Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de 2006

Huía sin saber adónde

P. Eusebio Gómez, ocd

 

El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt.

Un hombre tenía dos hijos, el menor dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”… No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente…

“Estando [el hijo] todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus siervos:“Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”.

Y comenzaron la fiesta…(Lc 15, 11-32).

El hijo pequeño, ciego y atolondrado, huye de casa, sin conocer el corazón del padre. En realidad no se sabe el por qué este alejarse de la casa del Padre. ¿Estaba cansado de estar en el hogar? ¿Había seguido el ejemplo de algún otro joven? ¿Se dejo llevar de la fantasía? No sabemos. El caso es que se fue y trató de olvidarse del Padre. El protagonista de esta parábola no es el hijo, es el corazón del Padre, su amor incondicional.

Podemos olvidarnos de Dios, pero Él jamás se olvida de nosotros. Dios nunca nos abandona, por mucho que corramos. El va siguiendo nuestros pasos. Un hijo puede olvidarse de su madre, pero la madre no se olvidará nunca de su hijo; pues aunque ésta se olvidara, Dios no se olvidará (Is 49, 15-16).

La parábola del hijo pródigo nos muestra cómo es el corazón de Dios Padre. “Dios es como un padre que respeta la decisión alocada del hijo. Le duele, no duerme y en cada amanecer lo espera, creyendo que volverá antes de que la noche se eche encima. El padre espera, sin embargo el hijo huye del padre, de su casa, de sí mismo. Huye en busca de tesoros, placeres. Y no llegó a ninguna parte, pues “la huida no ha llevado a nadie a ningún sitio” (Saint Exupery).

El padre sufría y amaba en silencio. Ante esta parábola surgen muchas preguntas: ¿por qué le dejó marcharse?, ¿por qué le dio el dinero para malgastarlo? Quizá la respuesta la podemos encontrar en Paoli: “En el contexto del evangelio, Dios no se presenta como el padre que cierra la puerta para que los hijos no salgan de noche, sino como la luz que ilumina, la brújula misteriosa que orienta al ser humano en sus elecciones, que no lo abandona en el peligroso ejercicio de la libertad, que crea nuevas perspectivas de liberación, y se resarce finalmente en una conclusión que parecía desastrosa. El padre sólo puede ayudar siendo un modelo…”.

El padre de la parábola es Dios. En ella se presenta su amor misericordioso. Y Dios es un padre que respeta, sufre, acoge, perdona, que tiene entrañas de misericordia y toda su riqueza está en sus hijos y es para ellos.

Desde la soledad el hijo experimenta hambre de pan, pero sobre todo de amor. Y el corazón del padre atrae al hijo y lo levanta de su caída y le da fuerzas para ponerse en camino y poder abrazar y besar a su padre. Y el padre le abrió los brazos al hijo y de nuevo le hizo sentir que todo lo de su casa era suyo.

¡Grande es el amor del padre! El padre cubre al hijo con su amor como si fuera un vestido de fiesta. En el vocabulario del padre figuran palabras como “alegría”, “fiesta” e “hijo”, y también “nuevamente vivo”, mientras que en el vocabulario del hijo destacan palabras como “hambre” y “miseria”, “algarrobas”, “cerdos” y “jornaleros”. El hijo es acogido ahora en el mundo del padre. “El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14).

El hijo menor vuelve a casa, más que por el arrepentimiento, por interés, por el hambre que pasaba: “se moría de hambre”. Cuando ya está cerca de su casa, “el padre lo vio y, profundamente, conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (v. 20). El padre, que es todo amor y ternura, lo acoge con gran alegría y le devuelve a su anillo, sandalias y prepara una fiesta. El gozo paterno es enorme, pues “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (v. 24). El padre ha recuperado al hijo.

Al hijo mayor le molesta la vuelta de su hermano, la herencia consumida, la fiesta. Él había pasado toda la vida trabajando y nunca se había marchado de casa. La verdad es que tampoco había conocido el corazón del padre.

Esta parábola ha tocado y seguirá tocando el corazón de muchos padres e hijos, pues es una realidad de muchos hogares. “De todas las palabras de Dios ésta ha despertado el eco más profundo… Desde hace miles de años viene haciendo llorar a innumerables personas. Y el que lo oye por centésima vez es como si lo oyera por primera vez” (Péguy). Y en esta parábola, al final, triunfa el amor.

Quien ha probado el amor de Dios, su presencia, jamás podrá olvidarlo. “Muy pronto tuve la sensación de que Dios me amaba, y esta experiencia espiritual, muy honda, no ha desaparecido jamás. Sensación de estar acompañado por una presencia” ( J. Gallito).

Nosotros hemos salido infinidad de veces de la casa del Padre. San Agustín experimentó esta huida de la casa de Dios Padre. Así lo cuenta: “Yo era el que estaba alejado de Vos y me veía como el hijo pródigo, privado aun de las bellotas con que alimentaba a los cerdos… ¡Pobre infeliz de mí! ¡Por qué grados fui cayendo hasta dar en el profundo abismo en que me veía! Porque yo, Dios mío, con mucha fatiga y ansia os buscaba… siendo así que Vos estabais más adentro de mí que lo más interior que hay en mí mismo, y más elevado y superior que lo más elevado y sumo de mi alma... “

La experiencia de esa misericordia le hace decir a San Agustín: “Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que le digo… Preséntame un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento… y asentirá en lo que digo… cada uno es atraído por el amor…”.

Carmelita Descalzo, director del Centro de Espiritualidad Nuestra Señora del Carmen.