Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
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VERDAD Y LIBERTAD
JOSEPH CARDENAL RATZINGER
I. LA PREGUNTA
En la mente del hombre contemporáneo la libertad se manifiesta
en gran medida como el bien absolutamente más elevado, al cual
se subordinan todos los demás bienes. Consecuentes con lo
anterior, las decisiones de los tribunales atribuyen a la
libertad artística y a la libertad de opinión preponderancia por
encima de todos los demás valores morales. Los valores que
compiten con la libertad o que pueden requerir una restricción
de la misma parecen ser trabas o “tabúes”, es decir, restos de
prohibiciones y temores arcaicos. Para ser aceptada, la política
de los gobiernos debe dar muestras de contribuir al progreso de
la libertad. Incluso la religión logra hacer oír su voz
únicamente presentándose como fuerza liberadora del hombre y la
humanidad. En la escala de valores de la cual el hombre depende
para su existencia humana, la libertad aparece como el valor
básico y el derecho humano fundamental. En contraste, tendemos a
reaccionar suspicazmente ante el concepto de verdad: recordamos
que ya se ha recurrido al término “verdad” en muchas opiniones y
sistemas, y que la afirmación de la verdad ha sido a menudo un
medio para suprimir la libertad. Por otra parte, las ciencias
naturales han alimentado el escepticismo en relación con todo
aquello que no puede explicarse o demostrarse mediante sus
métodos exactos. Todo esto parece en definitiva ser puramente
una asignación subjetiva de un valor que no puede aspirar a un
carácter universalmente obligatorio. La actitud moderna hacia la
verdad se resume en la forma más sucinta en la pregunta de
Pilatos: “Qué es la verdad?”. Quienquiera afirme estar al
servicio de la verdad con su vida, su palabra y su acción debe
estar dispuesto a ser considerado un soñador o un fanático,
porque “el mundo del más allá está cerrado a nuestra mirada”.
Esta frase del Fausto de Goethe caracteriza nuestra actual
sensibilidad común. Indudablemente, la perspectiva de una pasión
enteramente segura de sí misma por la verdad sugiere motivos
suficientes para preguntar cautelosamente “¿Qué es la verdad?”.
Sin embargo, existen motivos igualmente válidos para plantear la
interrogante “¿Qué es la libertad?”. ¿Qué queremos realmente
decir al exaltar la libertad ubicándola en el pináculo de
nuestra escala de valores? A mi modo de ver, el contenido en
general asociado por las personas con la exigencia de libertad
está explicado muy acertadamente en los términos de un pasaje de
Karl Marx en el cual éste expresa su propio sueño de libertad.
En el estado de la sociedad comunista del futuro -dice- será
posible “hacer una cosa hoy día y otra mañana, cazar en la
mañana, pescar en la tarde, criar ganado en la noche y criticar
después de la cena, simplemente a gusto de cada uno...”[1]. Es
precisamente el sentido en que la opinión del común de la gente
entiende de manera espontánea la libertad, como el derecho y la
oportunidad de hacer simplemente todo lo que queramos y no tener
que hacer cosa alguna que no deseemos llevar a cabo. Dicho en
otros términos, la libertad significaría que nuestra propia
voluntad es la única norma de nuestra acción y no sólo podemos
desearlo todo, sino además tenemos la posibilidad de realizar
los deseos de esa voluntad. Sin embargo, en este punto,
comienzan a surgir interrogantes: ¿En qué medida es libre la
voluntad después de todo? ¿Y hasta dónde es razonable? ¿Es una
voluntad no razonable realmente una voluntad libre? ¿Es una
libertad no razonable realmente libertad? ¿Es realmente un bien?
Para evitar la tiranía de la sinrazón, ¿no debemos completar la
definición de libertad señalando que es la capacidad de desear y
hacer lo que deseamos, ubicándolo en el contexto de la razón, de
la totalidad del hombre? ¿Y no implicará también la interacción
entre la razón y la voluntad la búsqueda de la razón común
compartida por todos los hombres y por consiguiente de la
compatibilidad de las libertades? Evidentemente, la pregunta
sobre la verdad está implícita en la pregunta sobre el carácter
razonable de la voluntad y el vínculo entre ésta y la razón.
No son consideraciones filosóficas puramente abstractas las que
nos exigen hacernos esas preguntas, sino la situación muy
concreta de nuestra sociedad. Aún cuando en esta situación no
disminuye la exigencia de libertad, salen cada vez con mayor
dramatismo a relucir las dudas sobre todas las formas de
movimientos de lucha por la liberación y sistemas de libertad
existentes hasta ahora. No olvidemos que el marxismo comenzó su
trayectoria como la gran fuerza política de nuestro siglo
sosteniendo que introduciría un nuevo mundo de libertad y
liberación humana. Fue precisamente la seguridad otorgada por el
marxismo de conocer el camino científicamente garantizado hacia
la libertad y de estar en condiciones de crear un nuevo mundo lo
que atrajo a muchas de las mentes más audaces de nuestra época
hacia ese movimiento. A la larga, el marxismo llegó a
visualizarse como el poder mediante el cual la doctrina
cristiana de la redención podría convertirse finalmente en una
práctica realista de la liberación, es decir, en la realización
concreta del reino de Dios como el verdadero reino del hombre.
Con la caída del “socialismo real” de las naciones de Europa
Oriental, no han desaparecido enteramente esas esperanzas, que
subsisten silenciosamente en distintos lugares buscando un nuevo
rostro. Junto con el fracaso político y económico no ha habido
una verdadera derrota intelectual, y en ese sentido la
interrogante planteada por el marxismo está todavía lejos de
resolverse. No obstante, está claramente a la vista de todos el
hecho de que el sistema marxista no funcionó en la forma
prometida. Nadie puede seguir negando seriamente que este
ostensible movimiento de liberación ha sido, junto con el
Nacional Socialismo, el mayor sistema de esclavitud de la
historia moderna. El alcance de esta cínica destrucción del
hombre y el medio ambiente se ha aquietado con cierta vergüenza,
pero ya nadie puede ponerlo en duda.
Estos procesos han mostrado la superioridad moral del sistema
liberal en la política y la economía. Sin embargo, dicha
superioridad no es motivo de entusiasmo. Ciertamente, es
demasiado grande el número de aquellos que no tienen
participación en los frutos de esta libertad, perdiéndola en
todas sus formas. Así, el desempleo está siendo nuevamente un
fenómeno masivo y la sensación de no ser necesarios, de tener un
carácter superfluo, tortura a los hombres no menos que la
pobreza material. Hay una propagación de la explotación
inescrupulosa, el crimen organizado aprovecha las oportunidades
que le ofrece el mundo libre y democrático, y en medio de esta
situación nos acosa el espectro de la insignificancia. En las
Semanas Universitarias de Salzburgo, en 1995, el filósofo polaco
Andrej Szizpiorski describía ampliamente el dilema de la
libertad que ha surgido con posterioridad a la caída del muro de
Berlín. Es aconsejable prestarle mayor atención:
No cabe duda alguna de que el capitalismo ha avanzado un gran
paso. Y tampoco cabe duda alguna de que no ha estado a la altura
de lo esperado. El clamor de las enormes masas cuyos deseos no
se han cumplido es permanente en el capitalismo. La caída de la
concepción soviética del hombre y el mundo en la práctica
política y social liberó a millones de vidas humanas de la
esclavitud. Sin embargo, en el patrimonio intelectual europeo, a
la luz de la tradición de los últimos doscientos años, la
revolución anticomunista también marca el fin de las ilusiones
de la ilustración, es decir, la destrucción de la concepción
intelectual fundamental en el desarrollo inicial de la Europa
moderna (...). Ha comenzado una época notable y sin precedentes
de desarrollo uniforme. Y de pronto se ha visto, probablemente
por primera vez en la historia, que existe únicamente una
fórmula, un camino, un modelo y un método para organizar el
futuro. Y el ser humano ha perdido fe en el significado de las
revoluciones que están ocurriendo. También ha perdido la
esperanza de que el mundo pueda cambiar y su transformación
valga la pena (...). Con todo, ante la carencia total de
alternativas, las personas se plantean interrogantes totalmente
nuevas. La primera pregunta es la siguiente: ¿se equivocó
después de todo el Occidente? Y la segunda: si el Occidente no
tenía la razón, ¿quién la tenía entonces? Nadie puede dudar en
Europa que el comunismo no estaba en lo cierto, con lo cual
surge la tercera interrogante, ¿no será que nadie puede tener la
razón? Si es así, todo el legado intelectual de la Ilustración
carece de valor (...). Tal vez, al cabo de dos siglos de
funcionamiento útil y sin dificultades, el motor a vapor
desgastado de la Ilustración se ha detenido a la vista de
nosotros y con nuestra cooperación. Y el vapor simplemente se
está evaporando. Si de hecho así están las cosas, las
perspectivas son desalentadoras[2].
Aún cuando aquí también podrían plantearse muchas interrogantes
en respuesta, no podemos dejar de lado el realismo y la lógica
de las preguntas fundamentales de Szizypiorski. Al mismo tiempo,
su diagnóstico es tan desconsolador que no podemos detenernos
ahí. ¿Nadie tenía la razón? ¿Tal vez no existe “razón alguna”?
¿Son los fundamentos de la Ilustración Europea, en los cuales
descansa el desarrollo histórico de la libertad, falsos o al
menos deficientes? En definitiva, la pregunta “¿qué es la
libertad?” no es menos complicada que la pregunta “¿qué es la
verdad?”. El dilema de la Ilustración, en el cual hemos caído
incuestionablemente, nos limita a replantear estas dos preguntas
y a renovar nuestra búsqueda de relación entre ambas. Con el fin
de avanzar, debemos por lo tanto considerar nuevamente el punto
de partida del curso de la libertad en la modernidad. La
corrección claramente requerida del curso, para que los senderos
puedan asomar nuevamente ante nosotros desde el panorama
obscurecido, debe remontarse a los puntos de partida y comenzar
a operar desde allí. Ciertamente, en el marco estrecho de un
artículo sólo se puede procurar destacar algunos puntos. Mi
objetivo consiste aquí en mostrar en cierta medida la magnitud y
los peligros del camino de la modernidad y así contribuir a una
nueva reflexión.
II. EL PROBLEMA: LA HISTORIA Y EL CONCEPTO DE LIBERTAD EN LA
MODERNIDAD
Sin duda, la libertad ha sido desde el comienzo el tema que
define la época que podemos llamar moderna. La ruptura repentina
con el viejo orden para ir en busca de nuevas libertades es el
único motivo que justifica esta distinción de un nuevo período.
En el polémico texto de Lutero Von der Freiheit eines
Christenmenschen (Sobre la libertad de un cristiano), se abordó
por primera vez el tema en forma vigoroza y con tonos
resonantes[3]. Fue el grito de libertad que hizo ponerse de pie
y observar a los hombres, que provocó una verdadera avalancha y
convirtió los escritos de un monje en ocasión de un movimiento
de masas transformando radicalmente la faz del mundo medieval.
Estaba en discusión la libertad de conciencia frente a la
autoridad de la Iglesia, es decir, la más íntima de todas las
libertades humanas. No es el orden de la comunidad lo que salva
al hombre, sino su fe enteramente personal en Cristo. El hecho
de que la totalidad del sistema ordenado de la Iglesia medieval
en definitiva había perdido importancia se consideró un impulso
masivo hacia la libertad. El orden que en realidad estaba
destinado a apoyar y salvar parecía una carga; había dejado de
ser valedero, es decir, carecía de significado redentor. La
redención ahora significaba liberación, liberación del yugo del
orden supraindividual. Aún cuando no sería correcto hablar del
individualismo de la Reforma, la nueva importancia del individuo
y el cambio de la relación entre la conciencia individual y la
autoridad constituyen no obstante parte de sus rasgos
predominantes. Sin embargo, este movimiento de liberación se
circunscribió dentro de la esfera propiamente religiosa. Cada
vez que se extendía a un programa político, como la guerra de
los campesinos o el movimiento anabaptista, Lutero se oponía
vigorosamente. Lo ocurrido en el ámbito político fue
precisamente lo contrario de la liberación: con la creación de
iglesias territoriales y nacionales, aumentó y se consolidó el
poder de la autoridad secular. En el mundo anglosajón las
iglesias libres surgieron posteriormente de esta nueva fusión
del gobierno religioso y político, llegando a ser precursoras de
una nueva construcción de la historia, que más tarde adquirió
características claras en la Ilustración, segunda etapa de la
era moderna.
Es común a toda la Ilustración el deseo de emancipación,
inicialmente en el sentido kantiano del sapere aude, atreverse a
usar la razón por sí mismo. Kant impulsa encarecidamente a la
razón individual a liberarse de los lazos de la autoridad, la
cual debe someterse plenamente a un examen crítico. Sólo se
otorga validez a lo accesible mediante los ojos de la razón.
Este programa filosófixo es por su propia naturaleza también de
carácter político: la razón reinará y en definitiva no se acepta
otra autoridad fuera de la razón. Sólo tiene validez lo
accesible para la razón; lo no razonable, es decir, no accesible
para la razón, tampoco puede ser valedero. Esta tendencia
fundamental de la Ilustración se manifiesta con todo en
filosofías sociales y programas políticos diferentes e incluso
contrarios. A mi modo de ver, podemos distinguir dos corrientes
principales. La primera es la corriente anglosajona, con su
orientación predominantemente basada en los derechos naturales y
su tendencia hacia la democracia constitucional, concebida como
el único sistema realista de la libertad. En el extremo opuesto
del espectro, se encuentra el enfoque radical de Rousseau, que
en definitiva apunta hacia una total autarquía. El pensamiento
basado en los derechos naturales implica en forma crítica el
criterio de los derechos innatos del hombre tanto al derecho
positivo como a las formas concretas de gobierno. Estos derechos
se consideran anteriores a todo orden legal y constituyen su
base y medida. “El hombre ha sido creado libre y sigue siéndolo
aún cuando haya nacido encadenado”, dice Friedrich Schiller en
este sentido. Schiller no está haciendo una afirmación para
consolar a los esclavos con nociones metafísicas, sino que
ofrece un principio a los luchadores, una máxima para la acción.
Un orden jurídico que crea esclavitud es un orden injusto. Desde
la creación el hombre tiene derechos que deben hacerse cumplir
para que exista la justicia. La libertad no se otorga al hombre
desde el exterior. Él es el titular de derechos porque ha sido
creado como ser libre. Este pensamiento dio origen a la idea de
los derechos humanos, Carta Magna de la lucha moderna por la
libertad. Cuando se alude a la naturaleza en este contexto, no
se hace referencia únicamente a un sistema de procesos
biológicos. Lo importante es más bien el hecho de que los
derechos se encuentran presentes naturalmente en el hombre mismo
con anterioridad a toda construcción legal. En este sentido, la
idea de los derechos humanos es en primer lugar de carácter
revolucionario: se opone al absolutismo del estado y a los
caprichos de la legislación positiva; pero también es una idea
metafísica, contiene en sí misma una afirmación ética y legal.
No es una materialidad ciega que luego pueda configurarse de
acuerdo con un carácter puramente funcional. La naturaleza
contiene el espíritu, el carácter distintivo y la dignidad, y en
este sentido constituye tanto la afirmación jurídica como la
medida de nuestra liberación. En principio, aquí encontramos
algo muy parecido al concepto de naturaleza de la epístola a los
Romanos. De acuerdo a este concepto, inspirado por el estilóbato
y transformado por la teología de la creación, los gentiles
conocen la ley guiados “por la razón natural” y son para sí
mismos ley (Rom 2:14).
En esta línea de pensamiento, el elemento específico, propio de
la Ilustración y la modernidad, reside en la noción de acuerdo
con la cual el carácter jurídico de la naturaleza implica frente
a las formas de gobierno existentes ante todo la exigencia de
que el estado y las demás instituciones respeten los derechos
del individuo. La naturaleza humana posee en primer lugar
derechos en oposición a la comunidad, que deben protegerse de la
misma: la institución se visualiza como el polo opuesto de la
libertad, mientras el individuo aparece como su portador, siendo
su meta la total emancipación.
Hay aquí un punto de contacto entre la primera corriente y la
segunda, con una orientación considerablemente más radical. Para
Rousseau, todo cuanto debe su origen a la razón y a la voluntad
es contrario a la naturaleza y la corrompe y contradice. El
concepto de naturaleza no está en sí mismo configurado por la
idea de un derecho supuestamente anterior a todas nuestras
instituciones como ley de la naturaleza. El concepto de
naturaleza de Rousseau es antimetafísico y correlativo con su
sueño de una total libertad, absolutamente no reglamentada[4].
Ideas similares reaparecen en Nietzsche, que opone el frenesí
dionisíaco al orden apolíneo, evocando así las antítesis
primordiales de la historia de las religiones: el orden de la
razón, representado simbólicamente por Apolo, que corrompe el
frenesí libre y sin restricciones de la naturaleza[5], Klages
retoma el mismo motivo con su idea de que el espíritu es el
adversario del alma: el espíritu no es el gran nuevo don en el
cual únicamente existe la libertad, sino un elemento corrosivo
del origen prístino con su pasión y libertad[6]. En cierto
sentido, esta declaración de guerra al espíritu es enemiga de la
Ilustración, y en esa medida el Nacional Socialismo, con su
hostilidad a la Ilustración y su culto a “la sangre y el suelo”,
podía recurrir a este tipo de corrientes. En todo caso, aún aquí
el grito de libertad, motivo fundamental de la Ilustración, no
es puramente operativo y se da en su forma más radicalmente
intensificada. En la política radical del siglo pasado y el
actual, han surgido repetidamente diversas formas de esas
tendencias contra la forma de libertad domesticada
democráticamente. La revolución francesa, que comenzó con la
idea de una democracia constitucional, se despojó muy pronto de
esa cadena, adoptando el camino de Rousseau y la concepción
anárquica de la libertad, por lo cual precisamente se convirtió
de forma inevitable en una dictadura sangrienta.
El marxismo es también una continuación de esta línea radical:
criticó permanentemente la libertad democrática, calificándola
de impostura y ofreciendo una libertad superior, más radical.
Ciertamente, su poder de fascinación provenía justamente de la
promesa de una libertad mayor y más vigorosa que aquella
obtenida en las democracias. Dos aspectos del sistema marxista
me parecen de especial importancia en relación con el problema
de la libertad en el período moderno y la pregunta sobre la
verdad y la libertad.
El marxismo parte del principio según el cual la libertad es
indivisible, es decir, existe como tal únicamente cuando es de
todos. La libertad está unida a la igualdad. La existencia de la
libertad exige ante todo el establecimiento de la igualdad. Por
consiguiente, es necesario renunciar a la libertad con el fin de
alcanzar la meta de la total libertad. La solidaridad de quienes
luchan por la libertad de todos es anterior a la reivindicación
de las libertades individuales. La cita de Marx que sirvió de
punto de partida para nuestras reflexiones nos muestra que la
idea de libertad sin límites del individuo reaparece al final
del proceso. Con todo, en el presente, la norma es el carácter
prioritario de la comunidad, la subordinación de la libertad a
la igualdad y por lo tanto la preponderancia del derecho
comunitario en oposición al individuo.
Está ligada con esta noción la suposición según la cual la
libertad del individuo depende de la estructura de la totalidad
y la lucha por la libertad no debe trabarse principalmente para
asegurar los derechos del individuo, sino para modificar la
estructura del mundo. Sin embargo, ante la interrogante sobre la
supuesta forma de esta estructura y los medios para concretarla,
el marxismo no pudo dar una respuesta, ya que en el fondo hasta
un ciego podría ver que ninguna de sus estructuras permite
realmente que la libertad en nombre de la cual se hacía un
llamado a los hombres, deje de lado la misma libertad; pero los
intelectuales son ciegos en relación con sus propias
construcciones intelectuales y por este motivo podían abjurar de
todo realismo y seguir luchando por un sistema incapaz de honrar
sus promesas. Se refugiaron en la mitología, afirmando que la
nueva estructura daría origen a un hombre nuevo, porque en
realidad las promesas del marxismo sólo podían operar con
hombres nuevos, totalmente distintos a lo que son en este
momento. Si el carácter moral del marxismo descansa en el
imperativo de la solidaridad y en la idea de la indivisibilidad
de la libertad, existe una mentira evidente en su proclamación
del hombre nuevo, que paraliza incluso su ética incipiente. Las
verdades parciales son correlativas con una mentira y este hecho
anula la totalidad: toda mentira sobre la libertad neutraliza
incluso los elementos de verdad asociados con la misma. La
libertad sin verdad no es en absoluto libertad.
Detengámonos en este punto. Hemos llegado una vez más a lo
esencial de los problemas formulados tan drásticamente por
Szizypiorski en Salzburgo. Sabemos ahora cuál es la mentira, al
menos en relación con las formas en que se ha dado hasta ahora
el marxismo; pero todavía estamos lejos de saber qué es la
verdad. En realidad, se intensifica nuestra aprensión: ¿tal vez
no existe verdad alguna? ¿Es posible que simplemente no exista
derecho alguno? ¿Debemos contentarnos con un orden social mínimo
de carácter momentáneo? ¿Pero es posible que incluso semejante
orden no dé resultado, como lo muestran los últimos
acontecimientos en los Balcanes y tantas otras partes del mundo?
El escepticismo aumenta y los fundamentos del mismo adquieren un
carácter más convincente. Al mismo tiempo, no es posible
descartar el deseo de lo absoluto.
La sensación de que la democracia no es la forma correcta de
libertad es bastante común y se propaga cada vez más. No es
fácil descartar simplemente la crítica marxista de la
democracia: ¿en qué medida son libres las elecciones? ¿En qué
medida son manipulados los resultados por la propaganda, es
decir, por el capital, por un pequeño número de individuos que
domina la opinión pública? ¿No existe una nueva oligarquía, que
determina lo que es moderno y progresista, lo que un hombre
ilustrado debe pensar? Es suficientemente notoria la crueldad de
esta oligarquía y su poder de ejecución pública. Cualquiera que
interfiera su tarea es un enemigo de la libertad, porque después
de todo está obstaculizando la expresión libre de la opinión. ¿Y
cómo se llega a tomar decisiones en los órganos representativos?
¿Quién podría seguir creyendo que el bienestar general de la
comunidad orienta realmente el proceso de toma de decisiones?
¿Quién podría dudar del poder de ciertos intereses especiales,
cuyas manos sucias están a la vista cada vez con mayor
frecuencia? Y en general, ¿es realmente el sistema de mayoría y
minoría realmente un sistema de libertad? ¿Y no son los grupos
de intereses de todo tipo manifiestamente más fuertes que el
parlamento, órgano esencial de la representación política? En
este enmarañado juego de poderes surge el problema de la
ingobernabilidad en forma aún más amenazadora: el predominio de
la voluntad de ciertos individuos sobre otros obstaculiza la
libertad de la totalidad.
Existe indudablemente un coqueteo con las soluciones
autoritarias y un alejamiento de una libertad que se escapa. Sin
embargo, esta actitud no define aún la mentalidad de nuestro
siglo. La corriente radical de la Ilustración no ha perdido su
atractivo y ciertamente está adquiriendo cada vez más poder.
Precisamente en el enfrentamiento con los límites de la
democracia, el clamor por la libertad total adquiere mayor
vigor. Hoy como ayer, ciertamente -y en mayor medida- la “Ley y
el Orden” se consideran la antítesis de la libertad. Hoy como
ayer la institución, la tradición y la autoridad parecen ser
polaridades opuestas de la libertad. La tendencia anarquista del
anhelo de libertad está adquiriendo mayor fuerza porque las
formas ordenadas de la libertad pública son insatisfactorias.
Las grandes promesas hechas en los inicios de la modernidad no
se han cumplido, de manera que su fascinación no ha disminuido.
La forma democráticamente ordenada de la libertad no puede
seguir defendiéndose puramente mediante una reforma legal
determinada. La interrogante se remonta a los fundamentos
mismos, está vinculada con lo que el hombre es y cómo puede
vivir adecuadamente tanto individual como colectivamente.
Vemos cómo el problema político, filosófico y religioso de la
libertad ha llegado a ser una totalidad indisoluble. Todo aquel
que busque caminos hacia delante debe tener en cuenta esta
totalidad y no puede contentarse con pragmatismos superficiales.
Antes de intentar describir en la última parte algunas
orientaciones que en mi opinión se están abriendo, quisiera
revisar brevemente la filosofía tal vez más radical de la
libertad de nuestro siglo, la de J.P. Sartre, en la medida que
hace resaltar claramente toda la magnitud y gravedad del
problema. Sartre considera al hombre condenado a la libertad. En
contraste con el animal, el hombre no tiene “naturaleza”. El
animal vive su existencia de acuerdo a leyes con las cuales
simplemente ha nacido; no necesita considerar qué debe hacer con
su vida. Sin embargo, la esencia del hombre es indeterminada. Es
una pregunta abierta. Yo mismo debo decidir qué entiendo por
“humanidad”, qué quiero hacer con la misma y cómo deseo
moldearla. El hombre no tiene naturaleza, pero es pura libertad.
Su vida debe tomar alguna dirección, pero en definitiva a nada
llega. Esta libertad absurda es el infierno del hombre. Lo
inquietante de este enfoque es el hecho de conducir a una
separación de la libertad y la verdad hasta llegar a la
conclusión más radical: no existe en absoluto la verdad. La
libertad no tiene dirección ni medida[7]. En todo caso, esta
ausencia total de la verdad, esta ausencia total de todo vínculo
moral y metafísico, esta libertad absolutamente anárquica,
entendida como cualidad esencial del hombre, se manifiesta a un
individuo que procura vivirla no como supremo realce de la
existencia, sino como frustración en la vida, vacío absoluto y
definición de la condenación. El aislamiento de un concepto
radical de la libertad, que para Sartre fue una experiencia
vivida, muestra con toda la claridad deseable que al liberarnos
de la verdad no obtenemos la libertad pura, sino su abolición.
La libertad anárquica, considerada radicalmente, no redime, sino
convierte al hombre en una criatura extraviada, un ser sin
sentido.
III. VERDAD Y LIBERTAD
Sobre la esencia de la libertad humana
Después de esta tentativa de comprender el origen de nuestros
problemas y obtener una visión clara de su tendencia interna,
corresponde ahora buscar respuestas. Ha llegado a ser evidente
que el punto crítico de la historia de la libertad en el cual
nos encontramos ahora descansa en una idea no aclarada y
unilateral de la libertad. Por una parte, el concepto de
libertad se ha aislado y por consiguiente falsificado: la
libertad es un bien, pero únicamente dentro de una red de otros
bienes, junto con los cuales constituye una totalidad
indisoluble. Por otra parte, la noción misma se ha restringido
estrechamente, abarcando únicamente los derechos de la libertad
individual, con lo cual ha quedado desprovista de su verdad
humana. Quisiera ilustrar el problema que presenta esta forma de
comprender la libertad recurriendo a un ejemplo concreto. Al
mismo tiempo, este ejemplo puede abrir el camino hacia una
visión más adecuada de la libertad. Me refiero al problema del
aborto. En la radicalización de la tendencia individualista de
la Ilustración, el aborto aparece como un derecho propio de la
libertad: la mujer debe estar en condiciones de hacerse cargo de
sí misma; debe tener la libertad de dicidir si trae un hijo al
mundo o se deshace del mismo; debe tener la facultad de tomar
decisiones sobre su propia vida, y nadie puede imponerle (así
nos dicen) desde afuera norma alguna de carácter definitivamente
obligatorio. Lo que está en juego es el derecho a la
autodeterminación. ¿Pero realmente está tomando una decisión
sobre su propia vida la mujer que aborta? ¿No está decidiendo
precisamente sobre otro ser, decidiendo que no debe otorgársele
libertad alguna, y en ese espacio de libertad, que es vida, debe
ser despojado de la misma porque está compitiendo con su propia
libertad? Por consiguiente, la pregunta que debemos hacernos es
la siguiente: ¿exactamente qué tipo de libertad tiene incluso
derecho a anular la libertad de otro ser tan pronto como ésta
surge?
Ahora bien, no puede decirse que el tema del aborto es un caso
especial, inadecuado para aclarar el problema general de la
libertad. No, precisamente este ejemplo destaca la figura básica
de la libertad humana y muestra claramente lo típicamente humano
de la misma. Porque ¿qué está en juego aquí? El ser de otra
persona está tan íntimamente vinculado con el de la madre que en
el presente sólo puede sobrevivir encontrándose físicamente con
ella, en una unidad física con la misma. Sin embargo, dicha
unidad no anula el hecho de que este ser sea otro ni nos
autoriza a poner en duda su individualidad propia. Con todo, el
ser uno mismo en esta forma proviene radicalmente de otro ser y
se da a través de éste. A la inversa, es ser-con exige al ser
del otro, es decir, de la madre, a convertirse en un ser-para,
en contradicción con su propio deseo de autonomía, y por
consiguiente ella lo experimenta como la antítesis de su propia
libertad. Debemos agregar que incluso después de nacer el hijo y
cambiar la forma exterior de su ser a partir de y con, sigue
siendo igualmente dependiente y encontrándose a merced de un
ser-para. Ciertamente, se podría entregar el niño a una
institución y someterlo al cuidado de otro “para”, pero la
figura antropológica es la misma, ya que sigue existiendo un “a
partir de” que exige un “para”. Debo Aceptar los límites de mi
libertad, o más bien dicho vivir mi libertad no como
competencia, sino con espíritu de mutuo apoyo. Si abrimos los
ojos, vemos que a su vez esto no sólo ocurre en relación con el
hijo, sino que la presencia del mismo en el útero materno es
simplemente una representación muy gráfica de la esencia humana
en general. También el adulto sólo puede existir con otro y a
partir del mismo, y por consiguiente es permanentemente remitido
a ese ser-para del cual justamente quisiera prescindir. Dicho
con más precisión, el hombre espontáneamente da por sentado el
ser-para de los demás en la configuración de la actual red de
sistemas de servicios, pero si tuviera la posibilidad,
preferiría no estar obligado a participar en ese “a partir de” y
“para” y le gustaría llegar a ser totalmente independiente y
poder hacer y no hacer únicamente lo que le plazca. La exigencia
radical de libertad, que cada vez con más claridad comprobamos
ser producto del curso histórico de la Ilustración, sobre todo
de la línea iniciada por Rousseau, y que en la actualidad
configura en gran medida la mentalidad general, prefiere no
tener un de dónde ni un adónde, no ser a partir de ni para, sino
encontrarse plenamente en libertad. En otras palabras, considera
lo que es realmente la figura fundamental de la existencia
humana en sí misma como un ataque a la libertad, que la acomete
antes que el individuo tenga la posibilidad de vivir y actuar.
El clamor radical por la libertad exige la liberación del hombre
de su esencia misma de hombre, de tal manera que pueda
convertirse en el “hombre nuevo”. En la nueva sociedad, las
dependencias que restringen el yo y la necesidad de altruismo no
tendrían derecho a seguir existiendo. “Seréis como dioses”. Es
posible visualizar con bastante claridad esta promesa detrás de
la exigencia radical de libertad de la modernidad. Aún cuando
Ernst Topisch creía poder decir con seguridad que en la
actualidad ningún hombre razonable todavía aspira a ser como
Dios, si observamos más detenidamente, podemos afirmar
precisamente lo contrario: la meta implícita de todas las luchas
por la libertad de la modernidad es llegar a ser en definitiva
como un dios que no depende de nada y de nadie y cuya propia
libertad no esté restringida por la de otro ser. Una vez
vislumbrado este núcleo teológico oculto del deseo radical de
libertad, podemos también percibir el error fundamental que
sigue ejerciendo su influjo aún cuando esas conclusiones
radicales no se deseen directamente o incluso se rechacen. El
deseo de ser totalmente libres, sin la libertad competitiva de
otros, sin un “a partir de” ni un “para”, no presupone una
imagen de Dios, sino un ídolo. El error fundamental de semejante
deseo radicalizado de libertad reside en la idea de una
divinidad concebida como puro egoísmo. El dios concebido de esta
manera no es un Dios, sino un ídolo. Ciertamente, es la imagen
de lo que la tradición cristiana llamará el demonio, el
anti-Dios, porque contiene exactamente la antítesis radical del
verdadero Dios. El verdadero Dios es por su propia naturaleza
enteramente un ser-para (Padre), un ser a partir de (Hijo) y un
ser-con (Espíritu Santo). El hombre, por su parte, es
precisamente a imagen de Dios en la medida en que el “a partir
de”, el “con” y el “para” constituyen el patrón antropológico
fundamental. Cada vez que existe una tentativa de liberarnos de
este patrón, no estamos en el camino hacia la divinidad, sino
hacia la deshumanización, hacia la destrucción del propio ser
mediante la destrucción de la verdad. La variante jacobina de la
idea de liberación (llamemos así a los radicalismos de la
modernidad) es una rebelión contra el ser mismo del hombre, una
rebelión contra la verdad, que por consiguiente conduce al
hombre, como Sartre vio con gran penetración, hacia una
existencia contradictoria en sí misma, que llamamos infierno.
De lo anterior se desprende que la libertad está asociada a una
medida, la medida de la realidad, que es la verdad. La libertad
de destruirse a sí mismo o destruir a otro no es libertad, sino
parodia demoníaca. La libertad del hombre es compartida, en la
existencia conjunta de libertades que se limitan y por tanto se
apoyan entre sí. La libertad debe medirse por lo que soy, por lo
que somos; de lo contrario, se anula a sí misma. Habiendo dicho
esto, estamos en condiciones de hacer una corrección esencial de
la imagen superficial de libertad tan predominante en el
presente: si la libertad del hombre sólo puede consistir en la
coexistencia ordenada de libertades, esto significa que el orden
-derecho[8]- no es la antítesis conceptual de la libertad, sino
más bien condición, ciertamente, elemento constitutivo de la
libertad misma. El derecho no es un obstáculo para la libertad,
sino un elemento constitutivo de la misma. La ausencia de
derecho es ausencia de libertad.
Libertad y responsabilidad
Claramente, este enfoque da lugar de inmediato a nuevas
interrogantes: ¿qué derecho es acorde con la libertad? ¿Cómo
debe estructurarse el derecho para constituir un orden justo de
la libertad? Porque indudablemente existe un falso derecho, que
esclaviza y por tanto no es en absoluto derecho, sino una forma
regulada de injusticia. Nuestra crítica no debe dirigirse al
derecho en sí mismo, en la medida que éste es parte de la
esencia de la libertad; debe desenmascarar el falso derecho como
tal y servirnos para arrojar luz sobre el verdadero derecho,
aquel que es acorde con la verdad y por consiguiente con la
libertad.
¿Pero cómo encontramos este orden justo? Esta es la gran
interrogante de la verdadera historia de la libertad, planteada
en definitiva en su forma correcta. Como lo hemos hecho hasta
ahora, abstengámonos de trabajar con consideraciones filosóficas
abstractas. Procuremos más bien enfocar una respuesta en forma
inductiva a partir de las realidades de la historia tal como
están dadas efectivamente. Si comenzamos con una pequeña
comunidad de proporciones manejables, sus posibilidades y
límites nos entregan cierta base para detectar el orden más
adecuado para la vida compartida por todos los miembros, de tal
manera que surge una forma común de libertad de su existencia
conjunta. En todo caso, semejante pequeña comunidad no es
autónoma; está ubicada dentro de órdenes mayores, que junto con
otros factores determinan se esencia. En la era de las naciones,
se acostumbraba dar por sentado que la propia nación era la
unidad representativa, que el bien común de la misma era también
la justa medida de su libertad como comunidad. Los
acontecimientos de nuestro siglo han demostrado que este punto
de vista es inadecuado. Agustín señaló al respecto que si un
Estado se mide a sí mismo únicamente por sus intereses comunes y
no por la justicia misma, por la verdadera justicia, no se
diferencia estructuralmente de una banda de ladrones debidamente
organizada. Después de todo, la banda de ladrones típicamente
emplea como medida de sí misma su propio bien independientemente
del bien de los demás. Si nos remontamos al período colonial y
los estragos que legó al mundo, vemos hoy día cómo incluso
Estados debidamente ordenados y civilizados tenían en algunos
aspectos semejanzas con la naturaleza de las bandas de ladrones,
ya que pensaban únicamente en términos de su propio bien y no
del bien en sí mismo. Por consiguiente, la libertad garantizada
en esta forma tiene algo de la libertad del bandido. No es una
libertad verdadera y auténticamente humana. En la búsqueda de la
justa medida, toda la humanidad debe ser considerada y
nuevamente -como lo vemos cada vez con más claridad- no sólo la
humanidad actual, sino también futura.
Por lo tanto, el criterio del verdadero derecho, que puede
llamarse tal por ser acorde con la libertad, sólo puede ser el
bien de la totalidad, el bien en sí mismo. Basándose en este
enfoque, Hans Jonas definió la responsabilidad como el concepto
central de la ética[9]. Así, para comprender debidamente la
libertad debemos concebirla siempre en un paralelo con la
responsabilidad. Por consiguiente la historia de la liberación
sólo puede darse como historia del incremento de la
responsabilidad. La mayor libertad ya no puede descansar
puramente en dar cada vez más amplitud a los derechos
individuales en sí mismos. La mayor libertad debe ser mayor
responsabilidad, y eso incluye la aceptación de los vínculos
cada vez mayores requeridos por las exigencias de la existencia
en común de la humanidad y por la conformidad con la esencia del
hombre. Si la responsabilidad responde a la verdad del ser del
hombre, podemos decir entonces que un componente esencial de la
historia de la liberación es la purificación en curso en aras de
la verdad. La verdadera historia de la libertad consiste en la
purificación de los individuos y las instituciones a través de
esta verdad.
El principio de responsabilidad establece un marco que requiere
llenarse con cierto contenido. Este es el contexto en el cual
debemos considerar la propuesta del desarrollo de un carácter
distintivo planetario, de la cual Hans Küng ha sido un portavoz
principal y apasionadamente comprometido. Indudablemente, en
nuestra actual situación, es sensato y necesario buscar los
elementos básicos comunes de las tradiciones éticas de las
diversas religiones y culturas. En este sentido, semejante
esfuerzo es de todas maneras importante y apropiado. Por otra
parte, los límites de este tipo de tarea son evidentes. Joachim
Fest, entre otros, ha llamado la atención sobre estos límites en
un análisis comprensivo, pero también muy pesimista, con una
tendencia general muy vinculada al escepticismo de
Szizypiorski[10]. Porque este mínimo ético que se desprende de
las religiones del mundo carece en primer lugar de toda la
obligatoriedad y autoridad intrínseca que es requisito previo de
la ética. A pesar de todos los esfuerzos por llegar a una
posición claramente comprensible, también carece de la evidencia
de la razón, que en opinión de los autores podría y debería
sustituir a la autoridad, y también carece del carácter concreto
sin el cual la ética no puede entrar en su propio terreno. Una
idea implícita en este experimento me parece correcta: la razón
debe escuchar a las grandes tradiciones religiosas si no quiere
llegar a ser sorda, muda y ciega precisamente ante lo esencial
de la existencia humana. Toda gran filosofía adquiere vida al
escuchar y aceptar la tradición religiosa. Cuando desaparece
esta relación, el pensamiento filosófico se marchita y se
convierte en puro juego conceptual[11]. El tema mismo de la
responsabilidad, es decir, el problema de anclar la libertad en
la verdad del bien del hombre y el mundo, revela con gran
claridad la necesidad de escuchar atentamente esa tradición, ya
que aún cuando el enfoque general del principio de
responsabilidad es en gran medida acertado, todavía nos
preguntamos cómo llegar a una visión amplia de lo que es el bien
para todos, no sólo para el presente, sino también para el
futuro. Aquí nos acecha un doble peligro. Por una parte existe
el riesgo de caer en el consecuencialismo, criticado debidamente
por el Papa en su encíclica moral (Veritatis splendor,
nn.71-83). El hombre simplemente se engaña a sí mismo si cree
ser capaz de determinar toda la gama de consecuencias
provenientes de su acción y convertirlas en normas de su
libertad. Al hacerlo, sacrifica el presente por el futuro,
mientras al mismo tiempo deja de construir el futuro. Por otra
parte, ¿quién decide lo que prescribe nuestra responsabilidad?
Cuando la verdad deja de visualizarse en el contexto de una
apropiación inteligente de las grandes tradiciones de la fe, se
sustituye por el consenso. Con todo, debemos preguntarnos una
vez más: ¿el consenso de quiénes? La respuesta común es “el
consenso de quienes son capaces de elaborar argumentos
racionales”. Como es imposible desconocer la arrogancia elitista
de semejante dictadura intelectual, se dice entonces que las
personas capaces de elaborar argumentos racionales también
deberían comprometerse en la “defensa” de quienes no tienen esa
capacidad. Toda esta línea de pensamiento difícilmente puede
inspirar confianza. Es evidente para todos la fragilidad de los
consensos y la facilidad con que en cierto clima intelectual los
grupos partidistas pueden afirmar que son los únicos
representantes equitativos del progreso y la responsabilidad.
También es muy fácil aquí expulsar al demonio con Belcebú o
sustituir el demonio de los sistemas intelectuales del pasado
con otros siete nuevos y peores.
La verdad de nuestra humanidad
La forma de establecer la relación correcta entre
responsabilidad y libertad no puede determinarse simplemente
mediante un cálculo de los efectos. Debemos volver a la idea de
que la libertad del hombre se da en la coexistencia de las
libertades. Sólo así es verdadera, es decir, en conformidad con
la auténtica realidad del hombre. Por consiguiente, no es de
ninguna manera necesario buscar elementos externos para corregir
la libertad del individuo. De lo contrario, libertad y
responsabilidad, libertad y verdad serían eternos opuestos, y no
lo son. Entendida debidamente, la realidad del individuo en sí
mismo incluye una referencia a la totalidad, al otro. Así,
nuestra respuesta a la pregunta anterior es que existe una
verdad común de una humanidad única presente en todos los
hombres. La tradición ha llamado a esta verdad la “naturaleza”
humana. Basándonos en la fe en la creación, podemos formular
este punto con mayor claridad: existe una idea divina, el
“hombre”, a la cual debemos responder. En esta idea, la libertad
y la comunidad, el orden y la preocupación por el futuro
constituyen una totalidad única.
La responsabilidad consistiría entonces en vivir nuestro ser
como respuesta a lo que somos en verdad. Esta verdad del hombre,
en la cual la libertad y el bien de la totalidad son
correlativos en forma inextricable, se expresa centralmente en
la tradición bíblica en el Decálogo, que a propósito coincide en
muchos aspectos con las grandes tradiciones éticas de otras
religiones. El Decálogo es al mismo tiempo la
autorrepresentación y autoexhibición de Dios y la exposición de
lo que es el hombre, la manifestación luminosa de su verdad.
Esta verdad llega a ser visible en el espejo de la esencia
divina, porque el hombre sólo puede comprenderse debidamente en
relación con Dios. Vivir el Decálogo significa vivir nuestra
semejanza con Dios, corresponder a la verdad de nuestro ser y
por consiguiente hacer el bien. Dicho de otra manera, vivir el
Decálogo significa vivir la divinidad del hombre, que es la
definición misma de la libertad: la fusión de nuestro ser con el
ser divino y la consiguiente armonía de todo con todo (Catecismo
de la Iglesia Católica, nn 2052-82).
Para comprender correctamente esta afirmación, debemos agregar
una observación. Toda palabra humana significativa alcanza una
mayor profundidad, más allá de lo que el hablante tiene
conciencia inmediata de estar diciendo; en lo dicho siempre hay
un excedente de lo no dicho, que permite a las palabras crecer
en el curso de las épocas. Si esto es verdad en relación con el
habla humana, debe ser a fortiori verdad en cuanto al mundo
proveniente de las profundidades de Dios. El Decálogo nunca se
comprende simplemente de una vez por todas. En las situaciones
sucesivas y cambiantes en que se ejerce históricamente la
responsabilidad, el Decálogo aparece en perspectivas siempre
nuevas, y se abren permanentemente nuevas dimensiones en su
significado. El hombre es conducido hacia la totalidad de la
verdad, que en ningún caso puede nacer únicamente en un momento
histórico (cf. Jn 16: 12f). Para el cristiano, la exégesis del
Decálogo que se realiza en las palabras y en la vida, pasión y
resurrección de Cristo es la autoridad interpretativa decisiva,
que abre una profundidad hasta ahora no sospechada. Por
consiguiente, el hecho de escuchar el hombre el mensaje de la fe
no consiste en registrar pasivamente información desconocida de
otra forma, sino el renacimiento de nuestra memoria sofocada y
la apertura de los poderes de comprensión que esperan la luz de
la verdad en nosotros. Así esta comprensión es un proceso
sumamente activo, en el cual se despliega por primera vez toda
la búsqueda de la razón de los criterios de nuestra
responsabilidad. La búsqueda de la razón no se sofoca, sino que
se libera del círculo de impotencia de la oscuridad impenetrable
y emprende su camino. Si el Decálogo, aclarado en una
comprensión racional, es la respuesta a las exigencias
intrínsecas de nuestra esencia, no es el polo opuesto de nuestra
libertad, sino su verdadera forma. En otras palabras, es la base
de todo orden justo de la libertad y el verdadero poder liberado
de la historia humana.
IV. SÍNTESIS DE LOS RESULTADOS
“Tal vez, al cabo de dos siglos de funcionamiento útil y sin
dificultades, el motor a vapor desgastado de la Ilustración se
ha detenido a la vista de nosotros y con nuestra cooperación. Y
el vapor simplemente se está evaporando”. Este es el diagnóstico
pesimista de Szizypiorski, que habíamos citado al comienzo como
invitación a la reflexión. Ahora diría que la operación de esta
máquina nunca careció de dificultades. Pensemos tan sólo en las
dos guerras mundiales de nuestro siglo y en las dictaduras que
hemos presenciado. También quisiera agregar que de ninguna
manera es necesario dejar fuera de servicio la totalidad del
legado de la Ilustración como tal y declararlo motor a vapor
desgastado. Sin embargo, lo que realmente necesitamos es
corregir el curso en tres puntos esenciales, con los cuales me
gustaría resumir el resultado de mis reflexiones.
Es falsa una comprensión de la libertad que tiende a considerar
la liberación exclusivamente como la anulación cada vez más
total de las normas y una permanente ampliación de las
libertades individuales hasta el punto de llegar a la
emancipación completa de todo orden. Para no conducir al engaño
y la autodestrucción, la libertad debe estar orientada por la
verdad, es decir, por lo que realmente somos, y debe
corresponder con nuestro ser. Puesto que la esencia del hombre
consiste en ser a partir de; ser con y ser para, la libertad
humana sólo puede existir en la comunión ordenada de las
libertades. Por consiguiente, el derecho no es la antítesis de
la libertad, sino una condición, ciertamente un elemento
constitutivo de la misma. La liberación no reside en la
abolición gradual del derecho y las normas, sino en la
purificación de nosotros mismos y las normas de tal manera que
sea posible la coexistencia humana de las libertades.
De la verdad de nuestro ser esencial se desprende otro punto:
nunca existirá un estado absolutamente ideal de cosas en nuestra
historia humana y jamás se establecerá el orden definitivo de la
libertad. El hombre está siempre en camino y es siempre finito.
Szizypiorski, considerando la notoria injusticia del orden
socialista y todos los problemas del orden liberal, ha planteado
la siguiente interrogante llena de dudas: ¿y si no existe en
absoluto un orden justo? Nuestra respuesta debe ser ahora que en
realidad nunca existirá un orden de cosas absolutamente ideal,
justo en todos los aspectos[12]. Quienquiera afirme que existirá
no está diciendo la verdad. La fe en el progreso no es falsa en
todo sentido. Lo falso, sin embargo, es el mito del mundo
liberado del futuro, en el cual todo será diferente y bueno.
Podemos establecer únicamente órdenes relativos, que sólo pueden
ser justos en forma relativa; pero debemos esforzarnos
precisamente por lograr esta aproximación lo mejor posible a lo
que es realmente justo. Nada más, ninguna escatología histórica
interna, libera, sino engaña y por lo tanto esclaviza. Por este
motivo, el esplendor mítico atribuido a conceptos tales como el
cambio y la revolución debe desmitificarse. El cambio no es un
bien en sí mismo. Su carácter positivo o negativo depende de su
contenido concreto y de los puntos de referencia. La opinión de
acuerdo con la cual la tarea esencial en la lucha por la
libertad consiste en transformar el mundo es -repito- un mito.
La historia siempre tendrá sus vicisitudes. En cuanto a la
naturaleza ética del hombre en sentido estricto, las cosas no se
dan en línea recta, sino en ciclos. Nuestra tarea consiste en
todo momento en luchar en el presente por la constitución
relativamente mejor de la existencia en común del hombre y al
hacerlo preservar el bien ya obtenido, superar los males
existentes y resistir la irrupción de las fuerzas destructivas.
Debemos también descartar de una vez y para siempre el sueño de
la autonomía absoluta y la autosuficiencia de la razón. La razón
humana necesita el apoyo de las grandes tradiciones religiosas
de la humanidad y por cierto examinará críticamente cada una de
ellas. La patología de la religión es la enfermedad más
peligrosa de la mente humana. Existe en las religiones, pero
también se da precisamente cuando la religión como tal es
rechazada y se asigna una condición de valor absoluto a bienes
relativos. Los sistemas ateístas de la modernidad constituyen
los ejemplos más aterradores de una pasión religiosa desprovista
de su propia naturaleza, enfermedad de la mente humana que
amenaza la vida. Cuando se niega a Dios, en vez de construir la
libertad, se la despoja de sus bases y por consiguiente se
distorsiona[13]. Cuando se descartan enteramente las tradiciones
religiosas más puras y profundas, el hombre se aparta de su
verdad, vive contra sí mismo y pierde la libertad. Ni siquiera
la ética filosófica puede ser incondicionalmente autónoma. No
puede renunciar a la idea de Dios ni a la idea de una verdad del
ser con carácter ético[14]. Si no existe una verdad acerca del
hombre, éste carece de libertad. Sólo la verdad nos hace libres.
[1] R.
Marx y F. Engels, Weerke, 39vols. (Berlín, 1961-71), 3;33.
[2] Cito a Szizypiorski del manuscrito suministrado durante las
Semanas Universitarias.
[3] Cf. Sobre todo lo que sigue, por ejemplo, en E. Lohese,
Martin Luther (München, 1981), 60f, 86ff.
[4] Cf. D. Wyss, “Zur Psychologie un Psychopathiologie der
Verblendung; J.J. Rousseau und M. Bobespierre, die Begründer des
Sozialismus”, en Jahers-und Tagungsbericht der
Górres-Gesellschaft (1992), 33-45; R. Spaemann, Rousseau-Bürger
ohneVaterland, Von der Polis zur Natur (München, 1980).
[5] Cf. P. Köster, Der sterbende Gott, Nietzsches Entwurf
übermenschlicher Gröss (Meisenheim, 1972); R. Löw, Nietzsche
Sophist und Erzieher (Weinheim, 1984).
[6] Cf.
T. Steinbüchel, Die philosophische Grundieguing der christlichen
Sittenlehre I, 1 (Düsseldorf, 1947), 118-32.
[7] Cf.
J. Pieper, “Kreatürlichkeit und menschliche Natur. Ammerkungen
zum philosophischen Ansatz von J.P. Sartre”, en Uber die
Schwierigkeit, heute zu glauben (München, 1974), 304-21.
[8] “Derecho” es traducción del alemán “Recht”. Aún cuando el
término “Recht” puede significar “derecho” en en el sentido de
“derechos humanos”, también puede usarse para aludir a la “ley”,
con la connotación más o menos explícita de “justo orden”,
“orden que abarca lo que es justo”. Ratzinger usa en este último
sentido el término “Recht” tanto aquí como más adelante. En este
contexto, “Recht” se ha traducido como “derecho” o (con menos
frecuencia) como “justo orden” o una variante del mismo. (Nota
del traductor).
[9] H. Jonas, das Prinzip Verantwortung (Frankfurt a.M., 1979).
[10] J. Fest, Die schwierige Freiheit (Berlín, 1993), esp.
47-81. Fest resume sus observaciones sobre el “carácter
distintivo planetario” de Küng: “Mientras más lejos llegan los
acuerdos, a los cuales no se puede llegar sin concesiones, en
mayor medida las normas éticas adquieren mayor elasticidad y por
consiguiente resultan ser más débiles, hasta el punto que el
proyecto termina siendo una mera corroboración de esa moralidad
que no obliga y no es la meta, sino el problema” (80).
[11] Ver las penetrantes observaciones sobre este punto de J.
Pieper, en Schiften zum Philophiebegriff III, ed. B. Wald
(Hamburgo, 1995), 300-323, así como 15-70, esp. 59ff.
[12] Cf. Gaudium st Spes, n. 78: “...numquam pax pro semper
acquista est” (“la paz nunca se adquiere de una vez y para
siempre”).
[13] Cf. J. Fest, Die schwierige Freiheit, 79: “Ninguna de las
instancias dirigidas al hombre es capaz de decir cómo éste puede
vivir sin un más allá, sin temor al último día y con todo actuar
una y otra vez contra sus propios intereses y deseos”. Cf.
También L. Kolakowski, Falls es keinen Gott gibt (München,
1982).
[14]
Cf. J. Pieper, Schriften zum Philosophiebegriff III.
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