Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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¿Qué ética universal? ¿Y qué ciudadanía?
Padre Juan Antonio Martínez Camino
Diario El Mundo, Madrid
Para los católicos es posible -y aun necesaria- una ética
universal. Baste con aludir aquí a la arraigada doctrina de la
ley natural, considerada, en cierto sentido, como previa a la
ley de Cristo, y accesible, como principio, a todos los hombres,
cristianos o no.
San Francisco Javier, en el mejor estilo universitario parisino
del XVI, dedicaba largos días a disputar con los bonzos del
Japón acerca de la existencia de un Dios omnipotente y bueno,
creador del universo y de todas las razas humanas. Ellos le
argüían que, de ser así, ese Dios no habría esperado a la
llegada de Javier y de sus misioneros para darles a conocer a
los japoneses un mensaje tan importante, consolador y decisivo.
El navarro les respondía que el Creador había grabado en el
corazón de todos los hombres -también de los antiguos nipones-
su Ley de salvación.
La LOE ha planteado problemas inéditos en la democracia al
introducir en el sistema educativo una nueva asignatura llamada
Educación para la Ciudadanía (EpC). Hay quien escribe ahora que
el fondo de la cuestión consiste en si se puede o no enseñar una
ética universal o si solamente se pueden enseñar morales
religiosas. Al parecer, la EpC representaría la ética universal
y, por tanto, común a todos, frente a las enseñanzas morales de
las religiones, que, en el mejor de los casos, no pasarían de
representar opciones parciales y privadas de algunos. De ahí
deducen algunos que los obispos, cuando rechazaron la EpC en su
Declaración del pasado 28 de febrero, estarían propugnando, nada
más y nada menos, que un peligroso escepticismo ético, ya que se
mostrarían apegados a lo parcial y a lo privado, olvidando lo
universal -¿y verdadero?-.
El problema de la posibilidad de una ética universal es
ciertamente un asunto importante y concomitante con la cuestión
que nos ocupa. Pero no es, a mi modo de ver, el nudo del
problema que ahora se plantea. La cuestión está en si el Estado
está legitimado o no para imponer a todos a través del sistema
educativo una formación de la conciencia ética obligatoria y
evaluable. Ésa es la infausta novedad de la EpC. Es curioso que
algunos filósofos que ahora se aprestan a escribir los libros de
texto de la nueva asignatura no parezcan preocupados por la
inquietante creación de un instrumento coactivo para uniformar
las conciencias de los jóvenes escolares. ¿Dónde queda el
derecho fundamental de esos ciudadanos, que son los padres de
los alumnos a quienes se pretende concienciar de esa manera?
La Constitución Española reconoce a los padres el derecho
originario e inalienable de ser ellos quienes decidan qué tipo
de educación moral habrán de recibir sus hijos. El Estado no
puede sustraerles ese derecho arbitrando una asignatura como la
EpC, cuyo objetivo es una formación moral de las conciencias, al
margen de la libre elección de los padres. ¿Cómo es posible que
los filósofos aludidos se muestren tan poco sensibles a este
fundamental ejercicio de libertad y, en cambio, tan solícitos
por asistir al Estado en tal invasión de las conciencias?
Es probable que esos escritores crean haber resuelto de modo
incontrovertible qué es lo perteneciente al ámbito de la ética
universal-común y qué lo restante para el campo de las opciones
parciales-privadas. Siendo así, se sienten autorizados para
colaborar con ciertos poderes públicos en la imposición de sus
descubrimientos universales a los ciudadanos que, al menos hasta
ahora, no han sido capaces de moverse más que en las oscuridades
de lo parcial y de lo privado. La EpC traerá por fin la luz de
lo universal para todos. Al menos, cuando los autores de los
libros de texto crean en los mencionados descubrimientos.
Pero las cosas son más complejas de lo que parecen. Porque, en
primer lugar, quienes así argumentan no pueden negar el hecho
cierto de que al menos la moral religiosa católica plantea una
pretensión de universalidad asistida de razones no menos
concluyentes que las de quienes la tildan de «particular» desde
otra supuesta universalidad. ¿Quién va a dirimir este litigio
intelectual? ¿El Estado o el filósofo colaborador? Y aquí brota
enseguida la segunda fuente de complejidad: es ingenuo, falso (y
peligroso) suponer que el Estado y sus filósofos estén mejor
capacitados que la sociedad (padres, escuelas, iglesias,
etcétera) para representar lo verdaderamente universal y, sobre
todo, para hacerlo vitalmente efectivo en las conciencias de las
personas.
Ante estas complejidades tocantes a la fundamentación de la
ética, los ordenamientos democráticos del mundo de la posguerra
arbitraron los mecanismos legales apropiados para tratar de
garantizar la libertad de enseñanza y de conciencia.
La piedra angular de dichos mecanismos es el reconocimiento
expreso del derecho primordial de la sociedad (padres y
escuelas) a formar la conciencia ética de las nuevas
generaciones. Si este derecho no se respeta, como sucede en el
caso de la LOE y de los decretos que la desarrollan, nos
encontraremos tal vez con una moral de Estado (o mejor, de
ciertos grupos de poder) impuesta a todos por la fuerza de la
ley, pero no necesariamente con la moral universal que responde
a la naturaleza personal del ser humano.
Valgan dos muestras al respecto, tomadas de las enseñanzas que
serán legalmente obligatorias para los alumnos de Secundaria de
todos los centros. Las copio de la mencionada Declaración de la
Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, titulada La Ley
Orgánica de Educación (LOE), los Reales Decretos que la
desarrollan y los derechos fundamentales de padres y escuelas:
La primera: «La verdad no juega papel alguno en los
Decretos...». La segunda: «En cambio, el nuevo concepto de
homofobia forma parte de los contenidos previstos como
enseñanzas mínimas por los Reales Decretos. Bajo tal concepto se
esconde una visión de la constitución de la persona más ligada a
las llamadas orientaciones sexuales que al sexo. De ahí que el
sexo, es decir, la identidad de la persona como varón o como
mujer, sea suplantado por el género, precisamente cuando se
señalan los criterios según los cuales se evaluará la conciencia
moral de los alumnos de Secundaria».
Es cierto que la rarísima Ley de reforma del Código Civil en
materia de matrimonio, de junio de 2005, presupone una visión
del hombre guiada por la llamada «ideología del género»,
sucintamente caracterizada en el párrafo tomado de la
Declaración episcopal. Por eso nos encontramos hoy en España con
que, para el Código, el matrimonio no es la unión de un varón y
una mujer; es decir, nos encontramos con que el matrimonio no es
reconocido por la ley. Pero eso no quiere decir que la sociedad
comparta mayoritariamente tales disposiciones, al menos, con
suficiente conocimiento de causa. Y, aun en el caso de que así
fuera, un filósofo no debería nunca confundir mayoritario con
universal, opinión con verdad. El filósofo sabrá valerse, pero,
¿y el alumno cuya conciencia haya sido formada según un programa
carente del concepto de verdad?
En definitiva, mientras los instrumentos para determinar qué
ética universal y qué ciudadanía sean en verdad universales
sigan siendo los que suelen ser, la mejor manera de colaborar
razonablemente a la formación moral de las personas, que han de
ser también buenos ciudadanos, será asumir el papel que a cada
uno le corresponde en una sociedad activa y responsable.
Ante la actual situación legal, los padres y las escuelas harán
muy bien en defender sus derechos por todos los medios legítimos
a su alcance, incluida, en su caso, la objeción de conciencia,
si así lo juzgan necesario.
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