Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de 2007

La Conversión de Edith Stein

José Vilasuso

En el acelerado fin del pasado milenio la canonización de un santo antes de cincuenta años, deviene en sorprendente y sustanciosa reflexión, que adquiere altura, voltaje y hondura fuera del alcance del hombre promedio, aun siendo creyente. A los efectos de la historia una vida finiquitada en 1942 es como decir ayer por la tarde. Semejante vertiginosidad va de la mano con la electrónica,  computadora y el etanol. Las figuras pasan, se nos resbalan y es necesario volver la vista para recuperarlas. Mas una vez atrapadas, retienen su actualidad y nutren su empalme con la perspectiva al corriente. Adquieren la plena ciudadanía de la actualidad. Son las personalidades protagónicas del momento. Nuestro momento histórico.

A su calor hace poco más de medio siglo que Edith Stein junto a su hermana Rosa, murió gaseada en el campo de Auschwitz y luego reducida a cenizas en el horno crematorio. Tal parece que desde las épocas de Juana de Arco o Miguel Servet algunos sistemas solamente han variado sus mecanismos de producir mártires. La tecnología de la hoguera hoy se ve sustituida por el gas letal y saludada por Hollywood en el paredón de fusilamiento. Y me pregunto. ¿Por qué se perpetúa tan cruento sacrificio? ¿Tiene sentido la supresión física de los seres humanos por meras diferencias ideológicas o étnicas? Seguimos catalogando al discrepante bajo la pupila del adversario. Sólo en raros casos se comprueba un crecimiento estimable y superación de tan talluda incongruencia. La mayoría de los hombres no concede mayor monta a estos holocaustos. Parecen estar acostumbrados a la barbarie. Al menos no consideran cuánto les incumbe. No en balde al transcurso de cierto ciclo, nuevos abanderados de la demolición y aniquilamiento colectivo, reaparecen en escena bajo embozos más enrevesados para perpetuar su obra macabra y renovar la plétora de adeptos. Pero alto. No llenan el oficio de las brujas. Su encomienda va más allá. Por paradoja los más despiadados partidos y caudillos contumaces de la insania e intolerancia, proclaman a tambor batiente la atención que recaban los inocentes más dignos y los hombres faros, sus víctimas. Con su mañas abominables aquellos creman, disuelven a la intemperie y legan relatos de espanto sobre sus ejecutados, que posteriormente despiertan la atención soñolienta del mundo glamoroso que ahora disfrutamos. Por consiguiente, ya que tantos seres sublimes como Edith Stein, sólo atraen los ojos de un puñado de iniciados; la crueldad ensañada en su carne y huesos humeantes es capaz de remover y abrir brechas entre conciencias hasta ese minuto durmiendo, conciencias exquisitas que así despiertan a la realidad. Es el desgarre indescriptible que sacude las almas roncando o embelesadas en un "Ecche Homo" o "Corpus Christi" de opereta. Todo exabrupto sádico cumple un cometido existencial nada fácil de desentrañar por los hombres de mirada ligera. El agente o el aparato perverso pone el dedo en la llaga que más duele. Luego de escoger cuidadosamente a los paladines y virtuosos, los trucida físicamente convirtiéndolos en héroes, arquetipos, santos. Entonces el mundo sensible descubre el mensaje a alto costo. De ahí otra prueba de su trascendencia.        

Roma canonizó a Edith Stein bajo el nombre que llevó en el Carmelo de Colonia, Teresa Benedicta de la Cruz. ¡Un santo más tuvo la Iglesia! Albricias, aleluya y todo lo demás. Una cuarta Teresa ocupa el retablo carmelitano, que sepamos. Tal vez algún día sea proclamada doctora como sus hermanas de comunidad Teresa de Jesús y Teresita del Niño Jesús, sus predecesoras en la ciencia de vivir a lo divino y morir divinamente, por algo y para algo que merezca la pena. Un santo es sal de la tierra, levadura del mundo y vid para que seamos sus sarmientos. A fin de cuentas un fiel imitador de Jesús. Jesús no es fácil de imitar de ahí que no tengamos tantos santos. Tal es el llamado raigal que nuestra generación espera. Cuando para extraviados e hijos del desconcierto, todavía el Evangelio se cree perdido en la Edad Media o llega a sus oídos entre melazas y endulcorados producto de cierta literatura preconciliar. Se levanta el rostro y la ejecutoria de una mujer que cualquier contemporáneo pudo conocer. Mujer de carácter, su biografía fructuosa sobreabunda en signos. Nace en el Yon Kipur, día del perdón. Su elevación a los altares el once de octubre fecha de conmemoración para todos los judíos sacrificados en el holocausto. En un tiempo tal vez atea, intelectual, perseguida por el nazismo. Durante la Primera Guerra Mundial se alistó como enfermera corriendo riesgo de contagio, mientras mitigaba el dolor visceral de desconocidos que eran sus hermanos. Su sacrificio escalofriante obliga a fijar nuestra atención en su rostro de facciones pronunciadas, precisas, definidas, inteligentes. Las sombras de la vaguedad o lo incierto no asoman a su retrato. Hay una reciedumbre propia del que siente y discurre madura, medularmente. Casi una noche entera pasó leyendo a Santa Teresa de Avila y colmó su saber comprendiendo que allí estaba la verdad. Mostró la audacia que hoy nos falta. Vivir conforme a la convicción. El resto de su intelecto lo desplazó en torno a la Pasión de Jesús. Edmond Husserl o Max Schiller habían cumplido su cometido proveyéndola del instrumento filosófico que asimilaría aquella alma inconmensurable de manera terminante. Esa Pasión era el hecho más importante de la historia y el remate espléndido que recuperaba su ancestro hebreo elevándolo al orden sobrenatural. Por Jesús los judíos adquieren la soberanía de su dignidad como pueblo en el baño de la gracia y la redención. Me atrevo a pensar que ella debió sentirse inundada de sano doble orgullo al intuirlo. La conversión de un hijo de Israel produce estremecimientos de escalofrío, hace temblar las piernas. Ajuste perfecto que zanja falsas contradicciones. Juan Pablo II rotuló una frase contundente. "En la mártir Teresa Benedicta de la Cruz se reúnen y son resueltas en paz tantas diferencias." El testimonio de su pueblo era el mejor garante a la divinidad del nuevo Maestro. En él se cumplían las Escrituras. El verbo profético habitaba entre sus compatriotas, y sin verismo alguno ella lo constató en la perfección de su fe. La revelación y su prueba conjuntas sintetizadas en una sola alma. En la sinagoga Jesús también había predicado los libros sagrados y fue llamado Rabí. El Rabí de Galilea. Ella conversa al cristianismo vivió la experiencia trascendente de un alma que se adelanta a su tiempo, experiencia inalcanzable para nosotros y juego perfecto de ajedrez celestial, sincronizado en la llama del amor. Teresa Benedicta es testigo del Viejo Testamento por derecho propio y del Nuevo por propio derecho. Tan judía como cristiana, tan cristiana como hebrea. Su raza otorga sustancia indeleble a la religión que profesó y condujo a los altares. La religión que profesó y condujo a los altares adquirió un refuerzo raigal en su raza. Su seguridad y conciencia de escogida por partida doble, por linaje y por fe. La voluntad del ser humano que logra conocerse a sí mismo da frutos sazonados. En su caso la aguas del bautismo se derramaron sobre un recipiente espiritual de retumbante fertilidad. Hoy nos toca a nosotros prodigar esa cosecha admirable. Dadme a conocer, ha de ser su divisa feliz desde la morada eterna. Al saberse poseedora de la verdad reclama que su testimonio sea transmitido a la humanidad sin distingos. La palabra predicada irradia la luminosidad; la escrita la perpetúa. Hay que dar lo que se tiene. Es una demostración cabal de que Cristo predicó una doctrina viable y presente hasta el fin del mundo. Noticia de absoluta actualidad que sigue produciendo imitadores convincentes y arrastran a los mejores de todos los tiempos.

          Coetáneamente Edith Stein practica el ecumenismo ideal. En su personalidad que ha obtenido la unión sólida de dos religiones, desgranando ese error de considerarlas incompatibles. Al recibir las aguas del bautismo su judaísmo se elevó a alturas de una dimensión desconocida. La nueva cristiana era la mejor de las judías. Un logro no del todo ponderado en la literatura de la unidad. Los diálogos entre iglesias y confesiones acercan, pero rebasar el andamiaje de poderes es cosa aparte. La opinión pública suele estancarse. Sin embargo el llamado a la unión se encarna en las almas. Es decisión de cada creyente una vez asimiladas a conciencia las palabras del Apóstol; sed uno para que el mundo crea. ¿Quién la superará? Por ello resulta comprensible su respuesta a la Madre Teresa Renata al cuestionarle el ingreso al claustro. Lo importante es la Pasión de Cristo, responde. Una vez situados en ese ángulo abarcador, el resto vendrá por añadidura. Es decir, hallar el corazón de la historia y saberse terreno abonado para prodigarse a manos llenas.   

Claro que no.

Aunque debemos abrir nuevas brechas en la indagación al respecto.

          La historia del martirologio es tan antigua como la Roma bajo Dioclesiano o Domiciano. El hombre sigue envilecido en la intransigencia hasta el extremo de convertir en adversario a quien con él discrepe. Diferir y delinquir se han visto equiparados. Relativamente poco hemos progresado en tan vergonzoso camino a pesar del Diario de Ana Frank. Y a su vez la actualidad del holocausto se debe, en parte, a la escasa atención prestada a un drama perenne de semejante envergadura.       Reconozcamos que en general se han dedicado muy modestos esfuerzos y recursos a estudiar y divulgar sucesos capitales que ilustran este nueva Historia Universal de la Infamia. Conociendo la proclividad humana hacia la intolerancia, desde el descubrimiento de la imprenta ya podíamos haber dedicado ciertos recursos y espacios a reflexionar sobre tantas variedades y proliferación de Gulags, Treblinkas y Umaps que en el mundo moderno han sido. Pero reincidimos en el alejamiento y despreocupación del aberrante fenómeno, que cada cierto tiempo se nos presenta con nuevo disfraz. O preferimos alegar las manifestaciones del mismo crimen, perpetradas por el bando opuesto para así justificar al nuestro. No hemos alcanzado un nivel saludable de honradez como para aceptar que la tortura, matanza, cárcel de conciencia, etc. No pueden condenarse en la España de Franco o el Chile de Pinochet, mientras se calla, oculta o niega en la Cuba de Castro. Mucho menos descansar en espaciadas denuncias de Jean Paul Sartre, Mario Vargas Llosa o Desmond Tatu. No se alegue que otros trabajan por nosotros cuando de estas cosas se trata.

          El sacrificio de los mártires contiene un tesoro de valores imposible de catalogar bajo nuestras miras terrenas. Trasciende la dimensión humana de las virtudes, contrarrestando el vacío en que se desenvuelve nuestro glamour. Es como el equilibrio imprescindible para proseguir la ruta de la cordura. Al contemplar el desborde de simplicidad trivial que enajena nuestra sociedad moderna, inferimos que se requieren antídotos insólitos para salvar la dignidad de la raza. A grandes males grandes remedios.

          La sociedad aberrada en el placer, egoísmo y vacía, es blanco fácil de falsos profetas y dogmas insustanciales. Asesinatos alevosos como el aborto se disfrazan de ideal. El medio económico se eleva a justificador de cualquier exceso. Se pierde el sentido del bien y el mal. Las pasiones se exaltan y aun los que defienden la vida, ponen bombas en centros aborteros. Es decir, que porviolar la armonía del universo; se rompen las exclusas y saltan por los aires aguas infectas.