Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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«La persona humana, corazón de la paz»
Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2007
1. Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los
gobernantes y a los responsables de las naciones, así como a
todos los hombres y mujeres de buena voluntad, mis deseos de
paz. Los dirijo en particular a todos los que están probados por
el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la
violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su
dignidad, esperan en su rescate humano y social. Los dirijo a
los niños, que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza
a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan a todos trabajar
por la justicia y la paz.
Pensando precisamente en los niños, especialmente en los que
tienen su futuro comprometido por la explotación y la maldad de
adultos sin escrúpulos, he querido que, con ocasión del Día
Mundial de la Paz, la atención de todos se centre en el tema:
La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy
convencido de que respetando a la persona se promueve la paz, y
que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico
humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para
las nuevas generaciones.
La persona humana y la paz: don y tarea
2. La Sagrada Escritura dice: «Dios creó el hombre a su imagen;
a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» ( Gn
1,27). Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano
tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino
alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse
libremente y de entrar en comunión con otras personas. Al mismo
tiempo, por la gracia, está llamado a una alianza con su
Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie más
puede dar en su lugar.[1]
En esta perspectiva admirable, se comprende la tarea que se ha
confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de
hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la
paz. San Agustín enseña con una elocuente síntesis: « Dios, que
nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros
».[2] Por tanto, es preciso
que todos los seres humanos cultiven la conciencia de los dos
aspectos, del don y de la tarea.
3. También la paz es al mismo tiempo un don y una tarea.
Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos,
la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones
de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente,
también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de
Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar
divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo
ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que
necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y
Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la
comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra.
Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose
a la Asamblea General de las Naciones Unidas
el 5 de octubre de 1995, dijo que nosotros «no vivimos en un
mundo irracional o sin sentido [...], hay una lógica moral que
ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los
hombres y entre los pueblos ».[3]
La “gramática” trascendente, es decir, el conjunto de reglas de
actuación individual y de relación entre las personas en
justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las
que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido
reafirmar recientemente, «creemos que en el origen está el Verbo
eterno, la Razón y no la Irracionalidad».[4]
Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una
respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en
el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que
el respeto de la “gramática” escrita en el corazón del hombre
por su divino Creador.
En esta perspectiva, las normas del derecho natural no han de
considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como
si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser
acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto
divino universal inscrito en la naturaleza del ser humano.
Guiados por estas normas, los pueblos —en sus respectivas
culturas— pueden acercarse así al misterio más grande, que es el
misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento y el respeto de
la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo
entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre
los creyentes e incluso los no creyentes. Éste es un gran punto
de encuentro y, por tanto, un presupuesto fundamental para una
paz auténtica.
El derecho a la vida y a la libertad religiosa
4. El deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el
cual se refleja la imagen del Creador, comporta como
consecuencia que no se puede disponer libremente de la
persona. Quien tiene mayor poder político, tecnológico o
económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los
otros menos afortunados. En efecto, la paz se basa en el respeto
de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera de
los derechos fundamentales de cada persona. En particular,
reivindica el respeto de la vida y la libertad
religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida en
todas sus fases establece un punto firme de importancia
decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su
entera disposición. Igualmente, la afirmación del derecho a
la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del ser
humano con un Principio trascendente, que lo sustrae a la
arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida y a la
libre expresión de la propia fe en Dios no están sometidos al
poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite
claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán
intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que es
propio del hombre como tal.
5. Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso
denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad:
además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo
y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas
provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre
los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un
atentado a la paz? El aborto y la experimentación sobre los
embriones son una negación directa de la actitud de acogida del
otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas.
Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un
síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se
manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los
seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar
pública y libremente sus propias convicciones religiosas.
Hablando en particular de los cristianos, debo notar con dolor
que a veces no sólo se ven impedidos, sino que en algunos
Estados son incluso perseguidos, y recientemente se han debido
constatar también trágicos episodios de feroz violencia. Hay
regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que
otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución
violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las
creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho
humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia
pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una
cultura negativa para la paz.
La igualdad de naturaleza de todas las personas
6. En el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se
encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que,
trágicamente, hay todavía en el mundo. Entre ellas son
particularmente insidiosas, por un lado, las desigualdades en
el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la
casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades
entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos
fundamentales.
Un elemento de importancia primordial para la construcción de la
paz es el reconocimiento de la igualdad esencial entre las
personas humanas, que nace de su misma dignidad
trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de
todos, inscrito en esa “gramática” natural que se desprende del
proyecto divino de la creación; un bien que no se puede
desatender ni despreciar sin provocar graves consecuencias que
ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias que sufren
muchas poblaciones, especialmente del Continente africano, están
en el origen de reivindicaciones violentas y son por tanto una
tremenda herida infligida a la paz.
7. La insuficiente consideración de la condición femenina
provoca también factores de inestabilidad en el orden social.
Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos y en
tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso
igualmente —en un contexto diverso— en las concepciones
antropológicas persistentes en algunas culturas, que todavía
asignan a la mujer un papel de gran sumisión al arbitrio del
hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y
al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No se puede
caer en la ilusión de que la paz está asegurada mientras no se
superen también estas formas de discriminación, que laceran la
dignidad personal inscrita por el Creador en cada ser humano.[5]
La ecología de la paz
8. Juan Pablo II, en su Carta encíclica
Centesimus annus,
escribe: « No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el
cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un
bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para
sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la
estructura natural y moral de la que ha sido dotado
».[6] Respondiendo a este don que el
Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus semejantes,
puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además de la
ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar «
humana », y que a su vez requiere una « ecología social ». Esto
comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la
paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la
ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la
ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud
irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la
convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más
claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la
paz entre los hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. La
poética oración de San Francisco conocida como el “Cántico del
Hermano Sol”, es un admirable ejemplo, siempre actual, de esta
multiforme ecología de la paz.
9. El problema cada día más grave del abastecimiento
energético nos ayuda a comprender la fuerte relación entre
una y otra ecología. En estos años, nuevas naciones han entrado
con pujanza en la producción industrial, incrementando las
necesidades energéticas. Eso está provocando una competitividad
ante los recursos disponibles sin parangón con situaciones
precedentes. Mientras tanto, en algunas regiones del planeta se
viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo
está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de
los precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué
género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la
escasez de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y
antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y
¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición? Son
preguntas que evidencian cómo el respeto por la naturaleza está
vinculado estrechamente con la necesidad de establecer entre los
hombres y las naciones relaciones atentas a la dignidad de la
persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades. La
destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el
acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan
fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto
de un concepto inhumano de desarrollo. En efecto, un desarrollo
que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la
dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano
integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la
capacidad destructiva del hombre.
Concepciones restrictivas del hombre
10. Es apremiante, pues, incluso en el marco de las dificultades
y tensiones internacionales actuales, el esfuerzo por abrir paso
a una ecología humana que favorezca el crecimiento del «
árbol de la paz ». Para acometer una empresa como ésta, es
preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada
por prejuicios ideológicos y culturales, o intereses políticos y
económicos, que inciten al odio y a la violencia. Es
comprensible que la visión del hombre varíe en las diversas
culturas. Lo que no es admisible es que se promuevan
concepciones antropológicas que conlleven el germen de la
contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables las
concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante
nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos.
Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es
aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta
concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de
que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.
11. Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las
concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las
ideologías. Peligra también por la indiferencia ante lo que
constituye la verdadera naturaleza del hombre. En efecto,
son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia de
una naturaleza humana específica, haciendo así posible las más
extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas
esenciales del ser humano. También en esto se necesita claridad:
una consideración “débil” de la persona, que dé pie a cualquier
concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la
paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas
a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así
por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa
fácil de la opresión y la violencia.
Derechos humanos y Organizaciones internacionales
12. Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los
derechos del hombre. Pero si éstos se basan en una concepción
débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos
mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de
una concepción relativista de la persona cuando se trata de
justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este
caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el
fundamento que se aduce para ello es sólo relativo. ¿Por qué
sorprenderse cuando, ante las exigencias “incómodas” que impone
uno u otro derecho, alguien se atreviera a negarlo o decidera
relegarlo? Sólo si están arraigados en bases objetivas de la
naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se
le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser
desmentidos. Por lo demás, es patente que los derechos del
hombre implican a su vez deberes. A este respecto, bien decía el
mahatma Gandhi: «El Ganges de los derechos desciende del
Himalaya de los deberes». Únicamente aclarando estos
presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a
continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente. Sin esta
aclaración, se termina por usar la expresión misma de « derechos
humanos », sobrentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para
algunos, será la persona humana caracterizada por una dignidad
permanente y por derechos siempre válidos, para todos y en
cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil y
con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como
en el tiempo y en el espacio.
13. Los Organismos internacionales se refieren continuamente a
la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la
Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración
Universal de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la
promoción de los derechos del hombre. Se considera dicha
Declaración como una forma de compromiso moral asumido por la
humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad sobre
todo si se entienden los derechos descritos en la Declaración no
simplemente como fundados en la decisión de la asamblea que los
ha aprobado, sino en la naturaleza misma del hombre y en su
dignidad inalienable de persona creada por Dios. Por tanto, es
importante que los Organismos internacionales no pierdan de
vista el fundamento natural de los derechos del hombre. Eso los
pondría a salvo del riesgo, por desgracia siempre al acecho, de
ir cayendo hacia una interpretación meramente positivista de los
mismos. Si esto ocurriera, los Organismos internacionales
perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de
defensores de los derechos fundamentales de la persona y de los
pueblos, que es la justificación principal de su propia
existencia y actuación.
Derecho internacional humanitario y derecho interno de los
Estados
14. A partir de la convicción de que existen derechos humanos
inalienables vinculados a la naturaleza común de los hombres, se
ha elaborado un derecho internacional humanitario, a cuya
observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso de
guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este
derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas
situaciones bélicas recientes. Así ha ocurrido, por ejemplo, en
el conflicto que hace meses ha tenido como escenario el Sur del
Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación
de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar
a la población civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva
configuración de los conflictos, sobre todo desde que la amenaza
terrorista ha actuado con formas inéditas de violencia,
exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho
internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones
actuales de conflicto armado, incluidas las que no están
previstas por el derecho internacional vigente. Además, la plaga
del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites
éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos de la
seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los
conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan
grupos terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus
objetivos. Ante los hechos sobrecogedores de estos últimos años,
los Estados deben percibir la necesidad de establecer reglas más
claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática
desorientación que se está dando. La guerra es siempre un
fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para
la humanidad. Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay
que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad
y los valores que fundamentan toda convivencia civil,
estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más
posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los
civiles y de todas las víctimas de los conflictos.[7]
15. Otro elemento que suscita gran inquietud es la voluntad,
manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer
armas nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima
difuso de incertidumbre y de temor ante una posible catástrofe
atómica. Es algo que hace pensar de nuevo en los tiempos
pasados, en las ansias abrumadoras del período de la llamada
“guerra fría”. Se esperaba que, después de ella, el peligro
atómico habría pasado definitivamente y que la humanidad podría
por fin dar un suspiro de sosiego duradero. A este respecto, qué
actual parece la exhortación del Concilio Ecuménico Vaticano II:
«Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la
destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus
habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que
hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones».[8]
Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad siguen
formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro de
paz para todos consiste no sólo en los acuerdos internacionales
para la no proliferación de armas nucleares, sino también
en el compromiso de intentar con determinación su disminución y
desmantelamiento definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de
lado para lograr estos objetivos mediante la negociación. ¡Está
en juego la suerte de toda la familia humana!
La Iglesia, tutela de la trascendencia de la persona humana
16. Deseo, por fin, dirigir un llamamiento apremiante al Pueblo
de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un
trabajador incansable en favor de la paz y un valiente defensor
de la dignidad de la persona humana y de sus derechos
inalienables. El cristiano, dando gracias a Dios por haberlo
llamado a pertenecer a su Iglesia, que es « signo y salvaguardia
de la trascendencia de la persona humana »
[9]
en el mundo, no se cansará de implorarle el bien fundamental de
la paz, tan importante en la vida de cada uno. Sentirá también
la satisfacción de servir con generosa dedicación a la causa de
la paz, ayudando a los hermanos, especialmente a aquéllos que,
además de sufrir privaciones y pobreza, carecen también de este
precioso bien. Jesús nos ha revelado que « Dios es amor»
( 1 Jn 4,8), y que la vocación más grande de cada persona
es el amor. En Cristo podemos encontrar las razones supremas
para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces
constructores de la paz.
17. Así pues, que nunca falte la aportación de todo creyente a
la promoción de un verdadero humanismo integral, según
las enseñanzas de las Cartas encíclicas
Populorum progressio
y
Sollicitudo rei socialis,
de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente el 40
y el 20 aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos
asomamos —aun entre peligros y problemas— con el corazón lleno
de esperanza, confío mi constante oración por toda la humanidad
a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo, « nuestra paz » (
Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la
paz, e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro
en el rostro de cada persona humana, corazón de la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2006.
La Jornada Mundial de la Paz se celebrará el 1 de enero de
2007.
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