Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de 2006

Recobremos la esperanza

Casiano Floristán

El año litúrgico o año cristiano comienza con el adviento, cuyas cuatro semanas se destinan a preparar confiadamente la navidad y el año nuevo. En este tiempo los grandes almacenes y tiendas adornan sus escaparates luminosos, las familias hacen compras extraordinarias, los que residen lejos de su pueblo o ciudad preparan su retorno al hogar, los coros parroquiales afinan el canto de los villancicos, se escuchan cantatas navideñas de Händel y Bach y en muchas capillas se alza la corona de adviento. Efectivamente, adviento es un tiempo de espera confiada y de esperanza.

De acuerdo a la sabiduría popular, la esperanza es lo último que se pierde; “mientras hay vida, hay esperanza”. Según algunos psicólogos y antropólogos, la esperanza forma parte de la urdimbre del ser humano, es el entramado de la vida personal. Dada la menesterosidad con la que nace y la tutela amorosa que de ordinario recibe, hay en el ser humano, en su nivel más hondo, una especie de esperanza o de confianza básica. Vivir es esperar. Cuando esta esperanza se hace jirones o desaparece por una pérdida afectiva importante o por una lesión de los derechos humanos más elementales, se produce en el ser humano un sentimiento de frustración, crispación o desesperación.

A principios del siglo XX el poeta francés Peguy, convertido al cristianismo, escribió un memorable poema a la esperanza, en un tiempo refractario al verdadero esperar. “La fe -dice Peguy- es una esposa fiel y la caridad una madre ardiente. La esperanza es una niñita de nada, que se levanta por la mañana y da los buenos días al pobre y al huérfano. Va colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores, que la llevan de la mano. En realidad ella es la que hace caminar a las otras dos. Entre la fe y la caridad, colgada de su brazos, la pequeña esperanza avanza por el mundo entero”. Desgraciadamente, se tambaleó la esperanza con las dos guerras mundiales, el nazismo, el holocausto judío y la implantación soviética con el terror y la fuerza.

Después de la última guerra mundial renació de nuevo la confianza en el futuro. Pensadores judíos y cristianos, protestantes y católicos, apostaron de nuevo por la esperanza. Bloch en 1954, Laín Entralgo en 1957 y Moltmann en 1964 alzaron sus voces a favor de la esperanza. Las primaveras de Praga y de París, junto al Vaticano II, fueron, a su vez, muestras inequívocas de grandes esperas. “Donde hay esperanza hay religión” dijo el judío Bloch. “Por el hecho de ser como es -escribió Laín Entralgo-, el hombre tiene que esperar, no puede no esperar”. “El cristianismo -añadió Moltmann- es esperanza, mirada y orientación hacia adelante”.

Nuevamente hemos asistido en estos último meses a un severo desgarro de la esperanza por las sacudidas de terroristas sin escrúpulo, quizás desesperados, fuera y dentro de nuestro país. La caza inmisericorde de talibanes humillados y fanáticos, ha sido otro capítulo triste de reciente actualidad. El miedo de muchas personas a coger un avión o abrir un sobre se añade a quienes, cerca de nosotros, viven con miedo constantemente asediados, vigilados, sin paz. Sin confianza, no hay modo de que se mantenga enhiesta la esperanza.

Los que mantenemos la esperanza no tenemos derecho a desesperar o, dicho de otro modo, desesperar es conceder a la victoria a los asesinos de la vida, a los que manejan la guadaña de la muerte. El clamor de las víctimas sube hasta nosotros y al cielo. El ser humano no se conforma con lo que tiene, sino que espera algo mejor para él mismo y para la sociedad.

Para recuperar la esperanza es necesario ser testigos de la vida frente a las amenazas de la muerte. En efecto, el mundo se oscurece por la ausencia de vida en los niveles más primarios: hambre, desempleo, enfermedad, homicio, terrorismo. Hay que ser, además, testigos de la verdad frente a las insidias de la mentira. La mentira suprime la liberad, coarta la vida humana y causa la muerte. Lo contrario de la esperanza no es el error sino el engaño, no es la increencia sino la injusticia.

Para los cristianos, la esperanza va de la mano de firmes creencias y de acciones de justicia y de paz. Lo dijo Unamuno con nitidez: “Sólo el que cree espera de verdad, y sólo el que de verdad cree, espera”. Por ser una virtud teologal, la esperanza refleja el ser de Dios en el entramado del creyente. No es quietud sino acción. Incluye, abarca y transciende todas las esperas humanas. Se relaciona estrechamente con la fe y la caridad. “A fuerza de creer -escribe Laín Entralgo- se espera y se ama, y a fuerza de esperar se llega a creer y amar”.

La esperanza es punto de arranque para la transformación del mundo. Comporta una espera impaciente y apremiante. La esperanza desencadena creación, transformación, solidaridad en lo personal y en lo social. Se expresa en la práctica de la caridad y de la justicia. Es combate contra los ídolos (dinero, poder, orgullo) y preparación de los caminos de la paz. Es evidente que cristianos son los creyentres, cuya fe les exige tener caridad, pero la vida del cristiano es en el fondo una vida de esperanza. La tensión de la fe consiste en vivir, no entre el mundo y el cielo sino entre el presente y el porvenir, es decir, en la esperanza. Es hora de recobrarla.

 Escritor y teólogo español. Recientemente fallecido.