Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Febrero de
2007
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Trabajar y luchar por la reconciliación de todos los cubanos.
Palabras de despedida de Monseñor Pedro Meurice Estiú
pronunciadas el 18 de febrero de 2007 en su última misa como
Arzobispo de Santiago de Cuba
Al llegar el fin de mi ministerio episcopal, pues así lo manda
la Santa Madre Iglesia según el Código de Derecho Canónico, el
obispo al cumplir la edad de setenta y cinco años debe solicitar
al Santo Padre su retiro. A mí no me gusta decir retiro, pues
eso se parece a retirada, a mi me gusta decir jubilación, porque
viene de júbilo de alegría. Esa edad la cumplo en unos días y ha
sido aceptada mi petición. Eso ya todos lo saben. Así dando una
mirada a todos estos años, veía que no había sido yo quien había
impartido catequesis, visitado a los enfermos, acompañando a los
presos... eso con toda honestidad lo han hecho durante todo este
tiempo ustedes.
Por ello pensé y así lo solicité, otorgar una distinción de
parte del Santo Padre, a las personas que se han distinguido con
constancia y se han entregado a la obra de la fe en Cuba, en
nuestra Arquidiócesis. Y es esto que estamos haciendo esta noche
en este momento en que hermanos de las comunidades de Santiago
de Cuba y sus alrededores recibirán esa condecoración: la
Honorificencia Pontificia. Yo hubiera deseado ir parroquia por
parroquia pero no ha sido posible, sólo pude ir a las parroquias
de Baire, Contramaestre, Palma Soriano y San Luis.
Bien hermanos, todavía les molestaré por unos minutos. Una vez
más solicitaré la paciencia de ustedes, pueden estar seguros de
que ésta será la última vez. No sé por dónde empezar ni por
dónde terminar.
Esta es la última Misa que he celebrado como Arzobispo de
Santiago de Cuba. La última vez también como Arzobispo. No
quiero terminar sin dar gracias a Dios por mis setenta y cinco
años y por los cuarenta años de Arzobispo.
Agradecerle a Dios que me dio la vida, que me dio mis padres y
mis hermanos.
Agradecerle la familia que me dio, los amigos que me dio.
Agradecerle a Dios que me llamó a la fe en la Iglesia Católica.
Agradecerle a Dios por el párroco y los párrocos que tuve y que
me presentaron para el Seminario.
Agradecerle a Dios por el arzobispo Zubizarreta que me aceptó y
me mandó al Seminario.
Agradecerle a Dios por los compañeros que tuve en el seminario.
Agradecerle a Dios por el rector Madariaga; por los prefectos,
sobre todo los de disciplina, que me ayudaron a coger el camino
recto.
Agradecerle a Dios por el inolvidable Mons. Enrique Pérez
Serantes, que me ungió sacerdote... Mons. Pérez Serantes tuvo,
que yo sepa, un solo error en su vida, y fue el llamarme para
que fuera su obispo auxiliar, sucesor de él. Él me enseño con su
vida, con sus palabras... pero yo soy duro, Dios lo sabe, de
"coco" y de corazón.
Todas las gracias y dones que Dios me ha dado yo no las he
sabido corresponder, y no es una exageración. Cada cual sabe su
historia; ustedes saben la suya, como yo sé la mía y no miento.
Sólo les digo que en mi barca no hay oro ni plata, ni espadas,
no.
Agradecerle a Dios por los sacerdotes que me ha dado. Que cuando
yo digo que son el mejor clero del mundo se ríen y creen que no
lo digo de verdad. Pero es verdad. Yo sí me puedo reír cuando
ellos dicen que soy el mejor obispo del mundo.
Agradecerle a Dios, y lo he dejado para el final pensando que
llegaba sereno, agradecerle a Dios por ustedes.
Lo que les dije al principio es verdad, no he sabido ser lo que
tenía que ser. Ustedes han hecho la obra, ustedes lo han hecho.
La Iglesia que somos hoy, ustedes la han hecho. El Espíritu
Santo y nosotros, pero ustedes son los que han hecho. Yo sólo
tengo una excusa, a mi me formaron en el Seminario y después en
la universidad, pero no me enseñaron cómo sería después.
Yo fui y regresé a Cuba el 28 de octubre de 1958, y en un año y
medio me cambiaron las cartas de la baraja. Y para qué voy a
hablar si ustedes saben mejor que yo.
Dice en latín soli Deo honor et gloria. Sólo al Señor,
sólo al Señor todo honor y toda gloria.
Quisiera que la última imagen que ustedes conservaran de estos
cuarenta años de arzobispado, sea la de esta noche. Una
eucaristía con toda la comunidad de hermanos en la que hemos
orado y dado gracias al Señor y hemos participado en el
reconocimiento, en la persona de estos hermanos, a todo el
pueblo de Dios de Santiago de Cuba todo lo que han hecho por la
Iglesia en este tiempo.
Dicen los guajiros que nunca está más oscuro que cuando va a
amanecer.
Yo no soy profeta, ni me atrevo a decir cosas de ésas nunca,
nunca nunca... Hay día y hay noche, después de la noche viene el
día o después del día viene la noche; yo espero que vendrá un
día esplendoroso, un día de sol en el que todos los cubanos
piensen como piensen; crean o no crean en Dios; estén dónde
estén, dentro de Cuba o fuera de Cuba; todos sufriendo por Cuba
y esperando por Cuba. Llegará el día en que tanto dolor y tanto
sufrimiento, tanto trabajo, tanto sudor, no serán en vano, darán
su fruto y fruto abundante. Y todos podremos gozar de alegría,
de paz, de unidad.
Eso supone un trabajo previo que se está haciendo y que de
manera especial les encomiendo ahora, que es el trabajar y
luchar por la reconciliación de todos los cubanos. Y se cumplirá
lo que dicen hoy las escrituras.
Así quiero que me recuerden cuando digan aquel arzobispo
gordito... la última vez fue la de la Honorificencia Pontificia
a los hermanos.
Quiero que también se acuerden de estas cosas que les voy a
decir, que lo tomen como mi última palabra, como una última
petición.
La última petición es que el mundo no cambia, Cuba no cambia si
no se lo pedimos a Dios con una insistencia y una constancia
renovadas. Hay que orar, orar, orar, orar... Rezar, rezar,
rezar... para arrancarle a Dios por intercesión de nuestra
Madre, María de la Caridad esa gracia...No sólo por esa gracia,
sino por lo que viene después de ese momento.
Lo primero es la oración, lo segundo es que el mundo de hoy,
aunque no tengamos mucho acceso aquí a eso, ha cambiado y está
cambiando mucho. Y nosotros, la Iglesia Católica, si queremos
cumplir la misión que Dios nos encomienda en el mundo, tenemos
que renovar mucho, mucho, mucho, nuestra iglesia. Empezando por
renovarnos nosotros mismos por dentro.
Cuando digo renovar, es renovar nuestras prácticas pastorales y
aún en nuestra misma formación tenemos que poner muchas cosas al
revés de como están ahora.
Esto es, primero trabajar por la reconciliación.
Segundo: orar, orar, orar, rezar rezar rezar...
Tercero cambiar, todos unidos sacerdotes y fieles cambiar,
empezando por cambiar el corazón.
Cuarto, no hay cristianismo, no hay Iglesia Católica si no hay
el culto verdadero a Dios en Espíritu y en Verdad, sin culto no
hay Iglesia Católica.
Les decía reconciliarse, orar por la reconciliación, cambiar las
cosas... no se es cristiano si no se compromete con la fe de tal
manera que se va a comunicarla a los demás, la misión, la
evangelización. Si no hay oración no hay fe, si no hay culto al
Dios verdadero no hay crecimiento en la fe. Si no hay
evangelización no hay compromiso en la fe, no hay crecimiento en
la fe.
No olviden nunca que somos discípulos de un crucificado. Si la
cruz no está en medio de nosotros, y si no vivimos la cruz no
somos cristianos, simplemente.
Tendremos de todo, construiremos unos templos maravillosos, no
sé cuántas cosas más, pero si no vivimos la cruz no hay
cristianismo.
Nuestra Señora de la Caridad, ella es la que tiene el secreto la
llave de cómo se entra a la puerta del corazón del pueblo
cubano. Ella es la que tiene el secreto y esa llave, cuando
vamos con esa llave nadie dice no.
Tenemos primero que vivirlo como Ella, buscar que se haga en
nosotros la voluntad de Dios y llevar esa dedicación y esa
devoción a todos los demás.
Estoy tan emocionado que debo terminar ya, no quiero llorar, ni
quiero que otros lloren. Quiero en el día de mi jubilación,
júbilo y alegría.
Me voy, pero no me voy de Cuba, estoy sembrado aquí gracias a
Dios, porque aquí nací en el pueblo más hermoso de Cuba que se
llama San Luis, y no me voy de aquí, ni aunque me arranquen.
Les invito a todos para que el próximo sábado día 24 de febrero
a las diez de la mañana para dar la bienvenida y celebrar con el
nuevo Arzobispo nombrado por SS Benedicto XVI Mons. Dionisio
García Ibáñez.
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