Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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¡La vida es espera!
Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap.
I Domingo de Adviento (ciclo C)
Jeremías
33 14-16; 1 Tesalonicenses 3, 12-4,2; Lucas 21,
25-28.34-36
El otoño es el tiempo ideal para meditar sobre los temas
humanos. Tenemos ante nosotros el espectáculo anual de las hojas
que caen de los árboles. Desde siempre se ha visto en él una
imagen del destino humano. Una generación viene, una generación
se va...
¿Pero es de verdad éste nuestro destino final? ¿Más mísero que
el de los árboles? El árbol, después del deshoje, en primavera
vuelve a florecer; el hombre en cambio, una vez que ha caído en
tierra, ya no ve al luz. Al menos, no la luz de este mundo...
Las lecturas del domingo nos ayudan a dar una respuesta a la que
es la más angustiosa y la más humana de las cuestiones.
Recuerdo haber visto de niño, en una película o en un tebeo de
aventuras, una escena que se me quedó fijada para siempre. Es
por la noche y se ha caído un puente del ferrocarril; un tren,
ignorante, llega a toda velocidad; el guardavías se pone entre
éstas gritando: «¡Detente! ¡Detente!», agitando una linterna
para señalar el peligro; pero el maquinista está distraído y no
lo ve, y avanza arrastrando el tren al río... No querría cargar
las tintas, pero me parece una imagen de nuestra sociedad, que
avanza frenéticamente al ritmo de rock ‘n roll,
desatendiendo todas las señales de alarma que provienen no sólo
de la Iglesia, sino de muchas personas que sienten la
responsabilidad del futuro...
Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año
litúrgico. El Evangelio que nos acompañará en el curso de este
año, ciclo C, es el de Lucas. La Iglesia acoge la ocasión de
estos momentos fuertes, de paso, de un año al otro, de una
estación a otra, para invitarnos a detenernos un instante, a
observar nuestro rumbo, a plantearnos las preguntas que cuentan:
«¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿adónde
vamos?».
En las lecturas de la Misa dominical, todos los verbos están en
futuro. En la primera lectura escuchamos estas palabras de
Jeremías: «Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que
confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la
casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar
para David un Germen justo...».
A esta espera, realizada con la venida del Mesías, el pasaje
evangélico le da un horizonte o contenido nuevo, que es el
retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. «Las fuerzas
de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo
del hombre en una nube con gran poder y gloria».
Son tonos e imágenes apocalípticas, de catástrofe. Sin embargo
se trata de un mensaje de consuelo y de esperanza. Nos dicen que
no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino
hacia un encuentro, el encuentro con aquél que nos ha creado y
que nos ama más que un padre y una madre. En otro lugar el
propio Apocalipsis describe este evento final de la historia
como una entrada al banquete nupcial. Basta con recordar la
parábola de las diez vírgenes que entran con el esposo en la
sala nupcial, o la imagen de Dios que, en el umbral de la otra
vida, nos espera para enjugar la última lágrima que penda de
nuestros ojos.
Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es
una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después
de él se espera su retorno glorioso al final de los tiempos.
Precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy
importante que decirnos para nuestra vida. Un gran autor
español, Calderón de la Barca, escribió un célebre drama
titulado La vida es sueño. Con igual verdad se debe
decir: ¡la vida es espera! Es interesante que éste sea
justamente el tema de una de las obras teatrales más famosas de
nuestro tiempo: Esperando a Godot, de Samuel Beckett...
Cuando una mujer está embarazada se dice que «espera» un niño;
los despachos de personas importantes tienen «sala de espera».
Pensándolo bien, la vida misma es una sala de espera. Nos
impacientamos cuando estamos obligados a esperar una visita o
una experiencia. Pero ¡ay si dejáramos de esperar algo! Una
persona que ya no espera nada de la vida está muerta. La vida es
espera, pero es también cierto lo contrario: ¡la espera es vida!
¿Qué diferencia la espera del creyente de cualquier otra espera,
por ejemplo, de la espera de los dos personas que aguardan a
Godot? Ahí se espera a un misterioso personaje (que después,
según algunos, sería precisamente Dios, God, en inglés),
pero sin certeza alguna de que llegue de verdad. Debía acudir
por la mañana, envía a decir que irá por la tarde; en ese
momento dice que no puede ir, pero que lo hará con seguridad por
la noche, y por la noche que tal vez irá a la mañana
siguiente... Y los dos pobrecillos están condenados a esperarle;
no tienen alternativa.
No es así para el cristiano. Éste espera a uno que ya ha venido
y que camina a su lado. Por esto, después del primer domingo de
Adviento, en el que se presenta el retorno final de Cristo, en
los domingos sucesivos escucharemos a Juan Bautista que nos
habla de su presencia en medio de nosotros: «¡En medio de
vosotros -dice- hay uno a quien no conocéis!». Jesús está
presente en medio de nosotros no sólo en la Eucaristía, en la
palabra, en los pobres, en la Iglesia... sino que, por gracia,
vive en nuestros corazones y el creyente lo experimenta.
La del cristiano no es una espera vacía, un dejar pasar el
tiempo. En el Evangelio del domingo Jesús dice también cómo debe
ser la espera de los discípulos, cómo deben comportarse
entretanto, a fin de no verse sorprendidos: «Guardaos de que no
se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la
embriaguez y por las preocupaciones de la vida... Estad en vela,
pues, orando en todo tiempo...».
Pero de estos deberes morales tendremos ocasión de hablar en
otros momentos. Termino con un recuerdo cinematográfico. Hay dos
grandes historias de iceberg llevadas a la gran pantalla. Una es
la del Titanic, que conocemos bien..., la otra la relata la
película de Kevin Kostner Rapa Nui, de hace algunos años.
Una leyenda de la isla de Pascua, situada en el Océano Pacífico,
dice que el iceberg es en realidad una nave que cada ciertos
años o siglos pasa junto a la isla para permitir al rey o al
héroe del lugar encaramarse a ella e ir hacia el reino de la
inmortalidad.
Existe un iceberg en la ruta de cada uno de nosotros, la hermana
muerte. Podemos fingir que no lo vemos o no pensar en ello como
la gente despreocupada que, en el Titanic, estaba de fiesta esa
noche, o podemos estar preparados para subirnos y dejarnos
conducir hacia el reino de los santos. El tiempo de Adviento
debería servir también para esto...
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