Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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Nuestro Salvador ha nacido en el mundo
Mensaje de Navidad de Benedicto
XVI
25 de diciembre de 2006
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El
papa Benedicto XVI eleva el Evangelio durante la Misa de Navidad
en la Basílica de San Pedro del Vaticano. EFE/Danilo
Schiavella |
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¡"Nuestro Salvador ha nacido en el mundo"! Esta noche,
una vez más, hemos escuchado en nuestras Iglesias este anuncio
que, a través de los siglos, conserva inalterado su frescor. Es
un anuncio celestial que invita a no tener miedo porque ha
brotado una "gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2,10).
Es un anuncio de esperanza porque da a conocer que, en aquella
noche de hace más de dos mil años, "en la ciudad de David, os ha
nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" (Lc 2,11).
Entonces, a los pastores acampados en la colina de Belén; hoy, a
nosotros, habitantes de este mundo nuestro, el Ángel de la
Navidad repite: "Ha nacido el Salvador; ha nacido para vosotros.
¡Venid, venid a adorarlo!".
Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un "Salvador" para el
hombre del tercer milenio? ¿Es aún necesario un "Salvador"
para el hombre que ha alcanzado la Luna y Marte, y se dispone a
conquistar el universo; para el hombre que investiga sin límites
los secretos de la naturaleza y logra descifrar hasta los
fascinantes códigos del genoma humano? ¿Necesita un Salvador el
hombre que ha inventado la comunicación interactiva, que navega
en el océano virtual de internet y que, gracias a las más
modernas y avanzadas tecnologías mediáticas, ha convertido la
Tierra, esta gran casa común, en una pequeña aldea global? Este
hombre del siglo veintiuno, artífice autosuficiente y seguro de
la propia suerte, se presenta como productor entusiasta de
éxitos indiscutibles.
Lo parece, pero no es así. Se muere todavía de hambre y de sed,
de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de
consumismo desenfrenado. Todavía hay quienes están esclavizados,
explotados y ofendidos en su dignidad, quienes son víctimas del
odio racial y religioso, y se ven impedidos de profesar
libremente su fe por intolerancias y discriminaciones, por
ingerencias políticas y coacciones físicas o morales. Hay
quienes ven su cuerpo y el de los propios seres queridos,
especialmente niños, destrozado por el uso de las armas, por el
terrorismo y por cualquier tipo de violencia en una época en que
se invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y
la paz para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin
esperanza, se ven obligados a dejar su casa y su patria para
buscar en otros lugares condiciones de vida dignas del hombre?
¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles
profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones
e incapaces de asumir responsabilidades estables ante su
presente y ante su futuro, se encaminan por el túnel de la
soledad y acaban frecuentemente esclavizados por el alcohol o la
droga? ¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo
que ensalza la vida?
¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el fondo de
esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora
petición de ayuda? Es Navidad: hoy entra en el mundo "la luz
verdadera, que alumbra a todo hombre" (Jn 1, 9). "La
Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros" (ibíd.
1,14), proclama el evangelista Juan. Hoy, justo hoy, Cristo
viene de nuevo "entre los suyos" y a quienes lo acogen les da
"poder para ser hijos de Dios"; es decir, les ofrece la
oportunidad de ver la gloria divina y de compartir la alegría
del Amor, que en Belén se ha hecho carne por nosotros. Hoy,
también hoy, "nuestro Salvador ha nacido en el mundo", porque
sabe que lo necesitamos. A pesar de tantas formas de progreso,
el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa
entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su
intimidad, en lo que la Biblia llama el "corazón", donde
siempre necesita ser salvado. Y en la época actual
postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la
sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho
más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral.
¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar
en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?
"Salvator noster",
Cristo es también el Salvador del hombre de hoy. ¿Quién hará
resonar en cada rincón de la Tierra de manera creíble este
mensaje de esperanza? ¿Quién se ocupará de que, como condición
para la paz, se reconozca, tutele y promueva el bien integral de
la persona humana, respetando a todo hombre y toda mujer en su
dignidad? ¿Quién ayudará a comprender que con buena voluntad,
racionabilidad y moderación, no sólo se puede evitar que los
conflictos se agraven, sino llevarlos también hacia soluciones
equitativas? En este día de fiesta, pienso con gran preocupación
en la región del Oriente Medio, probada por numerosos y
graves conflictos, y espero que se abra a una perspectiva de paz
justa y duradera, respetando los derechos inalienables de los
pueblos que la habitan. Confío al divino Niño de Belén los
indicios de una reanudación del diálogo entre israelitas y
palestinos que hemos observado estos días, así como la esperanza
de ulteriores desarrollos reconfortantes. Confío en que, después
de tantas víctimas, destrucciones e incertidumbres, reviva y
progrese un Líbano democrático, abierto a los demás, en
diálogo con las culturas y las religiones. Hago un llamamiento a
los que tienen en sus manos el destino de Irak, para que
cese la feroz violencia que ensangrienta el País y se asegure
una existencia normal a todos sus habitantes. Invoco a Dios para
que en Sri Lanka, en las partes en lucha, se escuche el
anhelo de las poblaciones de un porvenir de fraternidad y
solidaridad; para que en Dafur y en toda África se
ponga término a los conflictos fraticidas, cicatricen pronto las
heridas abiertas en la carne de ese Continente y se consoliden
los procesos de reconciliación, democracia y desarrollo. Que el
Niño Dios, Príncipe de la paz, haga que se extingan los focos de
tensión que hacen incierto el futuro de otras partes del mundo,
tanto en Europa como en Latinoamérica.
"Salvator noster": Ésta es nuestra esperanza; este es el
anuncio que la Iglesia hace resonar también en esta Navidad. Con
la encarnación, recuerda el Concilio Vaticano II, el Hijo de
Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf. Gaudium et
spes, 22). Por eso, puesto que la Navidad de la Cabeza es
también el nacimiento del cuerpo, como enseñaba el Pontífice san
León Magno, podemos decir que en Belén ha nacido el pueblo
cristiano, cuerpo místico de Cristo en el que cada miembro está
unido íntimamente al otro en una total solidaridad. Nuestro
Salvador ha nacido para todos. Tenemos que proclamarlo no sólo
con las palabras, sino también con toda nuestra vida, dando al
mundo el testimonio de comunidades unidas y abiertas, en las que
reina la hermandad y el perdón, la acogida y el servicio
recíproco, la verdad, la justicia y el amor.
Comunidad salvada por Cristo. Ésta es la verdadera naturaleza de
la Iglesia, que se alimenta de su Palabra y de su Cuerpo
eucarístico. Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia
puede testimoniar a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con
entusiasmo y pasión, en el pleno respeto de cada tradición
cultural y religiosa; y hacerlo con alegría, sabiendo que Aquél
a quien anuncia nada quita de lo que es auténticamente humano,
sino que lo lleva a su cumplimiento. En verdad, Cristo viene a
destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo
demás, lo eleva y perfecciona. Cristo no nos pone a salvo de
nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva
del mundo, sino que ha venido al mundo para que el
mundo se salve por medio de Él (cf. Jn 3,17).
Queridos hermanos y hermanas, dondequiera que os encontréis, que
llegue hasta vosotros este mensaje de alegría y de esperanza:
Dios se ha hecho hombre en Jesucristo; ha nacido de la
Virgen María y renace hoy en la Iglesia. Él es quien lleva a
todos el amor del Padre celestial. ¡Él es el Salvador del
mundo! No temáis, abridle el corazón, acogedlo, para que su
Reino de amor y de paz se convierta en herencia común de todos.
¡Feliz Navidad!
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