Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Marzo de
2007
|
Dios
se ha puesto de moda
José Francisco Serrano Oceja
El nuevo año editorial nos ha traído una ristra de libros,
ensayos y artículos sobre Dios. En tiempos de crisis renace la
teología de la historia que, al fin y al cabo, ha sido siempre
teología sobre la providencia de Dios.
Hay polemistas que aprovechan que el siglo XXI será religioso o
no será para escribir cosas insustanciales sobre Dios, la
divinidad y la Iglesia. Hay editoriales que quieren hacer su
primavera y ofrecen una de cal y otra de arena: un libro sobre
el Dios que existe, que se manifiesta en Jesucristo, que es raíz
y razón de la vida, y otro sobre un dios escondido por entre las
páginas de la historia, que se oculta del hombre y que teme a la
libertad.
¿Es Dios un tema recurrente que aflora por temporadas? ¿Acaso
esta afluencia de novedades editoriales sobre Dios es una
manifestación de la necesidad que habita en el hombre? ¿Pero no
quedamos en que estábamos satisfechos con lo que tenemos, con
nuestra calidad y cantidad de vida? ¿Qué falta nos hace pensar
sobre Dios si es más cómodo vivir como si Dios no existiese?
Dios, de nuevo, en el horizonte de los occidentales,
observadores de cómo Occidente lucha contra Occidente. El Dios
de los filósofos contra o con el Dios de los teólogos; la razón
y la fe. El profesor Alejandro Llano ha roto, hace ya algún
tiempo, las ataduras del pensamiento políticamente correcto;
ahora ha escrito un nueva suma filosófica del sentido común
sobre la experiencia de Dios, que es siempre experiencia de lo
humano sin ser sólo lo humano. Dios, como la vida, es una
apuesta, una paradoja; ¿acaso el hombre no lo es? Lo curioso es
que Dios es una apuesta que ya tenemos ganada. Su título es
En busca de la trascendencia. Encontrar a Dios en el mundo
actual (Ariel).
¿Qué problemas tiene el hombre contemporáneo con Dios? ¿Qué
cuentas pendientes? ¿Acaso la de la razón, la de la libertad, la
de la voluntad de querer otra naturaleza, de desear otro ser
hombre? El primer problema que el hombre tiene para experimentar
la presencia de Dios es su limitada comprensión de lo que es la
experiencia. Reducida ésta a lo sensible, a lo sensorial, al
gusto y al tacto, a lo tangible, a lo que produce placer, a lo
contante y sonante, se ha ocultado lo que desvela la realidad:
el misterio que la funda, que la conduce a la plenitud, que le
da sentido.
¿Y el sentido? ¿Y la acción? En nuestra época el hombre se ha
hecho, por vía de la acción, íntegra, plenamente problematizado.
Sin embargo, el sentido de la vida del hombre no es un problema,
es un misterio. No cabe objetivar la cuestión por el sentido
porque es el que se pregunta por el sentido quien tiene el
problema del sentido. No son juegos de palabras. El problema
necesita una solución, a no ser que sea un problema falso, una
aporía. El misterio necesita que se desvele, que resplandezca,
para que adquiera su plenitud. Si nos enfrentamos a nuestros
problemas de fondo, estamos tocando el sentido de nuestro fondo.
El problema se tiene; el misterio se es. Somos misterio para
nosotros, para los otros, para Dios.
Sólo el misterio explica el misterio. Karl Jaspers sostenía que
la tensión hacia la trascendencia es lo propio y lo constitutivo
de la existencia humana. La tensión se convierte hoy en vértigo;
vivimos con el vértigo de la vida, de la velocidad, de la
necesidad imperiosa de nuevas y siempre fascinantes
experiencias. Tenemos muchos datos sobre el hombre pero muy
pocos sobre lo que es el hombre. La biotecnología se ha
convertido en la base del próximo gran ciclo económico, en el
fondo del nuevo ciclo de definición de lo humano. Sabíamos ya
que el hombre no es biología, es biografía, escrita con
renglones torcidos de libertad. Una biografía que tiene una
línea discontinua al comienzo y otra continua al final.
Hay polemistas profesionales –de qué se trata que me opongo– que
siguen pensando que Dios, y la vida eterna, son rémoras del
pasado. Instalados en la vida perdurable no les afecta la vida
eterna más que para pensar en cómo puede haber personas que
siguen creyendo en un "superpadre justiciero e infinito, en la
resurrección de los muertos y en la vida perdurable". Pues no,
señor Savater, ni superpadre justiciero, ni supernanny
arregla-todo, ni nada que se le parezca. La falacia de los que
pretenden deslegitimar a los creyentes arranca de que al pensar
en Dios, sobre Dios, están pensando sobre imágenes falseadas de
Dios que se dan, las más de las veces, por intereses varios en
la historia. Pensar y hablar hoy sobre Dios –como ayer, como
siempre– y sobre la vida eterna no es más que conocer y
reconocer la gramática del amor. Si tiene dudas, señor Savater,
lea a Benedicto XVI.
|