Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de
2006
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Religión y política
José Ignacio Rasco
Conferencia ofrecida en el Instituto Jacques Maritain de
Cuba, en el Koubek Memorial Center de la Universidad de Miami el
3 de febrero de 2006.
I. El crucigrama humano
En el ser humano hay dos tendencias que parecen brotar de lo más
íntimo de su natura. Una tendencia hacia lo alto, hacia la
búsqueda de un Ser Superior, creador de todo lo que se ve o
palpa en la naturaleza
que le rodea o trasciende a la
música de los sentidos, que inquiere por el relojero que echó a
andar el tiempo en el espacio físico y el metafísico, que va más
allá del aquí y del
ahora.
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“Tirano es el
católico que se pone sobre un hindú, y el
metodista que silba a un católico. Hállenos de
escudo suyo el criollo a quien se impida negar,
y el católico a quien se impida afirmar. El
hombre sincero tiene derecho al error”. José
Martí
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Y al mismo tiempo este bípedo
implume se siente atraído y necesitado de su vocación lateral,
de convivencia del yo con el otro, de la inevitabilidad del
nosotros, de su fuga de individualidad. Los pronombres
personales con su singularidad y pluralidad retratan
perfectamente la sociabilidad del ser humano, el homo naturalis,
el animal social o político, que, por primera vez, retrató el
gigante Aristóteles.
Estas dos tendencias del ser humano que tiende, por una parte,
hacia lo vertical, y por otra, hacia lo horizontal constituye el
crucero vital del hombre, que se puede visualizar en cualquier
grupo humano que habite en nuestra geografía planetaria, desde
la tribu más tribal hasta la nación más nacionalista.
De esta ambivalencia horizontal y vertical del ser humano brotan
justamente acaso dos de las más nobles actividades: la religión
y la política, que es tanto como decir la búsqueda de lo
infinito y lo finito, de la fe y la razón, de lo superior y lo
semejante, de la ética y el derecho.
De ahí que en todo grupo humano surja un sentido religioso y un
afán político, que en el fondo no es más que un reconocimiento
de la necesidad del nosotros, de la sociabilidad, tanto en el
ágora como en el templo. Que el yo no puede subsistir sin el tú,
sin el otro. Esta “otredad” lleva al animal político a mirar
hacia arriba, en busca de un Ser Supremo impar y hacia los lados
reclamando de sus pares, de sus conciudadanos, la búsqueda del
bien común.
Nuestro José Martí, no siempre coincidente con la ortodoxia
católica, vio bien el valor de lo ético y religioso en el ser
humano y se expresó de este modo:
“La moral es la base de una buena
religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios
y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser
religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso
morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias
humanas disgustan de ellas: es necesario que la justicia celeste
la garantice.”
Todo esto reconoce que no existe
grupo humano que no haya tenido expresión religiosa y política.
En el mundo moderno hemos visto como el panorama político y el
religioso se han ido deslindando en casi todas partes a medida
que las sociedades han ido creciendo. Nuestro intento en esta
noche es analizar algunas armonías y conflictos que se han
presentado básicamente en nuestro mundo occidental y cristiano
y, en mi caso, francamente entre el catolicismo en el mundo
moderno aunque haya reflexiones que puedan abarcar otros mundos
también.
II. Fe, razón y política
La etimología de la palabra re-ligión, re-ligare ya indica la
vinculación o religación del hombre con Dios, en la busca de un
ser superior que le ayude y dirija como apuntó Santo Tomás. Y
San Agustín insistía en el hambre del hombre por la felicidad,
que siempre busca en un ser infinito por caminos de fe y razón.
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Adolf
Hitler, seguido por Erns Röhm, saludan al ejército alemán
después de pronunciar un discurso en Braunschweig durante la
consagración de las banderas en memoria de los militantes
muertos en una manifestación en la Plaza Odeon en 1923,
en
Munich. La foto fue tomada el 18 de octubre
de 1931. FOTOS: EFE/ARCHIVO |
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Las
tropas rusas desfilan junto al retrato de Lenin instalado en la
Plaza Roja de Moscú. En la imagen, escuadrón de lanza cohetes
montados en vehículos de seis ruedas. Estas baterías fueron
mostradas el 11 de noviembre de 1957, en el aniversario de la
revolución rusa. |
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En la dicotomía de la Ciudad de
Dios y la Ciudad Terrena ya se palpa la distinción del hombre
finito que busca lo infinito, que mira por una parte hacia lo
celestial y por otra hacia una horizontalidad cercana que palpa,
la política. Así siente ansias espirituales y materiales que a
ratos se juntan y a ratos se separan.
Esa doble dimensión espiritual y material nos habla de una
necesidad de convivencia y coexistencia del individuo en
sociedad, con leyes humanas y divinas, de materia y espíritu,
que ha provocado a veces guerras y persecuciones también.
En las tribus iniciales se solía confundir lo sacro con lo
civil, y la autoridad sagrada parecía predominar en formas más o
menos teocráticas.
En verdad es el cristianismo quien logró deslindar lo que es del
César y lo que es de Dios, mientras otras confesiones más bien
mantenían la unión de las fuerzas sacras con las políticas.
Todavía en muchos países de Asia y África especialmente, la
autoridad civil se confunde con la religiosa.
Pero en el cristianismo, ni antes ni después de Constantino, la
separación de la Iglesia y el Estado fue clara y abierta. Lo
cual por un lado producía cierta paz espiritual y temporal
algunas veces, pero, por otra, resultaba fuente de conflictos
permanente.
Esas imprecisiones en política y religión, aunque han producido
épocas de alguna paz, en muchos casos, la exposición de un
régimen político o de una religión específica ha sido fuente de
imposición a sangre y fuego como si se volviera a etapas
anteriores.
El 26 de noviembre de 1981 el entonces Cardenal Joseph Ratzinger,
hoy Papa Benedicto XVI, ante un grupo de diputados católicos en
el parlamento alemán, analizó la situación de los cristianos
perseguidos por la dictadura romana de Nerón y Domiciano,
parecida a la de los judíos en Babilonia. El Estado romano
quería ser totalitario con una política de esclavitud mitológica.
Cuando la fe cristiana decae vuelve a surgir un Estado
divinizado que incluye la fe en una política de sometimiento. Es
el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo
lo que es de Dios, suplir a Dios mismo.
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Un
seguidor de la alianza opositora Mutahida Majlis e Amal (MMA),
formada por seis partidos islámicos, corea lemas
antiestadounidenses en Mutahida, Pakistán, mientras sostiene el
Corán, el libro sagrado del Islam.
FOTOS: EFE/ARCHIVO |
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Un
visitante observa el busto de Marx en una exposición en Beijing
en octubre de 2003. La estatua de Mao –al fondo– al igual que
las imágenes de los ex líderes comunistas de la historia del
socialismo apenas se exhiben
ya en China. |
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La moral política implica combatir
la seducción de esa grandilocuencia estatal que juega con la
humanidad y sus posibilidades.
La fe no puede permitir que el hombre crea en esa panacea mítica
temporal de algunos hombres y sistemas. Es tarea primordial de
la fe liberar al hombre de esos grandes mitos políticos
endiosados. Paradójicamente el materialismo dialéctico del
marxismo ha divinizado la dictadura del proletariado en una
forma teocrática, que absorbe todas las clases sociales y hace
del mito de la lucha de clases una forma casi litúrgica para
ascender al poder. El fanatismo marxista, en sus momentos de
auge, ha despertado un odio sin precedente en las clases
sociales, un verdadero culto al divisionismo.
Ya nuestro Padre Varela dijo que la tesis rousseauniana de la
“voluntad general” era también un mito peligroso. Y por eso
Maritain lo calificó de “panteísmo político”. En la utopía
marxista sobran los ejemplos, al igual que en el estatismo
fascista, o en la tesis racial del nazismo. Y he ahí una muestra
de los grandes mitos de esas ideologías que divinizaban el
materialismo dialéctico, el estado corporativo y la raza.
Otra consideración de Ratzinger sobre la posición de los
cristianos perseguidos es debido a la confusión del Estado con
los hombres que lo manejan. En el profeta Jeremías y en la carta
de Pablo a Timoteo encuentra Ratzinger fundamento para su tesis
de resistir en conciencia —derecho y deber— a fin de confinar el
Estado a sus propios límites y aprender de cómo los judíos no se
doblegaron ante el poder estatal, porque iba contra la voluntad
de Dios. Así, la antimoral fue combatida con la moral y el mal
con la decidida adhesión al bien, ya que el bien es siempre un
mandamiento.
En un tercer aspecto Ratzinger ahonda más sobre el tema y dice
“la fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizador”.
“Ha implantado el realismo de la razón… el verdadero realismo
del hombre se encuentra en el humanismo y en el humanismo se
encuentra Dios”
De ahí las repetidas instancias participativas en las Encíclicas
y otros documentos de la Iglesia para que los católicos sepan de
una política eficiente, con justicia social, así como en el
mejoramiento de la población en todos los órdenes, especialmente
en el plano ético. No obstante el mentor venezolano Arístides
Calvani, de grata recordación, decía que un político cristiano
debía ser como un apóstol, como un sacerdote en misión temporal
de entrega total para beneficio del bien común.
Esto explica la multiplicidad de organizaciones de Acción
Católica que cubre todo el panorama del ser y del hacer
apostólico del ciudadano a nivel nacional e internacional.
Por ello Juan XXIII convocó al último Concilio para revisar el
papel de la Iglesia y de sus miembros en sus actividades y
creencias ante el mundo de hoy tan cambiado. En el documento
Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo actual se lee:
“El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a
sus deberes con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones
para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.
Y alaba a los cristianos, especialmente a los jóvenes que se
ofrecen para mejorar la calidad de hombres y pueblos a través de
los canales cívicos y políticos.
Y Maritain advierte contra la “abstracción del cristianismo”, de
dividir el cristianismo en dos mitades “una mitad cristiana para
las cosas de la vida eterna, y para las temporales, una
vida pagana o cristiana disminuida o vergonzante o neutra, es
decir infinitamente débil”.
III. Relaciones Iglesia-Estado
A lo largo de la historia las relaciones entre la Iglesia y el
Estado han sido a menudo de gran diversidad. Y no sólo en la
Iglesia Católica sino en todas las confesiones religiosas.
La Iglesia Católica, a través de las Encíclicas Sociales, a
partir del Papa León XIII (1891) y por todos sus sucesores, ha
expuesto claramente los puntos de vista del catolicismo en
materia social, económica y política. Y en todos los documentos
del Concilio Vaticano II aparece claramente definida la posición
de la Iglesia y de los católicos en el mundo actual. La
Constitución Pastoral Gaudium et Spes, fija específicamente los
aspectos básicos de su política. El principio de la dignidad de
la persona humana, como imagen de Dios, ya tipifica su ser y su
papel en la comunidad, lo que supone ayudas materiales y morales
a todas las actividades culturales, económicas, políticas,
sociales, respetando los proyectos y planes en el desarrollo
económico y social, exhortando a los cristianos a participar en
las actividades ciudadanas. La comunidad política y la Iglesia,
ambas al servicio de la persona, son entre sí independientes,
pero la Iglesia tiene derecho a predicar la fe y a ejercitar su
misión, juzgando también las cosas “que se refieren al orden
político cuando ello sea exigido por los derechos fundamentales
de la persona y por la salvación de las almas”.
La promoción de la paz, el fomento de la solidaridad en los
pueblos y en la comunidad internacional, son deberes de la
Iglesia, de los fieles, de las iglesias particulares, siempre
con un profundo respeto por la libertad, por los cambios
sociales, psicológicos, morales y religiosos de la época. Es
deber del cristiano luchar por combatir los desequilibrios
injustos en el mundo de hoy del capital, del trabajo, y usar la
libertad y los medios éticos para actuar conforme a su libre
elección.
Es doctrina básica que el sujeto y el fin de todas las
instituciones sociales, es y debe ser, la persona humana, la
cual tiene necesidad de vida comunitaria.
La interdependencia en el mundo de hoy exige el respeto a las
asociaciones y personas que persiguen el bien común de todo
grupo nacional e internacional. Es deber avivar la preocupación
de todos por perfeccionar esta tierra y la vida temporal de cada
cual.
Los partidos políticos deben promover cuanto se refiera al bien
común sin perjuicio de que velen por sus propios intereses, y
evitar siempre la demagogia.
La Iglesia ha exhortado a los católicos a participar siempre en
las actividades partidarias en aquellos organismos o partidos
que velan por los grandes intereses nacionales con espíritu de
honestidad y justicia social cristiana. Algunos partidos
políticos en Europa y América se han manifestado con un carácter
católico que se ha prestado a confusión por las declaraciones de
algunos dirigentes políticos, especialmente en los viejos
Partidos Conservadores que gustaban de la alianza del Trono y
del Altar. Y como reacción los partidos y entidades de cuño
democristiano han exagerado a ratos sus puntos de vista
demasiado avanzados, lo que ha producido más de una polémica con
curas y obispos y líderes de Acción Católica.
El Estado y la Iglesia son independientes y autónomos cada uno
en su propio terreno y con espíritu de respeto y cooperación,
con plena libertad para la predicación y el culto.
En la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual
se dice sobre su papel en el mundo contemporáneo:
“La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden
político, económico o social. El fin que le asignó es de orden
religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa
derivan funciones, luces y energías que pueden servir para
establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”,
e incluso “debe crear obras de servicio para todos,
particularmente para los necesitados… y puede constituir un
vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades
humanas”.
Evidentemente que hay problemas que exigen gran cooperación
entre la Iglesia y el Estado, que cada vez ha ido asumiendo
funciones que anteriormente la Iglesia realizaba casi totalmente,
como escuelas, hospitales, universidades, familias, tareas
culturales, éticas, sindicales, etc.
La comunidad política nace para buscar el bien común que implica
el respeto a los derechos de las personas y de la sociedad civil
dentro de un marco legislativo que contemple el apoyo a la
heterogeneidad de instituciones siguiendo las pautas que demanda
la solidaridad humana.
El ejercicio de la autoridad debe basarse en un orden moral y
jurídico que respete la pluralidad social y los derechos
fundamentales de la persona humana.
La Iglesia no aspira, ni puede aspirar tampoco, a controlar o
monopolizar la variedad de funciones y organismos de la sociedad
civil. Y compartir tareas con los no católicos y profanos por el
pluralismo de la raza humana y las actitudes de otros grupos
ajenos incluso al cristianismo, con espíritu de paz y
reconciliación con “los hermanos separados”, e incluso renunciar
en lo puramente humano si es obstáculo para la convergencia
democrática.
El Estado debe respetar la independencia de la Iglesia así como
la Iglesia debe armonizar su trato con los gobiernos, con
espíritu de paz, solidaridad y respeto para la autonomía
recíproca, y regular, en lo posible, las relaciones y, en todo
caso, ceder en cuestiones que no afectan al dogma en aras del
bien común.
Pero es esencial un régimen de libertad para que la comunidad
religiosa pueda ejercer plenamente su ministerio espiritual.
IV. Tolerancia y pluralismo
El tema de la tolerancia, como la cuchara, tiene aspectos
cóncavos y convexos, por lo que ha sido siempre tema de debate
en política como en religión. Cuando decimos que hay que ser
intolerante con el vicio, la mentira, el robo o el crimen
generalmente la gente aplaude y se empeña en que los políticos
tomen medidas para enderezar las cosas. Y es que la verdad y el
bien se imponen per se. La libertad pura y desinteresada sólo
adopta la verdad y la virtud.
Pero como no todo es visiblemente blanco o negro, ni la óptica
de todo el mundo es 20-20, hay que respetar la escogencia ajena,
los gustos preferenciales y las opiniones diversas, siempre y
cuando no se afecte al bien común, o el respeto debido a los
derechos del vecino, o que no falte a los criterios de verdad.
Históricamente ya vio bien nuestro Félix Varela que no todo el
que predica la tolerancia lo es realmente, como él lo vio y
vivió en su época en los Estados Unidos, porque sufrió en carne
propia los viles ataques de cristianos intolerantes, que
hipócritamente presumían de tolerantes en materia de convivencia,
pero sin practicarla, al revés justamente de lo que decía y
hacía Varela. No en balde el doctor José Ignacio Lasaga llegó a
decir que “la coherente síntesis de democracia y cristianismo es
de lo más preciado en la obra de Varela”.
A lo largo de la historia, desde que Caín discrepó de Abel, el
pluralismo ha sido una necesidad social que respete la expresión
del pensamiento y la libre acción ajena, ya que la paz social
demanda que el monismo no sea partero del fanatismo.
Hoy sabemos que la letra con sangre no entra y que hay una cara
de la tolerancia que es el respeto al derecho ajeno, según la
reiterada expresión de Benito Juárez. No porque haya que darle
forzosamente la razón al poeta que cantaba que nada es verdad ni
mentira, sino que todo es según el color del cristal con que se
mira, ni por aquello de laissez faire, laissez passer, como
decían los fisiócratas, o “el todo da lo mismo” que conlleva una
tolerancia boba, que, paradójicamente, es de una arrogancia
cínica. Ese fue el pecado del viejo liberalismo agnóstico, el
del encogimiento de hombros y de la indiferencia axiológica. En
Cuba hay tristes ejemplos de la llamada “revolución del callo”,
o aquello de “el que no roba es un idiota”, y porque “aquí hay
que defenderse”.
O sea, que hay una falsa tolerancia intolerable, cómplice de
cualquier fechoría, que carece de todo kilowatt ético.
Pero hay otra tolerancia que es respetable y necesaria y que es
fundamental en todo molde democrático. Maritain nos advierte que
“tolerar no es aprobar”, pero es una necesidad en aras del bien
común, que ha de permitir un pluralismo de opiniones fundamental
al sistema democrático y en la búsqueda de la paz social que no
es sino el beneficio de lo mejor para los más posibles.
Esta tolerancia es la otra cara del pluralismo inevitable en
toda sociedad, que no se lava pilatescamente las manos, sino que
reconoce la dignidad de la persona humana con su libertad
inherente para escoger la verdad. No se trata de justificar el
relativismo ni el subjetivismo sino de expresar sin cortapisas
la realidad, aun con peligro de equivocarnos, de divulgar su
opinión y respetar siempre la ajena, sea en política, arte,
ciencia, religión o cualquier otro campo de la actividad humana
y, en todo caso, con afanes de inteligencia del punto de vista
ajeno y, si fuera posible, buscar algún consenso en las
discrepancias mediante el diálogo serio.
La libertad de pensar, opinar y actuar libremente es un don que
el Creador otorgó al ser humano. El libre albedrío es tal vez su
más típica facultad, sobre todo cuando se usa con buena
ortopedia semántica y con respeto por la opinión ajena. El
pluralismo democrático es casi una redundancia, una tautología.
“Todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena
conciencia; —ha dicho José Martí— tirano es el católico que se
pone sobre un hindú, y el metodista que silba a un católico.
Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el
católico a quien se impida afirmar. El hombre sincero tiene
derecho al error”.
Martí tuvo más influencia del Padre Varela de lo que a veces se
supone. La idea de la tolerancia y su anverso en el Padre Varela
encontró eco en el pensamiento martiano, así como su sentido de
amor al amigo y al enemigo, y su espíritu ecléctico de armonía y
conciliación.
El pluralismo et pluribus unum es como la otra cara de la moneda
de la tolerancia. En cambio el totalitarismo (nazismo, fascismo,
comunismo) es por esencia antiplural. La fórmula que a mi juicio
revela mejor lo que encarna la pareja tolerancia-pluralismo es
el trípode agustiniano que reza: “En lo fundamental unidad; en
lo dudoso libertad; pero en todo caridad”.
Sentada esta base de la sociedad democrática hay que reconocer
que todas las religiones, en algún momento, han olvidado estas
normativas, aunque en sus propósitos buscaran los más nobles
fines.
En casi todas las guerras y revoluciones se han cometido muchos
crímenes en nombre de la libertad y en afanes de defender la
democracia, la fe, la justicia y otros valores excelsos de la
humanidad.
Baste pensar en las luchas de la Reforma y la Contrarreforma,
como antes en las Cruzadas. El principio de cujus regio ejus
religio era una imposición de los príncipes para que sus
súbditos aceptaran su religión. La matanza de San Bartolomé, la
Santa Inquisición, la guerra de los anabaptistas, la
defenestración de Praga… por recordar arbitrariamente sólo
algunos episodios y tantos hechos dolorosos denuncian que el
fanatismo religioso ha sido un monismo liberticida en la
historia de casi los cinco continentes al imponer –no exponer–
sus credos y filosofías.
De modo que en la historia de las religiones cristianas, la
infidelidad a la caridad y a la justicia ha sido lamentablemente
plagada de grandes excepciones a su misión evangélica de amor y
ayuda a personas y pueblos.
Y entre los no cristianos la supuesta guerra santa de los Mahoma
ha sido más implacable todavía, y el fanatismo suicida que hemos
visto en Irak recientemente es un síntoma desolador de una
realidad inquietante.
La persecución a los judíos a lo largo de los siglos ha sido
implacable. Y a los árabes. Alá es para millones el dios de la
guerra y el Corán su programa de justificación.
Ha hecho bien Juan Pablo II cuando ha entonado un acto de
contrición al pedir perdón por los pecados de la Iglesia contra
los judíos, por la Shoa de los campos de concentración contra
millones de hebreos.
En pueblos del occidente europeo, durante siglos, la entidad
política, la ciudad cristiana, se aislaba de los no cristianos y
el gueto quedaba para los judíos, la frontera para los gentiles
y los heréticos y cismáticos aparecían como enemigos de la
ciudad.
Claro que en todos estos procesos se han creado leyendas negras
que exageran enormemente las crueldades y el número de víctimas
y de hechos luctuosos. Pero más importante que la justa
apologética en busca de la verdad histórica importa el
arrepentimiento y el propósito de enmienda como ha hecho y dicho
Juan Pablo II en su personalísimo modo de reconocer los desmanes,
pedir perdón y absolver hasta a su propio asesino frustrado.
Afortunadamente, entre las distintas religiones cristianas ha
brotado un espíritu ecuménico de unidad, un gran edicto de
Nantes, que ha promovido la amnesia, el perdón y el ágape entre
todos.
V. A modo de conclusión
Dado que el ser humano, en todos los tiempos y lugares ha
cultivado el crucigrama humano, siempre ha tenido alguna
demostración de fe religiosa. Nadie, ninguna autoridad, puede ir
contra ese derecho humano, al par que divino, de practicar su
inclinación ante lo sacro. La libertad religiosa es por eso de
derecho natural y ninguna autoridad puede prohibirla, sea
política, cristiana, judía, musulmana o de cualquier otra
denominación.
Ya Jean Paul Sartre decía que “el hombre está condenado a ser
libre” en toda la gama de sus inclinaciones. Y hasta aquel buen
campesino se jactaba, paradójicamente, de su fe al declarar “Yo,
gracias a Dios, soy ateo”.
Pero lamentablemente sí ha habido a lo largo de la historia,
como hemos visto, persecuciones, abusos de gobiernos y aun
confesiones religiosas, que, en nombre de Dios, han cometido
atropellos contra personas y grupos religiosos. Y gobiernos y
filosofías políticas han sido también autores o cómplices de
abusos contra la fe. Todavía hasta hace muy poco los regímenes
totalitarios como el comunismo, el fascismo y el nazismo han
sido perseguidores fanáticos de católicos, protestantes, judíos,
islámicos y de cualquier otra confesión.
Afortunadamente hoy las campañas antirreligiosas ya no gozan de
mayor crédito, pero sí existen, a través de gobiernos,
legisladores y jueces que desconocen o combaten los derechos de
la plena libertad religiosa en formas a veces muy disimulada.
La separación de la Iglesia y el Estado ha deslindado campos de
autonomía y derechos peculiares, sobre todo en los países
occidentales con libertad y respeto entre las iglesias y el
Estado, aunque no faltan zonas comunes de diferencias
conflictivas. Los partidos confesionales han desaparecido,
aunque hay luchas de ideologías con acentos cristianos, judíos,
socialistas, liberales, comunistas, conservadores y social
demócratas que mantienen filosofías de diferentes intenciones
sobre la ética y la religión, pero salvo excepciones, se ha
logrado una atmósfera de libertad, derechos, tolerancia y
democracia pluralista.
Hay que luchar para mantener el status dualista Estado-Iglesia,
por proseguir dando al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios, sin provocar la divinización del César ni la
cesarización de Dios”. La fusión, como en el Islam, sólo engendra formas de Estado teocrático. En la Alemania nazi
Goering exclamó: “Yo carezco de conciencia. La mía se llama
Adolfo Hitler” modelo de lo que es el monismo totalitario, el
servilismo abyecto, la cesarización cretina.
La Iglesia respeta todas las distintas formas de gobierno
siempre y cuando se acepte el derecho natural y la independencia
espiritual de la Iglesia. El cristianismo en realidad deja a los
pueblos elegir su sistema de gobierno siempre y cuando se acepte
la libertad y los derechos fundamentales de la persona humana y
la ley de Dios.
Pero como estamos en un mundo tan plural, ateo y teísta,
demócrata y totalitario, cizaña y trigo, no es fácil que la
fuerza de la razón venza a la razón de la fuerza. Por ello es
más importante luchar en la trinchera de ideas que en la de
piedra como ya advirtió nuestro José Martí.
Es derecho y deber de cristianos y no cristianos, del animal
político, participar en la vida de la polis, pero sin
integrismos pasados de moda ni confesionalismos excluyentes,
sino con espíritu plural, abierto a toda tesis que no escriba a
cañonazos, sin utopías ni revoluciones sólo aceptables en casos
muy excepcionales, sino por la amplia, democrática, plural y
ecuménica visión, sin teocracias ni fanatismos.
Se requiere pues un alpinismo de tanteos y errores en busca de
una mejor visión democrática de paz y justicia social, pero
sabiendo —añade Maritain— que: “No puede haber descanso para los
cristianos mientras la justicia y el amor no gobiernen la vida
de los hombres. Pero dado que las exigencias evangélicas no
serán nunca satisfechas, el cristiano no tendrá nunca descanso
en la historia”.
Y para concluir acudo nuevamente al pensamiento de Ratzinger,
entonces Cardenal, hoy Benedicto XVI, para recordar uno de sus
mensajes expuesto en 1986 y que sintetiza alguno de los
planteamientos hechos por nosotros en esta exposición.
“La doctrina social católica no conoce utopías… rechaza el mito
de la revolución y busca la vía de la reforma, sin que excluya
totalmente, en situaciones extremas, la insurrección violenta…
como un Deus ex machina, de donde inexplicablemente surgiría un
buen día el hombre nuevo y la sociedad nueva” y luego añade:
“…la doctrina social católica que habíamos expuesto no sería
demasiado pragmática y realista… Se nutre de las orientaciones
prácticas de la fe y que esta praxis no es fruto de una
especulación intelectual, sino que su núcleo fundamental procede
del Sinaí antiguo y del nuevo Sinaí, del Sinaí de Israel y del
Monte de Jesucristo.
“Esta perspectiva, orientada más bien hacia dentro, a la
historia de la fe no es todo. Hay que añadir una mirada hacia
adelante…
Ninguna revolución puede crear un hombre nuevo, el intentarlo
sería violencia y coacción.”
Hasta aquí Ratzinger. Los cubanos ya sabemos de toda esta
mitología revolucionaria. Huelgan más comentarios.
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