Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Ene-Feb de
2006
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La «expulsión de Cristo» de la historia
Entrevista a Rosa Alberoni, autora de un libro sobre las
ideologías anticristianas
ROMA, martes, 14 marzo 2006 (ZENIT.org).
Acaba de salir en italiano el libro escrito por Rosa Alberoni:
«La expulsión de Cristo» («La cacciata di Cristo», editorial
Rizzoli) en el que se presentan los horrores creados por las
ideologías que han querido rechazar a Cristo en la historia.
En concreto, la profesora Alberoni, profesora de Sociología
General en la Universidad Libre de Lenguas y Comunicación (IULM)
de Milán, describe el jacobinismo, el comunismo y el nazismo
como tres consecuencias de esta animadversión contra el
cristianismo.
El libro parte de la consideración, expresada en diversas
ocasiones por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, de que
«la historia ha ampliamente demostrado que luchar contra Dios
para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad
atemorizada y empobrecida hacia opciones sin futuro».
La profesora Alberoni, que también es periodista y escritora,
publica semanalmente un artículo en «Il Corriere della Sera», el
diario de mayor tirada de Italia.
--En su libro sostiene que la Ilustración y, sobre todo
demagogos como Jean-Jacques Rousseau, han tenido por objetivo
eliminar a Dios, negar a Cristo, legitimar la dictadura, anular
a los individuos y difundir el paganismo. ¿Puede explicarnos por
qué hace un juicio tan drástico?
--Rosa Alberoni: No es un juicio, es una constatación
incontestable. Es historia. Y la historia es obstinada porque
muestra los hechos: los campos de concentración, la arrogancia
de los dictadores como Robespierre, Stalin y Hitler, no son más
que la aplicación de los modelos de sociedad propuestos por
Rousseau y por Marx. Por otra parte, basta leer todo lo que
Rousseau escribe en sus obras políticas: «Discurso sobre el
origen de la desigualdad» y en el «Contrato social» para
verificar la monstruosidad de su pensamiento.
En la historia de la expulsión de Cristo de Europa, el puesto
más eminente hay que dárselo a Rousseau, el cabeza de los
anticristos. Con la idea del buen «salvaje», el filósofo francés
niega la Creación hecha por Dios y la Redención del hombre por
Cristo, y rechaza todo progreso histórico, porque sería
expresión de corrupción y degeneración. Para Rousseau, las
causas primeras de la degeneración del buen «salvaje» son nada
menos que el uso de la libertad y la familia.
En su obra el «Contrato social», el filósofo francés diseña una
sociedad inhumana, donde los hombres «ceden», sin posibilidad de
vuelta atrás, toda su humanidad al «Cuerpo soberano», que
gobierna mediante una divinidad abstracta que es la «Voluntad
general». Así un pueblo debe inmolarse para tener en cambio la
esclavitud más feroz. Una forma de esclavitud que nunca existió
antes en la historia de la humanidad. Ni siquiera Moloch, el
dios babilonio de los sacrificios humanos, pedía tanto. Hoy
sabemos que el concepto de «Voluntad general» de Rousseau dio
legitimidad al totalitarismo, un modelo tomado como ejemplo por
las peores dictaduras del siglo XX: comunismo y nazismo.
La Revolución francesa no fue sólo una guerra entre aristocracia
y burguesía naciente, sino también una guerra contra el
cristianismo. Una guerra para apoyar las divinidades e ídolos de
una nueva religión, llamada «de las luces», siempre con la
intención de expulsar a Cristo y su mensaje revolucionario y
redentor. Rousseau, Condorcet, Robespierre, negaron a Dios y
expulsaron a Cristo, presentándonos primero un dios de los
deístas, indeterminado, sin nombre, sin una historia sagrada,
luego nos presentaron el dios de los masones, el Gran Arquitecto
del Universo, con muchas divinidades. El cuerpo soberano,
identificado con la República, la «Voluntad general» de
Rousseau, por último, la «diosa razón» de los jacobinos, a quien
incluso se le tributa culto público. Todos estos dioses tienen
un solo adversario: la Iglesia de Cristo.
Querría recordar que el 6 de octubre de 1793, la Convención
francesa abolió la datación cristiana y la sustituyó por la
revolucionaria. Para los revolucionarios franceses, la historia
no empieza con Cristo sino con la República Francesa y la diosa
razón. En cuanto a la historia de la ciencia, quizá hoy se
olvida que la ciencia moderna nació sobre los principios de la
civilización cristiana. Y que Copérnico, Galileo, Kepler, Newton
y Pascal eran todos creyentes cristianos.
--Usted sostiene que Jesús es el más grande revolucionario de la
historia, ¿por qué?
--Rosa Alberoni: Porque Jesús proclama que todos los hombres son
hermanos y por tanto iguales ante el Padre celeste. De este
modo, Cristo elimina las barreras de la dignidad humana, puestas
desde los orígenes de la historia entre nobles y plebeyos,
fuertes, sanos y guapos, y lisiados y marginados. Con su
revelación, Jesús da a cada uno la certeza de que el Padre ama a
todos los hijos del mismo modo.
Al Padre no le interesan las diferencias físicas, raciales,
sociales, culturales de los propios hijos sino sólo la pureza de
su corazón, su actuación en la tierra. Porque el suyo es un
Reino del Espíritu, que es eterno, y no de la materia
contingente.
Jesús conquista primero el corazón y luego la mente de los
hombres, saca de sus goznes a la antigua mentalidad pagana,
revoluciona la esencia del ser humano y de su ser en el mundo.
El adviento de Cristo ilumina el progreso terrestre con la
esperanza: los creyentes tienen la esperanza de que venimos de
Dios y a Dios volveremos. El paso por la tierra es una
peregrinación, una prueba para reconquistar el Paraíso perdido.
Cualquiera puede redimirse con sus propias acciones y con actos
de amor. Pero incluso para quien no cree, el itinerario
histórico está lleno de sentido porque sabe que lo que cumple y
produce en el tiempo es útil par el porvenir.
El cristianismo rompe los ciclos de la mentalidad pagana,
rechaza el hado y con él la idea del carácter inevitable de la
destrucción de las civilizaciones, y confía a la responsabilidad
del hombre el propio porvenir, además de asegurarlo con la
presencia constante de la Providencia. El cristianismo da un
sentido y una meta a la vida terrena.
--¿Se puede de verdad expulsar a Cristo de la historia?
--Rosa Alberoni: A Cristo no, pero a los cristianos, sí. Tenemos
hoy otras civilizaciones que ven a las naciones que han
construido una civilización cristiana desde hace dos mil años,
sobre todo en Europa, como un territorio a conquistar. Y en
consecuencia hace falta que los hijos de la civilización
cristiana, creyentes y no creyentes, se despierten y defiendan
la propia identidad, es decir la propia cultura y tradición, que
está seriamente amenazada. Si cedemos a la tentación del miedo y
el relativismo, pronto acabaremos siendo esclavos. Y muchos
serán mártires como ya sucedió con el jacobinismo, el comunismo
y el nazismo.
--¿Ha leído la encíclica «Deus caritas est» de Benedicto XVI?
--Rosa Alberoni: El amor es la cosa más grande. Estar enamorados,
pensar juntos, construir la casa y la familia, pensar en el
futuro, todo esto ha sido descrito por mi marido [Francesco
Alberoni, uno de los sociólogos más famosos de Italia, ndt.]
como el amor verdadero que transfigura. Es natural que los
jóvenes sientan atracción mutua, pero no se debe confundir la
infatuación con el amor. Y, leyendo «Deus caritas est», puedo
decir que nunca he visto a un autor que conozca tan bien y que
haya descrito tan profundamente lo que es el amor. Nunca he
encontrado una obra tan clara sobre el amor como la encíclica
del Papa Benedicto XVI. El pontífice es verdaderamente un gran
escritor y la limpieza de su pensamiento es extraordinaria.
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