Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de 2006

No perdamos la sonrisa

Casiano Floristán

Hay dos fiestas en el calendario cristiano, Navidad y Pascua, proclives a fomentar el deseo personal y social de vivir en paz y de lograr una convivencia entrelazada de gozo y alegría. Tradicionalmente nos deseamos en esos días unos a otros unas felices fiestas.

La Navidad del 2006 nos invita resueltamente a que levantemos el ánimo y recuperemos, tanto la sonrisa como la risa. Celebramos, nada menos, que el nacimiento del Salvador.

El ser humano ha sido definido como animal que piensa, fabrica, habla o ríe. La risa desvela el ser misterioso que es el ser humano. Entendida como manifestación gozosa de la alegría interior, es común a todas las razas y culturas. Se ríen sobre todo las personas honradas, las que se sienten libres, las que gozan con la bondad, la verdad y la belleza. No se ríen los intolerantes, los fanáticos, los dictadores, los terroristas.

En la Edad Media floreció una cultura popular de la risa extraordinaria, incluso dentro de los templos y del culto, durante las navidades y la cincuentena pascual. Se oían risas y carcajadas en las catedrales e iglesias, provocadas por los espectáculos teatrales que se representaban en algunos oficios litúrgicos. En esas dos fiestas fue notoria la risa pascual de los templos durante los oficios. En la misa de la nochebuena navideña, por ejemplo, un cantor imitaba el canto del gallo en el ofertorio con gran alborozo del pueblo. Los predicadores de las misas pascuales tenían licencia para provocar en los oyentes risas y carcajadas.

Desgraciadamente se impuso en la Edad Moderna una concepción del cristianismo basado en un Dios severo y castigador, que redime y valora como bien supremo el sufrimiento. Se desestimó una espiritualidad centrada en el gozo. Este modo de pensar se impuso en la formación de sacerdotes y religiosas y se extendió culturalmente a la vida social. La risa estuvo en nuestra sociedad occidental durante mucho tiempo bajo sospecha, mal vista. Se la asociaba a la frivolidad, no casaba con lo serio. Fue proscrita en la educación escolar por su connotación con lo prohibido. Se la menospreció como gesto inadecuado de comportamiento.

No es fácil determinar en qué consiste la risa. Es frágil, contagiosa y personal. El júbilo interior se exterioriza normalmente por medio de sonrisas, risas y carcajadas. Efectivamente, la risa es la victoria sobre el miedo, la tristeza, el malhumor, la enfermedad y la desgracia. Nos reímos de contrastes acusados, incongruencias de la vida, situaciones embarazosas, comportamientos humanos desconcertantes. La risa tiene frecuentemente un carácter subversivo. Es el polo opuesto a la seriedad, tristeza y aburrimiento. Es fantástica y utópica.

Necesitamos reírnos para pasar de una situación de falta de libertad a un estadio en el que nos sentimos libres. Al reírnos del tirano de turno, nos sentimos liberados, al menos por un tiempo. Es preciso además que nos libremos de la máscara social que la cultura oficial nos impone. Incluso necesitamos reírnos de nosotros mismos para destruir la fascinación que profesamos a nuestro propio ego.

La risa es, pues, una descarga de tensiones insoportables, una catarsis curativa. Ayuda a mantener o a recuperar la salud. Hay una relación -conocida por muchas religiones antiguas- entre lo cómico, las ganas de vivir y la capacidad de superar una enfermedad. Lo dice el refrán: “Alegría, belleza cría”. La risa diluye tensiones, disipa malentendidos, rejuvenece a la persona.

Afirman los antropólogos que al reírnos movemos 13 músculos de la cara, mientras que cuando nos expresamos con mal humor lo hacemos con 67, cinco veces más. Es, pues, mejor y más fácil reírse que mostrarse adusto. Por supuesto, cuando estalla la risa, además de moverse nervios y músculos, se pone en ejercicio la mente. Reír no es un fenómeno meramente muscular, consecuencia de unas cosquillas, sino acto de la inteligencia de una persona que goza de la vida.

Las manifestaciones de la risa son amplias, desde la sonrisa insinuada a la risa abierta, y de la risa contagiosa a la sonora carcajada. Muchos son los tipos de risa: alegre, irónica, sarcástica, burlona, diabólica, vengativa, de conejo o de mandíbula batiente. Coloquialmente se emplean expresiones variadas como reír disimuladamente, llorar de risa, caerse de risa, desternillarse, descoyuntarse, mondarse, troncharse o morir de risa.

Frente a la seriedad de las instituciones y al miedo que infunden los poderosos, han surgido burlas medievales, chistes populares, inocentadas, carnavales, bufones de corte, payasos del circo, arlequines del teatro y humoristas del cine. No han faltado en la Iglesia santos con buen humor. El último, añorado por todos, fue Juan XXIII.

Para S. Freud -el psicoanalista que filosofó sobre el chiste-, el humor es un "elemento liberador". El psicoanalista vienés desarrolló la idea de la risa sublimada. Según el sociólogo norteamericano P. Berger, el humor fomenta una "risa salvadora", a saber, hace más soportable la vida. Efectivamente, el humor es indicio de transcendencia, promesa de redención. Proporciona distensión, libertad de espíritu, capacidad de asumir el destino. La experiencia de la risa suspende la sensación de lo trágico y nos transporta a un mundo de felicidad, alegre, risueño, celestial. No perdamos la sonrisa. Recuperemos la risa.

Escritor y teólogo español. Recientemente fallecido.