Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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El Papa tenía razón
GEORGE WEIGEL
En una brillante conferencia en la
Universidad de Ratisbona la semana pasada, el papa Benedicto XVI
señaló los tres puntos cruciales que hoy están en peligro de ser
sepultados por la polémica acerca de los supuestos comentarios
ofensivos sobre el Islam.
El primer punto era que todas las grandes preguntas de la vida,
incluyendo las cuestiones sociales y políticas, son en último
término teológicas. Cómo pensamos (o no pensamos) acerca de Dios
tiene mucho que ver en cómo juzgamos lo que es bueno y lo que es
malo, y cómo pensamos sobre los medios adecuados para avanzar
hacia la verdad en un mundo en el que hay profundos desacuerdos
sobre la verdad misma de las cosas.
Si, por ejemplo, nos imaginamos que Dios es pura voluntad, una
remota majestad con la que sólo es posible mantener una relación
de sumisión irreflexiva, entonces podemos concebir que Dios
pueda mandarnos aún lo que nos pueda parecer irracional - como
el asesinato de inocentes. El Papa nos recuerda, sin embargo,
que la tradición dominante cristiana, que hereda la judía, tiene
un concepto diferente de Dios. El Dios de Abraham, Moisés y
Jesús es un Dios de razón, compasión y amor, un Dios que sale al
encuentro del hombre en la historia, apela tanto a su
inteligencia como al corazón, e invita al ser humano a un
diálogo de salvación.
Este Dios no puede exigir lo absurdo o lo irracional. La
autorevelación de Dios, en la Biblia hebrea y en el Nuevo
Testamento Cristiano, no anula o abroga la razón humana. Por
ello la cristiandad siempre ha enseñado que el ser humano puede
construir sociedades buenas mediante el uso de la razón.
El segundo punto, que se desprende del primero, era que esa
violencia irracional que tiene el punto de mira en los hombres
inocentes, las mujeres y los niños “es incompatible con la
naturaleza de Dios y la naturaleza del alma humana”. Si
seguidores de ciertas corrientes de pensamiento en el Islam
contemporáneo insisten en que asesinar inocentes haciendo
estallar una bomba adosada al cuerpo del suicida, es un acto que
complace a Dios, entonces hay que decirles que están
equivocados: sobre Dios, sobre los designios de Dios y sobre las
obligaciones morales de la naturaleza humana.
La responsabilidad para cuestionar esta retorcida visión de Dios
y de la retorcida comprensión del deber moral que se deriva de
ello es, en primer lugar, de los líderes islámicos. Pero hay
demasiados pocos líderes, parece que sugirió el Papa, que hayan
estado dispuestos a emprender una purificación de la conciencia
del Islam - del mismo modo que el papa Juan Pablo II enseñó a la
Iglesia Católica a purificar su conciencia histórica.
Sabemos que en el pasado, los cristianos usaron la violencia con
la intención de extender el cristianismo. La Iglesia Católica se
ha arrepentido públicamente de esas deformaciones del Evangelio
y ha desarrollado una profunda crítica teológica sobre las
incomprensiones que causaron tales episodios. ¿Puede por tanto
la Iglesia ser de alguna ayuda a los valientes reformadores del
Islam, que aún a riesgo de su propia vida, tratan de desarrollar
una crítica islámica paralela a las tergiversadas y letales
ideas de algunos de sus correligionarios? Con la cita del
“brusco” diálogo entre el emperador Bizantino y el erudito
islámico, Benedicto XVI no quiso hacer una anotación retórica
barata; trató de ilustrar la posibilidad de arduo pero racional
diálogo entre cristianos y musulmanes. Ese diálogo sólo puede
tener lugar, sin embargo, sobre la base de un compromiso
compartido de razonar y un mutuo rechazo de la violencia
irracional en nombre de Dios.
El tercer punto del Papa - prácticamente ignorado - se dirige a
Occidente. Si la elevada cultura occidental se mantiene
circunscrita a juegos de salón de postmodernismo irracional - en
el cual encontramos “tú verdad” y “mi verdad” pero nunca “la
verdad” - Occidente será incapaz de defenderse. ¿Por qué? Porque
Occidente no podrá dar razón de que su empeño por la
civilización, la tolerancia, los derechos humanos y el imperio
de la ley son valores a defender. El mundo Occidental despojado
de sus convicciones sobre las verdades que constituyen la
civilización occidental, no puede contribuir útilmente a un
genuino diálogo de civilizaciones, pues tal diálogo debe basarse
en una comprensión mutua de que los seres humanos pueden, aunque
imperfectamente, llegar a saber la verdad de las cosas.
¿Puede el islam ser autocrítico? ¿Pueden sus líderes condenar y
marginar a los extremistas o están condenados los musulmanes a
ser rehenes de las pasiones de aquellos que consideran el
asesinato de inocentes un acto agradable a Dios? ¿Puede
Occidente recuperar su compromiso con la razón y así ayudar a
los reformadores del Islam? Estas son las grandes preguntas que
el papa Benedicto XVI ha puesto en la agenda del mundo.
Hombres y mujeres de razón y buena voluntad deberíamos estar muy
contentos de lo que ha hecho el Papa.
George Weigel es profesor de ética, teólogo y reconocido
escritor. Senior Fellow del Washington’s Ethics and Public
Policy Cente
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