Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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Estado de los derechos humanos
Intervención de Mons. Giovanni
Lajolo, secretario de las relaciones de la Santa Sede con los
Estados, en la sesión del Consejo para los Derechos Humanos de
la ONU, en Ginebra, Suiza. Martes, 20 de junio de 2006.
El nuevo Consejo de derechos
humanos constituye una etapa del importante combate librado para
poner al hombre en el centro de toda la actividad política,
nacional e internacional. Hemos llegado a un momento clave: las
normas internacionales de los derechos humanos, que ya reconocen
los elementos esenciales de la dignidad del hombre, así como
cada uno de los derechos fundamentales que derivan de ella, se
orientan ahora a la creación de procedimientos que lleven a
garantizar el goce efectivo de esos derechos.
La Santa Sede desea contribuir al debate actual, según su
naturaleza y sus perspectivas específicas, siempre con vistas a
ofrecer una reflexión esencialmente ética, que ayude a las
decisiones de orden político que se han de tomar aquí.
En el derecho y en la conciencia moral de la comunidad
internacional actual, la dignidad del hombre se manifiesta como
la semilla de donde nacen todos los derechos, y sustituye la
voluntad soberana y autónoma de los Estados como fundamento
último de todo sistema jurídico, incluido el sistema jurídico
internacional. Se trata de un desarrollo irreversible, pero, al
mismo tiempo, es fácil constatar que en numerosos países la
realización de este principio supremo no ha ido acompañado de un
respeto efectivo de los derechos humanos.
Una visión preocupante
Al contrario, una visión panorámica del mundo nos muestra que la
situación de los derechos humanos es preocupante. Si se
considera el conjunto de los derechos enunciados en la
Declaración Universal de Derechos Humanos y en los Tratados
internacionales concernientes a los derechos económicos,
sociales y culturales, y los derechos civiles y políticos, así
como otros instrumentos, no existe ninguno que no se viole
gravemente en numerosos países, por desgracia también en algunos
miembros del nuevo Consejo.
Además, existen gobiernos que siguen pensando que es el poder el
que determina, en última instancia, el contenido de los derechos
humanos y, en consecuencia, se creen autorizados a recurrir a
prácticas aberrantes. Imponer el control de los nacimientos,
negar en ciertas circunstancias el derecho a la vida, pretender
controlar la conciencia de los ciudadanos y el acceso a la
información, negar el acceso a un proceso judicial público y al
derecho de garantizar su defensa, reprimir a los disidentes
políticos, limitar indistintamente la inmigración, permitir
trabajar en condiciones degradantes, aceptar la discriminación
de la mujer, limitar el derecho de asociación; estos son
solamente algunos ejemplos de los derechos menos respetados.
Importancia del nuevo Consejo
El nuevo Consejo de derechos humanos está llamado a colmar la
brecha entre el conjunto de enunciados del sistema de
convenciones de derechos humanos y la realidad de su aplicación
en las diferentes partes del mundo. Todos los Estados miembros
de este Consejo deberían asumir individual y colectivamente la
responsabilidad de su defensa y de su promoción.
Al mismo tiempo, la articulación jerárquica entre los organismos
más importantes de las Naciones Unidas manifiesta claramente el
deseo de la Organización de renovar su credibilidad a los ojos
de la opinión pública mundial. En efecto, el Consejo puede y
debe ser el instrumento que oriente todas las políticas
internacionales y nacionales hacia lo que, según el deseo de un
Papa que apoyó siempre la gran causa de las Naciones Unidas, es
su razón de ser: “el servicio al hombre, la asunción, llena de
solicitud y responsabilidad, de los problemas y tareas
esenciales de su existencia terrena, en su dimensión y alcance
social, de la cual depende a la vez el bien de cada persona” (cf.
Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de Naciones
Unidas, 2 de octubre de 1979, n. 6: L’Osservatore Romano,
edición en lengua española, 14 de octubre de 1979, p. 2).
Derecho a la vida, a la libertad de conciencia y de religión
Señor presidente, si el principio del valor inalienable de la
persona humana es, como creemos, la fuente de todos los derechos
humanos y de todo orden social, permítame señalar dos corolarios
esenciales:
El primero es la afirmación del derecho a la vida desde el
primer momento de la existencia humana, es decir, desde la
concepción hasta su fin natural: el hombre y la mujer son
personas por el mero hecho de que existen, y no por su mayor o
menor capacidad de expresarse, de entrar en relación o de hacer
valer sus derechos. Ningún gobierno, ningún grupo o ninguna
persona pueden arrogarse jamás el derecho de decidir sobre la
vida de un ser humano como si no fuera una persona, a no ser que
se la rebaje a la condición de objeto para servir a otros fines,
aunque sean grandes y nobles.
El segundo corolario concierne a los derechos a la libertad de
conciencia y a la libertad religiosa, puesto que el ser humano
tiene una dimensión interior y trascendente, que es parte
integrante de su mismo ser. Negar esta dimensión significa
atentar gravemente contra la dignidad humana; esto equivale a
negar la libertad del espíritu; más aún, significa atentar
contra la misma existencia humana, puesto que transforma al
hombre en un simple engranaje de un proyecto de organización
social.
Solamente gracias a la libertad de conciencia el hombre es capaz
de reconocerse a sí mismo y de reconocer a su prójimo en su
dimensión trascendente, transformándose así en un elemento vivo
de la vida social. Por otra parte, la libertad religiosa, en sus
dimensiones personal y comunitaria, privada y pública, permite
al hombre vivir la relación más importante de su vida, la
relación con Dios, de manera pura y sin falsas apariencias, que
son indignas de él y más aún indignas de Dios.
Este es el espacio íntimo y fundamental de la libertad que las
autoridades del Estado deben salvaguardar y no despreciar,
respetar y no violar. En este campo, toda violación mediante la
fuerza es una violación del ámbito reservado a Dios.
La libertad religiosa, bien entendida, como cualquier otra
libertad debe insertarse armoniosamente en el contexto de todas
las libertades humanas. No puede transformarse en arbitraria:
también ella debe desarrollarse de manera armoniosa, respetando
con esmero la libertad religiosa de los demás, en el marco de
las leyes que valen para todos. En este clima general de
libertad responsable el Estado debe ser al mismo tiempo promotor
y garante. Ningún país, cualesquiera que sean las circunstancias
y su grado de desarrollo económico, puede sustraerse a la
obligación estricta de respetar todos los derechos humanos.
Estos últimos no pueden ser más amplios en algunas culturas que
en otras, puesto que no existe un país en el que los hombres y
las mujeres tengan un grado de dignidad humana inferior al de
los hombres y las mujeres de otro país.
La Santa Sede hace un llamamiento a todos los países llamados a
formar parte por primera vez del Consejo de derechos humanos. En
primer lugar, espera de ellos una actitud ejemplar, que se
concrete en un examen sincero y profundo de los límites
injustamente impuestos a los derechos humanos —ante todo dentro
de su propio territorio—; también espera que se esfuercen por
restablecer esos derechos en su integridad, siguiendo las
orientaciones imparciales de la comunidad internacional.
Los países ricos deben comprender que el goce de los derechos
humanos por parte de todos los habitantes de un país, incluidos
los inmigrantes, no se opone a la conservación y al aumento del
bienestar general ni a la preservación de los valores
culturales. Los países en vías de desarrollo deben comprender
que los procesos de desarrollo económico y la promoción de la
justicia y la igualdad social serían mucho más eficaces y
rápidos si se reconocieran plenamente los derechos humanos en
lugar de no respetarlos por motivos utilitaristas. La Santa Sede
cree en el hombre. La fe y la confianza en cada hombre, en cada
mujer, jamás defraudará.
La respuesta que el Consejo de Derechos Humanos dé a los
desafíos de libertad en numerosos países del mundo, comenzando
por los mismos miembros del Consejo, depende la credibilidad de
las Naciones Unidas y de todo el sistema jurídico internacional.
La Santa Sede seguirá con atención y aprecio su trabajo.
Desde su posición de Observadora en las Naciones Unidas, la
Santa Sede está dispuesta a ofrecer su total colaboración para
que la acción del Consejo de derechos humanos permita que se
respete efectivamente la dignidad de todo hombre y de toda
mujer.
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