Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de 2006

Religión y política

José Ignacio Rasco

Conferencia ofrecida en el Instituto Jacques Maritain de Cuba, en el Koubek Memorial Center de la Universidad de Miami el 3 de febrero de 2006.

I. El crucigrama humano
En el ser humano hay dos tendencias que parecen brotar de lo más íntimo de su natura. Una tendencia hacia lo alto, hacia la búsqueda de un Ser Superior, creador de todo lo que se ve o palpa en la naturaleza

que le rodea o trasciende a la música de los sentidos, que inquiere por el relojero que echó a andar el tiempo en el espacio físico y el metafísico, que va más allá del aquí y del

 ahora.
 

 

 “Tirano es el católico que se pone sobre un hindú, y el metodista que silba a un católico. Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el católico a quien se impida afirmar. El hombre sincero tiene derecho al error”. José Martí

 

Padre Félix Varela

 

Jacques Maritain

 

Y al mismo tiempo este bípedo implume se siente atraído y necesitado de su vocación lateral, de convivencia del yo con el otro, de la inevitabilidad del nosotros, de su fuga de individualidad. Los pronombres personales con su singularidad y pluralidad retratan perfectamente la sociabilidad del ser humano, el homo naturalis, el animal social o político, que, por primera vez, retrató el gigante Aristóteles.

Estas dos tendencias del ser humano que tiende, por una parte, hacia lo vertical, y por otra, hacia lo horizontal constituye el crucero vital del hombre, que se puede visualizar en cualquier grupo humano que habite en nuestra geografía planetaria, desde la tribu más tribal hasta la nación más nacionalista.

De esta ambivalencia horizontal y vertical del ser humano brotan justamente acaso dos de las más nobles actividades: la religión y la política, que es tanto como decir la búsqueda de lo infinito y lo finito, de la fe y la razón, de lo superior y lo semejante, de la ética y el derecho.

De ahí que en todo grupo humano surja un sentido religioso y un afán político, que en el fondo no es más que un reconocimiento de la necesidad del nosotros, de la sociabilidad, tanto en el ágora como en el templo. Que el yo no puede subsistir sin el tú, sin el otro. Esta “otredad” lleva al animal político a mirar hacia arriba, en busca de un Ser Supremo impar y hacia los lados reclamando de sus pares, de sus conciudadanos, la búsqueda del bien común.

Nuestro José Martí, no siempre coincidente con la ortodoxia católica, vio bien el valor de lo ético y religioso en el ser humano y se expresó de este modo:
 

“La moral es la base de una buena religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ellas: es necesario que la justicia celeste la garantice.”
 

Todo esto reconoce que no existe grupo humano que no haya tenido expresión religiosa y política. En el mundo moderno hemos visto como el panorama político y el religioso se han ido deslindando en casi todas partes a medida que las sociedades han ido creciendo. Nuestro intento en esta noche es analizar algunas armonías y conflictos que se han presentado básicamente en nuestro mundo occidental y cristiano y, en mi caso, francamente entre el catolicismo en el mundo moderno aunque haya reflexiones que puedan abarcar otros mundos también.

II. Fe, razón y política
La etimología de la palabra re-ligión, re-ligare ya indica la vinculación o religación del hombre con Dios, en la busca de un ser superior que le ayude y dirija como apuntó Santo Tomás. Y San Agustín insistía en el hambre del hombre por la felicidad, que siempre busca en un ser infinito por caminos de fe y razón.
 

Adolf Hitler, seguido por Erns Röhm, saludan al ejército alemán después de pronunciar un discurso en Braunschweig durante la consagración de las banderas en memoria de los militantes muertos en una manifestación en la Plaza Odeon en 1923,
en Munich. La foto fue tomada el 18 de octubre
de 1931. FOTOS: EFE/ARCHIVO

 

Las tropas rusas desfilan junto al retrato de Lenin instalado en la Plaza Roja de Moscú. En la imagen, escuadrón de lanza cohetes montados en vehículos de seis ruedas. Estas baterías fueron mostradas el 11 de noviembre de 1957, en el aniversario de la revolución rusa.

En la dicotomía de la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrena ya se palpa la distinción del hombre finito que busca lo infinito, que mira por una parte hacia lo celestial y por otra hacia una horizontalidad cercana que palpa, la política. Así siente ansias espirituales y materiales que a ratos se juntan y a ratos se separan.

Esa doble dimensión espiritual y material nos habla de una necesidad de convivencia y coexistencia del individuo en sociedad, con leyes humanas y divinas, de materia y espíritu, que ha provocado a veces guerras y persecuciones también.

En las tribus iniciales se solía confundir lo sacro con lo civil, y la autoridad sagrada parecía predominar en formas más o menos teocráticas.

En verdad es el cristianismo quien logró deslindar lo que es del César y lo que es de Dios, mientras otras confesiones más bien mantenían la unión de las fuerzas sacras con las políticas. Todavía en muchos países de Asia y África especialmente, la autoridad civil se confunde con la religiosa.

Pero en el cristianismo, ni antes ni después de Constantino, la separación de la Iglesia y el Estado fue clara y abierta. Lo cual por un lado producía cierta paz espiritual y temporal algunas veces, pero, por otra, resultaba fuente de conflictos permanente.

Esas imprecisiones en política y religión, aunque han producido épocas de alguna paz, en muchos casos, la exposición de un régimen político o de una religión específica ha sido fuente de imposición a sangre y fuego como si se volviera a etapas anteriores.

El 26 de noviembre de 1981 el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, ante un grupo de diputados católicos en el parlamento alemán, analizó la situación de los cristianos perseguidos por la dictadura romana de Nerón y Domiciano, parecida a la de los judíos en Babilonia. El Estado romano quería ser totalitario con una política de esclavitud mitológica. Cuando la fe cristiana decae vuelve a surgir un Estado divinizado que incluye la fe en una política de sometimiento. Es el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es de Dios, suplir a Dios mismo.
 

Un seguidor de la alianza opositora Mutahida Majlis e Amal (MMA), formada por seis partidos islámicos, corea lemas antiestadounidenses en Mutahida, Pakistán, mientras sostiene el Corán, el libro sagrado del Islam.
FOTOS: EFE/ARCHIVO

Un visitante observa el busto de Marx en una exposición en Beijing en octubre de 2003. La estatua de Mao –al fondo– al igual que las imágenes de los ex líderes comunistas de la historia del socialismo apenas se exhiben
ya en China.

La moral política implica combatir la seducción de esa grandilocuencia estatal que juega con la humanidad y sus posibilidades.

La fe no puede permitir que el hombre crea en esa panacea mítica temporal de algunos hombres y sistemas. Es tarea primordial de la fe liberar al hombre de esos grandes mitos políticos endiosados. Paradójicamente el materialismo dialéctico del marxismo ha divinizado la dictadura del proletariado en una forma teocrática, que absorbe todas las clases sociales y hace del mito de la lucha de clases una forma casi litúrgica para ascender al poder. El fanatismo marxista, en sus momentos de auge, ha despertado un odio sin precedente en las clases sociales, un verdadero culto al divisionismo.

Ya nuestro Padre Varela dijo que la tesis rousseauniana de la “voluntad general” era también un mito peligroso. Y por eso Maritain lo calificó de “panteísmo político”. En la utopía marxista sobran los ejemplos, al igual que en el estatismo fascista, o en la tesis racial del nazismo. Y he ahí una muestra de los grandes mitos de esas ideologías que divinizaban el materialismo dialéctico, el estado corporativo y la raza.

Otra consideración de Ratzinger sobre la posición de los cristianos perseguidos es debido a la confusión del Estado con los hombres que lo manejan. En el profeta Jeremías y en la carta de Pablo a Timoteo encuentra Ratzinger fundamento para su tesis de resistir en conciencia —derecho y deber— a fin de confinar el Estado a sus propios límites y aprender de cómo los judíos no se doblegaron ante el poder estatal, porque iba contra la voluntad de Dios. Así, la antimoral fue combatida con la moral y el mal con la decidida adhesión al bien, ya que el bien es siempre un mandamiento.

En un tercer aspecto Ratzinger ahonda más sobre el tema y dice “la fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizador”.


“Ha implantado el realismo de la razón… el verdadero realismo del hombre se encuentra en el humanismo y en el humanismo se encuentra Dios”


De ahí las repetidas instancias participativas en las Encíclicas y otros documentos de la Iglesia para que los católicos sepan de una política eficiente, con justicia social, así como en el mejoramiento de la población en todos los órdenes, especialmente en el plano ético. No obstante el mentor venezolano Arístides Calvani, de grata recordación, decía que un político cristiano debía ser como un apóstol, como un sacerdote en misión temporal de entrega total para beneficio del bien común.

Esto explica la multiplicidad de organizaciones de Acción Católica que cubre todo el panorama del ser y del hacer apostólico del ciudadano a nivel nacional e internacional.

Por ello Juan XXIII convocó al último Concilio para revisar el papel de la Iglesia y de sus miembros en sus actividades y creencias ante el mundo de hoy tan cambiado. En el documento Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo actual se lee: “El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.

Y alaba a los cristianos, especialmente a los jóvenes que se ofrecen para mejorar la calidad de hombres y pueblos a través de los canales cívicos y políticos.

Y Maritain advierte contra la “abstracción del cristianismo”, de dividir el cristianismo en dos mitades “una mitad cristiana para las cosas de la vida eterna, y para las temporales, una vida pagana o cristiana disminuida o vergonzante o neutra, es decir infinitamente débil”.

III. Relaciones Iglesia-Estado
A lo largo de la historia las relaciones entre la Iglesia y el Estado han sido a menudo de gran diversidad. Y no sólo en la Iglesia Católica sino en todas las confesiones religiosas.

La Iglesia Católica, a través de las Encíclicas Sociales, a partir del Papa León XIII (1891) y por todos sus sucesores, ha expuesto claramente los puntos de vista del catolicismo en materia social, económica y política. Y en todos los documentos del Concilio Vaticano II aparece claramente definida la posición de la Iglesia y de los católicos en el mundo actual. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes, fija específicamente los aspectos básicos de su política. El principio de la dignidad de la persona humana, como imagen de Dios, ya tipifica su ser y su papel en la comunidad, lo que supone ayudas materiales y morales a todas las actividades culturales, económicas, políticas, sociales, respetando los proyectos y planes en el desarrollo económico y social, exhortando a los cristianos a participar en las actividades ciudadanas. La comunidad política y la Iglesia, ambas al servicio de la persona, son entre sí independientes, pero la Iglesia tiene derecho a predicar la fe y a ejercitar su misión, juzgando también las cosas “que se refieren al orden político cuando ello sea exigido por los derechos fundamentales de la persona y por la salvación de las almas”.

La promoción de la paz, el fomento de la solidaridad en los pueblos y en la comunidad internacional, son deberes de la Iglesia, de los fieles, de las iglesias particulares, siempre con un profundo respeto por la libertad, por los cambios sociales, psicológicos, morales y religiosos de la época. Es deber del cristiano luchar por combatir los desequilibrios injustos en el mundo de hoy del capital, del trabajo, y usar la libertad y los medios éticos para actuar conforme a su libre elección.

Es doctrina básica que el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales, es y debe ser, la persona humana, la cual tiene necesidad de vida comunitaria.

La interdependencia en el mundo de hoy exige el respeto a las asociaciones y personas que persiguen el bien común de todo grupo nacional e internacional. Es deber avivar la preocupación de todos por perfeccionar esta tierra y la vida temporal de cada cual.

Los partidos políticos deben promover cuanto se refiera al bien común sin perjuicio de que velen por sus propios intereses, y evitar siempre la demagogia.

La Iglesia ha exhortado a los católicos a participar siempre en las actividades partidarias en aquellos organismos o partidos que velan por los grandes intereses nacionales con espíritu de honestidad y justicia social cristiana. Algunos partidos políticos en Europa y América se han manifestado con un carácter católico que se ha prestado a confusión por las declaraciones de algunos dirigentes políticos, especialmente en los viejos Partidos Conservadores que gustaban de la alianza del Trono y del Altar. Y como reacción los partidos y entidades de cuño democristiano han exagerado a ratos sus puntos de vista demasiado avanzados, lo que ha producido más de una polémica con curas y obispos y líderes de Acción Católica.
El Estado y la Iglesia son independientes y autónomos cada uno en su propio terreno y con espíritu de respeto y cooperación, con plena libertad para la predicación y el culto.

En la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual se dice sobre su papel en el mundo contemporáneo:


“La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”, e incluso “debe crear obras de servicio para todos, particularmente para los necesitados… y puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas”.


Evidentemente que hay problemas que exigen gran cooperación entre la Iglesia y el Estado, que cada vez ha ido asumiendo funciones que anteriormente la Iglesia realizaba casi totalmente, como escuelas, hospitales, universidades, familias, tareas culturales, éticas, sindicales, etc.

La comunidad política nace para buscar el bien común que implica el respeto a los derechos de las personas y de la sociedad civil dentro de un marco legislativo que contemple el apoyo a la heterogeneidad de instituciones siguiendo las pautas que demanda la solidaridad humana.

El ejercicio de la autoridad debe basarse en un orden moral y jurídico que respete la pluralidad social y los derechos fundamentales de la persona humana.

La Iglesia no aspira, ni puede aspirar tampoco, a controlar o monopolizar la variedad de funciones y organismos de la sociedad civil. Y compartir tareas con los no católicos y profanos por el pluralismo de la raza humana y las actitudes de otros grupos ajenos incluso al cristianismo, con espíritu de paz y reconciliación con “los hermanos separados”, e incluso renunciar en lo puramente humano si es obstáculo para la convergencia democrática.

El Estado debe respetar la independencia de la Iglesia así como la Iglesia debe armonizar su trato con los gobiernos, con espíritu de paz, solidaridad y respeto para la autonomía recíproca, y regular, en lo posible, las relaciones y, en todo caso, ceder en cuestiones que no afectan al dogma en aras del bien común.

Pero es esencial un régimen de libertad para que la comunidad religiosa pueda ejercer plenamente su ministerio espiritual.

IV. Tolerancia y pluralismo
El tema de la tolerancia, como la cuchara, tiene aspectos cóncavos y convexos, por lo que ha sido siempre tema de debate en política como en religión. Cuando decimos que hay que ser intolerante con el vicio, la mentira, el robo o el crimen generalmente la gente aplaude y se empeña en que los políticos tomen medidas para enderezar las cosas. Y es que la verdad y el bien se imponen per se. La libertad pura y desinteresada sólo adopta la verdad y la virtud.

Pero como no todo es visiblemente blanco o negro, ni la óptica de todo el mundo es 20-20, hay que respetar la escogencia ajena, los gustos preferenciales y las opiniones diversas, siempre y cuando no se afecte al bien común, o el respeto debido a los derechos del vecino, o que no falte a los criterios de verdad. Históricamente ya vio bien nuestro Félix Varela que no todo el que predica la tolerancia lo es realmente, como él lo vio y vivió en su época en los Estados Unidos, porque sufrió en carne propia los viles ataques de cristianos intolerantes, que hipócritamente presumían de tolerantes en materia de convivencia, pero sin practicarla, al revés justamente de lo que decía y hacía Varela. No en balde el doctor José Ignacio Lasaga llegó a decir que “la coherente síntesis de democracia y cristianismo es de lo más preciado en la obra de Varela”.

A lo largo de la historia, desde que Caín discrepó de Abel, el pluralismo ha sido una necesidad social que respete la expresión del pensamiento y la libre acción ajena, ya que la paz social demanda que el monismo no sea partero del fanatismo.

Hoy sabemos que la letra con sangre no entra y que hay una cara de la tolerancia que es el respeto al derecho ajeno, según la reiterada expresión de Benito Juárez. No porque haya que darle forzosamente la razón al poeta que cantaba que nada es verdad ni mentira, sino que todo es según el color del cristal con que se mira, ni por aquello de laissez faire, laissez passer, como decían los fisiócratas, o “el todo da lo mismo” que conlleva una tolerancia boba, que, paradójicamente, es de una arrogancia cínica. Ese fue el pecado del viejo liberalismo agnóstico, el del encogimiento de hombros y de la indiferencia axiológica. En Cuba hay tristes ejemplos de la llamada “revolución del callo”, o aquello de “el que no roba es un idiota”, y porque “aquí hay que defenderse”.

O sea, que hay una falsa tolerancia intolerable, cómplice de cualquier fechoría, que carece de todo kilowatt ético.

Pero hay otra tolerancia que es respetable y necesaria y que es fundamental en todo molde democrático. Maritain nos advierte que “tolerar no es aprobar”, pero es una necesidad en aras del bien común, que ha de permitir un pluralismo de opiniones fundamental al sistema democrático y en la búsqueda de la paz social que no es sino el beneficio de lo mejor para los más posibles.

Esta tolerancia es la otra cara del pluralismo inevitable en toda sociedad, que no se lava pilatescamente las manos, sino que reconoce la dignidad de la persona humana con su libertad inherente para escoger la verdad. No se trata de justificar el relativismo ni el subjetivismo sino de expresar sin cortapisas la realidad, aun con peligro de equivocarnos, de divulgar su opinión y respetar siempre la ajena, sea en política, arte, ciencia, religión o cualquier otro campo de la actividad humana y, en todo caso, con afanes de inteligencia del punto de vista ajeno y, si fuera posible, buscar algún consenso en las discrepancias mediante el diálogo serio.

La libertad de pensar, opinar y actuar libremente es un don que el Creador otorgó al ser humano. El libre albedrío es tal vez su más típica facultad, sobre todo cuando se usa con buena ortopedia semántica y con respeto por la opinión ajena. El pluralismo democrático es casi una redundancia, una tautología.

“Todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; —ha dicho José Martí— tirano es el católico que se pone sobre un hindú, y el metodista que silba a un católico. Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el católico a quien se impida afirmar. El hombre sincero tiene derecho al error”.

Martí tuvo más influencia del Padre Varela de lo que a veces se supone. La idea de la tolerancia y su anverso en el Padre Varela encontró eco en el pensamiento martiano, así como su sentido de amor al amigo y al enemigo, y su espíritu ecléctico de armonía y conciliación.

El pluralismo et pluribus unum es como la otra cara de la moneda de la tolerancia. En cambio el totalitarismo (nazismo, fascismo, comunismo) es por esencia antiplural. La fórmula que a mi juicio revela mejor lo que encarna la pareja tolerancia-pluralismo es el trípode agustiniano que reza: “En lo fundamental unidad; en lo dudoso libertad; pero en todo caridad”.

Sentada esta base de la sociedad democrática hay que reconocer que todas las religiones, en algún momento, han olvidado estas normativas, aunque en sus propósitos buscaran los más nobles fines.
En casi todas las guerras y revoluciones se han cometido muchos crímenes en nombre de la libertad y en afanes de defender la democracia, la fe, la justicia y otros valores excelsos de la humanidad.

Baste pensar en las luchas de la Reforma y la Contrarreforma, como antes en las Cruzadas. El principio de cujus regio ejus religio era una imposición de los príncipes para que sus súbditos aceptaran su religión. La matanza de San Bartolomé, la Santa Inquisición, la guerra de los anabaptistas, la defenestración de Praga… por recordar arbitrariamente sólo algunos episodios y tantos hechos dolorosos denuncian que el fanatismo religioso ha sido un monismo liberticida en la historia de casi los cinco continentes al imponer –no exponer– sus credos y filosofías.

De modo que en la historia de las religiones cristianas, la infidelidad a la caridad y a la justicia ha sido lamentablemente plagada de grandes excepciones a su misión evangélica de amor y ayuda a personas y pueblos.

Y entre los no cristianos la supuesta guerra santa de los Mahoma ha sido más implacable todavía, y el fanatismo suicida que hemos visto en Irak recientemente es un síntoma desolador de una realidad inquietante.

La persecución a los judíos a lo largo de los siglos ha sido implacable. Y a los árabes. Alá es para millones el dios de la guerra y el Corán su programa de justificación.

Ha hecho bien Juan Pablo II cuando ha entonado un acto de contrición al pedir perdón por los pecados de la Iglesia contra los judíos, por la Shoa de los campos de concentración contra millones de hebreos.

En pueblos del occidente europeo, durante siglos, la entidad política, la ciudad cristiana, se aislaba de los no cristianos y el gueto quedaba para los judíos, la frontera para los gentiles y los heréticos y cismáticos aparecían como enemigos de la ciudad.

Claro que en todos estos procesos se han creado leyendas negras que exageran enormemente las crueldades y el número de víctimas y de hechos luctuosos. Pero más importante que la justa apologética en busca de la verdad histórica importa el arrepentimiento y el propósito de enmienda como ha hecho y dicho Juan Pablo II en su personalísimo modo de reconocer los desmanes, pedir perdón y absolver hasta a su propio asesino frustrado.

Afortunadamente, entre las distintas religiones cristianas ha brotado un espíritu ecuménico de unidad, un gran edicto de Nantes, que ha promovido la amnesia, el perdón y el ágape entre todos.

V. A modo de conclusión
Dado que el ser humano, en todos los tiempos y lugares ha cultivado el crucigrama humano, siempre ha tenido alguna demostración de fe religiosa. Nadie, ninguna autoridad, puede ir contra ese derecho humano, al par que divino, de practicar su inclinación ante lo sacro. La libertad religiosa es por eso de derecho natural y ninguna autoridad puede prohibirla, sea política, cristiana, judía, musulmana o de cualquier otra denominación.

Ya Jean Paul Sartre decía que “el hombre está condenado a ser libre” en toda la gama de sus inclinaciones. Y hasta aquel buen campesino se jactaba, paradójicamente, de su fe al declarar “Yo, gracias a Dios, soy ateo”.

Pero lamentablemente sí ha habido a lo largo de la historia, como hemos visto, persecuciones, abusos de gobiernos y aun confesiones religiosas, que, en nombre de Dios, han cometido atropellos contra personas y grupos religiosos. Y gobiernos y filosofías políticas han sido también autores o cómplices de abusos contra la fe. Todavía hasta hace muy poco los regímenes totalitarios como el comunismo, el fascismo y el nazismo han sido perseguidores fanáticos de católicos, protestantes, judíos, islámicos y de cualquier otra confesión.

Afortunadamente hoy las campañas antirreligiosas ya no gozan de mayor crédito, pero sí existen, a través de gobiernos, legisladores y jueces que desconocen o combaten los derechos de la plena libertad religiosa en formas a veces muy disimulada.

La separación de la Iglesia y el Estado ha deslindado campos de autonomía y derechos peculiares, sobre todo en los países occidentales con libertad y respeto entre las iglesias y el Estado, aunque no faltan zonas comunes de diferencias conflictivas. Los partidos confesionales han desaparecido, aunque hay luchas de ideologías con acentos cristianos, judíos, socialistas, liberales, comunistas, conservadores y social demócratas que mantienen filosofías de diferentes intenciones sobre la ética y la religión, pero salvo excepciones, se ha logrado una atmósfera de libertad, derechos, tolerancia y democracia pluralista.

Hay que luchar para mantener el status dualista Estado-Iglesia, por proseguir dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, sin provocar la divinización del César ni la cesarización de Dios”. La fusión, como en el Islam, sólo engendra formas de Estado teocrático. En la Alemania nazi Goering exclamó: “Yo carezco de conciencia. La mía se llama Adolfo Hitler” modelo de lo que es el monismo totalitario, el servilismo abyecto, la cesarización cretina.

La Iglesia respeta todas las distintas formas de gobierno siempre y cuando se acepte el derecho natural y la independencia espiritual de la Iglesia. El cristianismo en realidad deja a los pueblos elegir su sistema de gobierno siempre y cuando se acepte la libertad y los derechos fundamentales de la persona humana y la ley de Dios.

Pero como estamos en un mundo tan plural, ateo y teísta, demócrata y totalitario, cizaña y trigo, no es fácil que la fuerza de la razón venza a la razón de la fuerza. Por ello es más importante luchar en la trinchera de ideas que en la de piedra como ya advirtió nuestro José Martí.

Es derecho y deber de cristianos y no cristianos, del animal político, participar en la vida de la polis, pero sin integrismos pasados de moda ni confesionalismos excluyentes, sino con espíritu plural, abierto a toda tesis que no escriba a cañonazos, sin utopías ni revoluciones sólo aceptables en casos muy excepcionales, sino por la amplia, democrática, plural y ecuménica visión, sin teocracias ni fanatismos.

Se requiere pues un alpinismo de tanteos y errores en busca de una mejor visión democrática de paz y justicia social, pero sabiendo —añade Maritain— que: “No puede haber descanso para los cristianos mientras la justicia y el amor no gobiernen la vida de los hombres. Pero dado que las exigencias evangélicas no serán nunca satisfechas, el cristiano no tendrá nunca descanso en la historia”.

Y para concluir acudo nuevamente al pensamiento de Ratzinger, entonces Cardenal, hoy Benedicto XVI, para recordar uno de sus mensajes expuesto en 1986 y que sintetiza alguno de los planteamientos hechos por nosotros en esta exposición.


“La doctrina social católica no conoce utopías… rechaza el mito de la revolución y busca la vía de la reforma, sin que excluya totalmente, en situaciones extremas, la insurrección violenta… como un Deus ex machina, de donde inexplicablemente surgiría un buen día el hombre nuevo y la sociedad nueva” y luego añade: “…la doctrina social católica que habíamos expuesto no sería demasiado pragmática y realista… Se nutre de las orientaciones prácticas de la fe y que esta praxis no es fruto de una especulación intelectual, sino que su núcleo fundamental procede del Sinaí antiguo y del nuevo Sinaí, del Sinaí de Israel y del Monte de Jesucristo.

“Esta perspectiva, orientada más bien hacia dentro, a la historia de la fe no es todo. Hay que añadir una mirada hacia adelante…


Ninguna revolución puede crear un hombre nuevo, el intentarlo sería violencia y coacción.”

Hasta aquí Ratzinger. Los cubanos ya sabemos de toda esta mitología revolucionaria. Huelgan más comentarios.