Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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Aborto
El valor sagrado de la vida humana
La vida humana tiene un valor que va más allá del derecho
humano, tiene un valor sagrado
Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós
Homo sacra res homini,
el hombre es cosa sagrada para el hombre, escribió Séneca. «El
embrión humano es algo divino, en tanto que es un hombre en
potencia», escribió Aristóteles. Ambos pensadores son ajenos a
la cultura judeo-cristiana; con todo, intuyeron que, aun con las
limitaciones y miserias que acompañan la existencia en este
mundo, la vida humana encierra un valor inconmensurable,
prácticamente divino, desde su comienzo hasta su natural
término. Sin embargo, será necesaria la revelación cristiana
para hallar el fundamento claro y sólido de tal aserto. La
sacralidad de la vida humana hace acto de presencia al menos por
tres razones: la razón del origen, de la naturaleza y del
destino.
SAGRADA POR SU ORIGEN
En la primera página del Génesis, bajo un ropaje en apariencia
ingenuo y mítico, se narran acontecimientos históricos: la
creación del universo y del hombre. Dios modela una porción de
arcilla -semejando en su quehacer al alfarero-, sopla y le
infunde un aliento de vida, el espíritu inmortal. La materia se
anima de un modo nuevo, superior: nace la primera criatura
humana, a imagen y semejanza del Creador. El hombre no es
cabalmente un producto de la materia, aunque la materia sea uno
de sus componentes; goza de alma espiritual, irreductible a lo
corpóreo. Las almas son creadas directamente por Dios, sin
intermediarios. Por esto cabe decir con todo rigor que cada vida
humana es sagrada, pues desde su comienzo compromete la acción
del Creador.
Dios es origen primero de cuanto existe. Pero ha otorgado
también a sus criaturas capacidad y poder de hacer y propagar el
bien, siendo origen causal unas de otras, por generación o
composición. Con todo, el origen de cada persona humana es muy
singular, pues aunque en su génesis intervienen los padres,
poniendo la base material, biológica, a la vez Dios interviene
produciendo de la nada el alma espiritual y la infunde en el
minúsculo cuerpo engendrado por los padres. La espiritualidad
del alma distingue esencialmente al hombre de las demás
criaturas de este mundo, hace que el cuerpo humano no sea como
los demás cuerpos, sino un cuerpo personal, con características
específicas muy netas, apto para ser convertido por la gracia
santificante en templo del Espíritu Santo. Pero ya desde el
momento de la concepción, el alma rige todo el desarrollo del
embrión y, salvo accidentes o atentados, lo llevará a la
relativa perfección que cabe alcanzar en la tierra.
El hombre engendra y, simultáneamente, Dios crea; de tal modo
que, en la generación, es muchísimo mayor la obra de Dios que la
obra del hombre. Dice San Agustín que Dios es quien da vigor a
la semilla y fecundidad a la madre, y sólo Él pone -creándola-
el alma. Por eso, otro padre de la Iglesia nos hace esta
sugerencia bellísima: Cuando alguno de vosotros besa a un niño,
en virtud de la religión debe descubrir las manos de Dios que lo
acaban de formar, pues es una obra aún reciente (de Dios), al
cual, de algún modo, besamos, ya que lo hacemos con lo que Él ha
hecho. Así pues, la vida humana, desde su concepción posee valor
divino, sagrado.
Y la vida del cristiano en gracia de Dios, todavía más: El
historiador Eusebio de Cesarea narra que el mártir de Alejandría
de Egipto, Leónidas, padre de Orígenes, al primero de sus siete
hijos, uno de los más insignes talentos que tuvo la humanidad,
gozoso por la admirable precocidad de semejante hijo, y dando
gracias a Dios por habérselo concedido, mientras el niño dormía,
se inclinaba sobre él y le besaba el pecho, pensando que en él
habitaba el Espíritu Santo (Eusebio de C., Historia Eccl., 1,
VI, c. II, 11). Este es el secreto de la vida sobrenatural del
cristiano: el ser vitalizado por la gracia, es decir, por la
acción del Espíritu Santo.
SAGRADA POR NATURALEZA
¿Qué resulta de la acción creadora de Dios con la participación
de los padres, en la generación? Una imagen de Dios. Esta es la
gran revelación sobre la naturaleza humana: Dios creó al hombre
a su imagen (... ), varón y mujer los creó (Gen 1, 27). Esto
-explica Juan Pablo II- es lo que se quiere recordar cuando se
afirma que la vida humana es sagrada. Explica también que el
Concilio Vaticano II afirme que el hombre es la única criatura
que Dios ha querido por sí misma. Para Dios, todos y cada uno de
los seres humanos poseen un valor excepcional, único,
irrepetible, insustituible.
¿Desde cuándo? Desde el momento en que es concebido en el seno
de la madre (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, nº. 13).
Nuestra vida -enseña el Papa- es un don que brota del amor de un
Padre, que reserva a todo ser humano, desde su concepción, un
lugar especial en su corazón, llamándolo a la comunión gozosa de
su casa. En toda vida, aún la recién concebida, como también
incluso en la débil y sufriente, el cristiano sabe reconocer el
sí que Dios le ha dirigido de una vez para siempre, y sabe
comprometerse para hacer de este sí la norma de la propia
actitud hacia cada uno de sus prójimos, en cualquier situación
en que se encuentre.
Hoy, tras importantes hallazgos de la genética experimental y de
la investigación filosófica y teológica, podemos y debemos
mejorar aquella sentencia de Aristóteles -que hizo suya Santo
Tomás- del siguiente modo: el embrión humano es algo divino en
tanto que es ya un hombre en acto. Por minúsculo que resulte a
nuestra mirada, encierra una estructura grandiosa, admirable,
completísima, animada por un alma inmortal, que constituye un
macrocosmos sagrado.
Estamos en peligro de perder la sensibilidad ante lo grandioso
de la maternidad/paternidad. Cooperar con Dios en la procreación
es intervenir activamente en un portentoso milagro, porque, en
cierto sentido, es más milagro -dice Tomás de Aquino en Los
cuatro opuestos- el crear almas, aunque esto maraville menos,
que iluminar a un ciego; sin embargo, como esto es más raro, se
tiene por más admirable. San Agustín queda incluso más admirado
ante la formación de un nuevo ser humano que ante la
resurrección de un muerto. Cuando Dios resucita a un muerto,
recompone huesos y cenizas; sin embargo -explica ese grande del
saber teológico- tú, antes de llegar a ser hombre, no eras ni
ceniza ni huesos; y has sido hecho, no siendo antes
absolutamente nada.
Si dependiera de nosotros que Dios resucitase a un muerto
(pariente, amigo o desconocido), seguramente haríamos todo
cuanto estuviera en nuestro poder, por costoso que resultase. Si
Dios nos dijera: haz esto, y este hombre volverá a la vida;
sentiríamos una emoción profunda y nos hallaríamos felices de
ser cooperadores de un hecho portentoso, divino. Pues aún de
mayor relieve es la concepción de un nuevo ser humano. De donde
no había nada, surge una imagen de Dios.
SAGRADA POR SU FIN
Y SENTIDO DIVINOS
Toda vida humana es fruto del amor de la Trinidad que llama a
cada hombre (varón o mujer) a la eterna comunión gozosa con las
tres Personas divinas (Cfr. Mt 25, 21.23). Toda persona ha sido
ordenada a un fin sobrenatural, es decir, a participar de los
bienes divinos que superan la comprensión de la mente humana (DS
3005).
Todos los seres humanos -dice Juan Pablo II- deberían valorar la
individualidad de cada una de las personas como criatura de
Dios, llamada a ser hermano de Cristo en virtud de la
encarnación y redención universal. Para nosotros la sacralidad
de la persona se funda en estas premisas. Y sobre estas premisas
se funda nuestra celebración de la vida, de toda vida humana. En
rigor, las actitudes hostiles a la natalidad no sólo son
deficitarias en conocimientos de matemáticas (porque no
advierten el tremendo problema que se avecina con el
envejecimiento de la población) sino que también son in-humanas,
y, por supuesto, absolutamente extrañas al cristianismo. Se
requiere haber perdido de vista lo que el hombre es y el sentido
de la vida, para caer en esa suerte de nihilismo que prefiere la
nada al ser; o suscribir el paradójico hedonismo que desprecia
los bienes eternos por mantener, a toda costa, algunas
comodidades provisionales. Es preciso recordar que el problema
de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana,
hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales
de orden biológico o sociológico, a la luz de una visión
integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena,
sino también sobrenatural y eterna (Pablo VI, Humanae vitae)
UN CRIMEN ABOMINABLE
La vida humana es, pues, tanto por su origen, como por su
naturaleza, como por su fin o sentido, una criatura muy de Dios,
muy especialmente suya. Atentar contra esa vida es atentar
contra Dios, como desafiarle cara a cara. En verdad os digo que
cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí
me lo hicisteis (Cfr. Mt 25, 40). Estas palabras de Jesucristo
nos hablan del punto inaudito al que llega su amorosa
solidaridad con cada uno de nosotros. Respeta infinitamente
nuestra libertad, pero quien la use contra su imagen -varón o
mujer-, quiérase o no, la usa contra Dios mismo. Y ante Él, más
que ante tribunales e historias humanas, habrá que responder.
Se comprende bien así que, por encima de intereses más bien
inconfesables, la Iglesia de Cristo haya enseñado siempre
-también hoy porque es verdad perenne-, que el aborto procurado
es un crimen abominable: Dios, Señor de la vida, ha confiado a
los hombres la excelsa misión de conservar la vida, misión que
deben cumplir de modo digno del hombre. Por consiguiente, se ha
de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción;
tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos (Vat
II, GS 51,3). La cooperación formal a un aborto constituye una
falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión
este delito contra la vida humana. "Quien procura el aborto, si
éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae" (CIC,
can. 1398) es decir, "de modo que incurre ipso facto en ella
quien comete el delito" (CIC, can 1314), en las condiciones
previstas por el Derecho (cfr. CIC, can. 1323-24). Con esto la
Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo
que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño
irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus
padres y a toda la sociedad.
El infanticidio (cfr. GS 51,3), el fratricidio, el parricidio,
el homicidio del cónyuge son crímenes especialmente graves a
causa de los vínculos naturales que rompen. Preocupaciones de
eugenismo o de salud pública no pueden justificar ningún
homicidio, aunque fuera ordenado por las propias autoridades
(CEC 2268).
Se comprende que hay situaciones límite en las cuales surge la
fuerte tentación de claudicar y matar o matarse. Ni el aborto
procurado ni la eutanasia suicida son caprichos de sólo gente
enajenada. Pero la comprensión y la compasión no pueden
convertirse en cómplices de un asesinato. A la persona humana,
su conciencia moral puede pedirle un acto de heroísmo al
servicio de la dignidad de la persona y de la sociedad. Y las
leyes civiles han de hacerse eco de ello. El Estado no puede
eximirse de defender absoluta y positivamente la vida de sus
súbditos en particular y de todos en general. Es una cuestión de
bien común, fin esencial del Estado. Y esto se puede entender
desde la mera razón jurídica, como muestra la Encíclica
Evangelium vitae.
NO HAY VIDA HUMANA INÚTIL
Para el cristiano no hay vida humana inútil, por más que las
apariencias sugieran lo contrario. Toda persona, cualquiera que
sea su estado físico o psíquico, está eternamente llamada a ser
eternamente feliz en el cielo. Aunque a veces cueste entenderlo,
también el dolor entra en los planes de Dios y lo encamina al
bien de los que le aman.
Una tribulación pasajera y liviana -dice el apóstol Pablo-,
produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria (2 Cor 4,
13-15). ¿Qué decir, pues, de una tribulación grave y duradera,
como puede ser una vida con graves deficiencias físicas o
psíquicas, tanto para quien la sufre como para quienes han de
protejerla y mimarla? Somos pobres en palabras que expresen su
grandeza y el honor eterno que alcanzarán. Considero, hermanos
-insiste San Pablo-, que no se pueden comparar los sufrimientos
de esta vida presente con la gloria futura que se ha de
manifestar en nosotros (Rom 21, 8-18). El Apóstol se gozaba en
sus sufrimientos, porque así cumplía en su carne una porción de
lo que Cristo ha querido sufrir en su Cuerpo, que es la Iglesia,
para el bien de sus miembros y de toda la humanidad (Cfr. 1 Cor
12, 27).
Por eso, la Iglesia -afirma el Papa- cree firmemente que la vida
humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del
Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan
el mundo, la Iglesia está en favor de la vida.
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