’” el consenso al que me referí anteriormente acerca del valor de la democracia. Pero añade que su valor “se mantiene o cae con los valores” que la democracia encarna y fomenta. Posteriormente dice que “En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles ‘mayorías’ de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ‘ley natural’ inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil”. En ausencia de esto, “el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos” (EV, nº 70).

No obstante, la realidad es que la democracia es para muchos no sólo un medio sino un fin en sí misma. A menudo se idolatra e idealiza. Este éxito del “experimento americano”, considerado en términos utilitaristas como el mayor bien para el mayor número de personas, se ha calificado como bastante cercano al objetivo de hacer del sistema democrático –conjuntamente con la economía de mercado– el principio orientador incluso para algunos pensadores católicos.

‘Los católicos en la vida política’

¿Qué tiene todo esto que ver con los laicos como transformadores del mundo? Como demostraron las elecciones de 2004 en Estados Unidos, me parece que tiene mucho que ver. Estas elecciones se convirtieron en un ejemplo muy gráfico de la ruptura de la unidad entre pastores y fieles que, como dije anteriormente, es un elemento fundamental de los esfuerzos de la Iglesia por transformar el mundo por medio de los fieles laicos.

Lo que llevó el asunto a un punto crítico fue el enfrentamiento que se produjo en torno a una cuestión fundamental: el aborto y el derecho a la vida. Indudablemente, la moral católica ha condenado el aborto siempre al considerarlo como la eliminación de una vida inocente. También es verdad que había un consenso sobre la maldad del aborto a través de las distintas posiciones religiosas en Estados Unidos hasta la mitad del siglo pasado.

Ese consenso se rompió cuando una minoría favorable a la legalización del aborto llevó su campaña a los estados y, de ahí, a los tribunales. La campaña política perdía fuerza en los estados cuando la campaña judicial logró una gran victoria en la Corte Suprema de Estados Unidos. En dos decisiones tomadas en 1973, la Corte Suprema consagró el aborto voluntario como un derecho constitucional. Estas decisiones, a pesar de basarse en una argumentación pobre, sólo podrían ser anuladas por la misma Corte Suprema, que podría revocarlas, o mediante un difícil proceso de enmienda constitucional, que tuvo poco éxito en otros casos.

Algunos políticos aceptaron esta decisión de la Corte Suprema sin demasiada convicción; otros consideraban que las decisiones de la Corte no se podían anular. Los más optimistas consideraron que el mal causado por este nuevo “derecho” podría limitarse. Por supuesto, hubo algunos que, desde el principio, se empeñaron en revocar estas decisiones.

La situación se agravó cuando el aborto se convirtió en un asunto con respecto al cual los partidos políticos tomaron posiciones. De este modo, el apoyo o la oposición al aborto devino una cuestión de partidos y fue interpretado por muchos como una indicación de los candidatos a los que se apoyaba.

Como ya dijimos, el Papa Juan Pablo II es rotundo en cuanto a la necesidad de los gobiernos democráticos de basarse en una ley moral objetiva. El “futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia” dependen de que se vuelvan a descubrir los “valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover” (EV, nº 71).

De este modo, “las leyes que [...] legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres” (EV, nº 72). Existen “crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia” (EV, nº 73).

No puede estar más clara la obligación de los fieles laicos de ejercer su vocación de transformadores del mundo, sobre todo de los que ocupan cargos públicos, y de oponerse con todas sus fuerzas a una violación tan clara de la ley moral fundamental. Aunque encontramos esta actitud en algunos líderes políticos católicos, también encontramos, a menudo entre los más destacados, no sólo una resistencia a manifestar su oposición sino una voluntad incluso de ser los defensores de este derecho.

Me parece que esto es el resultado de la privatización de la religión, que se considera necesaria para la estabilidad social en unas condiciones de democracia plural. Además, en Estados Unidos, la separación de la Iglesia y del Estado ‑que es el propósito, en parte, de la Primera Enmienda de la Constitución‑ ha sido utilizada para excluir la moralidad basada en la religión del sector público por parte de las personas a las que no les gusta nada la religión o a las que no les gustan determinados puntos de vista de ciertas religiones.

Los católicos que explícita o implícitamente aceptan esta posición no actúan como transformadores del mundo según el Evangelio. Es más, ellos mismos se transforman debido a un contexto en el que la mayor virtud es un cierto tipo de tolerancia que refleja una filosofía de relativismo moral.

Hay muestras en nuestra sociedad –al menos en determinadas cuestiones– de “valores morales [...] que derivan de la verdad misma del ser humano”. Independientemente de la incapacidad de vivir todas las consecuencias de querer ser una sociedad justa desde el punto de vista racial, la igualdad de todos los hombres y mujeres, sea cual sea su raza, es un valor que los estadounidenses, en una abrumadora mayoría, consideran fundamental e inviolable. Esto ocurre menos de 40 años después de que un gran número de estadounidenses rechazara la igualdad de derechos a sus conciudadanos negros. Muchos laicos, creyentes y sacerdotes católicos actuaron como transformadores del orden social para que éste estuviera más de acuerdo con el Evangelio cuando se planteó la cuestión de los derechos dados por Dios a todo ser humano, independientemente de su raza.

Pero en las cuestiones relativas a la vida, demasiados católicos que participan en la vida política se han apartado de su vocación de proteger la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. En el 2004 la presencia, por primera vez en 44 años, de un católico candidato a la presidencia en la lista de uno de los grandes partidos –un católico que apoyaba el derecho al aborto– ponía de manifiesto las trabas que la jerarquía plantea a los católicos laicos para que cumplan fielmente su vocación de transformadores del orden secular con arreglo a los principios del Evangelio.

Una forma de contrarrestar esta situación, muy poco frecuente en la larga historia de la Iglesia, es negar la comunión eucarística, pero, en la actualidad, esta medida, si se toma contra un funcionario que cumple con sus obligaciones públicas, podría interpretarse fácilmente como una forma de coacción espiritual y, no sólo no permitiría alcanzar el objetivo previsto, sino que, además, produciría un malentendido enorme con millones de ciudadanos que no son católicos.

Por otro lado, como obispos tenemos la obligación no sólo de procurar que la enseñanza de la Iglesia sobre determinadas cuestiones morales sea clara e inequívoca, sino también de recordar a los laicos el sentido de su vocación como transformadores del mundo.

En el momento en el que se celebró la asamblea general de obispos de Estados Unidos, en junio de 2004 se produjo un debate que causó verdaderos estragos. Por un lado había católicos que proponían que se excluyera de la Santa Comunión a todo candidato que no apoyara el Magisterio de la Iglesia en cuestiones relativas a la vida; por otro, había católicos que condenaban esta posibilidad. Los medios de comunicación siguieron de cerca las declaraciones y medidas tomadas por los obispos en todo el país. Naturalmente hubiera sido irresponsable no responder a este interés público abrumador.

En nuestra declaración “Los católicos en la vida política”, afirmamos el carácter sagrado de la vida humana, la maldad del aborto y las consecuencias espirituales para quienes, a sabiendas y voluntariamente, cooperaran en el acto del aborto.

Asimismo afirmamos que legalizar actos intrínsecamente malos es en sí un error y que no proteger las vidas de miembros inocentes y sin defensa de la raza humana es pecar contra la justicia. Dijimos que los legisladores tienen una obligación moral de trabajar para corregir las leyes que son defectuosas para que no sean considerados culpables de cooperar con el mal y de pecar contre el bien común.

Declaramos que los católicos que llevan sus convicciones morales a la vida pública no amenazan la democracia ni el pluralismo y son una riqueza para éstos y para la nación. Rechazamos la idea de que la separación de la Iglesia y el Estado exija una división entre las creencias y la actuación pública, entre los principios morales y las decisiones políticas. Al contrario, esta separación protege el derecho de los creyentes y de los grupos religiosos a practicar su fe y a actuar en la vida pública con arreglo a sus valores.

Como pastores a los que preocupa el buen estado de las almas, declaramos que diríamos a los funcionarios públicos católicos que si apoyaban el aborto voluntario correrían el riesgo de convertirse, de manera pública, en cooperadores del mal.

Señalamos varias posturas concretas que hay que adoptar. Como obispos, dijimos que teníamos que seguir enseñando claramente y ayudar a los otros dirigentes católicos a enseñar claramente nuestro compromiso inequívoco con la protección legal de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. También teníamos que hacer más para persuadir a todo el mundo sobre el carácter sagrado de la vida humana y la importancia de defender su dignidad, manteniendo incluso un diálogo y un compromiso más eficaces con todos los funcionarios públicos, sobre todo los católicos.

La vocación concreta de los laicos de transformar el mundo debe fomentarse y la comunidad católica necesita actuar en apoyo de la enseñanza moral y social católica de la Iglesia. Asimismo, la comunidad y las instituciones católicas no deberían distinguir a las personas que no respetan nuestros principios morales fundamentales ni concederles premios, menciones ni plataformas que pudieran interpretarse como una forma de apoyo a sus actos.

A1 mismo tiempo, debería mantenerse la comunicación con los funcionarios que diariamente toman decisiones que afectan a las cuestiones de la vida y de la dignidad humanas.

En cuanto a la posible necesidad de negar la Sagrada Comunión a algunos católicos que intervienen en la vida política por su apoyo público al aborto voluntario, nuestra declaración decía que, teniendo en cuenta la gran variedad de circunstancias que intervienen para poder decidir de manera prudente sobre una cuestión de esta gravedad, reconocemos que tales decisiones deben recaer en cada obispo con arreglo a los principios canónicos y pastorales establecidos.

La razón que dificulta aún más esta cuestión es la presencia de partidos antiguos y de otras formas de afinidades políticas, que a menudo ocultan el hecho de que se trata de valores morales fundamentales.

Esta falta de unidad entre los pastores de la Iglesia y los laicos importantes que tienen la vocación de llevar el Evangelio al mundo secular debilita nuestro testimonio y confunde a cuantos están dentro y fuera de la Iglesia en torno a lo que pide el Evangelio. Esto ocurre no sólo con esta cuestión concreta sino con otras igualmente importantes. Es fundamental que la vocación recibida con el Bautismo y alimentada en el altar de la Eucaristía se exprese en la unidad de testimonio ante el mundo que nos rodea.

Como dijimos anteriormente, el Concilio señala que los laicos viven en el mundo y participan en tareas y profesiones seculares que probablemente plantean retos que son incoherentes con el Evangelio. El político tiene que recaudar dinero para poder postular a un cargo y ha de reunir una mayoría o, al menos, una pluralidad para ganar. Reunir mayorías para aprobar leyes a menudo entraña compromisos. Ocuparse de las opiniones de los electores y contraer compromisos para aprobar leyes son las herramientas del oficio de político. ¿Qué hacemos nosotros, pastores de los políticos, para ofrecerles la fuerza de no comprometerse en cuestiones esenciales o para que corran el riesgo de que no se le elija por rechazar estas cuestiones?

El grupo de trabajo ‘Obispos y políticos’ de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCB), creado con arreglo a la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (16 de enero de 2003) y sin tener en cuenta las elecciones de 2004, está haciendo mucho hincapié en la importancia del diálogo con los políticos.

No tener en cuenta a los infieles no es el camino a seguir para lograr que vuelvan a comprometerse. Si esperamos que los políticos católicos cumplan con su vocación de transformadores del mundo, tenemos que tratarlos como si tuvieran tal vocación aunque no la estén viviendo en estos momentos. Debemos hablar con ellos, conocer y comprender lo que sienten, lo que les impide cumplir con su vocación de laicos y ver de qué manera podemos ayudarles.

A través de los políticos que comprendemos y que viven su vocación, quizás podamos llegar hasta los que no la viven.

Economía

La situación se ha complicado más porque las personas fieles al derecho a la vida no parecen saber lo que les pide la Iglesia en otras cuestiones de justicia en relación, por ejemplo, con los pobres y la justicia económica o los inmigrantes. He visto miradas de incomprensión, e incluso de hostilidad, en los rostros de políticos y hombres y mujeres de negocios cuando se les recordaba lo que significaba su vocación para con el mundo en relación con estos asuntos.

En la declaración completa sobre economía de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, titulada Justicia económica para todos, decíamos: “Cualquier perspectiva humana, moral y cristiana sobre la vida económica necesariamente se configura a partir de tres preguntas: ¿Qué hace la economía por el pueblo? ¿Cómo afecta la economía al pueblo? y ¿Cómo participa el pueblo en ella?” (nº 1).

También exponíamos en el mismo documento que el criterio moral fundamental en todas las decisiones, políticas e instituciones económicas es que dichas decisiones deben estar al servicio de todo el mundo, sobre todo de los pobres (nº 24).

No estoy seguro de que ninguna personalidad política de Estados Unidos pueda resistir críticas con arreglo a estos principios y lo mismo podría decirse de las personalidades del mundo de los negocios.

En el ámbito de la economía, el libre mercado sería el equivalente de la democracia a la hora de proporcionar ventajas a nuestra sociedad, aunque bien es cierto que el libre mercado no deja de plantear serios problemas. También en este campo son muchos los que consideran el libre mercado como un fin en sí mismo y no como un medio. Para muchos hombres y mujeres de negocios su obligación empieza y termina con hacer beneficios. Para ellos, una empresa rentable ya es una contribución a la sociedad y tienen razón de pensar así siempre y cuando dirijan sus empresas de manera honrada y ética.

El año pasado en esta reunión les hablé de esos importantes hombres y mujeres de negocios de Estados Unidos que son los altos directivos de los medios de comunicación.

Les decía que eran agradablemente sinceros cuando decían que su trabajo consiste en atraer a su programación audiencias masivas con el fin de poder cargar las tasas publicitarias máximas y lograr los mayores beneficios posibles para sus accionistas. Su obligación básica es que cada trimestre sea más rentable que el anterior y, si no lo logran, pierden sus trabajos. Estos hombres y mujeres ocupan puestos de trabajo que hacen de ellos formadores de cultura. Muchos de ellos han sido católicos, pero han interpretado sus funciones principalmente en términos financieros. Podría pensarse que, ante todo, estas personas se encuentran en condiciones de desempeñar la “función real” de Cristo y de impregnar la actividad cultural y humana de auténticos valores morales. Desgraciadamente, la mayoría de ellas no eligen este camino.

Estos altos directivos utilizan la diversidad y el pluralismo de sus audiencias como una de las razones que les impiden llevar sus valores a la sociedad en general.

También es sorprendente el gran número de hombres y mujeres de negocios católicos que son sumamente generosos y ofrecen importantes cantidades de dinero y tiempo para ayudar a los otros, aunque rechazan la idea de que los pobres tienen derecho a reivindicar justicia ante los más acomodados. Amamos y respetamos a estos generosos hermanos católicos pero parecen no poseer el concepto de vocación necesaria para que los bienes de este mundo se distribuyan de manera más justa.

Como pastores –y tal y como propusimos para con los políticos– estamos llamados a mantener un diálogo serio con estos católicos acerca de lo que para ellos significa el Bautismo, su participación en la Eucaristía y su vocación como fieles laicos.

La necesidad de este diálogo se ha vuelto más evidente debido a que algunos hombres y mujeres de negocios, impulsados por la reciente crisis en la Iglesia de Estados Unidos, se han presentado de una forma organizada para revocar las polaridades existentes y han solicitado aportar a la Iglesia las competencias que han adquirido en el mundo secular. Al hablar con ellos, hemos visto una falta de comprensión clara de lo que es la eclesiología y de la manera en que la Iglesia funciona y debe funcionar para manifestar su naturaleza sacramental. Esta experiencia ha puesto de relieve la necesidad de ayudar a los laicos a que comprendan la función eclesial que tienen con respecto al mundo y que no basta con aceptar las formas que nos ofrece el mundo.

Como dice el Papa Juan Pablo en “Ecclesia in America”, “América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación, en la vida pública, orientándola al bien común” (nº 44).