Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de
2006
|
Confesarse, ¿por qué? La reconciliación y la belleza
de Dios
Bruno Forte
Tratemos de comprender juntos qué es la confesión: si lo
comprendes verdaderamente, con la mente y con el corazón,
sentirás la necesidad y la alegría de hacer experiencia de este
encuentro, en el que Dios, dándote su perdón mediante el
ministro de la Iglesia, crea en ti un corazón nuevo, pone en ti
un Espíritu nuevo, para que puedas vivir una existencia
reconciliada con Él, contigo mismo y con los demás, llegando a
ser tú también capaz de perdonar y amar, más allá de cualquier
tentación de desconfianza y cansancio.
1. ¿Por qué confesarse?
Entre las preguntas que mi corazón de obispo se hace, elijo una
que me hacen a menudo: ¿por qué hay que confesarse? Es una
pregunta que vuelve a plantearse de muchas formas: ¿por qué ir a
un sacerdote a decir los propios pecados y no se puede hacer
directamente con Dios, que nos conoce y comprende mucho mejor
que cualquier interlocutor humano? Y, de manera más radical: ¿por
qué hablar de mis cosas, especialmente de aquellas de las que me
avergüenzo incluso conmigo mismo, a alguien que es pecador como
yo, y que quizá valora de modo completamente diferente al mío mi
experiencia, o no la comprende en absoluto? ¿Qué sabe él de lo
que es pecado para mí? Alguno añade: y además, ¿existe
verdaderamente el pecado, o es sólo un invento de los sacerdotes
para que nos portemos bien?
A esta última pregunta creo que puedo responder enseguida y sin
temor a que se me desmienta: el pecado existe, y no sólo está
mal sino que hace mal. Basta mirar la escena cotidiana del
mundo, donde se derrochan violencia, guerras, injusticias,
abusos, egoísmos, celos y venganzas (un ejemplo de este “boletín
de guerra” no los dan hoy las noticias en los periódicos, radio,
televisión e Internet). Quien cree en el amor de Dios, además,
percibe que el pecado es amor replegado sobre sí mismo (“amor
curvus”, “amor cerrado”, decían los medievales), ingratitud de
quien responde al amor con la indiferencia y el rechazo. Este
rechazo tiene consecuencias no sólo en quien lo vive, sino
también en toda la sociedad, hasta producir condicionamientos y
entrelazamientos de egoísmos y de violencias que se constituyen
en auténticas “estructuras de pecado” (pensemos en las
injusticias sociales, en la desigualdad entre países ricos y
pobres, en el escándalo del hambre en el mundo...). Justo por
esto no se debe dudar en subrayar lo enorme que es la tragedia
del pecado y cómo la pérdida de sentido del pecado --muy diversa
de esa enfermedad del alma que llamamos “sentimiento de culpa”--
debilita el corazón ante el espectáculo del mal y las
seducciones de Satanás, el adversario que trata de separarnos de
Dios.
2. La experiencia del perdón
A pesar de todo, sin embargo, no creo poder afirmar que el mundo
es malo y que hacer el bien es inútil. Por el contrario, estoy
convencido de que el bien existe y es mucho mayor que el mal,
que la vida es hermosa y que vivir rectamente, por amor y con
amor, vale verdaderamente la pena. La razón profunda que me
lleva a pensar así es la experiencia de la misericordia de Dios
que hago en mí mismo y que veo resplandecer en tantas personas
humildes: es una experiencia que he vivido muchas veces, tanto
dando el perdón como ministro de la Iglesia, como recibiéndolo.
Hace años que me confieso con regularidad, varias veces al mes y
con la alegría de hacerlo. La alegría nace del sentirme amado de
modo nuevo por Dios, cada vez que su perdón me alcanza a través
del sacerdote que me lo da en su nombre. Es la alegría que he
visto muy a menudo en el rostro de quien venía a confesarse: no
el fútil sentido de alivio de quien “ha vaciado el saco” (la
confesión no es un desahogo psicológico ni un encuentro
consolador, o no lo es principalmente), sino la paz de sentirse
bien “dentro”, tocados en el corazón por un amor que cura, que
viene de arriba y nos transforma. Pedir con convicción el
perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad es fuente
de una paz impagable: por ello, es justo y es hermoso
confesarse. Querría compartir las razones de esta alegría a
todos aquellos a los que logre llegar con esta carta.
3. ¿Confesarse con un sacerdote?
Me preguntas entonces: ¿por qué hay que confesar a un sacerdote
los propios pecados y no se puede hacer directamente a Dios?
Ciertamente, uno se dirige siempre a Dios cuando confiesa los
propios pecados. Que sea, sin embargo, necesario hacerlo también
ante un sacerdote nos lo hace comprender el mismo Dios: al
enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse
con nosotros mediante un contacto directo, que pasa a través de
los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Así como
Él ha salido de sí mismo por amor nuestro y ha venido a
“tocarnos” con su carne, también nosotros estamos llamados a
salir de nosotros mismos por amor suyo e ir con humildad y fe a
quien puede darnos el perdón en su nombre con la palabra y con
el gesto. Sólo la absolución de los pecados que el sacerdote te
da en el sacramento puede comunicarte la certeza interior de
haber sido verdaderamente perdonado y acogido por el Padre que
está en los cielos, porque Cristo ha confiado al ministerio de
la Iglesia el poder de atar y desatar, de excluir y de admitir
en la comunidad de la alianza (Cf. Mateo 18,17). Es Él quien,
resucitado de la muerte, ha dicho a los Apóstoles: “Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”
(Juan 20,22-23). Por lo tanto, confesarse con un sacerdote es
muy diferente de hacerlo en el secreto del corazón, expuesto a
tantas inseguridades y ambigüedades que llenan la vida y la
historia. Tu solo no sabrás nunca verdaderamente si quien te ha
tocado es la gracia de Dios o tu emoción, si quien te ha
perdonado has sido tú o ha sido Él por la vía que Él ha elegido.
Absuelto por quien el Señor ha elegido y enviado como ministro
del perdón, podrás experimentar la libertad que sólo Dios da y
comprenderás por qué confesarse es fuente de paz.
4. Un Dios cercano a nuestra debilidad
La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que
se nos ofrece en Jesús y que se nos transmite mediante el
ministerio de la Iglesia. En este signo eficaz de la gracia,
cita con la misericordia sin fin, se nos ofrece el rostro de un
Dios que conoce como nadie nuestra condición humana y se le hace
cercano con tiernísimo amor. Nos lo demuestran innumerables
episodios de la vida de Jesús, desde el encuentro con la
Samaritana a la curación del paralítico, desde el perdón a la
adúltera a las lágrimas ante la muerte del amigo Lázaro... De
esta cercanía tierna y compasiva de Dios tenemos inmensa
necesidad, como lo demuestra también una simple mirada a nuestra
existencia: cada uno de nosotros convive con la propia
debilidad, atraviesa la enfermedad, se asoma a la muerte,
advierte el desafío de las preguntas que todo esto plantea el
corazón. Por mucho que luego podamos desear hacer el bien, la
fragilidad que nos caracteriza a todos, nos expone continuamente
al riesgo de caer en la tentación. El Apóstol Pablo describió
con precisión esta experiencia: “Hay en mí el deseo del bien,
pero no la capacidad de realizarlo; en efecto, yo no hago el
bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7,18s). Es
el conflicto interior del que nace la invocación: “Quién me
librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” (Romanos 7,
24). A ella responde de modo especial el sacramento del perdón,
que viene a socorrernos siempre de nuevo en nuestra condición de
pecado, alcanzándonos con la potencia sanadora de la gracia
divina y transformando nuestro corazón y nuestros
comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de proponernos
la gracia de este sacramento durante todo el camino de nuestra
vida: a través de ella Jesús, verdadero médico celestial, se
hace cargo de nuestros pecados y nos acompaña, continuando su
obra de curación y de salvación. Como sucede en cada historia de
amor, también la alianza con el Señor hay que renovarla sin
descanso: la fidelidad y el empeño siempre nuevo del corazón que
se entrega y acoge el amor que se le ofrece, hasta el día en que
Dios será todo en todos.
5. Las etapas del encuentro con el perdón
Justo porque fue deseado por un Dios profundamente “humano”, el
encuentro con la misericordia que nos ofrece Jesús se produce en
varias etapas, que respetan los tiempos de la vida y del
corazón. Al inicio, está la escucha de la buena noticia, en la
que te alcanza la llamada del Amado: “El tiempo se ha cumplido y
el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena
Nueva” (Marcos 1,15). A través de esta voz el Espíritu Santo
actúa en ti, dándote dulzura para consentir y creer en la
Verdad. Cuando te vuelves dócil a esta voz y decides responder
con todo el corazón a Quien te llama, emprendes el camino que te
lleva al regalo más grande, un don tan valioso que le lleva a
Pablo a decir: “En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos
con Dios! “ (2 Corintios 5, 20).
La reconciliación es precisamente el sacramento del
encuentro con Cristo que, mediante el ministerio de la Iglesia,
viene a socorrer la debilidad de quien ha traicionado o
rechazado la alianza con Dios, lo reconcilia con el Padre y con
la Iglesia, lo recrea como criatura nueva en la fuerza del
Espíritu Santo. Este sacramento es llamado también de la
penitencia, porque en él se expresa la conversión del
hombre, el camino del corazón que se arrepiente y viene a
invocar el perdón de Dios. El término confesión --usado
normalmente-- se refiere en cambio al acto de confesar las
propias culpas ante el sacerdote pero recuerda también la triple
confesión que hay que hacer para vivir en plenitud la
celebración de la reconciliación: la confesión de alabanza
(“confessio laudis”), con la que hacemos memoria del amor divino
que nos precede y nos acompaña, reconociendo sus signos en
nuestra vida y comprendiendo mejor así la gravedad de nuestra
culpa; la confesión del pecado, con la que presentamos al Padre
nuestro corazón humilde y arrepentido, reconociendo nuestros
pecados (“confessio peccati”); la confesión de fe, por último,
con la que nos abrimos al perdón que libera y salva, que se nos
ofrece con la absolución (“confessio fidei”). A su vez, los
gestos y las palabras en las que expresaremos el don que hemos
recibido confesarán en la vida las maravillas realizadas en
nosotros por la misericordia de Dios.
6. La fiesta del encuentro
En la historia de la Iglesia, la penitencia ha sido vivida en
una gran variedad de formas, comunitarias e individuales, que
sin embargo han mantenido todas la estructura fundamental del
encuentro personal entre el pecador arrepentido y el Dios vivo,
a través de la mediación del ministerio del obispo o del
sacerdote. A través de las palabras de la absolución,
pronunciadas por un hombre pecador que, sin embargo, ha sido
elegido y consagrado para el ministerio, es Cristo mismo el que
acoge al pecador arrepentido y lo reconcilia con el Padre y en
el don del Espíritu Santo, lo renueva como miembro vivo de la
Iglesia. Reconciliados con Dios, somos acogidos en la comunión
vivificante de la Trinidad y recibimos en nosotros la vida nueva
de la gracia, el amor que sólo Dios puede infundir en nuestros
corazones: el sacramento del perdón renueva, así, nuestra
relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, en
cuyo nombre se nos da la absolución de las culpas. Como muestra
la parábola del Padre y los dos hijos, el encuentro de la
reconciliación culmina en un banquete de platos sabrosos, en el
que se participa con el traje nuevo, el anillo y los pies bien
calzados (Cf. Lucas15,22s): imágenes que expresan todas la
alegría y la belleza del regalo ofrecido y recibido.
Verdaderamente, para usar las palabras del padre de la parábola,
“comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba
muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”
(Lucas 15, 24). ¡Qué hermoso pensar que aquél hijo podemos ser
cada uno de nosotros!
7. La vuelta a la casa del Padre
En relación a Dios Padre, la penitencia se presenta como una
“vuelta a casa” (este es propiamente el sentido de la palabra
“teshuvá”, que el hebreo usa para decir “conversión”). Mediante
la toma de conciencia de tus culpas, te das cuenta de estar en
el exilio, lejano de la patria del amor: adviertes malestar,
dolor, porque comprendes que la culpa es una ruptura de la
alianza con el Señor, un rechazo de su amor, es “amor no amado”,
y por ello es también fuente de alienación, porque el pecado nos
desarraiga de nuestra verdadera morada, el corazón del Padre. Es
entonces cuando hace falta recordar la casa en la que nos
esperan: sin esta memoria del amor no podríamos nunca tener la
confianza y la esperanza necesarias para tomar la decisión de
volver a Dios. Con la humildad de quien sabe que no es digno de
ser llamado “hijo”, podemos decidirnos a ir a llamar a la puerta
de la casa del Padre: ¡qué sorpresa descubrir que está en la
ventana escrutando el horizonte porque espera desde hace mucho
tiempo nuestro retorno! A nuestras manos abiertas, al corazón
humilde y arrepentido responde la oferta gratuita del perdón con
el que el Padre nos reconcilia consigo, “convirtiéndonos” de
alguna manera a nosotros mismos: “ Estando él todavía lejos, le
vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó
efusivamente” (Lucas 15,20). Con extraordinaria ternura, Dios
nos introduce de modo renovado en la condición de hijos,
ofrecida por la alianza establecida en Jesús.
8. El encuentro con Cristo, muerto y resucitado por nosotros
En relación al Hijo, el sacramento de la reconciliación nos
ofrece la alegría del encuentro con Él, el Señor crucificado
y resucitado, que, a través de su Pascua nos da la vida
nueva, infundiendo su Espíritu en nuestros corazones. Este
encuentro se realiza mediante el itinerario que lleva a cada uno
de nosotros a confesar nuestras culpas con humildad y dolor de
los pecados y a recibir con gratitud plena de estupor el perdón.
Unidos a Jesús en su muerte de Cruz, morimos al pecado y al
hombre viejo que en él ha triunfado. Su sangre, derramada por
nosotros nos reconcilia con Dios y con los demás, abatiendo el
muro de la enemistad que nos mantenía prisioneros de nuestra
soledad sin esperanza y sin amor. La fuerza de su resurrección
nos alcanza y transforma: el resucitado nos toca el corazón, lo
hace arder con una fe nueva, que nos abre los ojos y nos hace
capaces de reconocerle junto a nosotros y reconocer su voz en
quien tiene necesidad de nosotros. Toda nuestra existencia de
pecadores, unida a Cristo crucificado y resucitado, se ofrece a
la misericordia de Dios para ser curada de la angustia, liberada
del peso de la culpa, confirmada en los dones de Dios y renovada
en la potencia de su Amor victorioso. Liberados por el Señor
Jesús, estamos llamados a vivir como Él libres del miedo, de la
culpa y de las seducciones del mal, para realizar obras de
verdad, de justicia y de paz.
9. La vida nueva del Espíritu
Gracias al don del Espíritu que infunde en nosotros el amor de
Dios (Cf. Romanos 5,5), el sacramento de la reconciliación es
fuente de vida nueva, comunión renovada con Dios y con la
Iglesia, de la que precisamente el Espíritu es el alma y la
fuerza de cohesión. El Espíritu empuja al pecador perdonado a
expresar en la vida la paz recibida, aceptando sobre todo las
consecuencias de la culpa cometida, la llamada “pena”, que es
como el efecto de la enfermedad representada por el pecado, y
que hay que considerarla como una herida que curar con el óleo
de la gracia y la paciencia del amor que hemos de tener hacia
nosotros mismos. El Espíritu, además, nos ayuda a madurar el
firme propósito de vivir un camino de conversión hecho de
empeños concretos de caridad y de oración: el signo penitencial
requerido por el confesor sirve justamente para expresar esta
elección. La vida nueva, a la que así renacemos, puede demostrar
más que cualquier otra cosa la belleza y la fuerza del perdón
invocado y recibido siempre de nuevo (“perdón” quiere decir
justamente don renovado: ¡perdonar es dar infinitamente!) Te
pregunto entonces: ¿por qué prescindir de un regalo tan grande?
Acércate a la confesión con corazón humilde y contrito y vívela
con fe: te cambiará la vida y dará paz a tu corazón. Entonces,
tus ojos se abrirán para reconocer los signos de la belleza de
Dios presentes en la creación y en la historia y te surgirá del
alma el canto de alabanza.
Y también a ti, sacerdote que me lees y que, como yo, eres
ministro del perdón, querría dirigir una invitación que me nace
del corazón: está siempre pronto --a tiempo y a destiempo--, a
anunciar a todos la misericordia y a dar a quien te lo pide el
perdón que necesita para vivir y morir. Para aquella persona,
¡podría tratarse de la hora de Dios en su vida!
10. ¡Dejémonos reconciliar con Dios!
La invitación del apóstol Pablo se convierte, así, también en la
mía: lo expreso sirviéndome de dos voces distintas. La primera,
es la de Friedrich Nietzsche, que, en su juventud, escribió
palabras apasionadas, signo de la necesidad de misericordia
divina que todos llevamos dentro: “Una vez más, antes de partir
y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis
manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del
corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me
vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que
penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas mi
vida, tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí!
Quiero conocerte y también servirte” (“Scritti giovanili”,
“Escritos Juveniles” I, 1, Milán 1998, 388). La otra voz es la
que se atribuye a san Francisco de Asís, que expresa la verdad
de una vida renovada por la gracia del perdón: “Señor, haz de mi
un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el
amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá
donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay
error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la
Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que
allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay
tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto
comprender, ser amado, cuanto amar”. Son éstos los frutos de la
reconciliación, invocada y acogida por Dios, que auguro a todos
vosotros que me leéis. Con este augurio, que se hace oración, os
abrazo y bendigo uno a uno.
PARA EL EXAMEN DE CONCIENCIA
Prepárate a la confesión si es posible a plazos regulares y no
demasiado lejanos en el tiempo, en un clima de oración,
respondiendo a estas preguntas bajo la mirada de Dios,
eventualmente verificándolo con quien pueda ayudarte a caminar
más rápido en la vía del Señor:
-
“No tendrás otro Dios fuera de mí” (Dt 5,7). “Amarás al
Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente” (Mt 22,37). ¿Amo así al Señor? ¿Le doy el primer
lugar en mi vida? Me empeño en rechazar todo ídolo que puede
interponerse entre El y yo, ya sea el dinero, el placer, la
superstición o el poder? ¿Escucho con fe su Palabra? ¿Soy
perseverante en la oración?
-
“No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios” (Dt 5,11).
¿Respeto el nombre santo de Dios? ¿Abuso al referirme a Él
ofendiéndole o sirviéndome de Él en lugar de servirlo? ¿Bendigo
a Dios en cada uno de mis actos? ¿Me remito sin reservas a
su voluntad sobre mí, confiando totalmente en Él? ¿Me confío
con humildad y confianza a la guía y a la enseñanza de los
pastores que el Señor ha dado a su Iglesia? ¿Me empeño en
profundizar y nutrir mi vida de fe?
-
“Santificarás las fiestas” (cf. Dt 5,12-15). ¿Vivo la
centralidad del domingo, empezando por su centro que es la
celebración de la eucaristía, y los otros días consagrados
al Señor para alabarlo y darle gracias para confiarme a Él y
reposar en Él? ¿Participo con fidelidad y empeño en la
liturgia festiva, preparándome a ella con la oración y
esforzándome en obtener fruto durante toda la semana? ¿Santifico
el día de fiesta con algún gesto de amor hacia quien lo
necesita?
-
“Honra a tu padre y a tu madre” (Dt 5,16). ¿Amo y respeto a
quienes me han dado la vida? ¿Me esfuerzo por comprenderles
y ayudarles, sobre todo en su debilidad y sus límites?
-
“No matar” (Dt 5,17). ¿Me esfuerzo por respetar y promover
la vida en todas sus etapas y en todos sus aspectos? ¿Hago
todo lo que está en mi poder por el bien de los demás? ¿He
hecho mal a alguien con la intención explícita de hacerlo?
“Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). ¿Cómo vivo
la caridad hacia el prójimo? ¿Estoy atento y disponible,
sobre todo hacia los más pobres y los más débiles? ¿Me amo a
mí mismo, sabiendo aceptar mis límites bajo la mirada de
Dios?
-
“No cometerás actos impuros” (cf. Dt 5,18). “No desearás la
mujer de tu prójimo” (Dt 5,21). ¿Soy casto en pensamientos y
actos? ¿Me esfuerzo en amar con gratuidad, libre de la
tentación de la posesión y de los celos? ¿Respeto siempre y
en todo la dignidad de la persona humana? ¿Trato mi cuerpo y
el cuerpo de los demás como templo del Espíritu Santo?
-
“No robar” (Dt 5,19). “No desear los bienes ajenos” (Dt
5,21). ¿Respeto los bienes de la creación? ¿Soy honesto en
el trabajo y en mis relaciones con los demás? ¿Respeto el
fruto de trabajo de los demás? ¿Soy envidioso del bien de
los otros? ¿Me esfuerzo en hacer a los otros felices o
pienso sólo en mi felicidad?
-
“No pronunciar falso testimonio” (Dt 5,20). ¿Soy sincero y
leal en cada palabra y acción? ¿Testimonio siempre y sólo la
verdad? ¿Trato de dar confianza y actúo en modo de merecerla?
-
¿Me esfuerzo en seguir a Jesús en la vía de mi entrega a
Dios y a los demás? ¿Trato de ser como Él humilde, pobre y
casto?
-
¿Encuentro al Señor fielmente en los
sacramentos, en la comunión fraterna y en el servicio a los
más pobres? ¿Vivo la esperanza en la vida eterna, mirando
cada cosa a la luz del Dios que llega y confiando siempre en
sus promesas?
Carta para
el año pastoral 2005-2006 de Mons. Bruno Forte, arzobispo de
Chieti-Vasto, miembro de la Comisión Teológica Internacional,
sobre el tema “La reconciliación y la belleza de Dios”. Chieti,
21 febrero de 2006.
ZENIT
|