Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de 2006

Entre el deber y la conveniencia

REV. MARTÍN N. AÑORGA

 

La lucha entre lo que debemos hacer y lo que nos conviene hacer es ración diaria de nuestra vida. Específicamente en el campo de las relaciones socio-económicas se hace evidente este hecho; pero el dilema también se hace real en lo que pudiéramos llamar la “identidad religiosa”.

El cristiano tiene una lista de valores que se relacionan con su conducta, algo de lo cual suele carecer la sociedad secular. ¿Por qué, entonces, suele hacérsenos difícil la identificación de nuestros deberes?

La respuesta a esta interrogante puede caer en el campo de la ética, lo que generalmente nos lleva a consideraciones teóricas; pero en la mayoría de los casos las circunstancias nos demandan respuestas pragmáticas.

Por ejemplo, en La Biblia se nos ordena “no matar”. ¿Significa eso que yo tengo que renunciar a cumplir con el deber ciudadano de ir a la guerra?. Hay los que por “conveniencias personales” se refugian en la religión para evadir sus responsabilidades cívicas.

Otro conflicto, y quizás el más común, es el de las relaciones iglesia-sociedad. Cuando Jesús nos dice “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, ¿nos está dando autorización para que participemos de la política?. ¿Tiene el cristiano deberes patrióticos y políticos que deben anularse en aras de los deberes religiosos, o hay posibilidades de crear un equilibrio entre ambos?

Jules Renard en su Diario nos presenta este breve diálogo: “ Yo no me ocupo de la política”. Es como si dijeráis: “Yo no me ocupo de la vida”. El hecho es que vivimos en un mundo político, en el que aunque yo trate de ser un simple espectador, no quedo exento de sufrir o celebrar las decisiones de los que nos gobiernan. Si yo me declaro “apolítico” para evadir responsabilidades y atenerme a mi conveniencia, estoy fallando a mi compromiso de ser luz y sal de la tierra, proclamando que vivo regido por un escapismo proteccionista. Este es un clásico hecho que afecta a los que se proclaman creyentes, y que de manera especial compete a los clérigos.

A menudo cuando toco este tema con algunas autoridades religiosas me remiten al estudio de la misión de la Iglesia. Es favorito el texto que utilizan: “Mi reino no es de este mundo”. Es curioso que los que se aferran a esta tesis son los que más disfrutan las cosas de este mundo. Un pastor dueño de fincas, yates, varias residencias y un par de automóviles de lujo, me insistió en que jamás se involucra en política porque su vida está dedicada a los “valores” del reino. Una linda combinación: ¡valores del reino con los placeres de la tierra!

En los Estados Unidos es interesante que los grupos más conservadores dentro del ámbito religioso sean al mismo tiempo los que mayor actividad política realizan. No nos referimos simplemente a los procesos electivos que implican a candidatos y a votantes, sino a la participación frontal en temas como el aborto, la pena de muerte, la eutanasia, la inmigración, las ayudas públicas para desvalidos y para necesitados, la oración en las escuelas y muchos otros que harían muy extensa la lista.

¿Es aceptable delante de Dios que los cristianos dejemos en manos de un estado secular las decisiones que afectan nuestros valores? Los que se abstienen se hacen cómplices del mal que después critican. La Iglesia no puede estar ajena al mundo en el que vive. Aunque nuestro “reino no sea de este mundo”, estamos en este mundo para promover los valores del reino. Una manera de hacerlo es influyendo y participando de los procesos políticos que nos afectan a todos.

La Iglesia en Cuba ha sufrido críticas precisamente por someterse a una obligada ausencia de participación pública y en muchos casos, lo que es peor, por acatar a un estado que se le opone. Sabemos que rebelarse en Cuba es enfrentarse a riesgos muy serios; pero someterse conlleva el más serio de todos los riesgos, que es el de convivir en alianza con los enemigos de la verdad que como cristianos debe sustentarnos.

La “Iglesia del silencio” no es la Iglesia de Jesucristo. Callar ante las injusticias, los abusos y la violación de los derechos básicos del ser humano, es hacer cesión de nuestros deberes para disfrutar de seguridad y de privilegios.

Sabemos que Cuba y Estados Unidos, cercanos en la geografía, son antípodas en sus sistemas de gobierno, aunque en ambos sistemas cabe el mismo dilema: ¿deberes o conveniencias?.

A menudo las “conveniencias” son tan tentadoras que anulan el brillo del deber por cumplir. Probablemente a esta cobardía alude el Señor cuando habla de “los valientes que arrebatan el reino de Dios”

En efecto, lo que nos hace falta son más cristianos valientes, pero para ello es necesario que se renueve el espíritu de lealtad al señorío de Jesucristo. “¡Ser leal es la mayor valentía!”.

Escritor y pastor presbiteriano.