Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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Aborto
La Conversión Científica de Bernard Nathanson
"El Rey del Aborto" defiende ahora el derecho a la vida del feto
Después de ser uno de los principales promotores de la
legislación del aborto en los Estados Unidos, hasta el punto de
ser conocido en Nueva York como "el rey del aborto", el Dr.
Bernard Nathanson experimentó un cambio radical. El conocimiento
de los avances médicos que demuestran la existencia de una vida
humana en el feto le abrió los ojos.
Un hombre que ha realizado personalmente casi cinco mil abortos,
afirma ahora: "Dramáticamente tengo que reconocer que el feto no
es un trozo de carne: es un paciente".
I. Una amiga embarazada
Mi interés por el aborto comenzó a raíz de mi paso por la
Facultad de Medicina y de la experiencia, casi obligada, de
tener una amiga que quedó embarazada. En aquella época era casi
imposible obtener un aborto; finalmente lo logramos, pero el
sujeto que lo realizó era un charlatán que por poco la mató.
Después siguieron algunos años de práctica en obstetricia y
ginecología ocho años, para ser exacto. Fue entonces cuando se
despertó en mí una gran sensibilidad por lo penoso de la
situación de aquellas mujeres que se exponían a lesiones graves
e, incluso, a la muerte, en los abortos practicados
clandestinamente. Y en el período siguiente, de 1957 a 1967,
ejerciendo ya como médico, me reafirmé en mi creencia de que era
necesario cambiar las leyes que prohibían el aborto, por
considerarlas restrictivas e injustas.
II. El éxito de una campaña propagandística
Así que en 1968 organicé un grupo llamado Asociación Nacional
para la Renovación de las Leyes del Aborto. A nuestros
contrincantes los cogimos durmiendo. En esta organización, que
unió todas las fuerzas que había entonces en pro del aborto,
ideamos una serie de tácticas para nuestra campaña. Le dijimos
al público que de diez a quince mil mujeres morían cada año
debido a los abortos clandestinos. De hecho, sabíamos por
nuestras investigaciones que el número era más bien de
doscientas o trescientas. Inventamos también lemas sumamente
persuasivos y agresivos, como "la mujer tiene derecho al dominio
de su propio cuerpo", "libertad de elección", "la conspiración
católica" y otros similares.
Tuvimos un éxito extraordinario. Trabajamos con un presupuesto
de siete u ocho mil dólares anuales, echamos por tierra la ley
en el Estado de Nueva York en dos años. Gracias a una telaraña
de mentiras y calculada intriga, logramos tener, por vez primera
en Estados Unidos, una ley que permitía absolutamente el aborto.
Hicimos de Nueva York la capital del aborto en el país, mientras
que mis colegas me calificaban en la prensa como el "rey del
aborto". Por supuesto, no nos consideramos satisfechos
simplemente como haber logrado la despenalización del aborto.
Aspirábamos a poner en marcha toda una operación masiva, que
permitiera a cualquier mujer –también a las pobres- obtener un
aborto barato, rápido y seguro. Y establecimos una clínica bajo
el nombre de Centro de Salud Sexual y la Reproducción, un
eufemismo bastante bueno para lo que a fin de cuantas se
convirtió en matadero. Durante la época en que fui director de
la clínica se practicaron 60,000 abortos, aproximadamente 120
diarios.
Yo mismo, personalmente, he realizado cerca de cinco mil abortos
a lo largo de mi vida. La clínica generaba uno ingresos de cinco
millones de dólares anuales. De hecho, entonces era la única
instalación de ese tipo. De 1970 a 1972, atraíamos a mujeres de
la mitad Este de los Estados Unidos, y jamás volverá a darse una
experiencia tan concentrada en un solo punto, ya que la
sentencia de Tribunal Supremo (en 1973) levantó las
restricciones al aborto en todos los Estados.
III. El ataque contra la iglesia Católica
Otra táctica muy importante fue presentar la oposición al aborto
como injerencia de la iglesia Católica. No se trataba de
fustigar al Papa porque el centrar la atención en un solo hombre
podría despertar una reacción de simpatía. Desechemos también
condenar a todos los católicos porque esto diluiría el tema
demasiado. Además, íbamos a necesitar algunas mujeres católicas
para llevarlas al frente, como escudo, para que dijeran que
estaban a favor del aborto. Y así lo hicimos.
Por eso concentraremos el ataque en los obispos y altas
jerarquías, un grupo lo suficientemente reducido para que
absorbiera el castigo y lo bastante amplio para que fuera obvio.
Ahora pienso que si en la propaganda de aquellos años, en la que
arremetíamos contra la Iglesia Católica, hubiéramos sustituido
la palabra "católica" por la palabra "negro" la opinión pública
nos hubiera aplastado. Pero entonces se había puesto de moda
fustigar a la Iglesia Católica, y nos aprovechamos de ello.
Para que un lema sea eficaz debe esgrimirse un argumento. En
este caso, el de que la Iglesia no debe inmiscuirse en los
asuntos del Estado. Sin embargo, todos sabemos que Martín Luther
King era un ministro protestante y llevó a cabo una de las
revoluciones sociales más profundas en los Estados Unidos.
También recordaremos que algunas de las personas más activas en
la abolición de la esclavitud en Boston fueron miembros del
clero. También escucharán ustedes que el aborto es un problema
médico, que debe dejarse en manos de los doctores. Pero el que
el aborto sea una técnica médica no lo convierte en un problema
médico, del mismo modo que la pena de muerte no es un asunto de
los ingenieros electricistas por el hecho de que se use la silla
eléctrica. Cada año se practican en Estados Unidos 1,300.000
abortos, a un promedio de 350 dólares por aborto, hacen 500
millones de dólares anuales, que van a parar a los bolsillos de
los médicos y de los responsables de las clínicas. Dejar una
cuestión como la del aborto en manos de los más interesados en
ella económicamente es locura e irresponsabilidad.
IV. La farsa del aborto terapéutico
También tenemos bastantes experiencias en Nueva York sobre los
comités del "aborto terapéutico", cuando antes de 1970 el aborto
sólo era posible por necesidad médica. Estos comités, formados
por tres doctores en cada hospital, dictaminaban sobre la
validez de cada solicitud de aborto. Aquellos comités bien
pronto se convirtieron en una farsa. Las solicitudes de aborto
iban invariablemente acompañadas de dos certificados extendidos
por psiquiatra, manifestando que la mujer en cuestión tenía
tendencias suicidas a causa del embarazo.
Naturalmente, siempre que tenía una paciente que deseaba
abortar, la enviaba a dos psiquiatras amigos míos. Estos
extendían los certificados acostumbrados –una tarea rutinaria
que no les llevaba más de cinco minutos- y cobraban los cien
dólares acostumbrados. Yo enviaba los informes al comité que los
revisaba les estampaba su sello y la paciente obtenía
rápidamente el aborto solicitado. Los comités eran algo
absolutamente vacío, invitaban al descrédito y al abuso de la
ley, y cuando ésta fue abolida en 1970 se desbandaron.
Otro dato ilustrativo sobre el llamado "aborto terapéutico" es
el cambio que se produjo en 1976, cuando el Congreso aprobó una
enmienda en virtud de la cual sólo podrían ser financiados con
fondos públicos los abortos motivados por violación, incesto o
porque estuvieran en peligro la vida de la madre. En pocos
meses, el porcentaje de abortos sufragados por el Estado cayó a
un 2%. Estaba claro que la inmensa mayoría de los abortos no
respondían a ninguna "necesidad medica".
V. Los avances científicos me abrieron los ojos
Renuncié al cargo de director del "Centro de Salud Sexual y la
Reproducción" a fines de 1972, no porque estuviera desilusionado
del aborto o porque tuviera serias dudas, sino porque tenía
demasiados compromisos, estaba minando mis fuerzas y me sentía
casado. Cuatro meses después me pidieron que organizara y
dirigiese el servicio de embriología y perinatología en el
hospital St. Luke’s, uno de los más importantes de Nueva York,
perteneciente a la Universidad de Columbia. Esta unidad engloba
las disciplinas médicas que estudian el ciclo de vida, los
hábitos, la psicología, la sensibilidad y la fisiología del
feto.
Esta nueva rama de la Medicina ha sido posible gracias a los
logros de ciertas tecnologías, como el ultrasonido, la
inmunoquímica, el marcador de corazón de feto y otras técnicas
muy complejas. Allí tuve ocasión de entrar en contacto con estos
avances que han venido a arrojar luz sobre el obscuro campo de
la vida del feto.
Cuando era estudiante de Medicina en la Universidad de McGill de
Canadá, manejábamos un libro de texto conocido como Williams.
Todavía hoy es un texto clásico en medicina. La edición que yo
utilicé era 1947, hacía la octava y tenía 22 páginas dedicadas
al feto, del total de 750 u 800 páginas de que contestaba el
libro. Actualmente se encuentra en su decimosexta edición,
publicada en 1980. Tiene 137 páginas sobre fisiología del feto y
otras 127 sobre diagnósticos de enfermedades embrionarias, esto
hace aproximadamente una tercera parte del libro, lo que es un
índice de la importancia que ha cobrado el estudio del feto en
los últimos ocho o diez años, desde que se constituyó la ciencia
de la embriología.
Desde que comprobé con absoluta claridad, gracias a nuevas
técnicas, que el feto respira, que duerme con unos ciclos de
sueño perfectamente definidos, que es sensible a los sonidos se
ha comprobado que reacciona de distinta manera ante diferentes
tipos de música, al dolor y a cualesquiera otros estímulos que
ustedes y yo podemos percibir, me resultó insoslayable que el
feto es uno de nosotros, de nuestra comunidad, que es una vida:
una vida que debe ser protegida.
Incluso mujeres que están decididamente en pro del aborto,
cuando estén embarazadas y se someten a pruebas tales como un
ultrasonido, saldrán impresionadas. Es tremenda la sacudida que
se recibe al ver al feto tan cerca, en el monitor, moviéndose,
respirando, chupándose el dedo o rascándose la nariz ya a los
dos meses y medio o tres de vida.
Es una revelación conmovedora, y estoy convencido de que pasar
por esta experiencia se convertirá en el argumento más poderoso
para detener la matanza. La falsedad de los lemas abortistas
¿Qué queda, pues, de los slogans abortistas?. Tomemos ése de la
"Libertad de elección". Todos estamos a favor de la elección.
Siempre y cuando, claro está, que la elección sea una elección
ética. Si una de las alternativas no es éticamente aceptable, la
elección no soporta el escrutinio: de hecho, no es una elección,
y por tanto, la "libertad de elección" es lema vacío.
Supongamos que estoy en quiebra: puedo elegir entre trabajar
para pagar dinero, o robar un banco, o asaltarle a usted para
quitarle la cartera; pero las dos últimas no son elecciones
éticas. El del "derecho al dominio del propio cuerpo" es otro
lema de gran atractivo. Hoy gracias a la inmunología, se sabe
con absoluta certeza que el feto no es una gran parte del cuerpo
de la madre. Los glóbulos blancos de la sangre son capaces de
reconocer cualquier cuerpo extraño al organismo y de poner en
marcha los mecanismos de defensa para destruirlo.
Cuando el feto se implanta en la pared del útero, el sistema
inmunológico materno reacciona para expulsar al intruso, pero,
naturalmente, el feto está dotado de un delicado método de
defensa ante esta reacción. En algunos casos la defensa no es
tan eficaz como debiera, y el feto es expulsado y se malogra.
Esto muestra que el feto no es una parte del cuerpo de la madre.
Simplemente está ahí como huésped de paso y ella no puede
disponer sobre él.
VI. "No soy un hombre religioso"
No soy un hombre religioso; de hecho no he estado en un templo
desde los trece años. Pero si quiero decirles que hemos de
detener ese proceso ineficaz y destructivo, cuyo resultado es
una mayor disolución de la familia. Debemos reafirmar el amor
entre nosotros, especialmente para el ser más pequeño e
indefenso. Ahora veo el aborto como un mal, indefendible
éticamente, a la luz de nuestros actuales conocimientos sobe el
niño aún no nacido.
Extracto de la conferencia pronunciada por Bernard Nathanson en
Canberra (Australia) en febrero de 1981, patrocinada por la
Asociación Para el Derecho a la Vida.
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