Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de
2006
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Hazme un instrumento de tu paz
ADELE J. GONZÁLEZ
Cada 4 de octubre la Iglesia, y
muy especialmente los franciscanos celebran la fiesta del
Tránsito (Transitus), es decir, el paso de San Francisco de Asís
de la vida terrenal a la plenitud de la vida eterna.
Francisco es muy conocido por su amor y entrega total a
Jesucristo y a su nacimiento en un pobre pesebre –fue él quien
inició la hermosa tradición de poner nacimientos en Navidad–, a
su muerte en la cruz y su Presencia en la Eucaristía. También
por su compromiso con la “Dama Pobreza” y por una comunión
extraordinaria con la naturaleza. Podría hablar mucho de este
hombre que transformó a la Iglesia católica en el siglo XIII,
pero este año, por razones obvias, dedico mi reflexión a San
Francisco como instrumento de paz.
Nació en Asís (Italia) en 1182. Su padre le puso el nombre de
Francisco, que significa: “el pequeño francesito”. Como todos
los jóvenes de la época, deseaba luchar heroicamente en las
campañas de guerras feudales que abundaban en su día. Pero, al
caer herido en una de ellas, experimentar la prisión y las
enfermedades, su vida cambió por completo. Poco a poco, el joven
irresponsable y fiestero se fue enamorando de Jesús y de la
pobreza evangélica. Su conversión fue radical.
Como había crecido en una familia acomodada, Francisco vivió en
la riqueza y alejado de los sufrimientos de los pobres de Asís,
en particular de los leprosos. En aquellos tiempos, estos
“apestados” eran obligados a vivir en pequeñas colonias fuera de
las ciudades y a tocar una campana cuando alguien pasaba para
así advertirle al caminante del peligro de contagio. El joven
Francisco sentía un asco profundo por ellos.
Paseando un día por el campo se encontró a un leproso lleno de
llagas. Pero sintió también una inspiración divina de tocar al
pobre hombre. Se acercó al leproso, y venciendo la espantosa
repugnancia que sentía, le besó las llagas. Nos relatan sus
biógrafos, que desde aquel día empezó a visitar a los enfermos
en los hospitales y a los pobres y les regalaba cuanto llevaba
consigo. Todos los franciscanos consideramos ese momento como el
momento clave de su conversion a Jesús pobre y rechazado.
San Francisco, que era un verdadero poeta y le encantaba
recorrer los campos cantando, compuso un himno a las criaturas,
en el cual alababa a Dios por el sol y la luna, la tierra y las
estrellas, el fuego y el viento, el agua y la vegetación.
“Alabado sea mi Señor por el hermano sol y la madre tierra y por
los que saben perdonar…” Le agradaba mucho cantarlo y hacerlo
aprender a los demás. Poco antes de morir hizo que sus amigos lo
cantaran en su presencia. En la última estrofa de su himno, el
enfermo alababa también a la “hermana muerte”.
A través de toda su vida mantuvo una posición de no violencia.
Uno de los relatos más bellos de su vida es su visita y
conversación amistosa con el Sultán de Babilonia en la época de
las Cruzadas. A pesar del enorme peligro que corría, Francisco
fue con la intención de convertir al cristianismo a los
musulmanes. El amor cristiano, el mensaje de paz y su fe
impresionaron profundamente al Sultán, que lejos de hacerle daño
a Francisco, lo dejó marchar mostrando una mayor comprensión
hacia los cristianos. Fue el primer diálogo interreligioso. A
partir de ese momento, los franciscanos pudieron radicarse en
Tierra Santa bajo el dominio musulmán y, con permiso de ellos,
cuidar algunos Lugares Santos del cristianismo. Asís se ha
convertido hoy en el centro mundial de ecumenismo y del diálogo
interreligioso.
Francisco, firme en su decision de seguir a Jesús pobre y manso
de corazón, le pidió a todos sus hermanos que se saludaran con
estas palabras: “Paz y bien”.
En la Leyenda de los Tres Compañeros encontramos la admonición
de Francisco a sus hermanos: “Que la paz que anuncian de palabra
la tengan, y en mayor medida, en sus corazones. Que ninguno se
vea provocado por ustedes a ira o escándalo, sino que por
vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la
benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados:
para curar a los quebrados, para vendar a los heridos y para
corregir a los equivocados”.
Hoy escuchamos con frecuencia la famosa Oración de San
Francisco: “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, que ha sido
traducida a casi todos los idiomas. Pero aunque se le atribuye a
él, la oración fue escrita a principios del Siglo XX por un
autor anónimo. En diciembre de 1912 esta oración fue publicada
por primera vez en La Clochette, una “petite revue catholique
pieuse” fundada por el sacerdote y periodista normando abbé
Esiher Suquerel (+ 1923), quien algunos suponen fue su autor.
Después de pasar por varias manos, la oración apareció el 20 de
enero de 1916 en L’Osservatore Romano,con el título: Invocación
al Sagrado Corazón. Poco después, un capuchino hizo imprimir una
estampa de San Francisco con la oración en su reverso. Al pie de
la página subrayaba que aquella oración era una síntesis
perfecta del ideal franciscano que había que promover en el
mundo de hoy. A partir de 1925 empezó a difundirse en todo el
mundo.
Es la oración ecuménica por excelencia; algunas iglesias y
congregaciones protestantes la han adoptado incluso como texto
litúrgico; ha sido pronunciada en una de las sesiones de las
Naciones Unidas y, últimamente, está teniendo una gran acogida
entre las religiones no cristianas. Al celebrar este año, 2006,
la herencia franciscana, pido por que todos seamos capaces de
unir nuestras voces en esta plegaria acaso providencialmente
atribuida a San Francisco al principio del Siglo XX: el más
sangriento de la historia, y para que la recemos a menudo al
principio de este nuevo siglo, tan violento ya, tan necesitado
de paz y concordia entre los seres humanos.
Señor, hazme un instrumento de tu
paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo armonía,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo
esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo la luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh, Señor, que no me empeñe tanto
en ser consolado como en consolar,
en ser comprendido,
como en comprender,
en ser amado, como en amar;
porque dando se recibe, olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
muriendo se resucita a la vida .
Amén.
Escritora, autora de ‘La riqueza
del mensaje de la Biblia’. Se dedica además a dar conferencias
sobre espiritualidad.
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