Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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El Universo en equilibrio de la democracia
Gerardo E. Martínez-Solanas
El equilibrio es la característica fundamental del Universo en
que vivimos, desde las partículas más ínfimas del microcosmos
hasta las inconmensurables dimensiones galácticas del
macrocosmos.
Esta condición fundamental no implica el orden absoluto y
predecible, porque el equilibrio perfecto no entraña una
condición de estabilidad tal que signifique la muerte del
Universo. Todo lo contrario, el equilibrio natural es la
conflagración de las fuerzas de un Universo dinámico, cambiante
y en constante transformación.
El famoso físico alemán F.A. Popp ha demostrado en sus estudios,
investigaciones y experimentos que la coherencia perfecta del
universo en que vivimos es un estado óptimo justo a medio camino
entre el caos y el orden. Esto se aplica tanto a la física de la
materia y de la energía como a las estructuras de la bioquímica
y de la física cuántica en una realidad universal que encuentra
la perfección en ese estado óptimo y esencialmente dinámico.
Popp compara todos los estados en equilibrio que se producen a
distintos niveles en el Universo a una gigantesca orquesta que
mantiene una armonía coherente pero en la que sus innumerables
miembros conservan la capacidad de improvisar, es decir, de
ejercer una influencia individual en su entorno.
Es sólo natural que en el entorno social, económico y político
que forma parte de las realidades del ser humano se apliquen en
consecuencia leyes semejantes para alcanzar el equilibrio óptimo
de una sociedad coherente y saludable. Dentro de este ámbito, la
democracia es un microuniverso en busca de ese equilibrio en la
sociedad que lo compone. Sencillamente, la democracia es el
sistema que propicia la perfección entre el caos y el orden.
Podemos definir la democracia como una forma de convivencia
social en la que los ciudadanos son libres e iguales ante la
ley, las relaciones sociales se establecen de acuerdo a
mecanismos contractuales y las decisiones colectivas son
adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación
directa o indirecta que le confieren legitimidad.
Ahora bien, toda democracia es electoralista, puesto que la
consulta popular es su característica más destacada y un medio
eficaz de participación. Este proceso electoralista o de
consulta popular o plebiscitaria puede llegar a decisiones que
apuntan hacia un orden más estricto o hacia una mayor
liberalización. Si no se controlan, estas tendencias pueden
propiciar regímenes extremistas que acaban por negar la
democracia que les dio paso. A mayor esfuerzo por alcanzar el
orden absoluto, más proclive es la sociedad a caer bajo una
dictadura y el Estado a convertirse en totalitario. A mayor
esfuerzo por grados más altos de liberalización, mayores son los
abusos de corrupción, desintegración social y caos político. La
democracia deja de serlo cuando pierde ese equilibrio exquisito
entre el caos y el orden.
El éxito logrado por los países más desarrollados se debe al
Estado organizado en un equilibrio estable entre los poderes
ejecutivo, legislativo y judicial. A su vez, a que el respeto a
los derechos humanos y las libertades fundamentales reconocidos
internacionalmente convierte a la prensa en una palestra pública
que debe cumplir con plena libertad una función vigilante y
crítica, que para muchos equivale a un cuarto poder.
En este entorno se aplica esa capacidad de improvisar y de tomar
iniciativas individuales que son el elemento caótico que medra
en toda sociedad humana, pero que es fundamental para ese
equilibrio que denominamos estado de derecho. Ese elemento
caótico impide el estancamiento social y político y alimenta el
dinamismo de una sociedad progresista y en constante desarrollo.
Cuando el universo político de la democracia se aparta de este
equilibrio, la sociedad enferma, el país se estanca y el Estado
se convierte en un espantoso agujero negro.
Director de DemocraciaParticipativa.net
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