Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de
2006
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El mensaje de Cuaresma
Santo Padre
Benedicto XVI
Amadísimos hermanos y hermanas:
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Escena
de la película La Pasión, de Mel Gibson. EFE/EPA/Philippe
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La Cuaresma es el tiempo
privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la
fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él
mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza,
sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la
Pascua. Incluso en el “valle oscuro” del que habla el salmista
(Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a
confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos
guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha
también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de
paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten abandonadas.
Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de
la violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos,
adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del
horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo
II, hay un “límite impuesto al mal por el bien divino”, y es la
misericordia (Memoria e identidad, 29 ss.). En este sentido he
querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según
la cual “Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas” (Mt
9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy
debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La
“mirada” conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los
hombres y los pueblos, puesto que por el “proyecto” divino todos
están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se
oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las
defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada,
Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al
Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.
La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de
que, para promover un desarrollo integral, es necesario que
nuestra “mirada” sobre el hombre se asemeje a la de Cristo.
En efecto, de ningún modo es
posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de
los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de
su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra
época de grandes transformaciones, en la que percibimos de
manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante
los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo
VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro
de humanidad. En este sentido, en la encíclica Populorum
progressio denunciaba “las carencias materiales de los que están
privados del mínimo vital y las carencias morales de los que
están mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras que
provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las
explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las
transacciones” (n. 21). Como antídoto contra estos males, Pablo
VI no sólo sugería “el aumento en la consideración de la
dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de
pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz”,
sino también “el reconocimiento, por parte del hombre, de los
valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin”
(ib.). En esta línea, el Papa no dudaba en proponer
“especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena
voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo” (ib.).
Por tanto, la “mirada” de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve
a afirmar los verdaderos contenidos de ese “humanismo pleno” que,
según el mismo Pablo VI, consiste en el “desarrollo integral de
todo el hombre y de todos los hombres” (ib., n. 42). Por eso,
la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del
hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en
soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo,
que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la
persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura
que responda verdaderamente a todos los interrogantes del
hombre.
Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la
humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo
aparecen como un contraste intolerable frente a la “mirada” de
Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la
Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son
una ocasión propicia para conformarnos con esa “mirada”. Los
ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras
que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones
valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo.
Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede
constatar que ningún proyecto económico, social o político puede
sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa
la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe
como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por
las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira
como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y
atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como
decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: “la primera pobreza
de los pueblos es no conocer a Cristo”. Por esto es preciso
ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo:
sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre
bases sólidas.
Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han
surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a
promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de
formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que
han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad
civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de
personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican
un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización
que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así,
lleve a la paz auténtica. Con la misma compasión de Jesús por
las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea
propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades
políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva
un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo
hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva
libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de
anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la
edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo
se inscribe también la consideración efectiva del papel central
que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del
hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como
motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y
sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben
aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus
gobernantes.
No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de
Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con
frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se
debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo.
La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes,
en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras
externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la
transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del
creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria,
Juan Pablo II, observó con razón: “La tentación actual es la de
reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi
como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente
secularizado, se ha dado una 'gradual secularización de la
salvación', debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del
hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión
horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer
la salvación integral” (Enc. Redemptoris missio, 11).
Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que
oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a
esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al
convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al
sacramento de la Reconciliación, descubriremos una “mirada” que
nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y
a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se
cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva
de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el
odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso
de su amor. A María, “fuente viva de esperanza” (Dante
Alighieri, Paraíso, XXXIII, 12), le encomiendo nuestro camino
cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo,
en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la
pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos
sentimientos, imparto a todos de corazón una especial Bendición
Apostólica.
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