Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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Los asociados a las órdenes religiosas
El asombroso movimiento
espiritual
que está enriqueciendo a la Iglesia
ANA TOLEDO
Fragmentos de la tesis de grado
para la Maestría en Teología Pastoral en el SEPI, Universidad
Barry, Miami, FL. Presentada en diciembre de 2002.
(Ver también
Franciscana de verdad)
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Grupo
de asociados junto a las Hermanas Franciscanas de la Penitencia
y la Caridad Cristianas reunidas en el convento de Santa Clara
el 8 de octubre de 2006. Dos de las hermanas, Carolina y Claudia
sostienen en sus manos imágenes de sus fundadores, que
reprodcimos abajo. En el centro, al frente, la Hna. Jean Becher. |
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En los años recientes, un nuevo
movimiento dentro de las comunidades religiosas se ha abierto a
seglares, mujeres y hombres que han expresados su deseo de una
relación más íntima con religiosas/os de votos permanentes. Es
una forma específica de comunidad en la cual los seglares no
toman los votos evangélicos (pobreza, obediencia y castidad),
pero pueden compartir la misión, el carisma, la oración y el
objetivo de un instituto religioso.
Las comunidades religiosas que participan en los programas de
asociados, creen que juntos, religiosas/os y asociadas/os a
través de apoyo recíproco y una estrecha relación de oración y
servicio al pueblo de Dios, pueden hacer más vibrante la
realidad de la presencia de Jesús en el mundo de hoy.
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La Madre Magdalena Damen, fundadora de las Hermanas Franciscanas
de la Penitencia y la Caridad Cristianas. |
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Una gran variedad de testigos de
Cristo en el mundo se logra a través de los miembros asociados,
ya que ellos son personas de todas las edades, solteros y
casados, ministros eclesiales y ministros seculares. Los
miembros asociados se encuentran en todas las áreas: sirven en
las parroquias, arquidiócesis; están en las catequesis,
programas de educación de adultos y renovación espiritual, en
los hospitales, en las pequeñas comunidades. También sirven como
padres y madres de familia, abuelos, tíos, como oficinistas u
obreros, profesionales y personas de negocios, en otras
palabras, en cualquier área de trabajo de la persona.
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Pintura de San Francisco de Asís. |
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Aunque cada comunidad religiosa,
desarrolla su propio programa, hay tres aspectos que se pueden
considerar generales para la mayoría de estos programas:
Mutualidad. El programa se basa en la nueva visión de que
esta relación entre seglares y religiosos es una forma de
renovación para todos.
Flexibilidad. Estos
programas tratan de mantener una estructura simple, de manera
que el Espíritu de Dios pueda guiar este nuevo fenómeno en la
Iglesia.
Relación. Los seglares se relacionan primordialmente con
la comunidad religiosa local, que puede ser uno o más miembros,
con el enfoque de pertenencia a una comunidad provincial y
finalmente con toda la comunidad. Esto se alcanza a través de
informes y noticias compartidas con frecuencia, además de
reuniones mensuales o semanales de comunidades, y con la
participación de miembros de distintas áreas geográficas.
Algunas comunidades de visión mas amplia tienen participación de
asociados a la asamblea anual de la provincia.
Los elementos necesarios:
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Izq. María Elena Larrea, osf, hiizo sus votos perpetuos en
septiembre. Es la primera cubana que entra a la orden. Der. Ann
McDermott, osf, directora de vocaciones y del programa de
asociados a nivel nacional. |
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Oración (Liturgia). Durante las reuniones se debe dedicar
tiempo a la oración como parte central. También es necesario que
los miembros se apoyen y alimenten mutuamente en sus esfuerzos
individuales de crecer en su vida de oración.
Esta vida de oración no se refiere solamente a la oración
personal o a los momentos de oración compartidos en la
comunidad. La oración, vista como relación de amistad, está
profundamente enraizada en la dimensión eucarística de nuestra
fe. En la eucaristía celebramos nuestra unidad, nuestra
común-unión, y ponemos la persona del Cristo resucitado y del
Misterio Pascual como centro de nuestra fe. Esta dimensión
eucarística se celebra simbólicamente en la comunidad cristiana,
pero es indispensable que “el partir del pan” de las primeras
comunidades se celebre también en el contexto eclesial y
parroquial. Especialmente en los Estados Unidos, donde
experimentamos tanto individualismo, estas comunidades deben
participar activamente en la celebración eucarística de la
Iglesia madre, ya sea parroquia o diócesis.
La celebración sacramental eucarística como culmen y centro del
culto católico debe inspirar y dar vida a la vida de la
comunidad.
Apoyo mutuo (Koinonia). La comunidad debe proveer un
ambiente de apoyo que responda a las necesidades humanas de ser
amado, alentado, afirmado y perdonado. A medida que las
relaciones dentro de la comunidad se vayan profundizando, los
miembros reciben el apoyo necesario para responder al llamado de
una conversión constante.
Los lazos que unen a los miembros de la comunidad, no se limitan
a los momentos en que ésta se reúne oficialmente. La comunidad
debe ser “vidente”, es decir, debe ayudar a todos a ver la
presencia de Dios en cada acontecimiento de la vida. La
comunidad debe animar y apoyar a sus miembros en la celebración
de sus vidas. El Dios trinitario, que ya hemos visto anima a la
comunidad cristiana, se manifiesta en todo momento: alegrías,
penas, tristezas, nacimientos, muertes, enfermedades. La
habilidad de celebrar nuestras vidas y de poder descubrir a Dios
presente y activo en cada momento, es uno de los resultados de
pertenecer a una comunidad de fe.
Compartir la fe (Kerygma). Las relaciones que tienen sus
raíces en Cristo, crecen a medida que la vida y la fe se van
compartiendo. Este compartir provee la oportunidad de hablar
libremente de Dios y de las experiencias de la vida, mirándolas
a la luz de las Escrituras.
Adquirir conocimiento. Un conocimiento claro y cierto de
las Escrituras, los documentos de la Iglesia, etc., es esencial
para el crecimiento de los cristianos como individuos y como
miembros de una comunidad.
Misión (Diakonia). En el proceso comunitario se incluye el hacer
un esfuerzo, tanto individual como grupal, por salir de si mismo
y tratar de responder a las necesidades de aquellos a su
alrededor, así como también un compromiso de tratar de lograr
cambios sistémicos en las estructuras injustas.
La espiritualidad que lleva a incrementar la vida de fe, y está
alimentada en todo proceso comunitario, ha de ser la de
continuar la misión de Jesús, como se encuentra explícitamente
en el texto de Lucas 4: 16-22. Al ser movidos por el Espíritu
Santo, se sigue el camino de Jesucristo y se convierte en
discípulo. Es un seguimiento de Cristo encarnado, desde los
pobres, los sencillos, y los mas lejanos. Al igual que lo
describe Filipenses 2: 6-8, se trata de partir de la vida
cotidiana, desde los procesos populares, desde la historia de
cada persona, desde su cultura y los lugares donde vive cada
cual. Partiendo de estas realidades, vivir una experiencia de
comunidad al estilo de las primeras comunidades cristianas, que
entraron en comunión con Dios presente en la gente y en los
acontecimientos diarios.
Esta forma de comunidad es un fenómeno relativamente nuevo. Hay
comunidades que reportan tener asociados desde 1980 aunque el
auge parece tener mayor fuerza en la década de los 90, y los
estudios recientes indican que esta asociación con las
comunidades religiosas continúa creciendo, lo que sugiere ser un
fenómeno en pleno desarrollo.
El carisma, la misión y la tradición espiritual de las
comunidades religiosas son los tópicos de mayor importancia en
los programas de formación y orientación de los asociados. La
gran mayoría de estos laicos hacen un compromiso formal con la
comunidad religiosa, que renuevan de forma periódica, y por un
tiempo específico.
Como modelo específico dentro de la historia de las comunidades
religiosas con programas de asociados, mencionaré la comunidad a
la cual estoy asociada: las Hermanas Franciscanas de la
Penitencia y la Caridad Cristiana, Provincia del Santo Nombre,
en Stella Niagara, Nueva York.
En 1987, las hermanas de esta provincia aprobaron el
establecimiento de una relación de asociados con mujeres y
hombres interesados en compartir con ellas cómo vivir el
Evangelio en el espíritu de San Francisco de Asís y la Madre
Magdalena, fundadora de la Orden.
Tres cuartas partes de los miembros asociados de la Provincia
del Santo Nombre son del sur de la Florida. Una gran mayoría de
ellos son hispanos que se sienten atraídos hacia una relación
más estrecha con las hermanas franciscanas debido a una
experiencia común de inmigrantes en busca de un hogar. No
solamente han encontrado este hogar en el espíritu de San
Francisco y de la Madre Magdalena Damen, sino también se han
identificado con las primeras Hermanas que emigraron de
Alemania, hace más de un siglo para establecer su “nuevo hogar”
en los Estados Unidos de Norte América. Al mismo tiempo ellos
han identificado este sentir de minoría con la experiencia de
“pequeñez” de San Francisco y de la Madre Magdalena.
Esta es una forma diferente de ser Iglesia.
Como base fundamental, la Santísima Trinidad es el modelo de
comunidad perfecta. Esa vida interior de Dios es descrita por
los teólogos como el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio
que no es soledad, sino comunión de los tres, y relación íntima
entre sí. Este misterio se nos revela como una unión inseparable
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, siempre en perfecta
unidad. Uno no puede estar sin el otro; el que conoce a uno,
conoce al otro. San Juan en su evangelio nos señala cómo el
mismo Jesús nos revela al Padre cuando dice: El que me ha visto
a mí, ha visto al Padre y continúa diciendo: yo estoy en el
Padre y el Padre está en mí.
Mas que adentrarme en el misterio de la vida interna de Dios,
pretendo exponerlo desde los efectos del Dios Trinitario que
Jesús nos reveló en la vida del hombre y la mujer.
El Padre es todo amor, El sigue amando siempre a los ingratos y
a los malos, porque su naturaleza es amor, y cuando no ve
correspondido su amor, ofrece la misericordia. Es por ello que
Jesús, imitando a su Padre Celestial, acoge a todos como sus
hijos e hijas, no rechazó a los niños, ni a Nicodemo, ni a los
fariseos que le invitaban a comer, ni a la mujer samaritana, ni
a los que le pedían ayuda gritando desde lejos.
Jesús también nos enseñó a llamarlo: Padre nuestro, que estás en
el cielo. El Padre nunca está sin el Hijo; y el Hijo jamás está
sin los demás hijos e hijas adoptivos del Padre, es decir, sin
sus hermanos y hermanas. De ahí que nuestras raíces de
fraternidad se hunden en el propio misterio de la fecundidad del
Padre, este Padre que engendró primeramente al Hijo y en él a
todos nosotros. Es maravilloso saber que estábamos en la mente
del Padre desde antes de existir, que hemos sido amados
eternamente. No hay nada más consolador que las palabras que
encontramos en Isaías 66: 13: Como a un hijo a quien consuela su
madre, así yo os consolaré a ustedes. Por todo ésto encontramos
como característica básica de Dios Padre, el ser misericordioso.
Jesús se nos muestra Hijo de Dios en la oración; llama a Dios
Abba (papito) y actúa como Hijo, si el Padre es misericordioso,
también lo es Él; perdona a sus verdugos, convive con los
pecadores, y les da la certeza del perdón del Padre. Otra de las
características del Hijo es su obediencia al plan del Padre, la
instauración del reino, y una obediencia y fidelidad que
mantiene en las tentaciones y hasta la muerte en una cruz, en
una muestra de total abandono, se entrega confiado al Padre.
El Hijo es la comunicación y revelación del Padre, dentro de la
Trinidad como en la creación. El Hijo al estar encarnado en la
historia humana, confiere el carácter de hijos y de hijas a
todas las criaturas humanas; de ahí que la característica o
misión del Hijo es liberar y hacer a todos hijos e hijas de
Dios. Todo fue hecho por el Verbo, y sin él nada se hizo.
Una de la características del Espíritu es que es él el que
actualiza la memoria de Jesús, no deja que sus palabras se
queden muertas, sino que sean continuamente releídas, hace que
adquieran nuevos significados y fomenta nuevas prácticas.
También es el Espíritu el principio liberador de nuestra
situación de pecado; es él, el que regala entre las personas los
diversos dones, y en la comunidades los diferentes ministerios y
servicios.
El Espíritu está ligado a toda forma de acción transformadora e
innovadora; su acción penetra profundamente en estos actos
humanos, haciendo que sean realizadores de los designios de la
Trinidad.
Dios en su misterio trinitario de amor y vida, actúa
precisamente por medio de ese mismo espíritu de amor y vida, y
comienza la creación de todo el universo cósmico, toda criatura
viviente, y por supuesto del ser humano, los crea hombre y mujer
a su imagen y semejanza.
Dios Hijo, por amor al hombre, se hace carne y se injerta en un
momento de la historia humana, habita entre nosotros, come con
nosotros, nos enseña el camino de amor y da su vida para que
podamos tener vida por siempre.
Esto es lo que conocemos como Trinidad económica, o la economía
de la salvación, (Oikonomia), es decir, la revelación de Dios en
la persona de Cristo, y en la acción del Espíritu Santo. En
Jesucristo el Dios invisible nos salva del pecado y la muerte, y
por el Espíritu Santo, ese Dios permanece presente en nosotros,
buscando una comunión eterna con sus criaturas. La doctrina de
la Trinidad no es una doctrina acerca de un Dios separado de
todo, sino una doctrina sobre la vida de Dios con nosotros y
sobre nuestras relaciones.
La presencia trinitaria de Dios es estar el uno dentro del otro,
de crear, redimir y santificar juntos, siempre en esa unidad
perfecta. Esta presencia es la que indica la teología y la meta
a buscar en toda comunidad cristiana. Porque si Dios en su
totalidad trinitaria está en cada uno de nosotros, creando,
redimiendo y santificando; así ha de ser la comunidad cristiana
en todo momento, tiene que ser el instrumento útil a Dios para
continuar con Su Creación, Su Redención y Su Santificación. Cada
comunidad ha de dar respuesta a esto, en el momento de la
historia y en lugar en el que se encuentra.
En resumen, se puede describir como una espiritualidad
comunitaria cuando se comparte la vida; misionera ya que no es
una Iglesia hecha, es gente haciendo Iglesia; profética si
anuncia la fe compartida y si denuncia lo que impide el
crecimiento, y mártir cuando se construye a través de las
dificultades.
Esta espiritualidad comunitaria debe estar siempre en comunión
con la Trinidad, presente en la gente y en los acontecimientos,
en la naturaleza, en la vida en común, en la Palabra, en las
culturas y en los pueblos.
Sobre todos estos aspectos prácticos y valores espirituales en
los que debe descansar toda comunidad, está la praxis, o sea, el
ser y hacer al modelo de la Santísima Trinidad.
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