Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de 2006

Semana de oración por la unidad de los cristianos

Mons. Agustín A. Román

 

La iglesia católica San Judas, del rito Melkita, se llenó a capacidad el 23 de enero, para la conclusión de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Sentados frente al altar, líderes religiosos de diferentes denominaciones cristianas. Fotos: Palabra.

Cada año del 18 al 25 de enero los cristianos celebramos una semana de oración suplicando el don de la unidad al Señor que nos pidió que siempre nos mantuviéramos unidos.

Juan Pablo II nos escribió el 25 de mayo de 1995 una carta titulada: Ut unum sint (Que sean uno), llamándonos a todos a trabajar por la unidad en la Iglesia.

El pasado siglo XX, a pesar de haber sido un siglo con no pocas dificultades por haber sufrido dos guerras mundiales con numerosas pérdidas humanas con terribles consecuencias, tuvo también sus luces con la familia cristiana.

Podemos decir que es el siglo de mayor progreso en la búsqueda de la unidad de los que seguimos a Cristo.

Echando una mirada a la familia cristiana, que es la Iglesia a lo largo de la historia dos veces milenaria, descubrimos que las sombras de divisiones lamentablemente siempre la han acompañado en distintos momentos. Pero en el siglo XX vivimos tres períodos de esfuerzo ecuménico mundial, inquietud que no encontramos en otros siglos.

 

El obispo Melkita John A. Elya elogió la publicación ecuménica Palabra,
que muestra en la foto.

Desde sus comienzos aparece un esfuerzo grande entre los que seguían a Cristo en busca de la unidad. El Espíritu Santo trabajaba en la conciencia de una serie de denominaciones separadas de nuestra Iglesia Católica persiguiendo un camino que llevara a los creyentes de Cristo en búsqueda de esa fraternidad a la que el Señor nos llamó y nos sigue llamando. Así surgieron la Alianza Mundial para la Amistad en 1914 en Constanza, con un buen número de denominaciones cristianas. Más tarde en distintas reuniones teniendo como guía el Evangelio, se llegó a la creación de un Consejo Ecuménico en Oxford en 1937. Estos esfuerzos culminaron con la creación del Consejo Ecuménico de las Iglesias en 1948 en Ámsterdam, el cual agrupa a gran número de denominaciones cristianas que buscan la unidad. Dentro de nuestra Iglesia Católica se iba preparando lentamente este deseo de unión. Fueron principalmente los teólogos Paul Couturier e Ives Congar los que prepararon el camino para la redacción del decreto del Concilio Vaticano Unitatis Redintegratio (La recuperación de la unidad), en el que el Concilio afirma que la restauración de la unidad entre los cristianos es una prioridad para la Iglesia. Esta decisión está fundada en el mandato de nuestro Señor expresado en su oración en la víspera de su muerte “Que todos sean uno” (Jn 17 21).

Congar fue un pionero del ecumenismo, para cuya causa había escrito en 1937 el libro Cristianos desunidos, que despertó la conciencia de un gran número de fieles.

En 1952 sin carácter oficial se funda la Conferencia Católica Internacional para las cuestiones Ecuménicas.

Así el Divino Espíritu iba preparando dentro de su Iglesia lo que al llegar Juan XXIII hace del ideal ecuménico una de las intenciones capitales del Concilio Vaticano II convocado por él en 1960. Casi todas las Iglesias cristianas no católicas romanas se hicieron representar por medio de sus observadores que ejercieron sobre la marcha del Concilio un influjo considerable. El trabajo ecuménico de los Papas Juan XXIII y Pablo VI, así como el de Juan Pablo II, han derrumbado muchos prejuicios que ya existían y que hoy están desapareciendo, contribuyendo a la deseada unidad plena que un día esperamos ver.

Juan Pablo II, en sus múltiples viajes, nunca olvidó reunirse con los hermanos cristianos de otras Iglesias, orando con todos por la tan deseada unidad. En su mencionada encíclica Ut unum sint nos dice que para alcanzar la unidad necesitamos orar. “La oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con los demás cristianos”.

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebra entre el 18 y el 25 de enero y desde 1968 está preparada conjuntamente por el Consejo Mundial de Iglesias y la Iglesia Católica Romana. El tema elegido para este año fue: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Los textos fueron preparados por un grupo ecuménico de Dublín (Irlanda), designado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos de la Iglesia Católica y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias.

Para alcanzar la unidad tenemos que ser agradecidos. La Acción de Gracias no puede olvidarse, porque mucho hemos recibido. Necesitamos la esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los recuerdos dolorosos de la separación en el pasado y nos hace soñar en la unidad en el futuro. Debemos, nos dijo el Papa, confiar en que la unidad es posible si nos convertimos de corazón y respondemos como la Virgen con un Sí al Señor, porque “para Dios nada hay imposible”.

 

Homilía por la unificación de la fe entre los cristianos pronunciada por el P. Fernando Hería, párroco de la iglesia St. Brendan, en la clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos celebrada en la iglesia melkita San Judas, en Miami, el 23 de enero de 2006


 

El padre Luis Pérez, párroco de la iglesia San Lázaro, de Hialeah; el Rev. Martín N. Añorga, pastor presbiteriano y el padre Fernando Hería, párroco de St. Brendan,
autor de la homilía. Foto: Palabra

Podríamos definir el ecumenismo como la comunión de fe que compartimos los unos con los otros y con Cristo y en Cristo, siendo uno, así como Jesús es uno con el Padre en el Amor del Espíritu Santo. Así también somos uno en el Amor al prójimo y Dios, quien por su gracia nos infunde el aliento que nos permite perseverar en la armonía de la fe como discípulos del Señor.

En el jardín de Getsemaní, Jesús lloró amargas lágrimas de sangre virginal por nosotros; por nosotros sus hermanos, por nosotros sus amigos, por la humanidad. En el llanto del Señor, en la profundidad del misterio de su oración por la unidad de los suyos, Jesús nos invitó a la oración para no caer en tentación, para que nuestra oración unida a la de Él, recibiera la gracia eficaz que sólo infunde la oración del amor y la misericordia de Dios, amor de Dios, que nos llama a amarnos los unos a los otros como nos ama Dios.

Nosotros somos un ejército de paz, de amor, de perdón, de reconciliación, de la comunión misericordiosa de Dios. Nosotros, los cristianos, podemos dar ejemplo de lo que predicamos: ofrecer al mundo un sentimiento de paz, porque el perdón, la reconciliación y la misericordia es lo que nos conduce a la paz, la verdadera paz que procede del Cordero de Dios, que quitando los pecados del mundo, nos nutre con la paz genuina en el corazón humano.

Nuestra paz cristiana es genuina porque surge del Amor de Dios, quien purifica el corazón humano, el corazón contrito, y por ello nuestra es la paz duradera. La unión cristiana es la paz que el mundo necesita, es la paz que elimina las guerras, la violencia, el terrorismo, el hambre, la opresión de los pueblos; ella es la paz que nos libera y nos ilumina para reconocernos comos hijos de Dios vivo, creados a su imagen y semejanza. La paz cristiana tiene como ingredientes el perdón y la misericordia, ella es la medicina que el Padre nos envió al mundo en su Hijo nuestro Señor.

Nosotros no podemos peregrinar por el mundo apartado, nuestra peregrinación tiene que ser como el peregrinar de los discípulos en el camino de Emaús: compartiendo la Buena Nueva del Señor del Evangelio y compartiendo el pan según nuestro grado de fe creyente.

Si la Comunión Eucarística es el centro de nuestra fe, entonces tenemos que estar dispuestos a compartir el pan mientras bebemos el cáliz de nuestra salvación. El reto se encuentra para nosotros en cómo compartir ese pan y beber de ese cáliz en conmemoración del Señor, porque la unión cristiana nunca puede ser cuerpo místico de división.

Para todos los cristianos, Jesús esta presente en la comunión del vino y del pan; para algunos de nosotros su presencia es espiritual; para otros de nosotros su presencia es material; para todos nosotros su presencia es real, porque sabemos que es en compartir el vino y el pan en conmemoración de Él en esa última cena de amor, que verdaderamente nos mostramos hijos de Dios Padre, que nos sienta alrededor de su mesa para nutrirnos como sus hijos en el partir del pan.

La Comunión que compartimos Con Él y en el Señor, ello es lo que nos llena de esperanza de su glorioso retorno a nosotros. Ese revivir de la gracia eficaz en la conmemoración de la muerte y resurrección del Señor debe ser el punto de partida y a la vez de unión ministerial que nos promueve en el continuo dialogar en la fe por el camino de la concordia y la paz.

La familia ecuménica cristiana que comparte y vive Jesús, tiene que reflejar los valores de ser discípulos del Señor, pero nuestras familias están siendo severamente atacadas en nuestros tiempos. A su defensa debemos estar nosotros, el ejército de la paz, del perdón, de la reconciliación y la misericordia de Dios. Como líderes de la fe cristiana es nuestro deber ético-moral, fundamentado en nuestras creencias judeocristianas proteger a la familia, ese ecosistema natural que por vivir su fe enaltece la dignidad del ser, protege la vida humana y vive libre en medio de las esclavizantes tinieblas que la rodean. Pero en ella resplandece la Luz del Mundo desde lo más profundo de su ser, Jesús, el Verbo Encarnado, quien es Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

La familia es la Iglesia, pueblo santo de Dios, cuerpo místico del Señor, en la familia cristiana resplandece la presencia del Salvador. La familia es la Iglesia Doméstica de la fe.

Ayer, hoy y mañana, los cristianos unimos nuestros corazones de fe al doblar nuestras rodillas en oración a Dios para pedir perdón por nuestras faltas, por nuestros pecados, por nuestras omisiones en no hacer un poquito más por amor a Dios. Hoy tenemos que renovarnos en nuestro compromiso de seguir buscando los caminos que nos conducen en una mismísima fe a la unión de todos los cristianos.
Vivamos en Cristo. Abracémonos con el aliento del amor de Dios. Así como Pablo VI abrazó a Atenágora y como Juan Pablo II pidió perdón cuando en Asís se reunió con todos los líderes religiosos para orar por la paz del mundo, así también hoy día proclamemos nosotros desde lo más profundo de nuestro ser:

¡Shalom! ¡Paz para todos!.