Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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Navidad 2006: Entre la incertidumbre y la
novedad
Navidad es la celebración de un nacimiento.
Es el nacimiento de Jesucristo. Es la fiesta de lo nuevo. Es el
anuncio de “una gran alegría para todo el pueblo” (Evangelio de
San Lucas 4,18)
Es por ello que cada año al arribar a estas
fiestas nos preguntamos:
Y también,
No tenemos todas las respuestas, ni
siquiera todas las preguntas. Nadie las tiene.
Uno de esos sentimientos pudiera ser,
quizás, la incertidumbre.
En efecto, parece ser que una de las
sensaciones que podemos percibir con frecuencia entre nuestros
compatriotas es ese sentir de que estamos en una etapa muy
importante y trascendental de nuestra existencia como pueblo,
pero al mismo tiempo no sabemos bien por qué.
Por otro lado, percibimos que otros cubanos
aprecian que todo sigue igual y al mismo tiempo que algo cambia.
Todo mezclado, todo confuso, porque en muchas ocasiones las
palabras parecen como alejarse de la realidad. O quizá sea que
la realidad es distinta de las palabras.
Da la impresión que en este momento se
mezclan la lógica del «no puede ser» con la austera evidencia de
lo que «es». Sentimos al mismo tiempo que algo termina y que
todo continúa.
Constatamos que nos falta mucha información
pero al mismo tiempo nos da la impresión de que ya no la
necesitamos. A otros, les da igual tener o no la información,
porque sus vidas van por otro camino, como en un mundo aparte.
Nadie sabe a ciencia cierta todo lo que
necesita para proyectar su futuro. Es muy difícil predecir la
vida, ¡qué desgracia para una persona cualquiera no poder tener
los mínimos necesarios para protagonizar responsablemente su
presente y su porvenir! Es lamentable que un pueblo que desea
ser soberano y protagonista de su destino no tenga en sus manos
todos los hilos de las riendas de la realidad. Y aún peor, que
tenga que esperar que los que tienen todos los hilos tejan un
futuro para él. Pudiera ser, quizá, la mayor sensación de
infantilismo cívico. Esto pudiera ser, quizá, la mayor prueba de
una adolescencia socio-política, estadio en el cual sólo los de
mayor responsabilidad saben todo, deciden todo y luego informan
a los que adolecen de responsabilidad para enterarse, para
asumir su soberanía, para “ser los protagonistas de su propia
historia personal y nacional” – como nos exhortaba el
inolvidable Papa Juan Pablo II en su visita a Cuba en el cada
vez más lejano 1998.
De modo que pudiéramos escoger una palabra,
entre muchas otras, para intentar una descripción aproximada del
sentimiento predominante en este tiempo que podría ser
definitorio para Cuba. Esa palabra —que es más que eso y parece
ser un sentimiento persistente, una especie de resquemor interno
inexpresable, una subjetiva realidad que nos envuelve— es la
incertidumbre.
Incertidumbre es falta de certezas
previsibles, no de adivinaciones. Es falta de visión para el
camino. Es niebla en la conciencia y confusión de escenarios.
Incertidumbre es no poder siquiera intentar unos pronósticos que
se aproximen a la realidad por falta de datos. Incertidumbre es
pedir a la gente que participe, que protagonice, que actúe con
responsabilidad y al mismo tiempo, no facilitarle la
información, ni la formación, ni los espacios, ni los roles en
la obra en la que se le está pidiendo que sean los protagonistas
principales. Nadie puede ser verdaderamente responsable si vive
en una incertidumbre insalvable y desinformada.
La incertidumbre no es buena sobre todo en
tiempos difíciles. Todos lo sabemos y lo sentimos en nuestras
propias vidas. Todos la sufrimos de una forma u otra. Unos más y
otros menos. Incertidumbre y cambio son compañeros de camino,
pero cuando el cambio avanza por estaciones, tiene que ir
dejando a la incertidumbre en la parada anterior. Aún cuando
sabe que otras incertidumbres montarán en la siguiente estación,
pero esas son las siguientes y no deben acumularse.
Siempre hay una dosis de incertidumbre
sobre el futuro. Eso es propio de su condición de porvenir, pero
no debe haber sobredosis de incertidumbre en el presente y sobre
lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Eso puede paralizar,
sembrar el desconcierto, la desinformación, el rumor indeseado,
la inestabilidad social, la irresponsabilidad cívica, el
inmovilismo ciudadano. Y nada de esto necesita Cuba en este
tiempo. Lo sabemos y debemos hacer todo lo que esté en nuestras
manos para no desanimarnos, para no abandonarnos en la
indolencia, para disponernos al diálogo que es el antídoto de la
desinformación y el único remedio para la incertidumbre.
La incertidumbre puede acentuar la
crispación que nace del no saber qué va a pasar y qué va a ser
de nuestras vidas. Y la crispación debe cesar, no ayuda a nadie
ni a nada. Debemos todos, tirios y troyanos, cubanos de aquí y
de la diáspora, precipitados e inmovilistas, hacer todo lo que
esté en nuestras manos y en nuestras conciencias para no
dejarnos atrapar por la crispación.
Cuba está en una hora difícil y
esperanzadora. Es hora de mucha serenidad, de mucha
responsabilidad, de mucho sosiego, de mucho respeto a la opinión
diferente. Ninguna hora como esta requiere de una gran dosis de
sentido común, de tolerancia, de paciencia y de pensar las cosas
más de dos veces. Cuba lo necesita para no caer donde no debe ni
quiere caer. Cuba lo necesita para no dar motivos para
intromisiones foráneas que serían peor. Cuba lo necesita porque
la gradualidad es la única puerta del cambio pacífico y
ordenado. Nosotros, todos, gobierno y pueblo, sabemos que estas
son actitudes y virtudes que debemos garantizar en este momento
y en esta etapa con la máxima responsabilidad y serenidad. Cuba
lo sabe y lo deben saber también todos los demás países. Deben
saber esto claramente, y ponerlo como dato condicional de su
respeto a Cuba, tanto los Estados Unidos como América Latina,
tanto el África, como Asia.
Esto es la salida de la incertidumbre por
la puerta de la responsabilidad, la información adecuada y la
participación primera, protagónica y única de los cubanos. Esta
es la puerta civilizada para la novedad.
Se puede también decir que otra señal de
“lo nuevo” es una especie de cambio psicológico que aumenta la
expectación de muchos cubanos. Es un modo de despertar del
inmovilismo, de la sensación de que nada pasa y nada podía
cambiar, a una sensación de que pudiera pasar algo, de que todo
pasa, y algo debería renovarse y podría construirse entre todos
los cubanos.
Por otro lado, sin ruido y sin reuniones,
va emergiendo de la conciencia soterrada de mucha gente, una
especie de consenso espontáneo, no explicitado, sentido más que
pensado. Más como convicción natural que por concertación de
opiniones: tenemos la apreciación de que esa especie de consenso
no negociado pero que nos une a todos los cubanos, o por lo
menos a una mayoría evidente, pudiera formularse así —y aquí
comienzan los problemas y diferencias en las formas— pero, por
encima de ellas, debemos explicitar cómo lo sentimos. Sin
fijarnos mucho en las palabras sino en su sentido podríamos
reflexionar en estos cinco puntos:
-
Hay una percepción de que nadie quiere
violencia.
-
Hay una percepción de que nadie quiere
que la solución venga de fuera.
-
Hay una percepción de que algunas cosas
esenciales deben ser cambiadas desde dentro.
-
Hay una percepción de que otras cosas
esenciales deben ser
salvaguardadas y mejoradas.
-
Hay una percepción de que todo debe
hacerse gradualmente y en paz.
Esto es, a lo mejor, lo nuevo. Esto pudiera
ser, quizás, una buena noticia para todo el pueblo. Esto pudiera
traer no pocas cosas buenas para Cuba y su soberanía ciudadana y
para su apertura e integración más completa a la entera
comunidad internacional, sin exclusiones.
Aceptar este consenso sosegado y mínimo, no
para contemplarlo estáticamente, sino para acogerlo como una
pregunta que nos hagamos unos cubanos a otros, podrían ser una
puerta para salir del inmovilismo. Estas percepciones, como lo
dice la palabra, son ahora solamente una manera de percibir el
sentimiento común de no pocos cubanos pero, como todas las
percepciones, pueden tener otras facetas, otros matices, otros
ángulos de apreciación. Mas nada de esto quita, o entorpece, que
estas u otras percepciones nos podrían servir para dialogar con
serenidad, sin crispaciones, entre cubanos.
Esto deberíamos conversarlo —porque
hablando la gente se entiende, como dice la sabiduría popular—
sin ataques preliminares, sin prejuicios infundados, ni
experiencias negativas bien fundadas sacadas a relucir para
envenenar el ambiente. Dejemos a un lado los ataques con razón o
sin razón, porque lo que menos necesita Cuba ahora es que
existan y aumenten los cubanos que se ataquen mutuamente y se
dividan entre sí. La unidad que tanto necesitamos ahora no se
consigue por decreto, ni atacando, ni vociferando, ni
excluyendo, ni uniformando, ni reprimiendo… La unidad solo nace
de ser tolerantes ante la diversidad, como primer paso; de la
aceptación de la pluralidad como algo bueno y posible, como
segundo paso; y de la garantía de espacios de participación
responsable para todos los cubanos, como tercer paso.
Tenemos la convicción de que con estos
mínimos Cuba será más unida de verdad, más soberana, más
respetable para todos, más considerada e integrada a la
comunidad internacional. Cuba podrá crecer como nación y
desarrollar su economía además de conservar y cultivar sus
virtudes humanas y patrióticas.
Pero también tenemos la convicción profunda
de que por estos caminos no habrá nación ni gobierno sobre la
tierra que no respete nuestra soberanía, ni nuestro ritmo para
alcanzar lo nuevo y lo mejor para Cuba.
Este es nuestro mensaje de Navidad y
nuestra oración a Dios, Padre de todos los pueblos y Señor de la
Historia que, al hacerse hombre como nosotros en Belén hace 2006
años aproximadamente, iluminó las tinieblas de la incertidumbre
y las convirtió en la Nochebuena, sin crispaciones, sin ruidos
estridentes, sin poderío militar ni exclusión de los pobres.
Si los cubanos y cubanas, todos, los
miembros de la misma nación, en la Isla y en la Diáspora, unimos
nuestros sentimientos hacia la soberanía, el progreso y la
renovación pacífica de Cuba, entonces podremos gozar de la misma
alegría de aquel pequeño pueblo de Belén y decirnos con toda
sinceridad y respeto, con toda serenidad y tolerancia:
¡FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 2007 NUEVO DE
VERDAD!
Pinar del Río, 31 de octubre de 2006
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