Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Enero de
2007
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Cuba:
Política del Estado Socialista contra la Religión en los años 60
y 70
Religión y Revolución I
Rogelio Fabio Hurtado
Revista digital Consenso
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Cardenal Manuel
Arteaga Betancourt |
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Desde su proclamación, el 20 de Mayo de 1902, Cuba fue un estado
constitucionalmente laico que garantizaba y veía con simpatía la
práctica en la isla de todo tipo de creencias, desde la religión
católica hasta los cultos afrocubanos, de acuerdo a la
idiosincrasia tolerante del cubano. Si bien la mención de Dios
en los textos constitucionales siempre fue motivo de cierto
debate, ningún gobierno de la República llegó a determinar
políticas específicas respecto a la religión, y mucho menos a
generar un departamento específicamente dedicado a “los
asuntos religiosos”, como la Oficina dirigida primero por
Monseñor Carneado y actualmente por Nuestra Sra. Caridad Diego,
sin parentesco alguno con el poeta de La Calzada de Jesús del
Monte.
Sin embargo, la política adoptadas por el gobierno socialista
respecto a la religión obedeció durante las dos primeras décadas
a una voluntad de predominio intransigente, cuya finalidad era
erradicarlas como “manifestaciones de una falsa conciencia”,
indigna del nuevo súper-hombre que esperaban forjar a toda
carrera. Esto era consecuente con la ambición manifiesta de
constituirse como alternativa a la cultura cristiana que
inspiraba al sistema comunista a escala mundial. Si bien es
cierto que los rebeldes gustaron de hacerse retratar luciendo
abalorios católicos, también lo es que en la lucha contra
Batista participaron cubanos de todos los credos, incluidos los
ateos, en indudable minoría estos últimos. En el imaginario
popular estaba presente la gestión humanitaria realizada por el
Obispo santiaguero Monseñor Enrique Pérez Serantes para
proteger la vida de los asaltantes al cuartel Moncada. La
presencia entre los barbudos del sacerdote Guillermo Sardiñas
reforzaba la presunta filiación religiosa de los rebeldes. Las
Navidades de 1959-1960 resplandecen en la memoria de quienes las
vivimos. Es cierto que ya para entonces había sido fusilado
cierto número de cubanos, quienes habían participado en la
guerra revolucionaria en el bando derrotado. Sin embargo, la
mayoría de la población justificó esta violencia como justicia
revolucionaria y nada presagiaba un conflicto político-religioso
dentro del país.
Aún no se había enconado la lucha de clases, ni habían resonado
en las plazas los siniestros gritos de ¡Paredón! lo cual
ocurriría a lo largo de 1960 y, sobre todo, a partir de abril de
1961, cuando se declara el carácter socialista de la Revolución,
para júbilo de los pocos, pero bien organizados y nada ingenuos,
militantes del Partido Socialista Popular, quienes controlaron
las recién surgidas Organizaciones Revolucionarias Integradas,
(ORI) y nutrieron las filas del G-2 mientras muchos de los
insurreccionalitas del M-26-7 pasaban al clandestinaje
anticomunista o volvían a alzarse, sobre todo en la Sierra del
Escambray, a raíz de la segunda ley de reforma agraria. Acordes
con su formación sectaria y recelosa, los marxistas leninistas
de viejo y nuevo cuño se entregaron a combatir al opio del
pueblo bajo cualquier denominación, aunque inicialmente el fuego
se concentró sobre la Iglesia Católica. En este terreno, los
movimientos totalitarios del siglo, fascismo italo-alemán y
comunismo ruso, habían fracasado, debiendo contentarse con
disminuir el peso y el espacio social de las instituciones
religiosas; pero, en la Cuba de entonces, todo parecía posible.
Registros y ocupaciones de iglesias y conventos precedieron a la
toma del Colegio de Belén, “por su importancia militar para
la defensa de la Capital”. Aunque las misas y demás
actividades propias del culto nunca fueron prohibidas, es
rigurosamente cierto que las iglesias fueron vigiladas y
literalmente cercadas por la sospecha y la amenaza inminente. Se
tildó al clero de falangistas y aliados de los siquitrillados,
sin excepción. Ni siquiera el buen padre Ignacio Biaín, editor
de la excelente revista La Quincena, católica y nada
batistiana pudo escapar a la artillería gruesa de los ideólogos
de la hora. En esta primera vuelta, el nuevo poder
revolucionario, una alianza entre el liderazgo histórico de la
Revolución y los militantes comunistas con el apoyo de un amplio
sector del pueblo recién llegado al protagonismo político,
emergió abrumadoramente ganador.
Los templos se quedaron vacíos, como si ya la fe no le hiciese
falta a la nueva sociedad revolucionaria dispuesta a edificar en
la tierra el paraíso de la humanidad. Dados los antecedentes
históricos de la Iglesia en Cuba y la difusa religiosidad propia
del cubano, esto no fue tan sorprendente, aunque la veloz
crecida del dogma ateo pese a la formación católica del alto
mando revolucionario, tiene que haberle provocado vértigo a sus
viejos apóstoles. Aunque el llamado “proceso contra el
sectarismo”, desencadenado a raíz de la protesta pública del
propio máximo líder ante la burda supresión de la invocación al
favor de Dios en el testamento político del líder estudiantil
José Antonio Echevarria, no tardó en bajarlos de esa nube, la
política real contra las religiones no se modificó con la
cesación del camarada Aníbal Escalante al frente de la fogosa
ORI.
Parte de la feligresía católica se marcha de la isla, entre
ellos no pocos de los practicantes más activos y generosos.
Cierto número de sacerdotes es expulsado de Cuba a bordo del
vapor Covadonga y otros optan por marcharse. Luego de un
innecesario registro en el Palacio Arzobispal de La Habana, que
lo llevó a buscar protección temporal en la residencia del
embajador de Argentina, el anciano Cardenal Manuel Arteaga
Betancourt fallece en 1964, tras meses de ingreso en el
Hogar San Rafael de los Hermanos de San Juan de Dios en Marianao.
Rogelio Fabio Hurtado nació en La Habana, en 1946.Publicó en
1996 “El Pacto entre Dos Tigres” y en 2003” Cuatrocientos años
de presencia hospitalaria en Cuba de los Hermanos de San Juan de
Dios”. Colabora en “Palabra Nueva” de la Arquidiócesis de La
Habana y en la revista “Espacios”. Es miembro del Consejo de
Redacción de la revista digital Consenso.
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