Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de
2006
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Urge superar las divisiones entre cristianos para impulsar la paz mundial
Zénit
Porto Alegre
Con la finalidad de evitar un conflicto entre Oriente y
Occidente, y también para responder a las inquietudes del mundo
en general, “es ciertamente indispensable que los cristianos
hablen y colaboren en un mismo idioma”, considera el secretario
del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos de la Iglesia Católica.
En esta entrevista, el obispo Brian Farrell, L.C., afronta el
tema del ecumenismo, tras haber representado a la Santa Sede en
la IX Asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias (CMI),
celebrada en Porto Alegre, Brasil, del 14 al 23 de febrero de
2006.
El Papa Benedicto XVI ha asumido como prioridad de su
pontificado el trabajo a favor de la unidad de los cristianos. ¿Qué
significa esto concretamente?
Significa servir a Cristo, porque Él mismo, la noche antes de
morir, rezó para que sus discípulos fueran una sola cosa, como
Él y el Padre son una sola cosa. Por ello, hay que superar la
división que existe actualmente en la Iglesia. Es una prioridad
de la Iglesia, del Papa y de todos nosotros, porque no podemos
considerarla como una tarea meramente secundaria; es esencial
para la Iglesia que ha de dar testimonio de unidad para que,
como dijo Cristo, “el mundo crea”.
El Papa se reunirá en Turquía en noviembre con el Patriarca
ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I, quien le ha invitado a
visitar su sede. ¿Qué significa esto desde el punto de vista
ecuménico?
Con el Patriarca ecuménico tenemos una relación muy positiva y
muy cordial, desde hace ya bastante tiempo. En cierto sentido,
es un gesto de reconocimiento y de amor fraterno el que el Papa
vaya a encontrarlo a Constantinopla. El Patriarca vino a Roma en
varias ocasiones para visitar al Papa Juan Pablo II. Ahora va el
Papa Benedicto XVI, como también lo hizo Juan Pablo II en su
primer año de pontificado.
El Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos dedica actualmente una particular atención a promover
la unión con las iglesias ortodoxas. ¿Qué es lo que falta aún
para lograr esta unidad?
Hay serias dificultades, frutos de mil años de división. Mil
años son mucho tiempo. Y en mil años, Oriente y Occidente han
tenido un desarrollo diverso, con percepciones distintas, con
formulaciones doctrinales diferentes. Todas estas cosas deben
ser examinadas en su conjunto, para mostrar que las diferencias
son pocas, y lo que hoy nos divide es algo casi de percepción
psicológica –diría yo–, culturales, más que de una razón
teológica de fondo.
Ahora bien, tenemos un problema concreto, no digo que sea
difícil, pero sí que requerirá de un enorme esfuerzo tanto por
parte nuestra como por parte de los ortodoxos. Me refiero al
modo de ejercer el primado del obispo de Roma. En un cierto
sentido, los ortodoxos lo podrían reconocer, pero la manera en
que se ha venido ejerciendo el primado de Pedro en Occidente no
es exactamente la misma con la que se ejerció en Oriente durante
el primer milenio. Por ello se debe buscar una modalidad. En su
grandiosa encíclica Ut unum sint, el Papa Juan Pablo II, en el
número 95, invita a todas las Iglesias ortodoxas, a los teólogos
católicos y a todos en general a pensar en el modo en que se
puede ejercer este primado de una manera aceptable para ellos,
en el servicio de la unidad y del amor.
Constatamos una división entre Occidente y Oriente evidenciada
por la ola de violencia escenificada por la publicación de las
caricaturas del profeta Mahoma. La promoción de la unidad de los
cristianos de Occidente y de Oriente, ¿puede ser un punto de
partida para que no se profundice esta división del mundo en dos
polos?
Ciertamente es necesario que los cristianos hablen y colaboren
en un solo idioma. De lo contrario no podrán dar testimonio
común y no podrán responder a las inquietudes del mundo islámico
y del mundo en general. Por ello, es necesario que nosotros los
cristianos, esforzándonos por estar más unidos, podamos
participar en el diálogo interreligioso sumando las fuerzas y
posibilidades existentes para poder afrontar esta problemática,
que consiste en evitar un conflicto de civilizaciones entre
Oriente y Occidente.
¿Cuál es el estado actual del ecumenismo en Europa? ¿Hay
resultados de acercamiento entre los cristianos? En Brasil se
dan muchas dificultades entre los hermanos separados…
En Europa, el ecumenismo es muy importante, muy profundo y
teológicamente muy motivado, pues en Europa nacieron todas estas
divisiones, y en Europa se debe trabajar sobre todo a nivel
teológico para su superación. Lo que he visto en estos pocos
días en Brasil es que la relación ecuménica aquí es muy
diferente a la que tenemos en Europa. Aquí estamos hablando de
comunidades recientes, comunidades carismáticas pentecostales y
evangélicas, que provienen de tradiciones muy diversas a las de
las iglesias históricas. Por lo mismo, estas nuevas formas de
vida cristiana todavía deben encontrar una modalidad y una
estructura que les permita entrar en un diálogo serio, teológico,
basándose en sus creencias, como sucede entre las Iglesias
históricas.
¿Cómo deben los católicos entender y vivir el ecumenismo en
Brasil y en América Latina, donde existe una gran cantidad de
pequeñas sectas evangélicas?
En el ecumenismo vale el principio por el cual una persona debe
dar testimonio de su propia fe. Los católicos, por lo mismo, se
aproximan al diálogo con la fe de la Iglesia, buscando entender
quién es el hermano separado de nosotros, cuál es la base de su
fe, cuáles son los puntos que tenemos en común, cuáles son las
diferencias y, en el diálogo, procurando encontrar las razones
para alcanzar una convergencia por encima de estas diferencias.
El católico que se aproxima al ecumenismo, por tanto, debe ser
una persona de fe, de conocimiento, de gran espiritualidad,
porque el ecumenismo no es cuestión de acuerdos, de discusiones
y de cuestiones tratadas por expertos. El ecumenismo es la vida
de la Iglesia que busca la voluntad de Cristo en todos los demás
hermanos unidos con nosotros a través del bautismo.
En su homilía para la clausura de la Semana de Oración por la
Unidad de los Cristianos, el pasado 25 de enero, el Papa afirmó
que el esfuerzo ecuménico comienza con la conversión del corazón,
como afirma claramente el Concilio Vaticano II: “No hay
ecumenismo verdadero sin conversión interior”. ¿Cómo definiría
un corazón abierto a la unión, abierto a la unidad del amor?
Significa que nunca estaremos unidos si no lo estamos en Cristo,
y que vivir en Cristo y de Cristo es una cuestión de conversión.
En el ecumenismo esto tiene una aplicación muy concreta en las
situaciones reales en las cuales, según el curso de nuestra
historia, algunos han sido perseguidos por otros, algunos han
sufrido a manos de otros. Aun después de los siglos, sigue viva
la memoria de cuestiones pasadas, dolorosas, difíciles. La
conversión en el ecumenismo tiene mucho que ver con la
purificación de la memoria, es decir, volver a ver estos eventos
del pasado –que han provocado tanto sufrimiento y tantas
divisions– a la luz de Cristo. Cristo reconcilia a todos en uno.
A través de Cristo, aproximándose a Cristo, viviendo de Cristo,
obtendremos la inteligencia y la fuerza no digo para olvidar el
pasado, sino para verlo a la luz de Dios, y en esto descubrir
que somos y seremos siempre más, en Cristo, hermanos y hermanas.
El cardenal Kasper afirmó sobre el Consejo Mundial de las
Iglesias: “no somos miembros, sino buenos socios”. ¿Cómo se
realiza esta labor en conjunto? ¿Por qué el diálogo de la
Iglesia Católica con las otras confesiones es bilateral y no
multilateral?
Con una confesión concreta, por ejemplo con los ortodoxos es
bilateral. Nuestro diálogo con los anglicanos es bilateral. El
Consejo Mundial de las Iglesias es como un foro global en el que
muchas iglesias protestantes y ortodoxas se encuentran. Nosotros
no somos miembros por muchas razones serias, y en el fondo no
podemos ser miembros porque somos una Iglesia única, universal.
Los miembros del Consejo son iglesias nacionales o grupos de
iglesias regionales. Nosotros no encuadramos en este contexto,
pero apreciamos la labor del Consejo Mundial de las Iglesias
como una posibilidad magnífica de reunir a muchos cristianos y
trabajar con ellos, y, colaborando con ellos, buscar en conjunto
la unidad. ¿Existe un consenso sobre el significado del
ecumenismo por parte de quienes participan en el diálogo
ecuménico? ¿Cuáles son los principales obstáculos a afrontar?
En esta asamblea general había dos aspectos. En primer lugar se
trataba de un encuentro de personas de todo el mundo, diversas
entre sí, que pertenecen a iglesias muy diversas entre sí. Todos
animados por una misma cuestión, que es la búsqueda de la unidad.
En esta asamblea se vio la fe, la aspiración por la unidad, el
deseo de trabajar por la unidad. Somos conscientes de los
motivos profundos por los cuales estamos divididos. Cada iglesia
tiene su conciencia del problema.
Naturalmente la Iglesia Católica, como una Iglesia de dos mil
años y de fuerte tradición, es fuertemente consciente y sabe
exactamente qué creer y qué pensar sobre el ecumenismo. Para
nosotros la finalidad del ecumenismo es la unidad plena y
visible de todos los discípulos, de todos los seguidores de
Cristo. Otras comunidades con frecuencia tienen una
autoconciencia diversa, y pueden tener su propio objetivo en el
trabajo ecuménico. Se trata de esto en el diálogo multilateral
en el Consejo Mundial de las Iglesias, también se busca definir
mejor la finalidad del trabajo ecuménico.
¿Se han dado en la asamblea intentos de reconocimiento recíproco
del bautismo o de establecer un día común para la Pascua,
preocupación subrayada por el cardenal Walter Kasper?
Estas preocupaciones han sido abordadas por muchas personas. Son
problemas no sólo de esta asamblea, sino cuestiones que se
tratan ya desde décadas pasadas. Muchos estudios y diálogos
buscan aclarar las consecuencias del bautismo común entre los
cristianos. Estamos todos incorporados a Cristo mediante el
bautismo, aunque pertenezcamos a una u otra iglesia. Esto
significa mucho.
En relación a la Pascua, la Iglesia católica se ha declarado con
la disponibilidad de cambiar el modo de fijar el día para
ponerse de acuerdo con las Iglesias ortodoxas y con los
ortodoxos orientales sobre la fecha, si es que se puede
encontrar una solución común. Estamos disponibles. Es una
problemática muy difícil; en el sigo III de la Iglesia hubo
discusiones sobre la fecha de la Pascua y todavía existen hoy.
Es un punto sobre el que conversaremos y buscaremos alguna
solución.
Sería un magnífico testimonio de cara al mundo, que los
cristianos celebrasen juntos, en el mismo día, la resurrección
de
Cristo, el centro de nuestra fe.
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