Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Oct-Nov de 2006

La estafa de ‘El código Da Vinci

“Entonces conocerán la Verdad,
y la Verdad los hará libres”
Juan 8,32

 

JOSÉ M. GONZÁLEZ-LLORENTE

 

Aunque en estos momentos ya circulan abundantes pruebas de la falsedad de las afirmaciones principales de El código Da Vinci de Dan Brown, he querido hacer mi propia investigación con el fin de aportar mi grano de arena en la controversia que se inició con el lanzamiento de esta novela hace unos años.

Quizás la mejor manera de introducir el objetivo de esta novela es citar parte de un diálogo del capítulo 55 de la novela: “... casi todo lo que nuestros padres nos han enseñado sobre Jesús es falso”.
El mensaje central de El código Da Vinci es que la Iglesia Católica, a través de los siglos, ha ocultado el hecho de que Jesús se casó con María Magdalena con la intención de establecer un culto a lo “sagrado femenino”. En su lugar, dicha Iglesia habría mentido, promoviendo desde el principio del cristianismo un culto en el cual Jesús es el centro, como Hijo de Dios. De acuerdo con esto, el verdadero “Santo Grial” (tradicionalmente el cáliz que usó Jesús para consagrar el vino) sería María Magdalena, cuyo vientre recibió la “sagrada sangre” de Jesús (su simiente) para dar nacimiento a una línea genealógica que eventualmente se convertirá en la Dinastía Merovingia, una familia medieval de reyes franceses. La denuncia central de la novela es que este secreto ha sido celosamente guardado por una sociedad secreta (el Priorato de Sión) a pesar de la persecución tenaz y siniestra de la Iglesia para ocultar a toda costa esa “verdad”. Leonardo Da Vinci habría conocido este secreto y lo reveló a través de una serie de claves y códigos astutamente ocultos en sus pinturas.

De El código Da Vinci se han vendido más de 35 millones de copias, antes de que fuera llevado al cine. Aunque es una novela, en la página de “Agradecimientos” el autor habla de “la investigación necesaria” que precedió a su ejecución y da a entender que fue una pesquisa seria, académica y científica. En la página de “Los hechos”, habla con desenvoltura y seguridad de ciertos documentos del Priorato de Sión que, como se verá más adelante, se ha demostrado que son falsos. Y cierra así esta declaración de “hechos” que también desmentiremos más adelante:

“Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces”
Todos los personajes son ficticios, por más hábilmente que se les presente. Así como lo son sus afirmaciones, especialmente cuando son emitidas por, o se refieren a, académicos, catedráticos, científicos, eruditos, investigadores, historiadores, expertos, peritos en arte, etc.

Por poner sólo un par de ejemplos, el personaje central de la novela, Robert Langdom, es presentado como profesor de “simbología religiosa” de la Universidad de Harvard. Comencemos, pues, aclarando que no existe una cátedra de Simbología en ésa ni en ninguna otra universidad. El otro ejemplo es Silas, el siniestro monje albino del Opus Dei, quien pasa toda la novela vistiendo su hábito monjil. En este caso la aclaración es que no existen monjes en la organización del Opus Dei.

El Opus Dei (del latín “Obra de Dios”) no es una sociedad secreta, sino una institución de la Iglesia Católica fundada en 1928 por José María Escrivá, un sacerdote español. El principal objetivo del Opus es ayudar a sus miembros a buscar la santidad a través de sus actividades diarias, es decir, su trabajo, ya que la mayoría son laicos.

La novela insiste desproporcionadamente en las prácticas de mortificación con cilicios y disciplinas por parte de los miembros del Opus Dei. Sólo algunos de ellos, sin embargo, practican este tipo de “sacrificios”, nunca en la forma exagerada que lo hace el monje Silas. Por otra parte, éstas y otras auto mortificaciones como el ayuno, no son exclusivas de esta institución, sino frecuentes entre los miembros de otros cultos, como los budistas, los musulmanes, los indios americanos, etc.

Esta supuesta sociedad secreta, conocida originalmente como Prieure du Notre Dame de Sion fue una comunidad religiosa fundada en Jerusalén en el año 1099, inmediatamente después de la primera Cruzada. El templo donde operaban fue destruido por un ataque musulmán en 1219 y los miembros del Priorato se escaparon a Sicilia, donde en 1617 se fusionaron con la Compañía de Jesús y desaparecieron como institución.

Según el libro Holy Blood, Holy Grail (1982), de Biagent, Leigh & Lincoln, el cual es la fuente principal de las ideas de Dan Brown, el Priorato pudo haber existido hasta nuestros días y su misión principal habría sido esconder y preservar la descendencia de Jesucristo y María Magdalena y la restauración de la dinastía merovingia, no sólo al trono de Francia, sino tal vez también al de otros países europeos.

Posteriormente se supo que la revelación de que el Priorato ha existido hasta nuestros días fue un invento de un estafador francés llamado Pierre Plantard. Se descubrió entonces que el único “priorato” actual era un club registrado por Plantard en 1956. Éste y sus cómplices fabricaron falsa documentación bajo el nombre de Les Dossiers Secrets, en la cual aparecían gente famosa como Isaac Newton, Leonardo Da Vinci, Víctor Hugo, Claude Debussy, Jean Cocteau, y muchos otros, figurando como “grandes maestres” del Priorato desde el año 1,188. La táctica consistió en fabricar textos falsificados y plantarlos entre las páginas de antiguos documentos en archivos y bibliotecas, entre ellos la Biblioteca Nacional de París.

Esta historia concluye en 1993 cuando Pierre Plantard, hoy difunto, reconoce el fraude bajo juramento ante una corte francesa. A pesar de esto, Dan Brown se refiere como reales a estos documentos en el capítulo 79 de la novela y los presenta como los muy serios Les Dossiers Secrets. En resumen, desmintiendo las aseveraciones de El código Da Vinci, no existe ninguna evidencia de que el Priorato de Sión original, fundado en 1099:

Haya tenido algo que ver con los Caballeros Templarios.

Estuviera envuelto en alguna excavación bajo el Templo de Salomón.

Tuviera alguna conexión con documentos en relación con el supuesto matrimonio de Jesús y María Magdalena.

Haya estado conectado con el “Priorato” fabricado por Pierre Plantard en 1956.

Estuviera relacionado en alguna forma con Leonardo Da Vinci.

El gran italiano arquitecto, músico, inventor, ingeniero, escultor y pintor conocido como “Leonardo”, nació en 1452 en el pueblo de Da Vinci, del que tomó su apellido según la costumbre de los historiadores. Su obra más famosa fue la Mona Lisa. Esta pintura fue titulada por Leonardo “La Gioconda” y así se le conoció hasta que 31 años después de su muerte, su biógrafo Giorgio Vassari introduce el nombre de “Mona Lisa”, aludiendo a la esposa de un rico negociante florentino, llamada Lisa, quien fue la inspiración del enigmático retrato. (“Mona” es una contracción de la palabra “madonna”, que en castellano significa “mi señora”). Esta simple referencia histórica echa por el suelo la pretensión de Brown de que a través de la Mona Lisa, Leonardo nos deslizó una “clave” escondida en la combinación de los nombres “Amon” e “Isis” (AMON L’ISA, Capítulo 26), los dioses de la masculinidad y la feminidad.

La otra pintura famosa en la que se aplica el juego de las claves escondidas es La última cena. En el capítulo 58 de la novela, el personaje Leigh Teabing se regodea con las adivinanzas en torno a este cuadro, y la más escandalosa de ellas, la “revelación” de que la persona que está sentada a la derecha de Jesús no es Juan, el más joven de los discípulos, sino María Magdalena. Juega aquí Dan Brown con la inocencia del lector poco informado, o nada formado en el terreno de la historia del arte. “La clave para entender La última cena de Leonardo” –nos dice Mark Shea en su esclarecedor libro The Da Vinci Deception– “no es a través de la búsqueda de ambiguos ‘códigos’, sino comparándola con el resto de la obra pictórica de Leonardo y con las normas generales de la pintura del Renacimiento”. La persona que está sentada junto a Jesús en ésta, y en muchas otras versiones de la “Última cena” de otros pintores, es el apóstol Juan, descrito en los evangelios como “el discípulo amado” y tradicionalmente sentado en ese sitio de honor.

Constantino es quien le da forma al cristianismo convirtiéndolo en lo que es hoy (Afirmación en el capítulo 55 de El código Da Vinci).
Constantino fue el emperador romano que legalizó el cristianismo en el año 313 después de Cristo. Él era un emperador, no un teólogo, y su única preocupación era que reinara la paz en el imperio a raíz de la afirmación de un sacerdote llamado Arrio que aseguraba que Jesús era Hijo del Padre, pero no había existido siempre, sino que era una creación posterior de Éste. En otras palabras, Jesús sería divino “a medias”. Para enfrentar y resolver esta polémica que amenazaba la paz, Constantino pide a los obispos y clérigos de la incipiente Iglesia que se pongan de acuerdo. Respondiendo a esta demanda, dichos obispos organizan y celebran en 325 el Concilio de Nicea.

En el Concilio de Nicea se lanza el Credo, una declaración que resume las creencias originales y primigenias del catolicismo, y confirma que Jesús es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios Verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”.

Los rollos del Mar Muerto y de Nag Hammadi fueron los primeros documentos del cristianismo (lo afirma Leigh Teabing en el capítulo 58).

Los “rollos” del Mar Muerto no son documentos cristianos, sino judíos. Son una colección de 850 manuscritos de un grupo de judíos conocido como los esenios. Esta secta ascética vivía en Qumran, cerca del Mar Muerto entre el siglo II antes de Cristo y el siglo I después de Cristo. Fueron encontrados en unas cuevas en 1975 y en ellos no se hace mención de Jesús ni del cristianismo. Son, sencillamente, textos judíos.

Los rollos de Nag Hammadi fueron hallados en Egipto, en 1945. Son algo más de 50 textos y representa la más importante colección de escritos gnósticos. En su mayoría, estos textos son copias de manuscritos que se escribieron a partir del año 150 después de Cristo cuando ya habían sido escritos todos los textos del Nuevo Testamento. Virtualmente todos los expertos –cristianos y no cristianos– coinciden en que el Nuevo Testamento fue escrito a partir de la segunda mitad del siglo I después de Cristo. Es decir, entre 50 y 100 años antes que los rollos de Nag Hammadi.

Decir que estos textos fueron los “primeros documentos del cristianismo” revela un desconocimiento de historia elemental, o acaso una afirmación de mala fe.

En la solapa de El código Da Vinci aparece Dan Brown riéndose. Esa foto refleja con elocuencia la reacción del autor ante el éxito de su verdadero objetivo al escribir esta novela: fama y dinero. Por eso, plagiando el afiche que se usó para promover la película, en el cual se muestra a La Gioconda con la pregunta, “¿Por qué se ríe la Mona Lisa?”, pregunto: ¿Sabe usted de quién se está riendo Dan Brown? Yo creo tener la respuesta, no sé usted.

Escritor cubano.