Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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Disfrazar la Navidad
Mons. Juan del Río, obispo de Jerez
La Navidad goza de un fuerte arraigo popular en España. Las
festivas zambombas, la rica tradición belenistas y la alegre
cabalgata de Reyes hacen durante semanas que el acontecimiento
de Belén inunde de luz la oscuridad de muchos corazones, que los
valores de paz y caridad sean los más deseados estos días, y que
la estrella de los Magos de Oriente nos conduzca a donde está el
Salvador del mundo: el Emmanuel, el anunciado y esperado de las
naciones, el Dios humando. Este es misterio nuclear de la
Navidad. Sus celebraciones han forjado toda una cultura navideña
que tiene sus expresiones en la gastronomía, la música de los
villancicos, la pintura y escultura de los nacimientos. Todo
esto nos habla de cómo la encarnación de la fe cristiana crea
cultura y engendra valores que ennoblecen a los pueblos y a sus
gentes.
Pues bien, sucede ahora que para ser “políticamente correctos”,
para no “herir sensibilidades” de otros credos o de la nueva
“religión laica”, todo esto hay que reconvertirlo, disfrazarlo,
maquillarlo para que parezca y no sea. Lo curioso es que este
enmascaramiento ha sido auspiciado por algunos agnósticos y
ateos que desde una posición laicista suelen hablar mucho de la
tolerancia hacia sus posturas y las de otras religiones, pero no
utilizan la misma medida para la sensibilidad cristiana y
católica de estos días. Aunque tampoco les interesa que
desaparezcan las fiestas navideñas, ya que con ellas vienen las
vacaciones de invierno, aumenta el consumo y se benefician los
pequeños y grandes almacenes. Pero sobre todo, se comparte esa
carga de sentimentalismo llamado “espíritu de navidad” que sirve
para autojustificarse con la solidaridad y para guardar las
apariencias familiares en las consabidas cenas y comidas de
estos días.
Sí, sí, todo eso sin que haya referencias a que hace XX siglos
Dios quiso compartir nuestra naturaleza humana para que la
humanidad participará en su vida divina. Esto tiene también su
reflejo en esas postales de felicitación de instituciones
públicas donde hay una ocultación a cualquier referencia
cristiana. En muchas ocasiones son preferibles signos que evocan
las religiones y mitologías naturalistas nórdicas como el árbol,
el muérdago, la nieve, elfos o duendes, antes que aludir al
hecho histórico de Belén. Lo mismo está sucediendo con los
alumbrados navideños donde se da luz a unas fiestas vaciadas de
su contenido originario. Y de igual modo ocurre con la
entrañable tradición del obispo católico San Nicolás de Bari, de
una reconocida caridad con los niños y humildes, convertida y
transformada en nuestros días en la magia de un personaje de
ropas rojas y barbas blancas, que nada tiene que ver con el
cristianismo.
En esta secularización en la que se ve inmersa las fiestas de la
Natividad del Señor, no está exenta la misma comunidad
cristiana, que en gran medida ha perdido la sensibilidad de la
sorpresa del misterio del Dios que sale al encuentro del hombre.
Así ocurre que en algunas parroquias y templos se ha suprimido
la Misa de media noche –conocida como Misa de Gallo– en pos de
una misa vespertina con carácter festivo que resulta más cómoda
para los tiempos en que vivimos. Sin embargo, lo auténtico y
hermoso, es que en medio de la noche la buena noticia del
nacimiento de Jesús llegó a unos pastores que cuidaban sus
rebaños (cf. Lc 2, 8-12).
Es por ello, que volver a las fuentes de la verdadera Navidad,
supone que no reneguemos de las raíces culturales que le han
dado el ser a Europa, que los poderes públicos y otras
instancias sociales tengan el respeto debido con el hecho
cristiano, que aquellos católicos que actúan en la vida pública
no favorezcan con sus actuaciones las tesis laicistas al
disimulo del sentido indiscutible de la Navidad. Y que los
mismos cristianos retornemos más intensamente a la
espiritualidad primordial y natural del tiempo litúrgico
adviento-navidad.
Nuestros pueblos y ciudades, gracias Dios, pueden aún fijar su
mirada en esos bellos belenes que ocupan nuestras casas,
Iglesias y plazas, en esos villancicos, que alegran el alma, y
que aún no se nos han prohibido.
Presidente de la Comisión para los Medios de Comunicación de la
Conferencia Episcopal Española al acercarse la Navidad.
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