Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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Democracia, laicismo y moral
Pablo Cabellos Llorente
Apartir de Descartes comienza un proceso en el pensamiento
occidental que pasará por etapas diversas —quizá las principales
son la Ilustración y el marxismo— , y que, aun simplificando
mucho, deja al hombre solo, como afirmó Juan Pablo II en su obra
«Memoria e identidad». El ser humano queda solo como creador de
su propia historia y civilización, solo como quien decide por sí
mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existe y
actúa et si Deus non daretur, como si Dios no existiera. Y así
seguimos en buena parte del pensamiento actual, con el enorme
riesgo de que si la persona plantea de este modo su existencia
y, en consecuencia, las sociedades y las leyes, si el hombre
decide lo bueno y lo malo, puede disponer, por ejemplo, que un
grupo de seres humanos sea aniquilado, incluso legalmente, como
ya ha sucedido; puede decidir anular los derechos humanos, como
sucede, al ser desposeídos de su fundamento.
Pienso en todo esto mientras releo algunas consideraciones
hechas por Benedicto XVI a los obispos suizos. Dice con
sencillez el Papa que ha reflexionado mucho sobre el hecho de
que la sociedad moderna no es sencillamente inmoral, sino que ha
dividido la moral en dos partes: por un lado, aparecen como
incuestionables —al menos teóricamente— temas como la paz, no
violencia, justicia para todos, ecología, etc. Por otra parte,
hay aspectos de la moral —con gran reflejo en las legislaciones—
que son abandonados o directamente vulnerados: tantos asuntos
relativos a la vida —aborto, eutanasia, ingeniería genética e
investigación con embriones—, los relacionados con el matrimonio
y la familia y, por supuesto, el campo de la sexualidad. Todo
procede de una concepción de la libertad «vista como facultad de
elegir de forma autónoma sin orientaciones predefinidas, como no
discriminación; por tanto, como aprobación de cualquier tipo de
posibilidad» (Benedicto XVI).
Se sigue pensando que para, edificar la ciudad democrática, es
necesaria esa autonomía del hombre. O por decirlo de otro modo:
una sociedad pluralista postularía el abandono del pensamiento
cristiano porque —así se entiende— sólo sobre el laicismo y el
relativismo puede edificarse esa sociedad plural. Digamos, de
entrada, que así se construye una sociedad laicista, pero no
plural. Tiene ya una marca que, además, suele exhibirse y
aplicarse sectariamente. Recuerda la doctrina social de la
Iglesia que la negación de la ética natural conduce a la
anarquía moral, cuya consecuencia obvia es la opresión del más
fuerte sobre el débil, no conduciendo nunca a un legítimo
pluralismo, sino a la voladura de las bases de la convivencia
humana.
El pensamiento que ha hecho del mundo occidental un foco de
cultura y libertad efectivamente es cristiano, porque esta fe lo
ha acrisolado y depurado. Pero su concepción sobre el hombre y,
por tanto, sobre su conducta, es algo natural, enraizado en el
ser mismo de la persona. No es casual la evolución que acontece
cuando la filosofía comenzó a ocuparse de los seres en la medida
en que son contenidos en la conciencia, y no en cuanto
existentes fuera de ella. La realidad no se acoge y se estudia,
se fabrica. Tampoco es casual —Juan Pablo II lo narra en la obra
citada— que las purgas más inmediatas del régimen comunista
polaco fueran dirigidas contra los filósofos realistas. Ahora
las purgas son mucho más sutiles, pero la cultura dominante —que
cambiará— sigue pensando de modo parecido: no hay verdad, ni
naturaleza, ni libertad. Y precisamente sólo desde ahí —sin
imposiciones, con respeto— puede existir una democracia que no
sea sólo formal, y un Estado de derecho que respete al hombre.
Lo paradójico es que todo se edifica, al menos aparentemente,
con el hombre como centro. Pero un hombre que ha dejado de
serlo, un hombre que desconoce su esencia, que no se enfrenta
con las preguntas más serias de su existencia. Ese hombre no es
centro de nada; es una marioneta perfectamente manipulable por
los centros de poder, en vez de ser una persona libre que se
mueve con conciencia. Y para tener «una conciencia recta —se lee
en «Veritatis Splendor»—, el hombre debe buscar la verdad y debe
juzgar según esta misma verdad».
Ya sé que no todos tenemos la misma concepción del hombre y de
la verdad. Pero no por eso cesa la obligación de buscarlas, ni
el relativismo es el terreno más fértil para cultivarlas.
Tampoco lo es el fundamentalismo laicista excluyente de todo lo
que huela a cristiano y, por tanto, a libertad. Tal vez por eso
esta palabra se menciona más bien poco, aunque lo peor es que se
viva poco y superficialmente. «La fe cristiana —en cambio— no
achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto
que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico
sentido». Esa es su gran osadía: «proclamar el valor y la
dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la
gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados
para alcanzar la dignidad de hijos de Dios».
(Es Cristo
que pasa). Y eso, libre y gratuitamente.
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