Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Dic. de
2006
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Palabras de Benedicto XVI al final de la Divina Liturgia en la
iglesia patriarca del San Jorge
Discurso que pronunció Benedicto XVI el 1 de diciembre al final
de la Divina Liturgia de la fiesta de San Andrés celebrada por
el Patriarca Ecuménico de Constantinopla Bartolomé I en la
iglesia patriarcal de San Jorge en el Fanar (Estambul).
Esta Divina Liturgia celebrada en la fiesta de San Andrés
apóstol, santo patrono de la Iglesia de Constantinopla, nos
remonta a la Iglesia primitiva, a la época de los apóstoles. Los
evangelios de Marco y de Mateo narran cómo Jesús llamó a los dos
hermanos, Simón, a quien Jesús le dio el nombre de Cefas o
Pedro, y Andrés: « Venid conmigo, y os haré pescadores de
hombres» (Mateo 4, 19; Marcos 1, 17). El cuarto Evangelio,
además, presenta a Andrés como el primer llamado, «ho
protoklitos», tal y como es conocido en la tradición bizantina.
Y es precisamente Andrés quien presenta a su hermano Simón a
Jesús (Cf. Juan 1, 40ss.).
Hoy, en esta iglesia patriarcal de San Jorge, tenemos la
posibilidad de experimentar una vez más la comunión y la llamada
de los dos hermanos, Simón Pedro y Andrés, en el encuentro entre
el Sucesor de Pedro y su hermano en el ministerio episcopal,
cabeza de la Iglesia fundada según la tradición por el apóstol
Andrés. Nuestro fraternal encuentro pone en evidencia la
especial relación que une a las Iglesias de Roma y de
Constantinopla como Iglesias hermanas.
Con alegría sincera damos gracias a Dios por la nueva vitalidad
de esta relación que ha ido creciendo desde el memorable
encuentro en Jerusalén, en diciembre de 1964, entre nuestros
antecesores el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras. Su
intercambio epistolar, publicado en el volumen titulado «Tomos
Agapis», testimonia la profundidad de los lazos que se
desarrollaron entre ellos y que se reflejan en la relación
existente entre las Iglesias hermanas de Roma y de
Constantinopla.
El 7 de diciembre de 1965, víspera de la sesión final del
Concilio Vaticano II, nuestros venerables antecesores dieron un
paso único e inolvidable, respectivamente en la iglesia
patriarcal de San Jorge y en la basílica de San Pedro en
Vaticano: borraron de la memoria de la Iglesia las dramáticas
excomuniones de 1054. Al hacerlo, confirmaban un cambio decisivo
en nuestras relaciones. Desde entonces, han sido muchos e
importantes los avances registrados en el camino de
reacercamiento mutuo. Recuerdo en especial la visita de mi
antecesor el Papa Juan Pablo II a Constantinopla en 1979 y las
visitas a Roma del Patriarca Ecuménico Bartolomé I.
Con este mismo espíritu, mi presencia hoy aquí pretende renovar
nuestro compromiso de continuar juntos por el camino que lleva
al restablecimiento --con la gracia de Dios-- de la plena
comunión entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de
Constantinopla. Puedo aseguraros que la Iglesia católica está
dispuesta a hacer todo lo posible para superar los obstáculos y
para buscar, junto con nuestros hermanos y hermanas ortodoxos,
medios de cooperación pastoral cada vez más eficaces con ese
fin.
Los dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, eran
pescadores a los que Jesús llamó a convertirse en pescadores de
hombres. El Señor resucitado, antes de su ascensión, los envió
junto a los demás apóstoles con la misión de hacer discípulos a
todos los pueblos, bautizándoles y enseñándoles sus enseñanzas
(cf. Mateo 28, 19 y siguientes.; Lucas 24, 47; Hechos 1, 8).
Este encargo que nos dejaron los santos hermanos Pedro y Andrés
dista mucho de estar cumplido. Al contrario, resulta hoy más
urgente y necesario que nunca, ya que no se dirige tan sólo a
las culturas marginalmente alcanzadas por el mensaje evangélico,
sino también a las culturas europeas enraizadas desde hace
siglos en la tradición cristiana. El proceso de secularización
ha debilitado el arraigo de dicha tradición, que es puesta en
tela de juicio e incluso rechazada. Ante esta situación, tenemos
la misión, junto con las demás comunidades cristianas, de
recordar a la conciencia europea sus raíces, tradiciones y
valores cristianos, infundiéndoles una nueva vitalidad.
Nuestros esfuerzos por edificar lazos más cercanos entre la
Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa forman parte de esta
tarea misionera. Las divisiones existentes entre los cristianos
son motivo de escándalo para el mundo y constituyen un obstáculo
para el anuncio del Evangelio. En la víspera de su pasión y
muerte, el Señor, rodeado de sus discípulos, rezó con fervor
para que todos fueran uno y el mundo creyera (cf. Juan 17, 21).
Sólo a través de la comunión fraterna entre los cristianos y a
través de su amor recíproco resultará creíble el mensaje del
amor de Dios por todo hombre y mujer. Cualquiera que examine de
manera realista el mundo cristiano actual comprobará la urgencia
de este testimonio.
Simón Pedro y Andrés fueron llamados juntos a ser pescadores de
hombres. Pero esa misma misión tomó formas distintas, según cada
uno de ellos. Simón, a pesar de su fragilidad personal, fue
llamado «Pedro», la «roca» sobre la que la Iglesia había de
edificarse; a él se le encomendaron en particular las llaves del
Reino de los Cielos (cf. Mateo 16, 18). Su itinerario le
llevaría de Jerusalén a Antioquía y de Antioquía a Roma, para
que en esta ciudad pudiera ejercer una responsabilidad
universal. Desafortunadamente, la cuestión del servicio
universal de Pedro y de sus sucesores ha dado lugar a nuestras
diferencias de opinión, que confiamos superar gracias también al
diálogo ecuménico recientemente reanudado.
Mi venerable antecesor el Siervo de Dios Juan Pablo II habló de
la misericordia que caracteriza al servicio a la unidad de
Pedro, una misericordia que el propio Pedro fue el primero en
experimentar («Ut unum sint», n. 91). Partiendo de esta base, el
Papa Juan Pablo invitó a emprender un diálogo fraterno para de
encontrar formas de ejercicio del ministerio petrino hoy en día,
respetando su naturaleza y esencia, de manera que «pueda
realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y
otros» (ibídem, n. 95). Es mi deseo, en este día, evocar y
renovar esta invitación.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, recibió otra misión del
Señor, una misión a la que su propio nombre alude. Dado que
hablaba griego, se convirtió, junto con Felipe, en apóstol del
encuentro con los griegos que acudían a Jesús (cf. Juan 12, 20 y
siguientes). La tradición nos dice que no sólo fue misionero en
Asia Menor y en los territorios al sur del Mar Negro, es decir
en esta misma región en la que nos encontramos, sino también en
Grecia, donde sufrió martirio.
Por este motivo, el apóstol Andrés representa el encuentro entre
el cristianismo primitivo y la cultura griega, encuentro
particularmente hecho posible en Asia Menor gracias a los Padres
Capadocios, que enriquecieron la liturgia, la teología y la
espiritualidad de las Iglesias Orientales y Occidentales. El
mensaje cristiano, como grano de trigo (cf. Juan 12, 24), cayó
en esta tierra y produjo fruto abundante. Hemos de estar
profundamente agradecidos por el legado debido al provechoso
encuentro entre el mensaje cristiano y la cultura griega, legado
que ha influido de forma duradera en las Iglesias de Oriente y
de Occidente. Los Padres Griegos nos han dejado un tesoro del
que la Iglesia sigue sacando riquezas nuevas y viejas (cf. Mateo
13, 52).
La lección del grano de trigo que muere para dar fruto también
guarda paralelismo con la vida de San Andrés. Según la
tradición, éste siguió la suerte de su Señor y Maestro,
terminando sus días en Patras (Grecia). Al igual que Pedro,
sufrió el martirio en una cruz, en esa cruz diagonal que
veneramos hoy precisamente como cruz de San Andrés. De su
ejemplo aprendemos que el itinerario de cada cristiano, al igual
que el de la Iglesia en su conjunto, lleva a la vida nueva, a la
vida eterna, a través de la imitación de Cristo y de la
experiencia de la cruz.
A lo largo de la historia, tanto la Iglesia de Roma como la de
Constantinopla han experimentado con frecuencia la lección del
grano de trigo. Juntos veneramos a muchos de los mismos mártires
cuya sangre, según las célebres palabras de Tertuliano, se
convirtió en semilla de nuevos cristianos («Apologeticum» 50,
13). Con ellos compartimos la misma esperanza que obliga a la
Iglesia a ir «peregrinando entre las persecuciones del mundo y
los consuelos de Dios» («Lumen Pentium», n. 8; cf. San Agustín,
«De Civitate Dei» XVIII, 51, 2). Por su parte, también el siglo
recién concluido contó con testigos valientes de la fe tanto en
Oriente como en Occidente. Incluso en la actualidad hay muchos
testigos semejantes en diferentes regiones del mundo. Los
recordamos en nuestra oración y les brindamos todo el apoyo
posible, mientras instamos a los líderes mundiales a respetar la
libertad religiosa como derecho humano fundamental.
La Divina Liturgia en la que hemos participado se ha celebrado
según el rito de San Juan Crisóstomo. La cruz y la resurrección
de Cristo se han hecho místicamente presentes. Para nosotros,
los cristianos, esto es fuente y signo de una esperanza
constantemente renovada. Una esperanza magníficamente expresada
en el antiguo texto conocido como «Pasión de San Andrés»: «Te
saludo, oh cruz, consagrada por el Cuerpo de Cristo y adornada
por sus miembros como piedras preciosas [...] Que los fieles
conozcan tu alegría y los dones que atesoras...».
Todos nosotros, ortodoxos y católicos, compartimos esta fe en la
muerte redentora de Jesús en la cruz y esta esperanza que el
Señor resucitado ofrece a toda la familia humana. Que nuestra
oración y actividad diarias se vean inspiradas por el deseo
ferviente no sólo de asistir a la Divina Liturgia, sino de poder
celebrarla juntos, participando en la única mesa del Señor,
compartiendo el mismo pan y el mismo cáliz. Que nuestro
encuentro de hoy nos sirva de estímulo y de anticipación gozosa
del don de la plena comunión. ¡Y que el Espíritu de Dios nos
acompañe nuestro camino!
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