Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Febrero de
2007
|
«Mirarán al que traspasaron»
Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2007
¡Queridos hermanos y hermanas!
«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico
que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un
tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el
discípulo predilecto, junto a Aquel que en la Cruz consuma el
sacrificio de su vida para toda la humanidad (cf. Jn 19,25). Por
tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en
este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado
que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor
de Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado con
detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas
fundamentales: el agapé y el eros.
El amor de Dios: agapé y eros
El término agapé , que aparece muchas veces en el Nuevo
Testamento, indica el amor oblativo de quien busca
exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota,
en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y
anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos
envuelve es sin duda agapé . En efecto, ¿acaso puede el
hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la
criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la
criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de
Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador
del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una
predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta
Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la
del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. 3,1-3);
Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el
pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y
apasionado (cf. 16,1-22). Estos textos bíblicos indican que el
eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso
espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su
esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad,
seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de
Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible
(cf. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la
fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el
primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida
sometidos a esclavitud» (Hb 2,15). Dios, sin embargo, no se dio
por vencido, es más, el «no» del hombre fue como el empujón
decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza
redentora.
La Cruz revela la plenitud del amor de Dios
En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder
irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para
reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio
muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el
primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se
transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad
del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar, con san Máximo el
Confesor, que Cristo «murió, si así puede decirse, divinamente,
porque murió libremente» (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se
manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente,
eros es —como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita— esa
fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino
de aquellos a los que aman» (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3,
712). ¿Qué mayor «eros loco» (N. Cabasilas, Vida en
Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a
nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de
nuestros delitos como si fueran propias?
«Al que traspasaron»
Queridos hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la
Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un
amor en el que eros y agapé, lejos de
contraponerse, se iluminan mutuamente. En la Cruz Dios mismo
mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada
uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor
y Dios» cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de
extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el
Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio
de amor. Se podría incluso decir que la revelación del eros
de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de
su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el
don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad
infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los
sacrificios más duros. Jesús dijo: «Yo cuando sea elevado de la
tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). La respuesta que
el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que
aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor,
sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y
luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae
hacia sí» para unirse a mí, para que aprenda a amar a los
hermanos con su mismo amor.
Sangre y agua
«Mirarán al que traspasaron». ¡Miremos con confianza el costado
traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19,34)!
Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como
símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con
el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se
nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino
cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta
a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado
abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan
Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor
del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio
eucarístico: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de
Jesús… nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Enc.
Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un
tiempo ‘eucarístico’, en el que, aceptando el amor de Jesús,
aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y
palabra. De ese modo contemplar «al que traspasaron» nos llevará
a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas
infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará,
particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la
vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la
soledad y del abandono de muchas personas. Que la Cuaresma sea
para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de
Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte
cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que
sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente
de la alegría de la Pascua. Que María, la Madre del Amor
Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de
auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos
hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y,
con afecto, os envío a todos una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 21 de noviembre de 2006
BENEDICTUS PP. XVI