Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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El amor de Dios y la ética del trabajo
Alfonso Carrasco Rouco
La reflexión ética sobre «el trabajo» es exigida por el
significado constitutivo de esta «dimensión fundamental de la
existencia humana, de la que la vida del hombre está hecha cada
día» ( JUAN PABLO II, Laborem exercens 1b)
A pesar de las muchas circunstancias que lo condicionan, la
comprensión del trabajo es siempre expresión de los
planteamientos que determinan la realización de la propia
existencia por el hombre y, de hecho, ha compartido el destino
de las diferentes ideologías que pretendían guiar la historia.
El descrédito en que han caído estas ideologías, en particular
del marxismo, no significa, sin embargo, que haya desaparecido
con ellas la urgencia de una comprensión verdaderamente humana,
y por tanto ética, del trabajo. Del mismo modo que no era
aceptable comprenderlo sólo a partir de la contraposición
capital/trabajo, como pudo pretender el primer liberalismo (Cf.
LEON XIII, Rerum novarum), tampoco es posible diluir hoy esta
cuestión ética apelando a la mera ciencia económica,
interpretando el trabajo como factor interno de un proceso
puramente mercantilista de optimización del sistema económico,
como si éste fuese autónomo o cuasi independiente del ser humano
concreto.
El punto de partida adecuado para acercarse a esta dimensión
fundamental de la vida es la afirmación de «la dignidad del
trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del
trabajo», como una actividad perteneciente a la vocación de toda
persona, ya que el hombre «se expresa y se realiza mediante su
actividad laboral» (JUAN PABLO II, Centesimus annus, 6).
Como persona, el hombre es sujeto del trabajo e,
independientemente de cuál sea el objeto de su actividad, ésta
ha de servir a la realización de su humanidad. Existe una
preeminencia de este significado subjetivo del trabajo sobre su
significado objetivo, de modo que el trabajo se mide en primer
lugar con el metro de la dignidad del hombre que lo realiza y
tiene asimismo por finalidad el bien del hombre. Esta dimensión
personal, subjetiva, «condiciona la ética del trabajo» (Juan
Pablo II, Laborem exercens, 6).
La primera condición de una ética del trabajo será, pues,
enraizarla en la comprensión misma del hombre, de su dignidad y
de su libertad. De ello da testimonio la experiencia general de
la humanidad, para la cual la violación de la justicia y del
derecho en el ámbito del trabajo tiene tal relevancia ética que,
en palabras de la Escritura, «llega a los oídos del Señor» (St
54; cf. Dt 24,14-15).
La actitud ética del hombre depende ante todo de su relación con
Dios, también por lo que respecta a la actividad laboral. En
efecto, si por un amor desordenado a sí mismo y por afirmar la
propia libertad el hombre se desentiende de la verdad y rechaza
a Dios, perseguirá sin límites el propio interés, no respetando
los derechos de los demás, buscando en el trabajo «maximalizar
solamente sus frutos y ganancias» (Centesimus annus, 41). En
general, la aceptación del ateísmo, en sus diferentes versiones,
conducirá a negar el interés último acerca de la verdadera
grandeza del hombre, su trascendencia con respecto al mundo
material, y a considerarlo como parte de un mecanismo
socio-económico o de un sujeto colectivo. Se tiende entonces a
organizar la vida social prescindiendo de la dignidad y la
responsabilidad de la persona, y a hacer prevalecer el principio
de la fuerza y del poder sobre el de la razón y el derecho (Ib.,
13,14). De hecho, también en la actualidad existe el riesgo de
caer de nuevo en el error del primitivo capitalismo salvaje,
considerando el trabajo una mercancía «sui generis», una fuerza
anónima del proceso de producción, y tratando al hombre «como un
instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo, o
sea, como sujeto y autor, y, por consiguiente, como verdadero
fin de todo el proceso productivo» (Laborem exercens, 7).
El primer y más importante desafío de una «ética del trabajo» se
juega, pues, en el corazón del hombre. El reconocimiento
agradecido del Dios creador, el amor a Dios y la obediencia a
sus designios, implica afirmar radicalmente la dignidad del
trabajo, por el que el hombre, a imagen del mismo Dios, es
llamado a «cultivar» y a «dominar» la tierra, descubriendo y
usando razonablemente los recursos que la creación le ofrece (Gn
1,28).
Es posible comprender así, al mismo tiempo, la dimensión de
fatiga y sufrimiento que acompaña al trabajo, afectando su
naturaleza con las consecuencias del mal y del pecado (Gn
3,17-19), pero sin lograr destruir la bondad del plan original
divino, por el que el hombre es llamado a crecer en la semejanza
de Dios también en su permanente acción creadora y providente (Gn
1,26; cf. Jn 5,17). El anuncio de la redención será un verdadero
«evangelio del trabajo», que confirmará la dignidad de esta
estructura humana fundamental y, al mismo tiempo, hará posible
vivir todo el sacrificio que implica con la esperanza de un
fruto de vida y de resurrección.
Así pues, orientando la vida a través del mandamiento del amor a
Dios y al prójimo, se enriquece la dignidad del trabajo humano,
se valoran sus dimensiones fundamentales, personales y sociales,
y se hace posible afrontarlo también en su dimensión ardua y
fatigosa. Al mismo tiempo, la persona es ayudada a tomar
conciencia de la injusticia presente en los fenómenos de
explotación de los trabajadores, que viven en condiciones de
miseria material y moral, o en los de la alienación humana
existente en los países más avanzados.
El amor de Dios es verdaderamente el factor decisivo de una
ética del trabajo; olvidarlo o negarlo es olvidar o negar la
prioridad del hombre, la dignidad y la finalidad humana del
trabajo. Este factor decisivo está siempre presente, aunque sea
como sacrificado en los altares de una dinámica del mercado o de
la producción que se pretende independiente del sujeto concreto.
La Iglesia, en cambio, en cumplimiento de su misión a favor del
hombre, anunciará siempre de nuevo el amor de Dios, despertando
a la persona a la conciencia de su dignidad y destino,
acompañándola y sosteniendo sus fuerzas morales en la fatiga del
camino (Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 28a, 29ª). De esta
manera, el hombre es ayudado a vivir con dignidad e inteligencia
el propio trabajo, de modo que pueda hacerlo responsablemente,
en primera persona, sin separarlo del fruto de la propia
realización personal; y es conducido, al mismo tiempo, a
percibir las exigencias del amor al prójimo, exigencias de
justicia y caridad siempre presentes en las diferentes
circunstancias de la historia.
El amor de Dios se revela así, en conclusión, baluarte de la
prioridad de la persona humana, de la propia libertad del
trabajador, y principio de fraternidad y solidaridad verdadera.
Profesor de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid.
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