Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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La conciencia cristiana en apoyo del derecho a la vida
Llamamiento de Benedicto XVI a movilizarse en defensa de la vida
humana amenazada. El discurso fue pronunciado el 24 de febrero
en la asamblea general de la Academia Pontificia para la Vida.
Queridos hermanos y hermanas:
Es para mí una verdadera alegría recibir en esta audiencia tan
numerosa a los miembros de la Academia pontificia para la vida,
reunidos con ocasión de la XIII asamblea general; y a los que
han querido participar en el congreso que tiene por tema: "La
conciencia cristiana en apoyo del derecho a la vida". Saludo al
señor cardenal Javier Lozano Barragán, a los arzobispos y
obispos presentes, a los hermanos sacerdotes, a los relatores
del congreso, y a todos vosotros, que habéis venido de diversos
países.
Saludo en particular al arzobispo Elio Sgreccia, presidente de
la Academia pontificia para la vida, al que agradezco las
amables palabras que me ha dirigido, así como el trabajo que
lleva a cabo, junto con el vicepresidente, el canciller y los
miembros del consejo directivo, para realizar las delicadas y
vastas tareas de la Academia pontificia.
El tema que habéis propuesto a la atención de los participantes,
y por tanto también de la comunidad eclesial y de la opinión
pública, es de gran importancia, pues la conciencia cristiana
tiene necesidad interna de alimentarse y fortalecerse con las
múltiples y profundas motivaciones que militan en favor del
derecho a la vida. Es un derecho que debe ser reconocido por
todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás
derechos humanos. Lo afirma con fuerza la encíclica
Evangelium vitae: "Todo hombre abierto sinceramente a la
verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con
la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia,
puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón
(cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su
inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano
a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el
reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia
humana y la misma comunidad política" (n. 2).
La misma encíclica recuerda que "los creyentes en Cristo deben,
de modo particular, defender y promover este derecho,
conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio
Vaticano II: "El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido,
en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22).
En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la
humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que "tanto amó al
mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16), sino también el valor
incomparable de cada persona humana" (ib.).
Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse
para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el
derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones
que tienen raíces profundas en la ley natural y que por
consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de
recta conciencia.
Desde esta perspectiva, sobre todo después de la publicación de
la encíclica Evangelium vitae, se ha hecho mucho para que
los contenidos de esas motivaciones pudieran ser mejor conocidos
en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, pero hay que
admitir que los ataques contra el derecho a la vida en todo el
mundo se han extendido y multiplicado, asumiendo nuevas formas.
Son cada vez más fuertes las presiones para la legalización del
aborto en los países de América Latina y en los países en vías
de desarrollo, también recurriendo a la liberalización de las
nuevas formas de aborto químico bajo el pretexto de la salud
reproductiva: se incrementan las políticas del control
demográfico, a pesar de que ya se las reconoce como perniciosas
incluso en el ámbito económico y social.
Al mismo tiempo, en los países más desarrollados aumenta el
interés por la investigación biotecnológica más refinada, para
instaurar métodos sutiles y extendidos de eugenesia hasta la
búsqueda obsesiva del "hijo perfecto", con la difusión de la
procreación artificial y de diversas formas de diagnóstico
encaminadas a garantizar su selección. Una nueva ola de
eugenesia discriminatoria consigue consensos en nombre del
presunto bienestar de los individuos y, especialmente en los
países de mayor bienestar económico, se promueven leyes para
legalizar la eutanasia.
Todo esto acontece mientras, en otra vertiente, se multiplican
los impulsos para legalizar convivencias alternativas al
matrimonio y cerradas a la procreación natural. En estas
situaciones la conciencia, a veces arrollada por los medios de
presión colectiva, no demuestra suficiente vigilancia sobre la
gravedad de los problemas que están en juego, y el poder de los
más fuertes debilita y parece paralizar incluso a las personas
de buena voluntad.
Por esto, resulta aún más necesario apelar a la conciencia y, en
particular, a la conciencia cristiana. Como dice el Catecismo
de la Iglesia católica, "la conciencia moral es un juicio de
la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral
de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho.
En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir
fielmente lo que sabe que es justo y recto" (n. 1778).
Esta definición pone de manifiesto que la conciencia moral, para
poder guiar rectamente la conducta humana, ante todo debe
basarse en el sólido fundamento de la verdad, es decir, debe
estar iluminada para reconocer el verdadero valor de las
acciones y la consistencia de los criterios de valoración, de
forma que sepa distinguir el bien del mal, incluso donde el
ambiente social, el pluralismo cultural y los intereses
superpuestos no ayuden a ello.
La formación de una conciencia verdadera, por estar
fundada en la verdad, y recta, por estar decidida a
seguir sus dictámenes, sin contradicciones, sin traiciones y sin
componendas, es hoy una empresa difícil y delicada, pero
imprescindible. Y es una empresa, por desgracia, obstaculizada
por diversos factores. Ante todo, en la actual fase de la
secularización llamada post-moderna y marcada por formas
discutibles de tolerancia, no sólo aumenta el rechazo de la
tradición cristiana, sino que se desconfía incluso de la
capacidad de la razón para percibir la verdad, y a las personas
se las aleja del gusto de la reflexión.
Según algunos, incluso la conciencia individual, para ser libre,
debería renunciar tanto a las referencias a las tradiciones como
a las que se fundamentan en la razón. De esta forma la
conciencia, que es acto de la razón orientado a la verdad de las
cosas, deja de ser luz y se convierte en un simple telón de
fondo sobre el que la sociedad de los medios de comunicación
lanza las imágenes y los impulsos más contradictorios.
Es preciso volver a educar en el deseo del conocimiento de la
verdad auténtica, en la defensa de la propia libertad de
elección ante los comportamientos de masa y ante las seducciones
de la propaganda, para alimentar la pasión de la belleza moral y
de la claridad de la conciencia. Esta delicada tarea corresponde
a los padres de familia y a los educadores que los apoyan; y
también es una tarea de la comunidad cristiana con respecto a
sus fieles.
Por lo que atañe a la conciencia cristiana, a su crecimiento y a
su alimento, no podemos contentarnos con un fugaz contacto con
las principales verdades de fe en la infancia; es necesario
también un camino que acompañe las diversas etapas de la vida,
abriendo la mente y el corazón a acoger los deberes
fundamentales en los que se basa la existencia tanto del
individuo como de la comunidad.
Sólo así será posible ayudar a los jóvenes a comprender los
valores de la vida, del amor, del matrimonio y de la familia.
Sólo así se podrá hacer que aprecien la belleza y la santidad
del amor, la alegría y la responsabilidad de ser padres y
colaboradores de Dios para dar la vida. Si falta una formación
continua y cualificada, resulta aún más problemática la
capacidad de juicio en los problemas planteados por la
biomedicina en materia de sexualidad, de vida naciente, de
procreación, así como en el modo de tratar y curar a los
enfermos y de atender a las clases débiles de la sociedad.
Ciertamente, es necesario hablar de los criterios morales que
conciernen a estos temas con profesionales, médicos y juristas,
para comprometerlos a elaborar un juicio competente de
conciencia y, si fuera el caso, también una valiente objeción de
conciencia, pero en un nivel más básico existe esa misma
urgencia para las familias y las comunidades parroquiales, en el
proceso de formación de la juventud y de los adultos.
Bajo este aspecto, junto con la formación cristiana, que tiene
como finalidad el conocimiento de la persona de Cristo, de su
palabra y de los sacramentos, en el itinerario de fe de los
niños y de los adolescentes es necesario promover coherentemente
los valores morales relacionados con la corporeidad, la
sexualidad, el amor humano, la procreación, el respeto a la vida
en todos los momentos, denunciando a la vez, con motivos válidos
y precisos, los comportamientos contrarios a estos valores
primarios. En este campo específico, la labor de los sacerdotes
deberá ser oportunamente apoyada por el compromiso de educadores
laicos, incluyendo especialistas, dedicados a la tarea de
orientar las realidades eclesiales con su ciencia iluminada por
la fe.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, pido al Señor que os
mande a vosotros, y a quienes se dedican a la ciencia, a la
medicina, al derecho y a la política, testigos que tengan una
conciencia verdadera y recta, para defender y promover el
"esplendor de la verdad", en apoyo del don y del misterio de la
vida. Confío en vuestra ayuda, queridos profesionales,
filósofos, teólogos, científicos y médicos. En una sociedad a
veces ruidosa y violenta, con vuestra cualificación cultural,
con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar
en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.
"El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón —nos
enseñó el concilio Vaticano II—, en cuya obediencia está la
dignidad humana y según la cual será juzgado" (Gaudium et
spes, 16). El Concilio dio sabias orientaciones para que
"los fieles aprendan a distinguir cuidadosamente entre los
derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los
que les corresponden como miembros de la sociedad humana" y "se
esfuercen por integrarlos en buena armonía, recordando que en
cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia
cristiana, pues ninguna actividad humana, ni siquiera en los
asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios" (Lumen
gentium, 36).
Por esta razón, el Concilio exhorta a los laicos creyentes a
acoger "lo que los sagrados pastores, representantes de Cristo,
decidan como maestros y jefes en la Iglesia"; y, por otra parte,
recomienda "que los pastores reconozcan y promuevan la dignidad
y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia, se sirvan de
buena gana de sus prudentes consejos" y concluye que "de este
trato familiar entre los laicos y los pastores se pueden esperar
muchos bienes para la Iglesia" (ib., 37).
Cuando está en juego el valor de la vida humana, esta armonía
entre función magisterial y compromiso laical resulta
singularmente importante: la vida es el primero de los bienes
recibidos de Dios y es el fundamento de todos los demás;
garantizar el derecho a la vida a todos y de manera igual para
todos es un deber de cuyo cumplimiento depende el futuro de la
humanidad. También desde este punto de vista resalta la
importancia de vuestro encuentro de estudio.
Encomiendo sus trabajos y resultados a la intercesión de la
Virgen María, a quien la tradición cristiana saluda como la
verdadera "Madre de todos los vivientes". Que ella os asista y
os guíe. Como prenda de este deseo, os imparto a todos vosotros,
a vuestros familiares y colaboradores, la bendición apostólica.
[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
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