Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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El daño
antropológico en Cuba
Editorial Revista Vitral No. 74, Año XIII , julio-agosto de 2006
Pinar del Río, Cuba
Con frecuencia encontramos en Cuba
que las más perfectas formas de organización de un evento
fallan. Encontramos también instituciones con los más altos
fines y los mejores métodos, pero no funcionan como se desearía.
En otras ocasiones, cuando están creadas las indispensables
condiciones económicas, sociales, políticas y culturales para
ejercer plenamente determinado derecho, las personas hacen
dejación de su libertad, no ocupan el espacio que les
corresponde y no asumen el protagonismo cívico que debían
desempeñar.
Podemos comprobar que no se trata solamente de ignorancia de sus
derechos o deberes, se trata de una debilidad interior, de una
fragilidad personal, de cierta quiebra de la persona, una
tendencia irrefrenable a abandonar la lucha por la vida, de una
ausencia invencible de responsabilidad.
Ante esta realidad, que casi siempre pasa como inexplicable, nos
preguntamos: ¿qué sucede que esas personas no tienen
consistencia propia, no hay cohesión interior, no hay fortaleza
de espíritu, ni libertad interior, ni responsabilidad, ni poder
de decisión, ni proyecto de vida?
Esta cuestión nos lleva más allá de condiciones sociales,
políticas o económicas, aunque pase y se enrede en ellas. La
realidad de la ausencia de respuestas conscientes y adecuadas,
nos conduce al interior de la persona humana, aunque esté
disfrazada de exterioridades y circunstancias. Uno puede
constatar que el fallo viene de adentro, que hay otras personas
que en esas mismas condiciones no presentan esta debilidad o
fractura interior.
Así, después de bregar por el laberinto de todas las razones
externas que existen y condicionan el comportamiento humano,
luego de un largo camino de callejones sin salida, llegamos a la
más subterránea, íntima y fundamental de las causas que pueden
provocar esa profunda incoherencia humana: el daño
antropológico.
Podemos considerar este quebranto de la esencia de la persona
humana como el más grave problema de nuestra sociedad hoy.
Aquí llamamos daño antropológico a la lesión infligida a una de
las facetas estructurales del ser humano. Se trata también de la
mutilación de una o varias de sus dimensiones fundamentales. Se
trata, en fin, de ese deterioro de la subjetividad personal que
se manifiesta, en ocasiones, en forma de atrofia o parálisis de
una o varias de las capacidades de cada persona para ser ella
misma y no una copia de otras.
En efecto, se causa un daño antropológico con secuelas
imborrables cada vez que una persona o grupo de personas, es
dañada en su cuerpo a causa de la violencia física, la tortura,
el encierro en condiciones crueles o degradantes o el simple
encierro en una celda o habitación, o se le destina a trabajar
con las mejores condiciones pero, por decisiones injustas o
intenciones aviesas, ese espacio se convierte en una “jaula de
oro” que no deja de infligir un daño físico y psicológico al
confinado sin que su conciencia personal ni la justicia
verdadera le recrimine absolutamente algún crimen.
Cada vez que se provoca un aborto, la eutanasia y la pena de
muerte, se comete el mayor y más irreversible daño antropológico
contra el primero y más primitivo de los derechos: el derecho a
la vida íntegra, en libertad y en paz desde el momento de la
concepción hasta la muerte natural.
Cada vez que una persona deja de pensar con cabeza propia para
repetir consignas por miedo o por conveniencia, es como si le
hubieran mutilado su cabeza o su cerebro. Este es un daño
antropológico porque destruye o limita la capacidad de estas
personas para conocer libremente el mundo y usar sin miedo su
inteligencia, para razonar con criterios independientes, sin
manipulaciones o restricciones totalitarias.
Cada vez que una persona tiene que esconder sus sentimientos más
sanos y veraces y comienza a vivir en la hipocresía y el
disimulo, por miedo al qué dirán o a lo que me puede pasar, es
como si le hubieran mutilado el corazón. Este es un daño
antropológico porque destruye o paraliza la capacidad de estas
personas para amar, vivir y expresar lo que sienten, sin que
nada ni nadie manipule sus emociones con fines políticos,
religiosos o de cualquier índole.
Cada vez que alguien tiene que actuar de modo diferente al que
piensa o siente; cada vez que a una persona le confiscan su
voluntad cotidianamente a nombre de un “voluntariado” impuesto
desde arriba o por decreto; cada vez que una persona pierde su
fuerza de voluntad y se convierte en una frágil marioneta movida
desde afuera y desde arriba por los hilos del poder, del tener o
del capricho, es como si le hubieran mutilado las manos. Este es
un daño antropológico porque destruye o quiebra la voluntad
humana hasta convertir a las personas en instrumentos sometidos
a los deseos de otro.
Cada vez que alguien tiene que esconder su fe, o disimularla o
se ve perseguido, perjudicado o presionado por aplicar sus
convicciones religiosas al ámbito laboral, social, cultural,
político o económico de su propio país; cada vez que una
comunidad religiosa se ve sometida a un total y minucioso
control político, económico, social, es como si a esa persona, o
a esa Iglesia, le cortaran el agua y la luz, le impidieran el
oxígeno con que respirar y la asfixiaran en un mar de trámites
burocráticos y jurídicos sin sentido que se muerden su propia
cola volviendo de regreso al mismo punto de salida, luego de una
inhumana pérdida de tiempo, esfuerzos, credibilidad y confianza,
es otra forma de daño antropológico, quizás uno de los más
sutiles por imperceptibles a los grandes públicos pero de los
más perniciosos porque asfixian la capacidad de las personas de
trascender su propia existencia material y rastrera y le
obstruye el camino y los medios para abrirse a lo espiritual, lo
absoluto, que llamamos Dios. Quien limita esta dimensión humana
que se llama libertad religiosa, afincada en la libertad de
conciencia no solo daña la esencia del ser humano, sino que lo
condena a vivir tejas abajo en el más absurdo de los sentidos:
el sinsentido de una vida sin proyecto trascendente, sin futuro
y sin esperanza. Aún más, cuando este daño se ejecuta por años y
a nivel social, se bloquea el sagrario inviolable de la
conciencia del ser humano y se usurpa, queriéndolo o no, el
lugar y la autoridad del mismo y único Dios.
Miremos a nuestro alrededor y comprobemos por nosotros mismos,
sin prejuicios ni miedos, si es verdad o no que esto ocurre en
nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestros centros de
trabajo, en nuestras relaciones humanas, en las relaciones del
poder o del tener con los simples ciudadanos, en nuestras
cárceles o en los diferentes ambientes de nuestra sociedad
civil, en el mundo de la cultura y el arte, en el mundo de la
ciencia y de la literatura, en el mundo de la política y de la
religión.
Cuando se trata de un daño antropológico, es decir, de la
depredación o el desgaste de una sola de las capacidades,
potencialidades o dimensiones de la persona humana; cuando se
trata de una sola persona por muy desconocida o irrelevante que
sea para muchos o para otros, basta con que sea un solo hombre o
mujer, un solo niño o adolescente, un solo trabajador o
desempleado, un solo político o disidente, un solo religioso o
ateo, un solo enfermo o preso, quien sea lesionado en uno solo
de sus sentimientos, en una sola de sus justas y pacíficas
ideas, en uno solo de los gestos de su buena voluntad, en una
sola de las expresiones de su espiritualidad, en una sola de sus
legítimas relaciones humanas, en una sola de sus facetas como
persona y como ciudadano de este país y de este mundo,
cualquiera de estas circunstancias bastan para llamar la
atención de todos, para no quedar indiferentes, para reflexionar
seriamente sobre las consecuencias de este desgaste
antropológico a corto y a largo plazo.
Bastaría con que todos los cubanos y todos los que nos observan,
admiran o critican aquí o allá, todos los que nos ayudan o nos
perjudican desde cualquier esquina de la Isla o desde cualquier
lugar del mundo, nos detengamos un momento y con verdad y
responsabilidad tomemos, por lo menos, conciencia de que este
daño antropológico es la más grave y profunda calamidad que
arruina esa fundamental y más grande riqueza de este pueblo que
son los cubanos y cubanas que lo formamos.
Y una vez que tomemos conciencia de este daño pongamos manos a
la obra para remediarlo como únicamente se puede hacer: con
mayores grados de libertad y responsabilidad, respetando todos y
cada uno de los derechos de la persona humana, creando las
condiciones, es decir, los espacios de participación para que
puedan desarrollarse cada una de las dimensiones y capacidades
de los cubanos.
Venga ya ese clima de aire renovado y renovador en que cada cual
pueda pensar con su cabeza, sostener sus propios criterios, sin
miedo y sin complejos.
Vengan ya esos espacios de libre iniciativa en que todos los
hijos e hijas de Cuba podamos desarrollar nuestra inteligencia y
creatividad.
Venga también un movimiento de cordialidad, perdón y
reconciliación en que todos los cubanos y cubanas podamos
expresar nuestros sentimientos y desarrollar nuestra afectividad
sin desconfianzas.
Venga ese esfuerzo por darle poder a los ciudadanos y fortalecer
la voluntad de las personas para que cada decisión sea firme,
cada obra se haga con perseverancia, cada empresa se sostenga
con la firmeza de espíritu y la constancia que hacen de un
pueblo una comunidad con consistencia propia que es el signo
primero de la propia soberanía.
Venga, por fin, esa atmósfera de transparencia y sed de plenitud
que permita a los cubanos abrirse a la trascendencia y cultivar
su espiritualidad accediendo al encuentro con el Absoluto que
llamamos Dios.
Si vamos creando estas condiciones, Cuba será mejor y crecerá
como nación porque estaremos reparando su alma. Reparar el alma
de un pueblo es reconstruir la subjetividad y las estructuras
esenciales de la persona humana.
Ningún pueblo crece sin personas sanas y plenas. Esta puede ser
una clave para comprender nuestra historia pasada y nuestro
presente.
Podrán venir tiempos mejores en la economía pero si no reparamos
el daño antropológico ese crecimiento será mal usado y crecerá
una cultura del individualismo, de la avaricia y del sálvese el
que pueda.
Podrán venir tiempos mejores en la política con más
participación, democracia y libertades fundamentales, pero si no
reparamos el daño antropológico con la debida educación ética y
cívica, no sabremos como usar la libertad conquistada, ni
tendremos fuerza de voluntad para ejercer nuestros derechos y
deberes ciudadanos, ni tendremos conciencia crítica y honestidad
pública para controlar y evaluar a los que ejercen el poder.
Si en Cuba llega un día, Dios no lo quiera, el tiempo de una
mayor corrupción, sepamos que desde ahora estamos alertando de
que había que trabajar en el mejoramiento humano y en la siembra
de virtudes. Si en Cuba llega el día, Dios no lo quiera, de que
la gente no quiera trabajar aún cuando se pague un salario
justo, acordémonos de que el origen del mal está en el daño
antropológico que descubrimos a tiempo para sanarlo. Si en Cuba
se organizaran, Dios no lo quiera, mafias para la violencia y el
crimen, recordemos que la raíz de ese fenómeno está en ese daño
antropológico que tiene cura a tiempo.
Cuba necesita ya de esa reconstrucción espiritual, de esa
reparación del espíritu, de ese clima de serenidad, paz,
seguridad y confianza para que vuelvan a nacer, preñadas de
libertad y de fraternidad, la carne mutilada y el alma
desmantelada de la nación.
Hay muchos hombres y mujeres, jóvenes y adultos cubanos, que no
se han dejado mutilar su inteligencia y piensan con cabeza
propia. Esa es nuestra esperanza.
Hay muchos compatriotas nuestros que no se han dejado secar el
corazón y expresan sus sentimientos y comparten su afectividad
en un ambiente sano y cariñoso. Esa es también nuestra
esperanza.
Hay muchos que no han dejado que su voluntad se vuelva frágil y
anémica y actúan con firmeza y valentía, con perseverancia y
paciencia. Eso aumenta nuestra esperanza.
Hay también numerosos cubanos y cubanas que no han permitido que
se les seque el alma y alimentan una espiritualidad que les
proporciona esa fuerza mística que viene del interior cuando se
cree y se espera, se ama y se entrega la vida por una fe.
Esta es, en resumen, nuestra esperanza. Esta es, como decía el
padre Félix Varela, “la dulce esperanza de la patria. Y no hay
patria sin virtud, ni virtud con impiedad”.
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